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Vistas desde uno de los planetas del sistema TRAPPIST-1

Vistas desde uno de los planetas del sistema TRAPPIST-1

Fotografía de M. Kornmesser, spaceengine.org/eso

23 de febrero del 2017

Estos planetas, de tamaño similar a la Tierra, orbitan alrededor de una estrella a solamente 39 años luz de distancia, y casi todos reúnen las condiciones adecuadas para albergar agua líquida en sus superficies.

Estos astros rocosos, que orbitan una estrella llamada TRAPPIST-1 a 39 años luz de la Tierra, están tan próximos entre sí que confluyen constantemente sobre las mismas órbitas, provocando que se presenten visualmente como medias esferas resplandecientes o como orbes de luz que doblarían en tamaño a nuestra luna llena.

El sistema solar TRAPPIST-1 compite con otros sistemas que tienen hasta siete planetas girando alrededor de su núcleo, (además del nuestro, que tiene ocho sin contar con el diminuto planeta Plutón). La simple existencia de esta vía prueba que planetas del tamaño de la Tierra son mucho más abundantes de lo que creíamos hasta ahora.

Además, este sistema solar se encuentra entre los mejor ubicados para facilitar el estudio de la vida extraterrestre: el tamaño relativo de sus planetas y su estrella, además de la proximidad del sistema en general en cuanto a nuestro sistema, apuntan hacia posibles indicios de vida en los planetas. Una vida extraterrestre a nuestro alcance.

“Aquellos que estén pensando que este es un descubrimiento más sobre un posible planeta habitable no se están percatando de que el enfoque ahora ha cambiado, las prioridades son otras”, afirma Natalie Batalha, de la NASA. “Los planetas templados y de tamaño terrestre son relativamente comunes en la galaxia. De lo que estamos hablando ahora es de encontrar uno que esté lo suficientemente próximo para la caracterización atmosférica.”


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SIETE, EL NÚMERO DE LA SUERTE


Si el nombre de TRAPPIST-1 resulta familiar, es porque los científicos llevan casi un año insinuando descubrimientos relacionados con esta estrella y sus planetas, apoyados por un ejército de telescopios con base en Chile, Marruecos y Sudáfrica, entre otros. El pasado mayo, el equipo presentó evidencias de que por lo menos tres planetas orbitaban la estrella, algunos de los cuales parecían habitables y de tamaño terrestre. Más tarde, en julio, Julien de Wit, del MIT, aportó algo más de información acerca de dos de esos planetas, sugiriendo que podrían tener atmósferas más densas, como la Tierra o Venus.

Esta vez, y tras de colocar el Telescopio Espacial Spitzer de la NASA apuntando hacia el sistema durante 20 días y noches continuas, los científicos han localizado y confirmado todavía más planetas alrededor de TRAPPIST-1. A pesar de tener una estrella diminuta (su masa no llega al 8% de la masa del Sol, y goza apenas de una milésima de su brillo), es uno de los astros más comunes de la Vía Láctea, y se les denomina M enanas. Su tenue vislumbre roza los siete planetas casi como luz infrarroja, de manera que el calor se sentiría, pero la luz sería invisible para el ojo humano.

Spitzer es capaz de distinguir la luz infrarroja, y a medida que el telescopio apuntaba hacia la estrella, empezaron a surgir los patrones. La luz infrarroja de la estrella se atenuaría periódicamente a medida que sus planetas iban pasando, creando sombras que traicionarían su presencia. Entre estas irregularidades, los científicos han podido apuntar señales de siete planetas.

El año pasado, en 2016, ya supimos de la existencia de tres de estos planetas de tamaño similar a la Tierra. Curiosamente, un examen más detallado indicó que uno de ellos estaba conformado por dos.

En definitiva, estos siete planetas han pasado de ser un conjunto de luz estelar a formar parte de un septeto cósmico.

“La detección de seis planetas centrales está clara, y el séptimo tiene bastantes probabilidades de serlo también”, afirma Lauren Weiss, de la Universidad de Montreal. “Si TRAPPIST-1 ha podido crear tantos planetas, lo más seguro es que existan muchas otras estrellas con una cantidad parecida de planetas”.

La edad de estos planetas, llamados TRAPPIST-1b, 1c, etc hasta llegar a TRAPPIST-1h, oscila entre 1,5 hasta 20 días en la Tierra. Están más próximos a su estrella que Mercurio lo está del Sol y, como si de hermanos en una casa abarrotada se trataran, se empujan y zarandean los unos a los otros, causando ligeros retrasos y perturbaciones en los patrones de irregularidades detectados por Spitzer.


