Gerd Ludwig documenta el desastre de Chernóbil

Por Alexa Keefe
Señal de radiación
2011. Una señal de radiación en un lateral de la carretera cerca de Pripyat advierte del peligro. La calma del lugar una tarde de intensa nevada contrasta con la amenaza persistente en un paisaje invernal.
Fotografía de Gerd Ludwig/Institute

“Al fondo del pasillo, nos paramos delante de una puerta muy pesada de metal. El ingeniero me indicó que solamente tenía un momento breve para sacar fotos. Le llevó un largo minuto poder abrir la estrecha puerta. El chute de adrenalina fue increíble. La habitación estaba totalmente a oscuras, solamente iluminada por nuestras linternas. Los cables me tapaban la vista. Al fondo pude distinguir un reloj. Solo fui capaz de presionar el obturador unas pocas veces y quería esperar a que el flash se recargase. Pero me echó. Revisé mis fotografías. ¡Fuera de foco! Le supliqué que me dejase entrar una vez más. Me dio unos segundos más para sacar el reloj mostrando las 1:23:58 a.m. (la hora a la que el 26 de abril de 1986, el tiempo se detuvo para siempre en el edificio que albergaba el Bloque de Energía 4)”. —Gerd Ludwig mientras fotografiaba el interior del reactor #4, donde una explosión causó una catástrofe nuclear que lo derritió. Ludwig lo describe como la situación más desafiante que había llegado a fotografiar.

2005. La ciudad evacuada de Pripyat. La antes rebosante de vida, ahora es una escalofriante ciudad fantasma. Para una residente exiliada, la tranquilidad de un bulevar remueve los recuerdos de su vida anterior. En su mano hay una fotografía de la misma calle años atrás.
Fotografía de Gerd Ludwig/Institute
2005. El mural de una escuela abandonada recuerda a los tiempos en los que alguien llamó a Pripyat hogar.
Fotografía de Gerd Ludwig/Institute

Cuando el tsunami causó los daños de la planta nuclear de Fukushima Daiichi en Japón en marzo de 2011, los editores de Time se pusieron en contacto con Institute, la agencia alemana del fotógrafo Gerd Ludwig, para asignarle la historia. Ludwig estaba incomunicado en un hotel sin conexión a Internet en un lugar en el que 25 años antes había ocurrido otra catástrofe: Chernóbil.

Ludwig llevaba fotografiando Chernóbil desde 1993 y había vuelto a la zona otras tres veces desde entonces (2005, 2011 y 2013) adentrándose en el reactor muchísimo más que cualquier otro fotógrafo de occidente. “De todas las catástrofes medioambientales causadas por el hombre a lo largo de la historia, Chernóbil es la que se considera que ha causado el mayor impacto a largo plazo. Al ver la magnitud de destrucción dentro del reactor y las terribles consecuencias para la salud (no solo en Ucrania sino también en la vecina Bielorrusia), sentí que debía volver a visitar Chernóbil con cierta regularidad”, dijo.

Ludwig está trabajando actualmente en un libro de fotografía Long Shadow of Chernobyl (“La larga sombra de Chernóbil”), en el que documenta sus 20 años de relación con lo que el científico Alexei Okeanov denomina “un fuego que no se puede apagar en nuestra vida”. Ludwig compartió recientemente estos pensamientos con “Proof”:

Alexa Keefe: ¿Cuál es la parte más importante de contar estas historias?

Gerd Ludwig: Estas imágenes nos recuerdan que un accidente como el de Chernóbil puede ser el resultado de la fuerza nuclear, en cualquier momento y lugar. Quiero que mi proyecto sea testigo de este desastre causado por el hombre, para recordar a las incontables víctimas de Chernóbil, y para aconsejar a las generaciones venideras sobre las consecuencias mortales de la arrogancia humana.

El 26 de abril de 1986, los operarios de la sala de control del reactor 4 en la central nuclear de Chernóbil encontraron varios errores fatales durante unas pruebas. Esto sería el comienzo del peor desastre nuclear de todos los tiempos.
Fotografía de Gerd Ludwig/Institute
2005. Los trabajadores vestidos con trajes de plástico y máscaras para protegerse, se toman una breve pausa durante la perforación para introducir barras en el interior del inestable sarcófago de hormigón. La estructura se construyó rápidamente para aislar los escombros radioactivos del Reactor número 4. Es un trabajo arriesgado: la radiación en el interior es tan fuerte que necesitan controlar constantemente los contadores Geiger, y solamente se les permite trabajar en turnos de 15 minutos al día.
Fotografía de Gerd Ludwig/Institute
2011. Aunque los niveles de radiación solamente permiten el acceso durante unos minutos, los trabajadores tienen que pasar por unas escaleras peligrosas hasta una sección bajo el corazón del reactor. Para facilitar el acceso rápido se erigió un pasillo amenazante, llamado "la escalera apoyada".
Fotografía de Gerd Ludwig/Institute

Alexa: ¿Te sentiste en peligro en algún momento?

