¿Son algunas personas inmunes a la COVID-19? Los genetistas no lo descartan

Miles de personas han estado constantemente expuestas al virus pero nunca han enfermado. Los científicos esperan que su ADN de algunas pistas para encontrar nuevos tipos de tratamientos.

Publicado 8 abr 2022, 15:03 CEST
Escaneado de células infectadas por el virus SARS-COV-2

Escaneado de micrografía coloreado de la célula apoptósica (en verde) con una seria infección de partículas del virus SARS-COV-2 (morado), extraída de una muestra de un paciente. Imagen tomada en el NIAID Integrated Research Facility (IRF) en Fort Detrick, Maryland (Estados Unidos).

Fotografía de Niaid, NIH, Science Source

Tras esquivar la COVID-19 en varias ocasiones durante la pandemia, la sobrecargo Angeliki Kaoukaki se planteó si sería una anomalía médica. Pero posiblemente esté en ese pequeño grupo de personas que podrían tener algún tipo de resistencia genética al virus. Los científicos están corriendo para entender cómo podría funcionar esta resistencia y si esta característica podría usarse para desarrollar nuevos fármacos para luchar contra la enfermedad.

Kaoukaki había trabajado junto con otros miembros de la tripulación de cabina que dieron positivo sin ponerse ella mala. Entonces en julio de 2021 la pareja de Kaoukaki contrajo un cuadro severo de COVID-19 con fiebre alta y un dolor insoportable que duró casi 10 días. Kaoukaki no mostró síntomas, pese a que la pareja estuvo aislada junta durante dos semanas en su estudio de Atenas, Grecia.

Ella seguía dando negativo en varias pruebas PCR y test de rápidos de antígenos, y otra prueba realizada 23 días después de que se confirmara la infección de su pareja desveló que no tenía ningún tipo de anticuerpo en su sangre.

"Cada día [los médicos] me decían que podría ser que tuviera COVID", dice; "pero una y otra vez, daba negativo".

Pese a que la pareja se vacunó, su pareja volvió a contraer COVID-19 durante la ola de Ómicroón en enero. Kaoukaki estuvo aislada con él durante cinco días y, de nuevo, no mostró síntomas y siguió dando negativo en todas las pruebas. Fue entonces cuando empezó a buscar respuestas.

Un artículo online la llevó hasta Evangelos Andreakos, un inmunólogo de la Fundación de Investigación Biomédica de la Academia de Atenas. Formaba parte de un consorcio internacional llamado COVID Human Genetic Effort  que ha estado buscando variaciones genéticas que podrían descifrar porqué algunas personas nunca contraen la COVID-19.

Aunque Andreakos y sus colegas no esperaban encontrar muchos de estos casos para su estudio, se vieron sorprendidos con correos electrónicos de cerca de 5000 voluntarios de todo el mundo con historias similares a las de Kaoukaki. Usando muestras de saliva del 20 por ciento de las personas que cumplían con los criterios de su estudio, Andreakos y su equipo escanearan la región de codificación de los genes y su ADN para ver si encuentran alguna mutación que no esté en en las secuencias genéticas de pacientes que han sufrido episodios de COVID severos o moderados. La esperanza es que algunas de estas personas albergue el secreto para la inmunidad a la COVID-19.

"Esperamos que sea una población rara", dice Andreakos; "pero hay precedentes".

Resistencia a otras infecciones virales

Durante mucho tiempo, se asumía que el resultado de una infección venía dada por los restos genéticos de un patógeno.

"Solía haber una tendencia a pensar más en el patógeno en términos de gravedad: es un patógeno severo o es un patógeno leve", dice el virólogo molecular Johan Nordgren de la Universidad Linköping de Suecia. Se prestaba relativamente menos atención al huésped o si sus genes afectaban a su capacidad para luchar contra la infección, dice.

Pero, en las dos últimas décadas o así, los científicos lo que se conoce como estudio estudios de asociación del genoma completo para identificar ciertos genes o regiones del ADN que podrían estar conectadas a enfermedades específicas. Esto se hace mediante la comparación de las secuencias genéticas de dos individuos infectados con las de aquellas personas que están sanas y buscando correlaciones entre mutaciones y resistencia.

En 1996, este método permitió que el biólogo molecular Stephen O’Brien y sus colegas descubrieran rara mutación genética que protege contra el virus de immunodeficienca humano (VIH) que provoca el SIDA.

