Jim Richardson es un periodista gráfico reconocido por su exploración de la vida de la gente sencilla. Sus fotos a menudo se publican en la revista National Geographic.
Era un día fresco en las islas Scilly y yo tenía un problema.
Estar en las islas Scilly suponía una gran oportunidad, una oportunidad por la que estaba muy agradecido. Este archipiélago, también conocido con el curioso nombre de islas Sorlingas, situado frente al extremo sudoeste de la península de Cornualles, mantiene el tipo de vida isleño y las tradiciones marineras de las poblaciones del Canal de la Mancha. Sus habitantes dejaron hace tiempo de dedicarse al contrabando (aunque no por decisión propia) y lo sustituyeron por un tipo de comercio más moderno, el turismo.
La suerte quiso que mi llegada coincidiera con las regatas internacionales de gigs (un tipo de bote típico de la zona), en las que participaban cientos de tripulaciones de todas partes del mundo. Los gigs son botes de madera con propulsión a remo, que antiguamente servían para llevar a los prácticos del puerto hasta los buques que se aproximaban a la orilla, algo necesario en una costa en la que eran frecuentes las tempestades y los naufragios.
Todo un golpe de suerte para un fotógrafo como yo. Al segundo día de embarcarme en un cruise of the British and Irish Isles con National Geographic Expeditions me encuentro con la vista de cientos de elegantes gigs salpicando las aguas poco profundas, la herencia viva de una saga marinera.
Y en eso radicaba precisamente mi problema. Había hecho antes el mismo viaje, en el mismo crucero, partiendo de la costa sur de Inglaterra con escalas en Portsmouth y Dartmouth, subiendo luego por la costa oeste de Irlanda hacia las islas Hébridas en Escocia, y de allí hasta las islas Órcadas y las Shetland. Lugares maravillosos todos ellos, pero ya familiares para mí, un territorio explotado anteriormente. Especialmente las Hébridas, sobre las que ya había publicado una story en la edición de enero de 2010 de National Geographic.
¿Cómo volver a estos lugares ya conocidos y encontrar imágenes nuevas? O, dicho de otro modo, ¿cómo hacer para no repetirme igual que un disco rayado?
Desde luego, no podía confiar en golpes de suerte como el que me había caído del cielo en las islas Scilly. No iba a encontrarme regatas de cientos de gigs en los demás destinos de mi viaje. Naturalmente, los golpes de suerte siempre son bienvenidos, pero esta clase de historias son una tentación para caer en imágenes convencionales y en técnicas manidas con las que llevaba años trabajando. Necesitaba exigirme más a mi mismo, fotográficamente hablando, y este era un buen momento para ello. A fin de cuentas, este viaje podría ser una buena oportunidad para probar cosas originales, y no pasaba nada si no salían bien. No había ningún jefe de redacción supervisando mi trabajo. Las fotos que iba a tomar durante el viaje eran únicamente para ampliar mi experiencia.
Con esta idea en la cabeza, decidí retomar viejas fobias y concentrarme en nuevas técnicas con las que había flirteado anteriormente, pero que había desechado por razones prácticas. En esta ocasión, podía permitirme el lujo de no ser práctico.
Una de estas fobias tenía que ver con la sobreexposición de luces en las fotografías digitales. Cuando di el salto a la fotografía digital, hace unos ochos años, me hice adicto a los histogramas. Convertí en dogma la idea, repetida como un mantra, de que en ninguna parte de la fotografía debería haber bloqueo de altas luces. Y entonces comencé a fijarme en los trabajos de mi amiga Catherine Karnow. Catherine enfocaba directamente a la luz, sin importarle los bloqueos de altas luces. Y me convenció el resultado, por lo que decidí que en este viaje me dedicaría a perfeccionar esa técnica.
Y ya que hablamos de nuevas técnicas, me ha acabado por gustar mucho componer fotografías panorámicas, mediante un barrido de paisajes juntado a partir de varias tomas. Ya publicamos dos de ellos en el reportaje de las Hébridas, y me encantó cómo combinan con la majestuosidad de los paisajes de tonos suaves. ¿Y qué mejor sitio para trabajar en esta técnica que las agrestes, embravecidas costas occidentales de estas islas celtas? En mi cabeza estaba ya viendo las imágenes que tomaría en Staffa y Fair Isle.
Llevo cuarenta años trabajando como fotógrafo profesional, veinticinco de ellos como colaborador habitual de National Geographic. En todo este tiempo, no he dejado de sentir el reto que me plantean los trabajos que mis colegas publican en la revista y, a la vez, estoy asombrado por la frescura del estilo de las nuevas generaciones de fotógrafos, que sigo en varias publicaciones y a través de Flickr.
En este mismo viaje, a bordo del Explorer, algunos de ellos me han estado preguntando cómo enfoco ciertos problemas. Y siempre que sugiero una solución de las que no vienen en los manuales, suelen decirme: "¿Va a funcionar?"
Pregunta a la que me respondo a mí mismo: "Y yo qué sé... ¡vamos a probar!"