La etiqueta «sin BPA» no implica que un producto de plástico sea seguro

Cada vez aparecen más alternativas al infame compuesto bisfenol A. Sin embargo, los investigadores no están convencidos de que sean mejores.

Por Maya Wei-Haas
Publicado 14 sept 2018, 13:40 CEST
BPA
La preocupación por los posibles efectos tóxicos del BPA o bisfenol A han hecho que los fabricantes desarrollen una gama de alternativas de aspecto similar. Sin embargo, cada vez más investigaciones sugieren que estos también podrían ser perjudiciales para la salud.
Fotografía de David McNew, Getty Images
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El estudio comenzó por accidente. La genetista Patricia Hunt, de la Universidad del Estado de Washington, y su equipo investigaban los efectos reproductivos del bisfenol A en ratones. Suministraron al grupo de estudio, al que colocaron dentro de jaulas sin BPA, dosis de BPA mediante un gotero, algo que no hicieron con el grupo de control.

Al principio, todo parecía prometedor.

«Nuestros datos de control empezaron a torcerse», cuenta Hunt. Las diferencias entre este grupo y de estudio desaparecieron y muchos controles empezaron a mostrar trastornos genéticos. Pese a la confusión inicial, el equipo descubrió que algunas de las jaulas de plástico estaban dañadas y filtraban bisfenol S, o BPS, una alternativa al infame compuesto plástico BPA.

Hunt explica que fue como un déjà vu. Hace 20 años, tuvo el mismo problema con el BPA en jaulas para ratones de policarbonato. Ahora, su estudio sobre los efectos de varias alternativas al BPA, motivado por sus hallazgos accidentales, sugiere que estos sustitutos afectan a la reproducción en ratones prácticamente de la misma forma.

Por supuesto, es complicado sacar conclusiones entre los efectos en estos animalillos y los efectos en humanos, pero las últimas investigaciones se suman a un corpus de pruebas creciente que sugiere que los plásticos sin BPA no siempre son seguros. Es más, el estudio hace hincapié en un problema más amplio del desarrollo de compuestos comerciales: cuando se retiran sustancias químicas del mercado, se suelen remplazar con otras que no solo tienen un aspecto similar, sino que surten un efecto similar en nuestro organismo.

«Debemos ponernos al día como detectives de enfermedades», afirma Leonardo Trasande, director de la división de pediatría ambiental en NYU Langone Health, que no participó en la investigación. Sin embargo, esta labor detectivesca es un caso perdido, algo que compara con «el juego Guacamole químico».

¿Qué es el BPA?

El bisfenol A o BPA es un compuesto habitual presente en resinas y algunos tipos de plástico. Es una sustancia química conocida como interruptor endocrino. En el organismo, estas sustancias químicas pueden actuar como hormonas o alterar funciones hormonales normales.

«Lo preocupante de esto es que las hormonas regulan casi todo en nuestros cuerpos», afirma Johanna Rochester, científica jefe de la organización sin ánimo de lucro The Endocrine Disruption Exchange, que no participó en el estudio. En el caso del BPA, preocupan sus efectos imitadores del estrógeno.

En las dos últimas décadas, la investigación sobre el BPA se ha disparado. Una gran cantidad de estudios documentan efectos negativos reproductivos, metabólicos y del desarrollo en un conjunto de animales salvajes: macacos Rhesus, peces cebra, nematodos y ratones. Hasta los estudios en humanos han vinculado el BPA a una serie de problemas de salud.

En los años 50, el BPA se utilizó en las primeras resinas epoxi. Poco después, Bayer y General Electric descubrieron que las moléculas poseían un truco ingenioso: podían unirse mediante un pequeño compuesto conector para formar un plástico duro y brillante conocido como policarbonato.

De pronto, el BPA estaba por todas partes: botellas de agua, platos de plástico, coberturas de alimentos enlatados, biberones, recibos del supermercado e incluso en algunos sellantes dentales. Pero, mientras la gente bebía de sus botellas de agua y comía sus platos de microondas, estaba consumiendo sin saberlo pequeñas cantidades de BPA que se filtraban de los recipientes de plástico a su comida y bebida.

Desde entonces, el compuesto se ha vuelto tan ubicuo que de las 2.517 personas analizadas en los Centros de Control y Prevención de Enfermedades estadounidenses para la Encuesta Nacional de Examen de Salud y Nutrición de 2003-2004, el 93 por ciento presentaba niveles detectables de BPA en la orina.

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    La creciente presión pública obligó a las empresas a dejar de lado el BPA, lo que produjo una afluencia de productos con la etiqueta «sin BPA». Pero la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense (FDA, por sus siglas en inglés) solo prohíbe oficialmente el compuesto en biberones infantiles, tacitas infantiles y envases de leche infantil. Según la página web de la FDA: «los estudios llevados a cabo por el Centro Nacional de Investigación Toxicológica de la FDA (NCTR, por sus siglas en inglés) no han mostrado efectos del BPA por la exposición a dosis reducidas».

    Diferentes, pero no mejores necesariamente

    Desde que el BPA se puso de moda, los fabricantes dieron pie a un frenesí de desarrollo de plásticos, creando más variantes de a las que los científicos podían seguirles la pista: BPS, BPF, BPAF, BPZ, BPP, BHPF y un largo etcétera. Todas tienen «BP» en el nombre porque comparten la misma estructura química básica que un bisfenol. Cada nueva versión presenta solo ligeras diferencias, como si cambiaras una pieza de Lego azul por una roja.

