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FRACKING

FRACKING

Cortesía de Mark Thiessen, National Geographic

La valoración sobre el llamado fracking (fracturación hidráulica) en el estado de Nueva York lleva ya cuatro años en proceso y está lejos de culminar.

En este momento, el centro de todas las miradas es el Comisionado del Departamento de Salud del estado, Nirav Shah, que ha afirmado que en unas semanas confirmará al gobernador Andrew Cuomo si el plan de fracking del Departamento de Conservación Ambiental protege suficientemente la salud. Dependerá entonces del Gobernador que se aplique la técnica, que supone inyectar miles de litros de agua mezclada con sustancias químicas en las rocas bajo tierra para la obtención de gas natural.

La combinación de la fracturación hidráulica con la perforación horizontal ha iniciado una nueva era en la producción de gas natural en Estados Unidos, especialmente en estados como Texas y Pensilvania. Nueva York, que en parte se asienta sobre la misma formación de shale (roca de pizarra) responsable del boom de Pensilvania, fijó en 2008 una moratoria sobre el fracking.

No parece probable que la decisión de Shah ponga fin a este polémico debate, pero la inclusión de la salud como elemento fundamental de su valoración añade cierta complejidad a un asunto ya de por sí espinoso. Mientras que los distintos estudios se han centrado en examinar el impacto medioambiental de esta técnica, desde la posibilidad de que provoque terremotos a la potencial contaminación del agua por gas metano, el efecto directo sobre la salud ha recibido una atención científica relativamente limitada. La principal preocupación es confirmar si el agua potable, la calidad del agua o el nivel de ruido se verían afectados en el proceso y, por tanto, afectarían la salud, como señala Robert Jackson, catedrático de Medio Ambiente de la Universidad de Duke.

Algunos expertos afirman que no hay pruebas suficientes para determinar si el proceso podría dañar la salud de los que viven o trabajan cerca de pozos de gas natural. Según Madelon Finkel, catedrático de Salud Pública del Weill Cornell Medical College de la ciudad de Nueva York, los estudios sobre las consecuencias para la salud han sido hasta ahora poco rigurosos. «La gente llega y te dice ‘tengo esto, aquello y lo otro, y no lo tenía antes del fracking, así que debe ser por eso», comenta. «Sin los estudios adecuados no tenemos más que conjeturas», añade. Finkel y sus compañeros están intentando conseguir financiación para un estudio en profundidad sobre las consecuencias para la salud en el suroeste de Pensilvania.

El vas natural y el cambio climático

Según Jackson, coautor del estudio y las recomendaciones de 2011 sobre fracking, la falta de financiación ha sido uno de los obstáculos a la hora de estudiar sus efectos sobre la salud. Otro sería determinar exactamente qué examinar. Por ejemplo, poco después de cambiar la calidad del aire aparecerían más síntomas de asma. Sin embargo, otras enfermedades, como el cáncer, se desarrollarían años más tardes de la exposición y otras, más raras, necesitarían estudios muy complejos para detectar su aumento.

Geisinger Health System, con base en Pensilvania, está llevando a cabo un estudio más completo, que trata a cientos de miles de personas que viven cerca de la formación Marcellus, la enorme formación de roca subterránea responsable de la producción de gas de esquisto de Pensilvania (aproximadamente 20 por ciento de la formación Marcellus  se encuentra en la zona del suroeste del estado de Nueva York).

Geisinger cuenta con la ventaja del uso de registros médicos electrónicos. Los investigadores esperan poder emplear estos datos, junto con los de Susquehanna Health, Guthrie Health y el departamento estatal de salud, para estudiar las consecuencias de la técnica. Según Brian Schwartz, catedrático de la Johns Hopkins University que participa en las investigaciones, los primeros estudios se centran en los síntomas del asma y las consecuencias para el embarazo.

Los datos de Geisinger son importantes porque cubren personas que viven en una amplia franja del estado e incluyen información de antes y después de que empezaran las perforaciones en 2006. Según Schwartz, el estudio «nos permite observar las consecuencias para la salud en una zona muy amplia y un largo periodo de tiempo de una forma relativamente eficiente». Además de examinar los síntomas de asma y las consecuencias para el embarazo, los investigadores de Geisinger y otras instituciones están preparando otros estudios basándose en los mismos datos. La iniciativa podría llevar 20 años y los resultados de los primeros estudios no estarían disponibles hasta pasado al menos un año.

La Agencia de Protección Medioambiental de Estados Unidos y la Universidad de Pensilvania también están llevando a cabo varios estudios centrados en la salud. Sin embargo, ninguna de estas investigaciones terminará a tiempo para las conclusiones de Shah. Según los investigadores, algunos de los hallazgos de estos estudios podrán aplicarse a todos o casi todos los puntos de fracking, mientras que otros, como la calidad del aire, que depende del viento, podrían ser menos generalizados.

Karen Moreau, directora del Consejo Estatal del Petróleo de Nueva York, una división del Instituto Americano del Petróleo, afirma que el único riesgo en la zona en la que se llevaría a cabo la perforación es el desempleo. En su opinión, el fracking proporcionará trabajo y dinero, y los beneficios sociales asociados a ellos.

En cuanto a los problemas de salud relacionados con otras zonas, señala que «no hay nada que sugiera el tipo de conclusiones que algunas organizaciones proponen. Se trata de un método de décadas de antigüedad con una protección récord en términos de seguridad y medio ambiente».

Cuomo no ha confirmado cuándo tomará la decisión sobre el fracking en Nueva York y se desconoce cuándo habrá resultados concluyentes, si los hay. «El riesgo es muy elevado», señala Madelon Finkel. «Si perforamos tenemos que tener en cuenta la seguridad y la salud antes de hacerlo. Creo que no somos conscientes de las posibles consecuencias».

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