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Las solitarias y agotadoras vidas de los llaneros colombianos

Tras experimentar la vida salvaje de los llaneros, una fotógrafa hace de las llanuras su casa.

Por Mallory Benedict

Eran las 4 de la mañana en Hato San Pablo, en Casanare, Colombia, cuando la fotógrafa Juanita Escobar se subió a un caballo por primera vez en su vida. Se cayó, pero cuando se volvió a subir consiguió mantenerse encima…durante gran parte de los diez últimos años. En aquel mismo momento, comenzó a aprender como era la vida del llanero -los rancheros responsables de guiar a cientos de cabezas de ganado por las vastas praderas- persiguiendo vacas a lomos de su caballo con terrenos irregulares bajo sus pies y muchas preguntas en su cabeza. Así es como le gusta contar historias.

Lo que cautivó a Escobar fue la devoción inquebrantable de los llaneros por su territorio y sus caballos. La tierra era la base de toda su identidad: sin ella no tendrían trabajo y sin trabajo no tendrían cultura. Estas conexiones entre tierra y hombre están profundamente arraigadas en la sociedad de los llaneros.

No poco después de sus primeros e inseguros pasos a caballo, Escobar se adaptó al ritmo de los llaneros. “Salíamos por la mañana temprano, cuando aún estaba oscuro, en silencio”, relata. “La mayoría (de ellos) encendían sus cigarrillos. Empecé a enamorarme de aquella pequeña lucecita roja que avanzaba con nosotros”.

Pero el ritmo tranquilo y lento de la mañana se interrumpe cuando comienza el trabajo. “Cuando reúnen al ganado es como una explosión. Ochocientas cabezas de ganado luchando por escaparse mientras 40 llaneros cabalgan salvajemente para impedirlo, no se escapa ni una”. Esto dura unas 12 horas diarias, y están a merced de los elementos.

Y el caballo está presente todo el tiempo; es, literalmente, la columna vertebral de la operación. “Los llaneros y el caballo son uno. Es imposible hablar de ellos por separado…Su universo entero se basa en esa relación tan estrecha”.

Mientras los llaneros extienden sus raíces con sus caballos a lo largo de esas tierras sin límites, las mujeres de la comunidad las hacen más profundan en en hogar. Sin su trabajo, la comunidad se desmoronaría bajo sus pies. Los lazos entre hombres y mujeres son aparentemente invisibles, pero la tensión constante los hace reales. “Las habilidades de las mujeres no se miden en la sabana ni por su valor para afrontar los trabajos en las praderas”, comenta Escobar. “Avanzan de forma diferente. Con el mismo orgullo con el que los hombres pelean con toros y bestias en el campo, ellas realizan un número incalculable de tareas. Sin las mujeres, la cultura del ganado, las praderas o los llaneros no existirían”.

Para Escobar, la experiencia femenina en las praderas está rodeada de misterio, nostalgia y conocimiento absoluto de sus relaciones con la tierra. “Conoces momentos, lugares, caminos y la profundidad de las llanuras, de una forma en la que muchas veces los hombres no saben”.

Y para ella, era real. Sintió la misma soledad que el resto de mujeres de la comunidad y quiso estudiar la otra fuerza natural que se manifestaba con perspicacia en Casanare: la historia. Describe la vida de las mujeres de las praderas como solitaria, llena de despedidas y rica en anhelos, un sentimiento que ha intentado plasmar en sus fotografías. “Quería contar historias más íntimas…más secretas, más oscuras.” Quería fotografiar “el diario interior y material de la gente, influenciado por sus historias de amor, mis historias y mis sentimientos de soledad, desaparición y deseo”.

Los diez años en las praderas han supuesto para ella un viaje tanto físico como emocional. Durante este tiempo Escobar ha plantado sus propias raíces para sentir lo mismo que ellos, para vivir la tierra, el amor y la pérdida. “Esta manera de contar historias hace que me sienta viva”, relata. “Me hace sentir que la tierra late. En este lugar no soy solamente una fotógrafa, también soy una mujer, una chica, una llanera, amiga, compañera…necesito experimentarlo todo y estar dentro para poder contar las historias”.