Historia

El apartheid terminó hace 29 años. ¿Cómo ha cambiado Sudáfrica?

La primera generación que ha crecido sin restricciones económicas ni segregación racial aprobada por el gobierno revela un país que lidia con el cambio.Monday, April 29, 2019

Por Rachel Jones
Fotografías de Ilvy Njiokiktjien
Los miembros de «The Creatives», un colectivo de artistas jóvenes con sede en Pretoria, asisten a un espectáculo cómico con el organizador de su grupo Innocent Moreku. Los artistas jóvenes de color se sienten mucho más libres para expresarse y alzar la voz desde el final del apartheid.

Sibonisile Tshabalala solo tenía 18 días de vida cuando su madre Thandeka Sidya la dejó con su abuela Roseline en el municipio de Katlehong, Johannesburgo.

Pero Thandeka no se dirigía a su trabajo de baja categoría en una oficina o restaurante en el centro de la ciudad. El 27 de abril de 1994, Thandeka Sidya quería acudir a las urnas en cuanto abrieran a las ocho de la mañana para votar al hombre cuyo valiente activismo y sus 27 años de encarcelamiento derribaron un sistema legal y económico que maltrató a los sudafricanos no blancos durante medio siglo y estimuló décadas de condenas y protestas internacionales. Thandeka hizo cola durante horas, votó a Nelson Mandela como primer presidente negro de Sudáfrica y volvió con su recién nacida para que Roseline Sidya también pudiera votar.

«Para ellas era demasiado importante dejar escapar la oportunidad de votar por primera vez», afirma la graduada en ingeniería industrial de 25 años. «Querían ser capaces de decir que ayudaron a poner fin al apartheid».

Durante el funeral del expresidente sudafricano Nelson Mandela, jóvenes y ancianos bailan y cantan en el estadio FNB de Johannesburgo.
Durante uno de los últimos ingresos hospitalarios de Mandela en el Mediclinic Heart Hospital de Pretoria, niños y adultos lanzaron globos blancos al aire para mostrar su apoyo.
Después de hasta seis horas de espera, no se permitió que estas personas vieran a Nelson Mandela de cuerpo presente en Pretoria. Expresaron su enfado a la policía.

El nacimiento de Tshabalala en el amanecer de la Sudáfrica posterior al apartheid la sitúa directamente en la vanguardia de la que el legendario clérigo y teólogo sudafricano Desmond Tutu denominaba la «nación arcoíris». Son la primera cohorte moderna de personas negras, birraciales y de otros grupos étnicos que no vivirán bajo el sistema legal y político diseñado por la minoría blanca de Sudáfrica —principalmente descendientes de los colonos neerlandeses del siglo XVII conocidos como afrikáneres​ o bóeres— que aprobaron la segregación racial y la discriminación económica contra los no blancos.

De ahí la ironía de que una mujer neerlandesa de 34 años criada en un barco en los Países Bajos acabara convirtiéndose en una defensora de los sudafricanos post-apartheid. Cuando el libro de la fotógrafa Ilvy Njiokiktjien, Born Free: Mandela’s Generation of Hope, se publique el 1 de mayo, será el final de un viaje que comenzó cuando asistió a su primera clase de fotografía a los 16 años durante un programa de intercambio entre institutos en Dakota del Sur. Njiokiktjien había experimentado más diversidad cuando estudiaba en Utrecht, con compañeros de Marruecos, Turquía y Sri Lanka.

Un grupo de jóvenes se congregan en la piscina del Bela Bela Resort. Bela-Bela, antes conocido como «Warmbaths», es una localidad de la provincia de Limpopo, Sudáfrica, entre Pretoria y Polokwane. Antes del final del apartheid, no se permitía la entrada de los no blancos en el complejo hotelero.

Cuando en 2004 participó en un programa de intercambio universitario en la Universidad Rhodes de Grahamstown, Sudáfrica, Njiokiktjien sabía muy poco de la historia del apartheid y no estaba preparada para presenciar sus dolorosos restos.

«Recuerdo que la división entre blancos y negros me resultó bastante impactante. El centro de Grahamstown es precioso y limpio y parece un cuento de hadas. Pero si observas la calle principal, ves un gran municipio lleno principalmente de negros pobres, que acudían al centro de la ciudad durante el día para trabajar o buscar trabajo. Quizá parezca ingenua, pero me chocó que todo estuviera tan distintivamente separado».

