El descenso de las emisiones de carbono por la pandemia no ralentizará el cambio climático

Puede que las emisiones hayan caído, pero el dióxido de carbono aún se acumula en la atmósfera. Los expertos advierten que es más importante que nunca descubrir soluciones al cambio climático.

Thursday, May 21, 2020,
Por Alejandra Borunda
Contaminación

 

Las centrales eléctricas, la industria y otras actividades que emiten carbono han seguido expulsando gases de efecto invernadero durante los confinamientos por el coronavirus.

Fotografía de Bartek Sadowski, Bloomberg/Getty Images

En mayo, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ascendió a casi 418 partes por millón. Es la máxima registrada en la historia humana y es probable que sea la más elevada de los últimos tres millones de años.

El récord se ha batido en plena pandemia de coronavirus, pese a que la crisis sanitaria ha provocado una de las mayores y más drásticas caídas de las emisiones de COque se han registrado hasta la fecha. Según una investigación publicada esta semana en Nature Climate Change, durante el pico de los confinamientos globales en el primer trimestre del año las emisiones diarias eran en torno a un 17 por ciento inferiores a las del año pasado.

Sin embargo, Richard Betts, científico de la Met Office del Reino Unido, señala que ni los grandes desplomes de las emisiones de dióxido de carbono repercutirán mucho en la concentración total de CO2 en la atmósfera, y eso es lo que más importa en el caso del cambio climático.

La pandemia ha alterado la vida en todo el mundo y las órdenes de confinamiento han mantenido a mucha gente en casa durante meses. Pero esta alteración solo ha desembocado en una bajada diminuta de la concentración de CO2 en la atmósfera debido al mucho tiempo que perdura el gas.

Entonces, ¿a qué se debe la concentración de récord de 418 partes por millón? Según un análisis publicado en la página web de ciencia y política climáticas CarbonBrief a principios de mayo, habría sido solo 0,4 partes por millón superior sin el descenso de las emisiones provocado por el virus.

Con todo, para el experto en energía y clima Constantine Samaras, el mensaje es evidente: solo porque esta pandemia devastadora tenga un impacto pequeño en los niveles de CO2 actuales no quiere decir que la crisis climática sea una causa perdida.

«Una pandemia es la peor forma posible de reducir las emisiones. Aquí no hay nada que celebrar», afirma Samaras, de la Universidad Carnegie Mellon. «Tenemos que reconocerlo y reconocer que los cambios tecnológicos, conductuales y estructurales son la mejor y la única forma de reducir las emisiones».

Emisiones vs. concentraciones de CO2

Durante este acontecimiento global, letal y sin precedentes, millones de personas se han quedado en casa. Los coches se han quedado aparcados. Los aviones ya no vuelan. Las fábricas han parado o reducido la producción. Los edificios públicos han cerrado sus puertas. Incluso la construcción se ha ralentizado. Casi todos los sectores de la economía que consumen energía han reaccionado a esta conmoción de una forma u otra.

Esto ha desembocado en uno de los mayores desplomes de la cantidad de dióxido de carbono emitido por los humanos en la historia moderna.

En los primeros meses de 2020, las emisiones globales diarias de CO2 eran de media un 17 por ciento inferiores que en 2019. Glen Peters, uno de los autores del análisis de Nature Climate Change y climatólogo del Centro para la Investigación Climática Internacional de Noruega, señala que, durante los confinamientos más restrictivos y generalizados, las emisiones en algunos países eran en torno a un 30 por ciento inferiores a las medias del año pasado.

Las emisiones de China descendieron casi un cuarto en febrero. Otros países descendieron unos pocos puntos porcentuales en marzo y abril, según determinó un equipo dirigido por Zhu Liu, de la Universidad de Tsinghua, en un análisis independiente. Por una parte, los efectos son grandes; por otra, no lo suficiente.

«Solo observaremos un descenso de las concentraciones atmosféricas cuando reduzcamos nuestras emisiones más que ahora y durante más tiempo», afirma. «Es probable que necesitemos una reducción de un 20 por ciento durante un año entero; es decir, cada mes, en todo el mundo, como en abril. Pero el mundo no puede sufrir un confinamiento durante tanto tiempo».

