¿Cuál es para usted la esencia de su estilo de fotografía?
Sugerir es crear, describir es destruir, esta es una frase que se atribuye a Robert Doisneau y que para mí encierra toda la esencia de la fotografía. Cuando un aficionado, una persona hace una fotografía intentando hacer un mero reflejo de lo que tiene delante, casi siempre tiene las de perder, porque la realidad es mucho más rica en matices que tú lo que puedas obtener en una imagen. En cambio en el momento en que añades en esta imagen los elementos necesarios para que el espectador pueda llegar a sus propias conclusiones, el grado de comunicación es muchísimo más grande.
Usted ha dicho que en este proyecto se ha sentido casi como un fotógrafo de guerra, ¿puede explicarnos esta afirmación?
Efectivamente. Si algo he aprendidos es que esta es una guerra por la protección, la conservación y la renovación de los ecosistemas marinos, y para fotografiarlo hay que estar muy cerca. Robert Cappa es famoso por una de sus frases, que es que si no fotografiaste desde cerca, la fotografía está mal hecha. Y en este caso era preciso estar allí, estar en cubierta, estar al lado de los científicos, estar viendo lo que hacían y analizando lo que extraían. Desde un punto de vista iconográfico transmitiendo al espectador las claves que le permitan hacerse una idea de la batalla que se está librando.
Como fotógrafo de guerra he intentado estar en primera línea. Esto es una guerra contra los problemas del mar y es preciso captar algo que no se puede ver a simple vista. Esto es lo que hacen los científicos y yo como fotógrafo he intentado estar lo más cerca posible, tanto del mar como de ellos, para ver sus reacciones, para ver sus conclusiones y para dar al espectador las claves necesarias para entenderlo.
No puedes fotografiar una guerra desde tu hotel, tienes que estar en primera línea, cerca de las trincheras, al lado de los combatientes para poder percibir lo que está sucediendo
¿Qué ha aprendido durante el rodaje de este documental?
He aprendido que en muchos casos, hay especies que están sufriendo de sobreexplotación y que es un despilfarro que no podemos permitirnos. Necesitamos todas las especies para que las cadenas tróficas continúen, para que los ecosistemas no varíen, para que haya un futuro y una sostenibilidad. He aprendido también que es muy complicado para los científicos tener que explicar cuál es realmente el estado actual del mar y llegar a decisiones definitivas, a decisiones que se puedan aplicar. Y también el esfuerzo que significa tener que investigar algo que está a veces a miles de metros de profundidad.
Y tras una convivencia tan prolongada con los científicos a bordo de los barcos Miguel Oliver y Vizconde de Eza, ¿cuál es su opinión acerca del trabajo que están haciendo?
El trabajo científico no está valorado como se merecería. Un científico es una persona que se embarca, que se pasa muchísimos días sin estar con los suyos, solamente haciendo un trabajo ciego que no se ve, que finalmente se transmite en números, en cifras, en estadísticas. Es recoger el material, la parte más dura del trabajo, para que luego sea procesado en tierra con medios muchos más sofisticados. Es levantarse al amanecer y acabar a veces a la media noche en un trabajo sordo, repetitivo, muy pesado y además absolutamente ciego para la sociedad. Los científicos están allí en primera línea, recibiendo los impactos, viendo y confirmando lo que está sucediendo pero necesitan transmitir esta información. Si esta información no se transmite no sirve para nada, todos sus esfuerzos, todos sus análisis, todo su trabajo clasificando midiendo, evaluando, preparando las muestras que han obtenido se van a quedar guardadas en los anaqueles, si no hay un movimiento importante a la hora de concienciarnos de lo que está sucediendo. Creo que la información de los científicos es fundamental que se transmita por la cadena comunicativa a los políticos, se transmita al pueblo, para que se tomen decisiones importantes, decisiones que nos afectan a todos. Lo que estos científicos investigan es fundamental para la estabilidad de los ecosistemas en el futuro, para saber si un ecosistema es vulnerable y por ahí no se puede pescar o para saber qué zonas se han sobreexplotado y es necesario hacer algún tipo de acción. Por otro lado también es fundamental lo que los científicos hacen, que es informar de los excesos de pesca.
¿Cuál es la intención última que hay tras sus fotografías?
