Querida Mangalyaan: lo que significa para mí la misión india a Marte

Este orbitador sin precedentes ha inspirado a una escritora a seguir soñando con Marte y ha mostrado al mundo cómo podría ser nuestro futuro común en el espacio.

Por Geetha Iyer
Publicado 16 nov 2018, 13:51 CET
Un Marte detallado en la oscuridad del espacio en una imagen global de alta resolución de la sonda Mangalyaan.
Fotografía de Isro, Issdc

Querida Mangalyaan:

Han pasado cinco años desde tu lanzamiento histórico desde la costa este de la India y más de cuatro años desde que te situaste en órbita alrededor de Marte. Estás viviendo mi sueño. Debía de tener tu edad cuando mi padre me llevó por primera vez al Planetario Nehru, en Mumbái, para mostrarme lo grande que era realmente mi mundo. Nos sentamos bajo la cúpula de la sala y las luces se apagaron, permitiéndome ver un campo estelar más denso que cualquier cielo que pueda ver un niño en la ciudad. Podría haber caído en ese cuenco de luces nocturnas.

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Sentí que comenzaba una vida de pasión por los viajes espaciales. Marte sería mi primera parada, a un salto de distancia, pensé. Mi padre estaba de acuerdo. «Debería ser posible llevar a una persona a Marte durante nuestras vidas», me dijo. «Hasta podrías ser tú».

Eso fue hace 30 años. Hoy, tú, Mangalyaan, representas lo que ocurre cuando la gente es lo bastante atrevida como para decir algo tan valiente como «hasta podrías ser tú». Los científicos indios tardaron menos de dos años en construirte y, desde tu lanzamiento el 5 de noviembre de 2013 hasta tu captura en la órbita marciana el 24 de septiembre de 2014, has recorrido más de 643 millones de kilómetros.

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    El tuyo ha sido un viaje extraordinario: casi la mitad de todas las misiones a Marte han fracasado, pero con tu éxito, India se convirtió en el primer país en colocar una sonda en órbita alrededor de otro planeta en su primer vuelo. Es más, India lo logró con un presupuesto ínfimo: 4,5 millones de rupias, o 55 millones de euros; inferior a los presupuestos de taquillazos de ciencia ficción como Marte (The Martian) o Gravity.

    Y aunque tus objetivos oficiales son de naturaleza científica, no puedo ignorar tu misión extraoficial: despertar el interés de los jóvenes indios por la ingeniería y la astronomía. Dejaré que otros expliquen cómo has inspirado sus trayectorias laborales. Quizá digan con orgullo que el conocimiento indígena construyó el Polar Satellite Launch Vehicle, el cohete que te llevó al espacio. Quizá citen las fotografías de la sala de control de misión, cuando enviaste la confirmación de que lo habías logrado: imágenes de trabajadoras jubilosas con saris, modelos de conducta parecidas a sus madres y abuelas.

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    Desde su composición rocosa a su potencial para albergar vida, Marte ha intrigado a la humanidad durante miles de años. Aprende cómo el planeta rojo se formó a partir de gas y polvo y qué implican sus casquetes polares para la vida tal y como la conocemos.

    Sus historias y la tuya motivan a futuras generaciones de científicas que dirigirán la siguiente misión india a Marte, o a Venus, o de vuelta a la luna.

    Nunca he sido experta en ingeniería; soy escritora, sueño despierta. Lo único que me llevaría a Marte sería una caja de pinturas, bolígrafos y papel. Pero tu presencia me permite imaginarme en tu camino: no trazando trayectorias de vuelo ni estudiando la composición de la atmósfera de Marte, sino escribiendo poesía y dibujando postales que enviar a casa.

    Durante tu máximo acercamiento orbital, a unos 300 kilómetros sobre la superficie, podríamos pasar sobre Olympus Mons, que triplica en altura al Everest del Himalaya, o por Valles Marineris, un cañón más largo que la mismísima India y que atraviesa hasta seis kilómetros la superficie del planeta rojo. Después, nos lanzaremos al punto más lejano de tu órbita elíptica, a unos 71.000 kilómetros. Desde esa distancia, te encontrarás en una posición excepcional desde la que capturar Marte como planeta, un planeta que se parece a una taza de té que compartimos, con un chorrito de leche allí donde se acumulan las nubes, descansando sobre un mantel negro salpicado de azúcar.

    Quiero agradecerte que me hayas incluido en la mesa. Ambas sabemos lo difícil que ha sido llegar hasta allí.