La Agencia Internacional de la Energía estima que las emisiones globales descenderán casi un ocho por ciento frente al año pasado para finales de 2020. Equivaldría a no añadir casi 2600 millones de toneladas de carbono a la atmósfera. El equipo de Nature Climate Change estima que dicho descenso sería de entre un cuatro y un siete por ciento, según cómo se desarrollen los confinamientos durante el resto del año. Si la gente se ve obligada a volver a encerrarse en casa por un aumento de la tasa de infección de la COVID-19, las emisiones podrían descender aún más.

Eso no quiere decir que el problema del dióxido de carbono se haya solucionado ni que haya muchos efectos positivos en una atmósfera llena de CO2.

«El cambio climático es un problema acumulativo», afirma Peters. «No es como otros tipos de contaminación en los que alguien vierte algo a un río y después dejan verterlo y el problema se resuelve. Son todas nuestras emisiones pasadas las que importan».

Imagina que la atmósfera es una bañera. Las emisiones humanas de CO2 son como el agua que sale del grifo. El océano y la tierra, que absorben o consumen parte de ese CO2, son el desagüe. Sin embargo, aunque estén abiertos, solo pueden vaciar la mitad del agua que sale del grifo.

Cuando un evento de gran importancia como esta pandemia provoca un descenso de las emisiones de CO2, es como si hubiéramos cerrado el grifo de la bañera un 17 por ciento. Pero más del 80 por ciento del agua sigue en la bañera, así que el nivel del agua de la bañera seguirá subiendo. Quizá no se llene tan rápido como antes, pero no va a vaciarse del todo.

En resumen, aunque hayan bajado las emisiones, el CO2 sigue entrando y seguirá acumulándose en la atmósfera del mismo modo que lo ha hecho desde que los humanos empezaron a quemar grandes cantidades de combustibles fósiles.

«Tratamos la atmósfera como si fuera un vertedero enorme. Pero cuando tiras algo a la basura, sigue en el vertedero. Sigue ahí fuera. No podemos borrarlo del mapa sin más», afirma Ralph Keeling, científico del Instituto de Oceanografía Scripps cuyo laboratorio dirige el proyecto de supervisión de CO2 atmosférico a largo plazo del Mauna Loa.

¿Qué significa este descenso de las emisiones para el clima?

Los científicos tienen una idea aproximada de cuánto CO2 atmosférico más se acumulará cada año: casi la mitad del que emitamos (la otra mitad la absorben los océanos). Cada año, la concentración media asciende. Por ejemplo, en 2018, las concentraciones subieron en 2,5 partes por millón a una media de 407,4; las medias de 2019 aún no se han publicado, pero se prevé que sea un valor similar.

Además de este patrón ascendente, que depende principalmente de cuánto emitamos los humanos, las concentraciones de CO2 suben y bajan según las estaciones. Son más elevadas a finales de primavera cada año, cuando las centrales del hemisferio norte despiertan del invierno y devoran carbón, y más bajas a principios del otoño, cuando las centrales se desaceleran para el invierno (el hemisferio norte tiene mucha más tierra y centrales que el sur y domina el patrón).

Betts y sus colegas gestionan un modelo que elabora estas predicciones para el año próximo. Normalmente, sus previsiones tienen una fiabilidad increíble. En cuanto quedó claro que el coronavirus sofocaría las emisiones de este año, se dieron cuenta de que podrían averiguar exactamente cuánto afectaría el descenso a las concentraciones totales de CO2 en la atmósfera.

Cuando comenzó la pandemia, el equipo de Betts ya había predicho qué pasaría con el CO2 atmosférico en 2020. Pronosticaron que, en mayo, en el pico del ciclo estacional anual del gas, su concentración probablemente se situaría en torno a las 417 partes por millón. Como era de esperar, a principios de mayo la estación detectó una concentración de poco más de 418 partes por millón. El equipo también previó que, en su mínimo estacional, septiembre, se situaría en torno a las 410 partes por millón. La predicción final de la media para todo el año es de 414 partes por millón, que apenas difiere de las proyecciones del equipo sin tener en cuenta las repercusiones del coronavirus.

Betts afirma que «el mensaje que debemos sacar de esto es que lo que se puede lograr con acciones individuales tiene un límite», acciones como conducir y volar menos. «Es probable que hayamos hecho todo lo posible a nivel personal para reducir nuestras propias emisiones durante esta época devastadora».