Gerd: Exponer tu cuerpo a la radiación dentro del reactor es solamente una parte del peligro. Los demás riesgos vienen del polvo radiactivo que se asienta con facilidad sobre los materiales blandos. Si lo ingieres se puede quedar en tu cuerpo y causar cáncer.

Después de entrar en el reactor llevo a cabo un cuidadoso proceso de limpieza: dejo el material protector detrás, me doy una ducha larga de agua caliente y me pongo ropa limpia. Cuando le dije al especialista en seguridad que revisase mi material tras la última visita al reactor, pude leer en su cara que creía que estaba siendo paranoico. Revisó mi equipo de mala gana y siguió repitiendo una y otra vez “¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío! Necesitas limpiar tus cámaras, necesitas lavarlas”.

Me di cuenta de que las correas de la cámara estaban contaminadas. Le di un buen repaso esa noche, hasta que mi contador de Geiger me indicó que ya estaban bien. Y ahora tengo correas nuevas.

2005. Fuertemente discapacitado tanto física como psicológicamente, Igor, de 5 años, fue abandonado por sus padres. Ahora está en un asilo para niños con problemas mentales, en el que cuidan a pequeños con minusvalías que son abandonados o que vienen de orfanatos. Es una de las pocas ayudas que la zona rural de Bielorrusia recibe del “Chernobyl Children International”, una organización de ayuda fundada en 1991 como consecuencia del peor desastre nuclear del mundo.
Fotografía de Gerd Ludwig/Institute
2005. Oleg Shapiro, de 54 años, y Dima Bogdanovich, de 13, que sufren cáncer de tiroides, reciben cuidados en el hospital en Minsk, donde la cirugía forma parte de su día a día. Como liquidador, Oleg recibió dosis altísimas de radiación. La madre de Dima culpa a la catástrofe nuclear de Chernóbil del cáncer de su hijo, pero los médicos son cautelosos: los funcionarios bielorrusos están instruidos para restarle importancia a la gravedad de la radiación.
Fotografía de Gerd Ludwig/Institute

Alexa: Dedicas una sección de tu libro a las víctimas humanas, en especial a los niños que nacieron en los años del desastre. Cuéntame tu experiencia fotografiándolos.

Gerd: Gran parte de la nube radioactiva afectó a la región de Gomel, en Bielorrusia. En 2005, por encargo de National Geographic, quise fotografiar a los niños de un orfanato. En uno de ellos, retraté a un niño de cinco años llamado Igor. Presentaba una minusvalía enorme tanto física como psicológica, había sido entregado por sus padres y vivía en un hogar que cuidaba a niños abandonados o huérfanos con minusvalías. Llamó mi atención porque se pasaba la mayoría del tiempo sin mostrar emociones apoyado contra una pared. Con problemas de vista y oído, no era capaz de participar ni de interactuar con los niños que estaban a su alrededor. De vez en cuando, sus ojos vacíos se giraban en la dirección de los demás niños que estaban en la habitación, pero cuando lo intentaban abrazar comenzaba a llorar. Fotografiándole, le estreché la mano. La sonrisa con la que reaccionó, casi hizo que se me llenasen los ojos de lágrimas.

Alexa: Otro grupo al que has fotografiado ha sido a la gente que ha vuelto a vivir a la Zona de Exclusión (quienes, como has descrito prefieren morir envenenados por la contaminación del suelo que de pena en un suburbio anónimo). ¿Cuál es su actitud hacia ti como alguien que va a contar su historia?

Gerd: Ningún periodista se puede mover libremente por la zona. Tenemos que estar acompañados por guías que trabajan para el gobierno pero somos nosotros los que tenemos que pagarles por su tiempo. Como solamente son unos cientos los que han vuelto para instalarse en la zona, los guías los conocen. Los únicos vehículos que circulan por la zona son los gubernamentales. No hay transporte público y los retornados no tienen coches. Por esta razón, muchos disfrutan con las visitas de los periodistas. Agradecen un cambio en una rutina sin eventos relevantes. Los guías nos recomiendan llevarles víveres como pan, quesos y dulces, que escasean, ya que rara vez tienen la oportunidad de salir de sus pueblos.