Mis fotografías, pretenden inspirar a la gente para que se preocupe por el planeta. Lo que pretendo es concienciar de lo que está sucediendo en estos momentos con el mar. El mar ocupa tres cuartas partes del planeta y lo que suceda allí nos afecta de alguna manera a todos.
Estamos acostumbrados a ver imágenes idílicas del mar, a ver aguas azules, de un azul profundo con bellos animales nadando por allí como si estuvieran en un acuario. En realidad el mar está en peligro y esta es la guerra que estamos librando, pero es una guerra invisible, es una guerra invisible porque a pesar de que hablamos del planeta tierra de una manera global, no caemos en la cuenta que el mar está ocupando el 70% de nuestro planeta y por lo tanto, cualquier cosa que sucede en el mar, tarde o temprano tendrá una repercusión en la tierra.
¿Qué opina de la tecnología utilizada para los estudios científicos?
En el Miguel Oliver, hay una tecnología puntera increíble, es una de las cosas que tenemos en España que se debería conocer. Están trabajando con aparatos que hacen cosas que hace menos de una década era impensable, obteniendo detalles asombrosos de los fondos marinos, obteniendo una gran cantidad de información sobre la salinidad del mar, sobre las condiciones del agua y sobre todo, trabajando continuamente en sondas y en dragas, sacando material de diferentes zonas del mar para poder hacer una comparación y para llegar a conclusiones de lugares que hasta hace poco no se sabía nada de ellos.
El trabajo que yo he visto en primera línea es fundamental para entender cómo funciona esta batalla. Ellos, y en este caso yo a su lado, lo que hemos hecho ha sido recopilar datos, recopilar una información vital con esta tecnología tan puntera que hay en el Miguel Oliver, y de alguna manera ellos son los encargados de enviar esta información a laboratorios e instituciones que son capaces de tomar decisiones. Decisiones que, por ejemplo, permitan la moratoria de pesca de una especie determinada, o la protección de un ecosistema que está en especial peligro.
Si no tuviéramos estos datos sería imposible actuar y gracias a esta información, la UE o Naciones Unidas podrán ser capaces de tomar decisiones que de alguna manera nos afectarán a todos positivamente, a los seres del mar, y a nosotros.
Usted es conocido como “el fotógrafo de la gente”, pero nunca había realizado un trabajo de esta naturaleza. ¿Qué ha supuesto para usted este proyecto?
A nivel personal, esta aventura ha sido un reto para mi forma de trabajar. Estoy acostumbrado a trabajar con personas, con viajes, pero nunca había estado tan cerca del mundo científico, trabajando tan codo a codo en un lugar con muy difícil acceso. Estar embarcado durante tantas semanas en medio del océano, en medio de tormentas, de mal tiempo, de fuerza ocho, de mar cruzada, conviviendo con personas que están… que conocen tanto su trabajo y que están concentradas y tan concienciadas a la vez en lo que hacen, ha sido un privilegio y a la vez una responsabilidad. No solamente se trata de fotografiar, se trata de entender, si quiero sugerir, necesito saber qué es lo que voy a sugerir.
He tenido que aprender muchas cosas que no sabía y ponerlas en práctica a partir de la inmensa suerte de tener una información de primera mano, de poder ver con mis propios ojos qué es lo que estaba sucediendo y de poder acceder a las muestras o de incluso de poder fotografiar algunas de las muestras que normalmente sólo conocía por el papel impreso o por internet.
¿Cuáles son sus conclusiones tras haber realizado estos viajes?
Esto ha sido una experiencia que ha cambiado mi vida, mi percepción del océano y mi percepción del mundo científico. Uno tiene una noción de consumidor, sencillamente quieres que haya pescado en el mercado, quieres que haya pescado en los restaurantes, pero nunca has pensado que este pescado se pueda acabar o nunca has pensado en el esfuerzo que supone mantener los ecosistemas lo suficientemente abiertos para que las cosas continúen como han sido hasta ahora. Son los científicos los que están metidos en el medio de la nada, en un lugar con relativa, relativamente pocas plazas, con poco espacio, intentando investigar algo tan grande como son los océanos. El estar con ellos en primera persona me ha permitido ver el mar desde una perspectiva diferente. Lo que están haciendo los científicos es de un valor extraordinario porque están trabajando en un mundo ciego para la sociedad, tienen que convencer al que no ve de lo que se está destruyendo, de lo que quizás no volverá a crearse, de lo que estamos perdiendo. Y tienen que convencerlos a partir de información científica, de datos, de estadísticas. Es un poco como cuando se empezó a hablar de que había un cambio climático, que había escépticos o personas que sencillamente no creían en ello. En el mar está sucediendo algo paralelo, algo muy parecido. Lo que sucede es que el mar tiene muchas más dificultad para ser cuantificado, y sólo podemos basarnos en los datos que nos están dando estos científicos.