Jason Noah, el hijo de dos agentes de policía de Pretoria, celebra su vigésimo primer cumpleaños con su familia y amigos, primero con una fiesta en la casa de sus padres y después en una discoteca local.
Darshana Govindram, de 24 años, va de compras para el Diwali, el festival de las luces hindú, sij y jaino que se celebra cada otoño en Chatsworth, a las afueras de Durban. El gobierno del apartheid diseñó Chatsworth para segregar a la gran comunidad india de la ciudad. Su difunta abuela contó a Darshana que prefería los tiempos del apartheid porque creía que había menos crimen y corrupción. Pero Darshana cree que no se puede culpar al gobierno por todos los problemas de Sudáfrica.
Una modelo negra sudafricana es maquillada para un desfile de moda en Johannesburgo.

En 2007, a Njiokiktjien se le ocurrió la idea del libro cuando era becaria en el Star Newspaper en Johannesburgo.

«Me daban encargos de artículos a diario y empecé a observar que había muchas protestas. En cierto modo, eso me enseñó una faceta completamente diferente de Sudáfrica, esa mentalidad de “defiende tus derechos” a la que no estaba acostumbrada. Vi a estudiantes luchando por sus derechos y trabajadores que demandaban un sueldo mejor, y caí en que quizá ocurriera más a menudo por el fin del apartheid».

Los niños del barrio de Manenberg (Ciudad del Cabo, Sudáfrica) dominado por pandillas juegan frente a una pared pintada con imágenes de niños, pistolas y las palabras «I want to play free» («Quiero jugar libre») y «Enough is Enough» («Ya basta»).

La segregación racial existía en Sudáfrica mucho antes del siglo XX. Pero en 1948, el Partido Nacional de Sudáfrica, compuesto principalmente por los descendientes de dichos colonos, desarrolló una política oficial de segregación racial. La Ley de Agrupación por áreas de 1950 también designaba zonas residenciales y comerciales en las ciudades para cada grupo racial, y otras razas no podían vivir ni ser propietarias de tierras en dichas zonas. Para finales de los años 50, más del 80 por ciento de las tierras de Sudáfrica eran propiedad de blancos y los no blancos debían llevar documentación para que les permitieran entrar en las zonas restringidas.

Lauren-Lee (Lolla) Scheepers, de 18 años, escucha el sermón de un sacerdote que habla a los creyentes sobre la religión y sobre «abandonar el pandillismo» durante una congregación nocturna en el barrio Joyce Court de Manenberg, Ciudad del Cabo, Sudáfrica.
Lauren-Lee Scheepers y su pareja para el baile salen de su piso de Joyce Court entre los vítores de sus vecinos. Es la primera de su familia que termina el instituto.

Aunque esa política ya se ha eliminado, su impacto continúa. Por ejemplo, Darshana Govindram, de 24 años, vive en Chatsworth, un barrio a las afueras de la ciudad portuaria de Durban. Se creó para segregar a personas de ascendencia india y aún alberga una mayoría india.

Govindram contó a Njiokiktjien que quiere convertirse en piloto de avión, pero no puede permitírselo. Las protestas estudiantiles por los costes de las matrículas la han animado, pero aún cree que no alcanzará su meta en el futuro próximo. También recuerda que su difunta abuela decía que la vida era mejor en Sudáfrica con el apartheid porque había menos crimen y corrupción, una idea que ella rechaza.

Con todo, muchos sudafricanos jóvenes no blancos hablan de encontrarse en un callejón sin salida, una situación que dificulta que se sientan totalmente libres.

Natalie de Wee, de 18 años, y sus padres, también de Manenberg, ahorraron dinero durante meses para comprar este vestido de 220 euros. La joven emprendedora pretende alquilar el vestido a otras alumnas del instituto que asistan al baile en el futuro.
Wilmarie Deetlefs, de 24 años, besa a su novio Zakithi Buthelezi, de 27, una noche en Johannesburgo. La pareja se conoció por Tinder y, aunque la Sudáfrica post-apartheid suele denominarse «nación arcoíris», las relaciones interraciales entre sudafricanos no son tan habituales. Buthelezi, nieto del famoso líder zulú Mangosuthu Buthelezi, cree que la relación le aporta respeto. En el caso de su novia, es todo lo contrario. Una vez, un conductor de taxi le gritó: «Búscate un hombre de tu propio color».

Sibonisile Tshabalala, que se graduó en ingeniería el 9 de abril, el día de su 25º cumpleaños, dice que obtiene un salario por su trabajo con una empresa de Johannesburgo. Pero es mucho inferior del que pagan a algunos egresados blancos por puestos de plantilla.

En cierto modo, según Tshabalala, la situación post-apartheid sigue siendo difícil. «Cuando miro a mis compañeros blancos, me doy cuenta de que, aunque hayamos trabajado mucho para labrarnos una educación, no hemos partido con las mismas oportunidades. Mis padres, mis abuelos, mis tatarabuelos, todos sufrieron. Y yo aún sufro las consecuencias como joven sudafricana negra».