Muchos de ellos son hospitalarios, regalando todo lo que crece en sus tierras, desde tomates y bayas hasta pescado capturado ilegalmente y licor. Alimentarme con comida que ha crecido en una zona contaminada hace que me sienta incómodo. Pero como fotógrafo, caminas en una línea muy fina: quieres mantenerte a salvo pero a la vez necesitas la confianza de la gente y su cooperación para conseguir las fotografías.

2011. Kharytina Desha, de 92 años, es una de las pocas ancianas que han vuelto a sus casas dentro de la zona de exclusión. Aunque está rodeada por la devastación y el aislamiento, prefiere morirse en su propio suelo.
Fotografía de Gerd Ludwig/Institute
2011. Las vides invaden una granja en un área remota de la zona. En los pueblos a lo largo de la Zona de Exclusión, la naturaleza reclama los asentamientos desiertos.
Fotografía de Gerd Ludwig/Institute

Alexa: El paisaje de Chernóbil está cambiando. ¿Ves esto como una historia que vas a seguir contando o una vez que la hayas capturado la sacarás de tu cabeza?

Gerd: El reactor desaparecerá bajo un domo de alta tecnología, los edificios de Pripyat se caerán, los ancianos que han vuelto fallecerán, pero lo que me da miedo es que la historia de Chernóbil va a continuar durante toda nuestra vida. Un científico me comentó: “podríamos levantar vallas en determinadas aéreas indicando: no está destinado para la ocupación humana en los próximos 24.000 años. Y eso es solo la mitad de la vida el Plutonio 239”.

El siguiente libro es una caesura (una pausa), pero no será el final de mi cobertura. Tengo curiosidad por saber cuál será el próximo.

Alexa: ¿Que hay en esta zona del mundo que te atrae tanto?

Gerd: Mi relación personal con Rusia comenzó cuando crecía en la Alemania de posguerra. Mi padre había sido reclutado por el “Sexto Ejército Alemán” que invadió la Unión Soviética en 1942 y combatió en el sur de Rusia en Stalingrado, donde los soviéticos diezmaron las fuerzas alemanas. Tuvo la suerte de ser uno de los últimos soldados evacuados.

En la oscuridad de nuestro refugio (tras la guerra, mis padres habían sido expulsados de su casa en Bohemia) oía la triste y dulce voz de mi padre describir imágenes de los paisajes del invierno sin fin y de soldados luchando como podían a través de las tormentas de nieve; la gente se escondía de ellos en establos y graneros. No fue hasta que me hice mayor cuando comencé a ver la oscuridad tras las historias: los paisajes se teñían con sangre, los soldados morían y la gente escondida eran rusos llenos de miedo. Mi padre nos contaba estas historias antes de acostarnos para deshacerse de los terribles recuerdos de la guerra.

Como todo joven adolescente a mediados de los años 60, fui miembro de la primera generación de alemanes de posguerra. Acomplejado por la culpa de las acciones de nuestros mayores, lo compensé glorificando todo lo que Alemania trató de destruir. Particularmente idealicé a Rusia y al sistema comunista soviético. Finalmente, la apertura de Gorvachov (su llamada a la sinceridad en cada momento de la vida) hizo que chocase con las realidades sociales y políticas de un país que había estado bajo un gobierno totalitario durante siete décadas.

2005. La vista de la azotea del antiguo Hotel Polissya, en el centro de Pripyat, muestra la proximidad de la malograda planta de energía nuclear en la que antes era la ciudad hogar para 50.000 personas.
Fotografía de Gerd Ludwig/Institute

Alexa: ¿Hay algo más que te gustaría añadir?

Gerd: Como fotógrafo comprometido, informo sobre las tragedias humanas por la parte del desastre, y llevo mis cámaras por el lado inexplorado a sabiendas de que nuestras expediciones no están exentas de peligro. Hacemos esto con el profundo compromiso de contar historias en nombre de las víctimas sin voz. Mientras cubría esta historia, me encontré con gente preocupada y valiente que me mostró que sufría únicamente con la esperanza de que tragedias como la de Chernóbil se evitasen en el futuro.

Ludwig expuso su reportaje sobre esta historia, The Long Shadow of Chernobyl, en 2011. Actualmente trabaja en un libro de fotografías con el mismo nombre. La retrospectiva ha sido posible gracias a la campaña Kickstarter.

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