    El estudio más reciente se suma al creciente conjunto de investigaciones que sugiere que los consumidores no están fuera de peligro al comprar plásticos sin BPA. Los resultados demuestran que los sustitutos habituales al BPA —BPS, BPF, BPAF y difenil sulfona— pueden interferir con lo que Hunt caracteriza como «la primerísima parte de la elaboración de óvulos y esperma».

    Normalmente, los ratones —y los humanos— obtienen una copia del material genético de cada progenitor y, a continuación, unen fragmentos de cada uno para formar el cromosoma que transmiten a la siguiente generación. Hunt y su equipo descubrieron que el BPA y sus alternativas alteran este proceso de forma que podría provocar en última instancia una disminución del recuento de esperma en varones y una reducción de la calidad del óvulo en mujeres. Es más, los cambios pueden transmitirse a varias generaciones.

    Aunque todavía existen lagunas en la comprensión de cómo afectan las alternativas el BPA a los humanos, los investigadores están preocupados. «Se parecen mucho al BPA. Es lógico que se comporten de forma muy similar al BPA», afirma Hunt. Rochester está de acuerdo y afirma que dicha conclusión «no sería descabellada». Y este no es ni de lejos el único estudio que sugiere que las alternativas al BPA son perjudiciales. Solo el año pasado se publicaron decenas de ellos.

    «Demuestra la realidad de que tenemos que regular los productos químicos, no uno a uno, sino por clase, de forma que nos permita combatir los compuestos químicos de estructura similar», afirma Trasande.

    ¿Cómo ha ocurrido esto?

    Los científicos utilizan un término para describir este intercambio químico análogo: sustitutos desafortunados. Y el problema no es exclusivo del BPA. Muchos grupos de compuestos sufren el problema de sustitutos muy similares, como los retardantes de llama (empleados en muebles, vehículos y aparatos electrónicos), los ftalatos (empleados en cosméticos, productos de higiene personal, adhesivos, plásticos y productos farmacéuticos) y polifluoroalquilos (empleados en productos antiadherentes como el teflón).

    La legislación para evitar que esto ocurra es sorprendentemente escasa. Además, muchos de los análisis para identificar interruptores endocrinos como el BPA están desfasados. «Los antiguos métodos habituales de análisis toxicológico se diseñaron hace décadas. Son técnicas bastante rudimentarias», explica Hunt.

    Aunque muchos estudios gubernamentales solo muestran efectos del BPA en dosis altas, muchos investigadores académicos independientes han demostrado que las dosis bajas de BPA también tienen efectos negativos. Para reconciliar estas diferencias, tres organismos gubernamentales —el Instituto Nacional de Ciencias de Salud Ambiental (NIEHS, por sus siglas en inglés), el Programa Nacional de Toxicología (NTP, por sus siglas en inglés) y la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés)— se aliaron recientemente con un grupo de investigadores independientes para llevar a cabo un estudio multimillonario llamado CLARITY-BPA (Consortium Linking Academic and Regulatory Insights on BPA Toxicity). Cada equipo analizó efectos diferentes, pero todos emplearon la misma base experimental. Hunt cree que, en última instancia, este tipo de trabajo podría dar pie a mejores pruebas toxicológicas.

    A los científicos les preocupa el informe preliminar publicado en febrero que detalla la parte normativa de los resultados. En general, los resultados del estudio preliminar concluyen que el BPA tiene «efectos mínimos» con dosis bajas. La FDA no ha respondido a nuestra petición de comentarios al respecto.

    «Es una gran idea; en realidad necesitábamos mejorar los análisis toxicológicos», afirma Hunt, pero añade que «existen muchos problemas con el CLARITY». Con inconvenientes con los controles, la selección de los animales a estudiar o la contaminación del sistema —como la que inspiró el último estudio de Hunt—, científicos externos alegan que numerosos factores han alterado el resultado final.

    El lado positivo

    Hay un pequeño rayo de esperanza al final del arcoíris de plástico. «La buena noticia es que si se puede eliminar todo esto de la faz de la Tierra, podríamos volver atrás», afirma Hunt. El estudio más reciente determinó que, si los investigadores dejaban de proporcionar a los ratones alternativas al BPA, los machos recuperaban su estado normal en solo cuatro generaciones.

    Trasande señala que los consumidores también pueden tomar medidas para evitar las alternativas al BPA. Sugiere evitar los plásticos con los números de reciclaje 3, 6 y 7, que contienen compuestos preocupantes; no meter plásticos en el lavavajillas o el microondas, ya que puede dañarlos y hacer que filtren más BPA o sus alternativas; tirar el plástico cuando esté viejo o desgastado; y optar por recipientes de vidrio o acero en lugar de latas de aluminio revestidas cuando sea posible.

    Respecto a los legisladores, Rochester advierte que no hay tiempo que perder a la hora de tomar medidas para alejarse de las alternativas al BPA. «No queremos esperar otros 20 años para que todos estos estudios en humanos demuestren que hay un problema», afirma. «No podemos ir de nuevo por ese camino».

    Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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