Los alumnos del Hilton College en Hilton, Sudáfrica, acampan para pasar la noche en la reserva de caza privada de la escuela. Los alumnos viven en el internado, uno de los pocos internados exclusivamente masculinos de Sudáfrica.
Los alumnos del instituto Tom Naudé, en Polokwane, cambian de clase cuando suena el timbre.
Los alumnos participan en un experimento de laboratorio durante una clase en el Hilton College, un internado de Hilton, Sudáfrica.

Esta situación es habitual entre muchos aspirantes a formar parte de la «nación arcoíris» que se ven afectados por lo que se ha acuñado como «Black Tax», la obligación de mantener a un amplio círculo familiar que no tuvo tanta suerte como ellos. Muchos jóvenes viven con limitaciones por tener que apoyar a padres y abuelos desempleados y pagar las matrículas de sus hermanos, y carecen de tiempo para pensar en sus objetivos.

Njiokiktjien explica que el amplio abanico de sujetos y experiencias vitales que presenció mientras recopilaba estas imágenes la llevaron en una montaña rusa de emociones. Muchos jóvenes compartieron con ella sus sueños y esperanzas, pero a veces existía cierta desesperación por el desempleo, los delitos, la xenofobia y la violencia contra la comunidad LGTBI. Solo en este último año ha empezado a sentir más esperanza en el futuro de la generación que ha nacido libre.

Un grupo representa la batalla de Isandlwana, el primer gran enfrentamiento de la guerra anglo-zulú entre el imperio británico y el reino zulú. Once días después de que los británicos iniciaran su invasión de Zululandia, en Sudáfrica, en enero de 1879, un ejército zulú de unos 20.000 guerreros atacó a los británicos. A pesar de su gran desventaja en tecnología armamentística, los zulús superaron a los británicos y mataron a más de 1300 soldados, entre ellos los de la primera línea de fuego.

Uno de los motivos de esa epifanía llegó después de conocer a Wilmarie Deetlefs, una afrikáner blanca de 24 años, y a su novio Zakithi Buthelezi, de 27, en Johannesburgo.

Buthelezi es el hijo del famoso líder zulú Mangosuthu Buthelezi, que ejerció como ministro del Interior en Sudáfrica durante los gobiernos de Nelson Mandela y Thabo Mbeki. Buthelezi contó a Njiokiktjien que no había vivido situaciones hostiles por tener una novia blanca, pero Deetlefs contó que, en una ocasión, un taxista le gritó: «Búscate un hombre de tu propio color».

En Sudáfrica, el grupo supervivencialista Kommandokorps organiza campamentos durante las vacaciones para adolescentes afrikáneres jóvenes y les enseña autodefensa contra un enemigo negro. El líder del grupo, el autoproclamado coronel Franz Jooste, sirvió en la Fuerza de Defensa de Sudáfrica durante el antiguo régimen del apartheid y rechaza la idea de una nación multicultural.
En 1994, la familia Van der Poel se mudó desde los Países Bajos a su casa de Cullinan, Sudáfrica, para trabajar como agricultores. Ahora forman parte de los «Suidlanders», un grupo de sudafricanos blancos principalmente de ascendencia neerlandesa que cree que el país se dirige hacia la anarquía.
Jano van Zyl, de 13 años, descansa en su cama en Klerksdorp, Sudáfrica. Fue el chico más joven que ha asistido al campamento del Kommandokorps. Su madre, Janomi, lo mandó al campamento para enseñarle a ser un hombre. Cuando volvió a su escuela integrada de Klerksdorp, se mostró distante hacia los alumnos de otros orígenes raciales que antes eran sus amigos.

A pesar de todo, la joven pareja, que ahora vive en Ciudad del Cabo, cree que forma parte de un «nuevo comienzo» en Sudáfrica. Deetlef afirma que cree que su generación encabezará los esfuerzos hacia la verdadera reconciliación, y eso es lo que quiere fomentar Njiokiktjien en su libro.

«Quiero demostrar al país y al resto del mundo que existe una generación de sudafricanos jóvenes con una voluntad increíble de alcanzar sus metas, a veces incluso sin tener trabajo y, aunque no se lo den todo mascado, están logrando hacer cosas porque lo intentan con todas sus fuerzas. Creo que crearán un futuro positivo para Sudáfrica».

Un hombre pasa frente a un muro con varias imágenes de Nelson Mandela en la calle Khumalo en Soweto, Johannesburgo. En Soweto tuvieron lugar una serie de manifestaciones y protestas encabezadas por los alumnos negros de Sudáfrica que comenzaron la mañana del 16 de julio de 1976 y acabaron con las muertes de cientos de niños.
Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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