Así son las vidas de los hikikomori, los japoneses aislados de la sociedad

La fotógrafa Maika Elan explora el mundo oculto de los hikikomori y de las personas que les ayudan.

Wednesday, February 14, 2018,
Por Laurence Butet-Roch - National Geographic
Fotografías de Maika Elan
Fuminori Akora
Fuminori Akora, de 29 años, lleva un año en esta habitación. «Él dice que es un gran hombre y que puede hacer cosas extraordinarias, pero no siempre hace todo lo que puede», explica la fotógrafa Maika Elan, que lo visitó con una trabajadora social. «Cambia de aficiones y objetivos con frecuencia y dice que poco a poco se ha ido perdiendo».
Fotografía de Maika Elan

En Japón, según observa la fotógrafa Maika Elan, «siempre hay dos lados opuestos. Es moderno y tradicional, bullicioso y muy solitario. Los bares y restaurantes siempre están llenos, pero si miras con atención, la mayoría están llenos de clientes que comen solos. Y en las calles, sin importar la hora que sea, ves oficinistas exhaustos».

Las personas homólogas a quienes viven vidas solitarias en público podrían ser aquellas que han optado por vivir aisladas. Esta gente, conocida como hikikomori, son sobre todo hombres que no han participado en la sociedad o mostrado el deseo de hacerlo durante al menos un año. Dependen de sus padres para cuidarlos. En 2016, el censo del gobierno japonés elevó la cifra a 540.000 personas entre los 15 y los 39 años. Pero podrían ser el doble. Como muchos prefieren permanecer totalmente escondidos, no se contabilizan.

Cuando Elan fotografió a Ikuo Nakamura, de 34 años, ya llevaba siete años en su habitación.
Fotografía de Maika Elan

Elan, que es vietnamita, oyó hablar por primera vez de los hikikomori cuando estaba en Tokio para una residencia artística de seis meses. Contactó con una mujer japonesa llamada Oguri Ayako, que trabajaba en New Start, una ONG dedicada a sacar a los hikikomori de su aislamiento.

A petición de sus padres —y por un coste de casi 6.500 euros al año— mujeres como Ayako contactan de forma regular con los ermitaños, empezando con cartas. El proceso lleva meses, ya que implica que el las abran, respondan, hablen por teléfono y hablen a través de la puerta hasta que, finalmente, la dejan pasar. Tarda muchos más meses en conseguir que salgan con ella al exterior. Su objetivo es conseguir que vivan en una residencia de New Start y participen en su programa de capacitación laboral.

Ayako, cuyo papel como «hermana de alquiler» puede entenderse mejor como el de una trabajadora social, dice haber ayudado a entre 40 y 50 hikikomori a salir de su aislamiento a lo largo de su carrera.

La «hermana de alquiler» Ayako Oguri escribe a Masahiro Koyama, de 40 años, que lleva 10 años en su habitación. Esta es la tercera visita de Ayako a su casa. Como se niega a hablar, le escribe cartas y las deja frente a su habitación.
Fotografía de Maika Elan

Elan acompañó a Ayako en visitas a 11 hikikomori diferentes y, tras cinco o seis reuniones, le permitieron sacar fotos. «Al principio pensaba que eran vagos y egoístas», admite. Pero con el tiempo, a medida que los iba conociendo, se dio cuenta de lo considerados y perceptivos que pueden ser. «Hay tantas personas ahí fuera, trabajando y sacrificándose; los hikikomori, de alguna forma, equilibran Japón».

La situación no es exclusiva de Japón, aunque es más grave aquí. Elan cita muchas razones que lo explican: un número cada vez mayor de familias tienen solo un hijo en el que depositan todos sus sueños y esperanzas, pocos de ellos tienen modelos de conducta porque sus padres trabajan día y noche, los roles de género siguen atribuyendo gran parte de —si no toda— la responsabilidad económica al patriarca del hogar, por mencionar algunas.

Chujo, de 24 años, lleva dos años siendo hikikomori. Sueña con convertirse en un cantante de ópera, pero como es el hijo mayor, su familia quiere que participe en el negocio familiar. Trabajó en una oficina durante un año, pero era tan estresante que sufría dolor de estómago. También comparaba su situación con la de su hermano pequeño, que podía hacer todo lo que quería. Enfadado, se portaba mal, provocando más reprimendas por parte de su familia lo que, a su vez, intensificaba su sentimiento de vergüenza. Se encerró en su habitación durante un año hasta que sus padres le obligaron a unirse a un programa de apoyo.
Fotografía de Maika Elan

Otra explicación puede encontrarse en el cambio cultural del país de una sociedad con mentalidad colectiva a otra más individualista, especialmente entre las generaciones más jóvenes, que buscan formas de expresar su originalidad. «En Japón, donde todavía se aprecia la uniformidad y la reputación y la apariencia externa son fundamentales, la rebelión es silenciosa, como los hikikomori», afirma.

«Cuanto más tiempo pasan los hikikomori al margen de la sociedad, más conscientes son de su fracaso social», explica Elan. «Pierden la poca autoestima y confianza que tienen, y la perspectiva de dejar el hogar les aterroriza. Encerrarse en su habitación hace que se sientan "seguros"».

Elan pretende continuar este proyecto centrándose más en las hermanas de alquiler. Estas mujeres, desconocidas para los hikikomori, podrían ser la solución de su malestar. Un buen ejemplo es que Elan acaba de enterarse de que uno de los hikikomori a los que fotografió, Ikuo Nakamura, se ha casado con su hermana de alquiler, Oguri Ayako. Ahora quiere convertirse en un hermano de alquiler para ayudar a otros como él.

Puedes ver más fotografías de Maika Elan en su página web.

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