Así que «no se trata de volver a la normalidad de antes, sino a una normalidad mejor».

Aún emitimos demasiado CO2

Los que Betts demostró fue la parte pesimista del problema de las emisiones. Incluso con la conmoción económica y las repercusiones emocionales del aislamiento, nuestras emisiones solo han caído un 17 por ciento a corto plazo y es probable que solo caigan un 10 por ciento en todo el año. Los efectos de estas disminuciones en el problema general de los gases de efecto invernadero son infinitesimales.

Explicándolo de otro modo: aún emitimos más del 80 por ciento de CO2 de lo normal, aunque la vida haya sufrido cambios tan devastadores. Ahora es más evidente que quedarse en casa no basta para resolver la crisis climática.

«Desde la perspectiva de la humanidad, la pandemia de la COVID-19 es el mayor acontecimiento que muchos hemos vivido. Afecta literalmente a todos los habitantes del planeta», afirma Anna Michalak, científica del Instituto Carnegie para la Ciencia de Stanford.

«En cierto modo, cuesta reconciliarse mentalmente con el hecho de que una pequeña diferencia en las emisiones parezca casi despectiva. Pero es importante recordar que esto demuestra cómo el uso del carbón como combustible está tan profundamente arraigado en los aspectos del funcionamiento de la humanidad que sigue habiendo emisiones», afirma.

El IPCC ha advertido que los aumentos de la temperatura global deberían limitarse a 1,5 grados centígrados por debajo de los niveles preindustriales para evitar que los efectos más graves y devastadores del cambio climático repercutan en las sociedades humanas. Para lograr ese objetivo, las emisiones de gases de efecto invernadero antropogénicas tienen que empezar a descender casi un 7,6 por ciento cada año desde ahora hasta 2030 (y más allá). Finalmente, claro está, tendrán que llegar a cero.

El desplome de las emisiones de este año se sitúa en torno al ocho por ciento. Samaras afirma que ese porcentaje ni se acerca a representar lo que se conseguiría con un esfuerzo internacional concertado para llegar a esa meta, pero tampoco debe tomarse como un indicador de que nuestros esfuerzos serían fútiles.

«El mensaje no debería ser: “Es demasiado difícil”», afirma. «Debería ser: “Tenemos que esforzarnos para encontrar una forma de hacer esto bien”».

¿De dónde viene todo ese CO2 que aún emitimos?

El equipo de Nature Climate Change ha dividido las fuentes de CO2 en seis categorías y analizado cuánto ha cambiado cada una entre enero y abril, cuando los países entraban y salían del confinamiento.

El mayor cambio de la actividad se produjo en el sector de la aviación, con un descenso medio de un 75 por ciento para principios de abril. Con todo, los aviones solo representan un tres por ciento del problema de las emisiones de CO2, así que ese gran descenso solo ha tenido un efecto pequeño en el «grifo» del CO2.

El otro gran cambio fue en el transporte en superficie (como coches y camiones), donde la actividad diaria disminuyó una media de un 50 por ciento. Ese cambio se ha traducido en un efecto considerable en las emisiones, porque la conducción representa una porción más grande del pastel de las emisiones de CO2. En los cuatro meses en los que hemos conducido menos, se ha evitado que lleguen a la atmósfera unos seis megatones de CO2 al día, el equivalente al kilometraje anual de 1,2 millones de coches en Estados Unidos.

Aproximadamente el 45 por ciento de las emisiones de CO2 mundiales proceden de la generación de energía y calefacción. Durante la crisis, la gente ha necesitado ambas igual que siempre. Las emisiones del consumo de energía bajaron casi un 15 por ciento, que se tradujeron en casi 3,3 megatones de CO2 no añadidos a la atmósfera cada día.

En definitiva, la reducción de las emisiones diarias ha devuelto el planeta a los niveles de 2006. La meta de 1,5 grados del IPCC sugiere que tenemos que volver a los niveles de emisiones de los años 90 en una década.

«Esta pandemia es trágica», afirma Michalak. «No es la forma preferida de nadie [de reducir el CO2]. Pero lo que nos demuestra esta experiencia es que cuando la humanidad se une en torno a un objetivo, pueden ocurrir grandes cambios en poco tiempo».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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