Es fundamental que trabajando en un campo de batalla tan grande, que ocupa ¾ partes de la tierra, tomemos conciencia de lo que está sucediendo. Esta es una batalla que los científicos nos están dando las claves para ganarla, y debemos escucharlos para poder mantener las cadenas tróficas que existen en la actualidad.
¿Cómo ha sido la experiencia de compartir la navegación con científicos de distintas nacionalidades?
En la campaña de ecosistemas vulnerables del Miguel Oliver había científicos de varias nacionalidades. Había rusos, había canadienses, había ingleses y por descontado los españoles. Ver las relaciones entre ellos también era un tema muy interesante porque, de alguna manera, cada uno proviene de una sociedad diferente y todos estaban haciendo un esfuerzo para ponerse de acuerdo en aras del pensamiento científico. Veías cómo los canadienses, los ingleses, los rusos hacían un esfuerzo para entender la peculiaridad española, intentaban hablar español, aprender nuevas palabras, aprender canciones… y a la vez había un contrapunto, los españoles se interesaban por las cosas que explicaban los científicos de las otras nacionalidades. Era como estar en Naciones Unidas pero en medio del océano. Luego, hubo momento mágicos como cuando cada uno intentaba explicar a los otros temas mucho más personales la manera de entender la sociedad, la manera de ver la vida. O incluso, en un momento determinado hasta se intercambiaban letras de canciones para sacarle un poco de hierro a toda la tensión del día trabajando en temas mucho más complicados.
Si tuviese que quedarse con algo de la experiencia en el rodaje, ¿con qué se quedaría?
Uno de los placeres que una persona que no se hay embarcado nunca desconoce, son los momentos de placidez de un barco. Después de estar tantas horas rodeado de personas con las que tienes que convivir, llevarte bien, y sobre todo, intercambiar información, todo el mundo creo que necesita un momento para sí mismo. Estos momentos los puedes conseguir en el camarote pero teniendo el privilegio de poder subir a cubierta, a diferentes cubiertas, ver el mar, ver las nubes, es casi, casi impensable encerrarte en tu camastro. Ha habido momentos verdaderamente mágicos, no puedo decir indescriptibles porque se supone que he estado tomando fotografías, pero que serían casi indescriptibles. La emoción que tuve cuando vi los primeros calderones, aquellos calderones que navegaban, que se acercaban y además fue una emoción compartida, uno se lo decía al otro, nos avisábamos, íbamos a fotografiarlos y a veces estaban demasiado lejos para hacer una buena fotografía pero, ver estas familias que navegan juntos, padre, niños y madre, en grupos de cien, ahora salen por aquí, ahora salen por allí, es algo similar a ver ballenas, a ver delfines, de hecho los calderones son delfines, pero no tiene parangón con un zoológico, ni con nada que veas por televisión. Lo estás viendo en directo, y aquello es algo que te llega directamente al corazón. Luego también, las nubes, los juegos de nubes, los cambios de colores del mar, la niebla que a veces nos rodeaba, hacía que el mar tuviera un color especial y en el momento en que la niebla se abría, los colores del mar iban cambiando paulatinamente. A veces entraba el sol y, de repente, se reflejaba en el barco y se creaban imágenes que nunca habías visto y nunca te podías haber imaginado desde la costa. La manera de moverse del mar, las olas, las nubes, las puestas de sol, la niebla…
Por otro lado, navegar durante tantas semanas en medio del océano, te permite reflexionar sobre muchas cosas, no sólo reflexionar sobre los ecosistemas vulnerables, sino también reflexionar sobre a dónde vamos, hacia la necesidad de mantener las cadenas tróficas, lo importante que es que preservemos en un momento determinado las especies para permitir que el mar se regenere.
Todas estas campañas son importantes porque yo, que en estos momentos tengo una hija de 10 años, quiero que mi hija y los hijos de mi hija, puedan ver estas mismas especies que nosotros estamos viendo e intentando preservar en estos momentos.
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