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En esta imagen tomada en una de las numerosas cuevas de la isla de la Mona vemos las tres cruces del Calvario sobre el nombre de Jesús en latín, grabado sobre piedra caliza en el periodo colonial español.

En esta imagen tomada en una de las numerosas cuevas de la isla de la Mona vemos las tres cruces del Calvario sobre el nombre de Jesús en latín, grabado sobre piedra caliza en el periodo colonial español.

Por Jago Cooper

Un equipo de arqueólogos ha descubierto una red de galerías subterráneas plagadas de intrigante arte en las profundidades de piedra caliza de una isla deshabitada que se encuentra a 66 kilómetros de Puerto Rico. Estas imágenes, creadas tanto por los pueblos indígenas como por los primeros visitantes europeos, son testigo del primer contacto entre dos visiones del mundo completamente diferentes, como recoge la revista Antiquity

La isla de la Mona, de tan solo 49,2 kilómetros cuadrados de superficie, está repleta de cuevas, unas 200 aproximadamente. Los arqueólogos han podido explorar 70 y en más de dos docenas de ellas han encontrado arte indígena sobre los muros de las oscuras cavidades.




Las cuevas son la única fuente permanente de agua dulce en la isla, que actualmente es una reserva natural deshabitada. Los expertos han advertido la evidente conexión entre este recurso, que hace la vida posible aquí, y las numerosas imágenes que llenan las paredes de las cámaras.

Hermosos remolinos, líneas y figuras que fueron elaborados rascando la superficie blanda de los muros y los techos. “Estos diseños realizados con los dedos reflejan las creencias espirituales de los pueblos indígenas”, explica el investigador Jago Cooper, conservador de las Américas en el Museo Británico en Londres. El trabajo de Cooper, de hecho, está en parte subvencionado por la National Geographic Society.

Los miles de dibujos catalogados hasta la fecha incluyen humanos, animales y símbolos geométricos que representan la colección más diversa de diseños de este tipo en todo el Caribe. Algunos tienen varios metros de ancho y muchos de ellos están superpuestos, formando así un registro de visitas ilustrado a las cuevas. 




Los estilos de la iconografía, la cerámica asociada y la datación por carbono 14 de las antorchas que utilizaban para iluminar los espacios oscuros –algunas de ellas del siglo XII– confirman la hipótesis de que este arte pertenece a fechas prehispánicas.

Los pueblos indígenas vivieron en esta isla rocosa durante más de 5.000 años, y fue en el último siglo cuando coincidieron con el comienzo de la era colonial en Europa. Cristóbal Colón se detuvo en la Isla de la Mona en 1949, añadiéndola al mapa de los territorios españoles dentro de lo que posteriormente se convertiría en una frecuentada ruta entre Europa y el Nuevo Mundo. Y fue entonces cuando las cosas se pusieron el doble de interesantes en los pasadizos subterráneos de la isla. 

En una de las cuevas que contienen arte indígena, los arqueólogos han hallado marcas que aparentemente dejaron los primeros europeos que visitaron la isla desde los bastiones españoles de Puerto Rico y la isla de Santo Domingo. Entre esas marcas se encuentran nombres en español, frases en latín y español, abreviaturas del nombre de Jesús y numerosas de cruces cristianas. Muchas habían sido grabadas en la roca con herramientas afiladas.




Los más útiles desde un punto de vista histórico han sido los sorprendentes grafitis modernos: nombres y fechas, la mayoría de ellos de mediados del siglo XVI, rascados por los colonos sobre los muros de las cuevas para dejar huella de su presencia. 

Un nombre en particular apunta a un europeo: Francisco Alegre. Los documentos históricos le identifican como un español que llegó a las Indias Occidentales en torno al año 1530. Se estableció en San Juan de Puerto Rico y finalmente se le puso a cargo de los territorios reales, entre los que se incluía la isla de la Mona. 

Las similitudes entre su firma y la inscripción de la cueva sugieren que el propio Alegre visitó la caverna y sucumbió al milenario impulso humano de dejar una marca


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“Lo que observamos es una dicotomía entre dos tipos de arte diferentes”, explica Cooper. “El más reciente fue obra de los europeos, como si se tratara de una reacción y un diálogo con el arte indígena”.

La yuxtaposición de las marcas europeas e indígenas, la falta de imágenes que evidencien un conflicto y el hecho de que los europeos habrían necesitado guías nativos para encontrar esta cueva, sugieren una narrativa muy diferente de la ya conocida historia de la conquista española del Nuevo Mundo. Este fue un momento en el tiempo en el que dos grupos de extraños se estaban conociendo los unos a los otros, compartiendo ideas e intentando entender lo que supondría esta nueva conexión intercultural para el futuro de todos los implicados.


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