Conoce a Mauro Morandi, el hombre que ha vivido solo durante 31 años en una isla italiana

Morandi halló serenidad en la soledad décadas antes de que el aislamiento se convirtiera en la norma.

Thursday, November 9, 2017,
Por Gulnaz Khan
Fotografías de Michele Ardu
Budelli
Mauro Morandi ha vivido solo en la isla de Budelli durante 28 años. «Lo que más me gusta es el silencio», dice él. «El silencio en invierno cuando no hay tormentas y no hay nadie, pero también el silencio en verano cuando se pone el sol».
Fotografía de Michele Ardu

En todo el mundo, millones de personas están viviendo en aislamiento obligatorio para prevenir la propagación del coronavirus, pero hay un hombre que ha pasado más de tres décadas aislado por voluntad propia.

En 1989, el catamarán de Mario Morandi (con el motor averiado y a la deriva) acabó varado en la costa de la isla de Budelli, ubicada en un tramo de agua entre Córcega y Cerdeña. Quiso la suerte que Morandi se enterara de que el cuidador de la isla iba a jubilarse, así que vendió el barco y ocupó su puesto.

Treinta y un años después, Morandi sigue siendo el único residente y guardián de la isla.

El parque nacional del archipiélago de La Maddalena consta de siete islas y Budelli se considera una de las más hermosas debido a su Spiaggia Rosa o playa Rosa. El inusual tono de esta arena se debe a los fragmentos microscópicos de corales y conchas que el incesante movimiento de las olas ha ido reduciendo a polvo poco a poco.

La luz del sol llena el porche de Morandi, donde le gusta cenar y leer en verano.
Fotografía de Michele Ardu

A principios de los 90, el gobierno italiano consideraba la Spiaggia Rosa un lugar de «gran valor natural». La playa estaba cerrada para proteger su frágil ecosistema y los visitantes solo podían acceder a zonas determinadas. La isla enseguida pasó de recibir a miles de turistas al día a alberga a una sola persona.

En 2016, tras una batalla legal de tres años por la propiedad del terreno entre un empresario neozelandés y el gobierno italiano, un tribunal declaró que Budelli pertenecía al Parque Nacional de La Maddalena. Ese mismo año, el parque cuestionó el derecho de Morandi a vivir en la isla y el público respondió ante este suceso. Más de 18 000 personas firmaron una petición que protestaba contra su desahucio, consiguiendo presionar a los políticos locales para que aplazasen su expulsión indefinidamente.

«Nunca voy a marcharme. Espero morir aquí y que me incineren y tiren mis cenizas al viento», afirma Morandi. Cree que, al final, toda la vida vuelve a la Tierra, que todos formamos parte de la misma energía. Los estoicos de la antigua Grecia llamaban a esto sympatheia, una sensación de que el universo es un organismo vivo, indivisible y unificado que se encuentra en un flujo constante.

Morandi practica tai chi en la playa por la mañana, absorbiendo la luz del sol e inhalando el aire salado.
Fotografía de Michele Ardu

Su convicción acerca de nuestra interconexión empuja a Morandi a permanecer en la isla sin compensación alguna. Cada día recoge plástico que flota a la deriva y llega a la playa, que puede perjudicar a la delicada flora y fauna.

Pese a su aversión hacia las personas, cuida las orillas de Budelli con fervor y educa a los turistas que vienen en verano sobre el ecosistema y sobre cómo protegerlo.

«No soy botánico ni biólogo», dice Morandi. «Sí, conozco los nombres de las plantas y los animales, pero mi trabajo es muy diferente. Saber cuidar de una planta es una tarea técnica. Yo intento que la gente entienda [por qué] la planta necesita vivir».

Morandi cree que enseñar a la gente a ver la belleza será más eficaz para salvar al mundo de la explotación que los datos científicos. «Me gustaría que la gente entendiese que debemos intentar sentir la belleza con los ojos cerrados, no mirarla con los ojos abiertos», explica.

Los inviernos en Budelli son tan hermosos como solitarios. Morandi pasa largos periodos —en torno a 20 días— sin ningún tipo de contacto humano. Encuentra consuelo en la silenciosa introspección que le proporciona esta soledad y suele sentarse en la playa sin nada salvo los sonidos melódicos del viento y las olas que interrumpen el silencio.

«Es algo así como estar en la cárcel. Pero es una cárcel que he elegido yo mismo», explica.

Morandi recoge troncos de enebro y los talla para crear esculturas. Los vende a los turistas y dona el dinero a ONG en países africanos y al Tíbet. Aunque vive en una pequeña porción de terreno, es totalmente consciente del mundo como todo.
Fotografía de Michele Ardu
Durante todos sus años en la isla, Morandi afirma que nunca se ha puesto enfermo, una cualidad que atribuye a los «buenos genes».
Fotografía de Michele Ardu

Morandi ocupa su tiempo en actividades creativas. Talla esculturas con madera de enebro y descubre rostros en sus figuras. Lee ávidamente y medita sobre la sabiduría de los filósofos griegos y los prodigios literarios. Fotografía la isla y se maravilla ante los cambios que se producen cada hora y cada estación.

Para personas que pasan mucho tiempo solas, esto no es nada raro. Los científicos han sugerido durante muchos años que la soledad genera creatividad, como demuestran las obras de artistas, poetas y filósofos de todas las épocas que han producido sus mejores trabajos aislados de la sociedad.

La silueta de Morandi se recorta contra la luz de la puesta de sol, su parte favorita del día, cuando el mundo parece caer en un enorme silencio. «Creemos que somos superhumanos y criaturas divinas, pero en mi opinión no somos nada», dice él. «Debemos adaptarnos a la naturaleza».
Fotografía de Michele Ardu

Con todo, los beneficios de la soledad podrían no ser favorables universalmente. «La soledad puede resultar estresante para los miembros de las sociedades tecnológicamente avanzadas que han sido educados para creer que estar solo es algo que hay que evitar», explica Pete Suedfeld en Loneliness: A Sourcebook of Current Theory, Research and Therapy. Sín embargo, todavía existen culturas en el mundo en las que la vida solitaria sigue siendo una tradición venerada y preservada.

Con la inexorable llegada del wifi a Budelli, Morandi lo ha adoptado y ha empezado a compartir su pequeño rincón de paraíso con el mundo a través de las redes sociales. Aceptar esta nueva forma de comunicación es su concesión en beneficio de un propósito mayor: facilitar el vínculo entre las personas y la naturaleza exponiéndolas a su belleza. Un vínculo que Morandi espera que motive a la gente para que se preocupe por el marchitado planeta.

«El amor es una consecuencia absoluta de la belleza y viceversa», afirma Morandi. «Cuando amas profundamente a una persona la ves a él o a ella como alguien hermoso, pero no porque les veas como alguien físicamente hermoso… empatizas con ellos, te conviertes en una parte de ellos y ellos se convierten en parte de ti. Ocurre lo mismo con la naturaleza».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com el 24 de julio de 2017. Se actualizó el 27 de marzo de 2020.
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