    La Agencia India de Investigación Espacial (ISRO), el grupo que te construyó, se fundó en 1969, el mismo año del alunizaje de la Apolo 11. La fecha no es ninguna coincidencia. Mi padre siguió las noticias paso a paso: la Guerra Fría, la carrera espacial, un avance tecnológico tras otro a medida que Estados Unidos y la Unión Soviética competían por el poder militar. Mientras tanto, India llevaba dos décadas de independencia y se modernizaba rápidamente, ansiosa por establecer una sensación de autosuficiencia. Invertir en el espacio nos permitiría construir infraestructura de telecomunicaciones, supervisar nuestra meteorología, seguir nuestra agricultura y recursos naturales, y llevar a cabo investigaciones científicas básicas.

    Hasta la fecha, el objetivo de la ISRO ha sido emplear la tecnología espacial para fomentar el desarrollo nacional, ya que, aun cuando miramos a las estrellas en busca de inspiración, nuestros pies siguen plantados firmemente en la Tierra. Con razón te celebramos, Mangalyaan: hasta hay una imagen tuya en el nuevo billete de 2.000 rupias. Pero los actuales indicadores del desarrollo de las Naciones Unidas para India sugieren que, para ganar ese dinero, unos 24 euros, más del 40 por ciento de la población activa de la India tendría que trabajar una semana y media. Sigo tus hallazgos en Internet, una fuente a la que solo el 30 por ciento de la población india puede acceder.

    Actualmente, la ISRO es una de las seis organizaciones gubernamentales del mundo que pueden diseñar, lanzar y recuperar satélites y operar sondas espaciales, pero las mujeres de la India representan poco más de un cuarto del porcentaje de graduados universitarios en ciencias, matemáticas, ingeniería y campos relacionados. Simbolizas de dónde venimos y adónde queremos ir.

    Mi padre creció siendo plenamente consciente de las desigualdades educativas y profesionales en la India, por eso nos mudamos poco después de nacer yo. Fuimos todo lo lejos que pudo permitirse: Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos. Fui a dos países más después de Dubái, y ahora vivo en el lado opuesto del mundo del lugar donde nací. Tú sabes qué se siente. Para ti, el hogar no es un lugar: es la gente que te creó, lo que llevas dentro y las personas a las que les escribes misivas sobre tus últimas experiencias.

    Mi padre todavía vive en Dubái. Yo, en Panamá. Mientras tú transmites datos a casa, nosotros nos enviamos emails con las últimas noticias sobre Marte. «¿Viste el livestream del aterrizaje del Curiosity?», escribo yo. «¿Sabías que más de 10.000 personas han solicitado formar parte del viaje de ida del Mars One al planeta rojo?», escribe él. «Elon Musk quiere establecer una colonia allí, ¿te lo puedes creer?», le respondo. Mi padre dice que ojalá pudiera ir. Yo le digo que no podríamos permitírnoslo.

    A medida que aumenta el interés del público por Marte, empiezo a temer que se repitan las antiguas noticias de los tiempos de mi padre: países que demuestran su poder intentando ser los primeros en plantar la bandera en suelo marciano. Los indios conocen el coste de la colonización, así como la mayor parte de los ciudadanos del hemisferio sur. Soy solo una voz entre 1.300 millones, pero la uso para afirmar que la India orbita Marte hoy, no solo porque quiera un trozo de ese pastel rojo y frío, sino porque todos se lo merecen. El espacio es nuestro patrimonio común, independientemente de dónde hayas nacido o de tus medios de acceso.

    Mangalyaan, si me has demostrado algo es que hay más de una forma de llegar allí donde quieres llegar, y la tenacidad de las personas que te construyeron me da esperanza. Cuando pienso en los momentos que pasé en el Planetario Nehru, nadie me dijo que no tenía derecho a observar las estrellas y verme allí, entre ellas. Todo lo contrario: me alentaron a imaginar libremente, a sentir que podía elegir mi propia órbita.

    Significas mucho para nosotros, Mangalyaan. Lo digo, no como miembro de la diáspora india, sino como una niña asombrada ante el tamaño del universo conocido. Todos somos diminutos y tenemos la suerte de vivir en una época en la que todo lo que descubrimos hace que el mundo parezca más grande, más complejo, más profundo de lo que creíamos.

    Gracias por demostrarnos que somos capaces de dicho descubrimiento, que somos ingeniosos aun cuando llevamos las de perder. Gracias por mostrarnos nuestro lugar.

    Atentamente,

    Geetha

    Geetha Iyer es escritora de ficción, poesía y no ficción. Sus intereses de investigación incluyen la ecología, el poscolonialismo, los anfibios y la exploración espacial. Síguela en Twitter o descubre su obra en su página web.
    Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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