La mayoría de las personas tienen una proteína receptora presente sobre todo en la superficie de ciertas células inmonológicas llamada chemokina receptor 5

Most people have a protein receptor present primarily on the surface of certain immune cells called the quimiocina receptora de tipo 5, o CCR5. Este receptor permite al VIH combinarse con la célula e introducirse en ella. Pero el equipo de O'Bien descubrió que algunas personas tienen una mutación que produce un receptor defectuoso.

Para poder resistir, un individuo necesitas dos copias de lo que se ha llamado la mutación delta-32, una de cada progenitor. Una sola copia puede ser insuficiente para evitar que el virus entre en la célula, aunque ralentiza el proceso en el que el paciente desarrolla el SIDA.

"El delta 32 fue un ejemplo tremendamente bueno que convenció a la gente que la genética es importante y que era posible tener una resistencia genética", dice O'Brien.

Los científicos también han rastreado una mutación en un gen distinto que otorga resistencia para ciertas cepas de norovirus que causan la mayoría de las gastroenteritis agudas del mundo. Esta mutación evita que los norovirus entren en las células del tracto digestivo humano.

"En otras palabras, bien fabricas el puerto que usa el virus para entrar en la célula o no lo haces", dice Lisa Lindesmith, que investiga los norovírus en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill (Estados Unidos). “Si no lo fabricas, da igual cuanto virus recibas, no te infectarás".

Aunque la resistencia genética a las infecciones víricas no está muy extendida, el hecho de que ocurra ha disparado el interés en mutaciones similares en individuos expuestos a la COVID.

Los refuerzos genéticos de la resistencia a la COVID-19

El COVID Human Genetic Effort empezó reclutando voluntarios el año pasado, con especial atención a los trabajadores sanitarios que estuvieron expuestos al virus pero no se infectaron y adultos sanos viviendo en casas con una pareja que enfermó y experimentó síntomas de COVID-19 moderados o severos, como Kaoukaki. 

La hipótesis de los científicos era que si los individuos estuvieron expuestos constantemente al al virus y aun así evitaron la infección, era más probable que tuvieran una mutación que les diera inmunidad contra el virus.

Un sospechoso prometedor era el gen que codifica el receptor ACE2 humano y aquellos que regulan su representación en la superficie de la célula. El virus SARS-Cov-" que provoca la COVID-19 debe unirse al ACE2 para entrar en las células e infectarlas. Una mutación que altere su estructura y su representación podría impedir que el virus se acople y evitar la infección.

 Por ahora, el ACE2 parece ser nuestra mejor apuesta, dice Jean-Laurent Casanova, un genetista de la Univesdad Rockefeller (Estados Unidos) que forma parte del COVID Human Genetic Effort. Las variaciones genéticas que permiten que el ACE2 funcione con normalidad pero alteran la interacción con el virus "serían los mejores genes candidatos", dice.

Pero es posible que haya otros factores biológicos, ademas de los del receptor ACE2, que podrían explicar porqué algunas personas no desarrollan una infección del SARS-CoV-2.

Algunas personas podrían tener un sistema inmune fuerte que produzca proteínas antivíricas llamadas interferones de tipo I, que limita la capacidad del virus de replicarse en las células humanas. Son la primera línea de defensa de nuestro cuerpo y aparecen incluso antes de que se formen los anticuerpos contra el virus.

Otra hipótesis es que las células inmunes llamadas células de memoria T que podrían haberse creado en encuentros anteriores con otros coronavirus, como los que causan el catarro común, ayuden a limitar la infección del SARS-CoV-2 en algunos pacientes.

En 2020, antes de la distribución de las vacunas, un estudio encontró una mayor presencia de células de memoria T entre trabajadores sanitarios que estuvieron expuestos al virus pero que no desarrollaron la COVID-19.

Las células de memoria T podrían haberse deshecho del virus más rápido para algunas personas. Pero no es una garantía de que estas personas estén protegidas contra futuras infecciones. "De hecho, sabemos que han terminado por infectarse con variantes más contagiosas y/o puede que ante una dosis mayor del virus", dice Mala Maini, una inmunóloga vírica de University College de Londres (Reino Unido) y una de las autoras del estudio.

Si su estudio encuentra pistas sobre la resistencia genética, Casanova espera que la esa información pueda usarse para desarrollar terapias contra la COVID-19, similares a los inhibidores de CCR5 diseñados para tratar el VIH. Pero la decisión de desarrollar este tipo de terapias, según Casanova, dependerá del tipo de gen mutado que descubran.

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