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Basándose en estas perturbaciones, los científicos han podido determinar las masas aproximadas de los astros. Han podido comprobar que además de tener un tamaño parecido al de la Tierra, también se parecen en su masa. Esto quiere decir que los siete planetas hermanos serían principalmente rocosos, aunque también es posible que sean pequeños globos envueltos en atmósferas esponjosas, aporta Weiss.

A pesar de no contar con demasiada información sobre la orbe de TRAPPIST-1h, parece que tres de los planetas (TRAPPIST-1e, 1f y 1g) están ubicados en la zona habitable de la estrella; el resto podrían ser habitables, o por lo menos podrían tener agua de una temperatura más o menos adecuada para poder llevar a cabo un asentamiento, siempre y cuando las anatomías internas de estos planetas y sus atmósferas contribuyeran a ello.

Hasta hace poco, los científicos encargados de buscar primos cósmicos de la Tierra estaban centrados en estrellas parecidas al Sol. Este descubrimiento, además de otros, sugiere que estrellas menos brillantes y de tamaños más modestos también podrían ser capaces de sostener planetas como la Tierra, siendo estas muy buenas noticias para aquellos que llevan a cabo los estudios para conocer de cuántos planetas de estas características podría estar poblada la galaxia.

“Los autores podrían haber tenido suerte, pero el haber encontrado siete planetas de tamaño parecido a la Tierra en una muestra tan pequeña, sugiere que existen más sistemas solares similares al nuestro”, escribe Ignas Snellen, de la Universidad de Leiden, en un comentario que acompaña al estudio.

BÚSQUEDA DE VIDA

Los científicos están particularmente intrigados por TRAPPIST-1h, la quinta esfera desde la estrella, y sugieren que ésta podría ser la mejor localización donde podría prosperar la vida.

No obstante, no hay que entusiasmarse mucho a la hora de hablar de vida todavía, por varias razones:

En primer lugar, el sistema es comparable en escala y arquitectura a Júpiter y sus cuatro satélites, cada uno de los cuales orbitan este gigantesco planeta y siempre de la misma manera, con la cara hacia dentro. Los planetas de TRAPPIST-1 aparentan de hacer lo mismo, queriendo esto decir que la mitad de uno de sus hemisferios siempre está tostándose hacia la energía de su estrella, mientras que el otro hemisferio está continuamente enfrentándose al frío de la noche cósmica.

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Por otro lado, los planetas están tan próximos a su estrella y entre ellos que a medida que se van agolpando hacia su órbita, las fuerzas gravitacionales se tensan causando que sus núcleos se calienten, parecido a lo que Júpiter hace a sus satélites. Este proceso, llamado calentamiento de las mareas, es la razón por la cual el interior de Europa alberga un gigantesco océano subterráneo, lo que le convierte en el lugar más volcánico del sistema solar.

De esta manera, aunque tengan temperatura templadas, algunos de los planetas “podrían parecerse más al satélite de Júpiter que renace cada 2000 años tras su erupción volcánica, que a una acogedora playa, que es lo que yo asocio a la palabra ‘habitable`”, argumenta Weiss.

Y lo más importante, la temperatura de la superficie de un planeta depende en gran parte de las características del mismo planeta en sí, sobretodo en su atmósfera. Tan solo hay que observar lo frío e infernal que es Venus, gracias a sus sofocantes gases de efecto invernadero.

No obstante, esto no quiere decir que los científicos no estén interesados en buscar vida en el sistema de TRAPPIST-1; de hecho, ya se han puesto manos a la obra. El Telescopio Espacial Hubble está muy ocupado observando estos espacios atmosféricos, y la nave Kepler, de la NASA, lleva pendiente del sistema desde diciembre, buscando más planetas y tratando de entender los que ya están allí.

En los próximos años, el Telescopio Espacial James Webb debería poder acercarse aún más a TRAPPIST-1 y su bloque de orbes.

Es complicado para los científicos averiguar exactamente qué señal de vida buscar, ya que todo lo que se desarrolló para aprovechar la luz infrarroja de TRAPPIST-1 sería bastante contrario a las características de un planeta como la Tierra. Más que una sola huella molecular, si de alguna forma de vida podemos hablar, ésta se manifestará ajustando las proporciones de diferentes compuestos.

“Es como la combinación de diferentes moléculas”, dice Gillion. “El oxígeno no será suficiente”.

Aun así, el simple hecho de poder analizar las atmósferas de estos planetas será un gran paso, y siempre contamos con la posibilidad de que algún astrónomo tenga suerte y encuentre algo reconocible.

“Si alguna forma de vida se ha abierto paso en algún momento, liberando gases similares a los que tenemos en la Tierra, entonces tendremos posibilidades”, concluye Triaud.

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