Historia

Conoce a Mauro Morandi, el hombre que ha vivido solo durante 28 años en una isla de Italia

Morandi naufragó con su catamarán en la isla de Budelli hace casi tres décadas. Y se quedó allí para siempre. Jueves, 9 Noviembre

Por Gulnaz Khan
Fotografías de Michele Ardu

Mauro Morandi, de 78 años, pasea a lo largo de las orillas rocosas de la isla de Budelli y contempla el mar melancólico, sintiéndose empequeñecido frente a las fuerzas invisibles que estiran y retuercen las mareas.

«Creemos que somos gigantes y que podemos dominar la Tierra, pero solo somos mosquitos», afirma Morandi.

En 1989, en una extensión de agua entre Cerdeña y Córcega, con un motor averiado y a la deriva, el catamarán de Morandi se vio arrastrado por esas mismas fuerzas inexorables que lo transportaron hasta la orilla de la isla de Budelli. Cuando supo que su cuidador se iba a jubilar en dos días, Morandi —que durante años se había sentido desencantado con la sociedad— vendió su catamarán y ocupó su lugar.

Ha vivido solo en la isla durante los últimos 28 años.

El Parque Nacional del archipiélago de La Maddalena está formado por siete islas, y Budelli se considera una de las más hermosas debido a su Spiaggia Rosao playa Rosa. La arena de color rosado recibe su inusual tonalidad de los fragmentos microscópicos de corales y conchas que se han visto reducidos a polvo poco a poco por el incesante movimiento de las olas.

A principios de la década de 1990, el gobierno italiano consideraba la Spiaggia Rosa un lugar de «alto valor natural». La playa estaba cerrada para proteger su frágil ecosistema, y los visitantes solo podían acceder a ciertas áreas. La isla pasó rápidamente de recibir a miles de turistas al día a solo unos cuantos.

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En 2016, tras una batalla legal de tres años entre un empresario neozelandés y el gobierno italiano por la propiedad del terreno, un tribunal declaró que Budelli pertenecía al Parque Nacional de La Maddalena. Ese mismo año, el parque cuestionó el derecho de Morandi a vivir en la isla y el público respondió ante este suceso. Una petición que protestaba contra su desahucio reunió más de 18.000 firmas, presionando de forma efectiva a los políticos locales para que retrasasen su expulsión de forma indefinida.

«Nunca voy a marcharme», afirma Morandi. «Espero morir aquí y que me incineren y tiren mis cenizas al viento». Cree que, al final, toda la vida se reúne con la Tierra, que todos formamos parte de la misma energía. Los estoicos de la antigua Grecia llamaban a esto sympatheia, una sensación de que el universo es un organismo vivo, indivisible y unificado que se encuentra en un flujo constante.

Su convicción acerca de nuestra interconexión empuja a Morandi a permanecer en la isla sin compensación alguna. Cada día recoge plástico que flota a la deriva y llega a la playa, que puede perjudicar a la delicada flora y fauna. Pese a su aversión hacia las personas, cuida las orillas de Budelli con fervor y educa a los turistas que vienen en verano sobre el ecosistema y sobre cómo protegerlo.

«No soy botánico ni biólogo», dice Morandi. «Sí, sé los nombres de las plantas y los animales, pero mi trabajo es muy diferente. Saber cuidar de una planta es una tarea técnica. Yo intento que la gente entienda [por qué] la planta necesita vivir».

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Morandi cree que enseñar a la gente a ver la belleza salvará al mundo de la explotación de una forma más efectiva que los datos científicos. «Me gustaría que la gente entendiese que debemos intentar sentir la belleza con los ojos cerrados, no mirarla con los ojos abiertos», explica.

Los inviernos en Budelli son especialmente hermosos. Morandi pasa gran cantidad de tiempo —en torno a 20 días— sin contacto humano de ningún tipo. Encuentra consuelo en la silenciosa introspección que le proporciona y suele sentarse en la playa sin nada salvo los sonidos melódicos del viento y las olas que interrumpen el silencio.

«Es algo así como estar en la cárcel», explica. «Pero es una cárcel que yo mismo he elegido».

Morandi ocupa su tiempo en actividades creativas. Talla madera de enebro para crear esculturas, descubriendo rostros en sus figuras. Lee ávidamente y medita sobre la sabiduría de los filósofos griegos y los prodigios literarios. Saca fotos de la isla y se maravilla de cómo cambia cada hora y cada estación.

Esto no es algo raro entre las personas que pasan mucho tiempo solas. Los científicos han sugerido durante muchos años que la soledad genera creatividad, como prueban las obras de artistas, poetas y filósofos de todas las eras que han producido sus mejores trabajos aislados de la sociedad.

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Sin embargo, los beneficios de la soledad podrían no ser favorables universalmente. «La soledad puede resultar estresante para los miembros de las sociedades tecnológicamente avanzadas que han sido educados para creer que estar solo es algo que hay que evitar», explica Pete Suedfeld en Loneliness: A Sourcebook of Current Theory, Research and Therapy. Pero todavía existen culturas alrededor del mundo en las que la vida solitaria sigue siendo una tradición venerada. El ascetismo budista, por ejemplo, fomenta la devoción espiritual y la búsqueda de erudición por encima de los placeres del cuerpo.

Pese a todo, en medio de un rápido proceso de globalización, la capacidad de los humanos para experimentar una soledad verdadera quizá sea cosa del pasado. En respuesta a un mayor desarrollo en la región, una empresa de Internet ha instalado conexión Wi-Fi en Budelli, conectando a Morandi y a su amado pedazo de paraíso con el mundo a través de las redes sociales. Aceptar esta nueva forma de comunicación es su concesión en beneficio de un propósito mayor: facilitar el vínculo entre las personas y la naturaleza exponiéndolas a su belleza. Un vínculo que Morandi espera que motive a la gente para que se preocupe por el marchitado planeta.

«El amor es una consecuencia absoluta de la belleza y viceversa», afirma Morandi. «Cuando amas profundamente a una persona la ves a él o a ella como alguien hermoso, pero no porque les veas como alguien físicamente hermoso… empatizas con ellos, te conviertes en una parte de ellos y ellos se convierten en parte de ti. Ocurre lo mismo con la naturaleza».

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