Nueva York entierra a las víctimas de la pandemia en la Isla Hart, pero no es la primera vez que se hace

Un millón de personas descansa en este islote neoyorquino, entre ellas algunas que fallecieron con sida, tuberculosis y coronavirus.

Friday, April 24, 2020,
Por Allison C. Meier
Prisioneros enterrando cadáveres, Isla Hart

Los prisioneros entierran cadáveres no reclamados en la Isla Hart de Nueva York en 1963. El cementerio público ha estado en la isla durante 150 años y ahora es el lugar donde descansan algunos de los fallecidos con coronavirus, ya que las morgues de Nueva York están saturadas por la pandemia.

Fotografía de Arthur Schatz, The LIFE Images Collection/Getty

Las cifras de récord de fallecidos con coronavirus están desbordando las morgues y las funerarias de Nueva York, por eso los entierros en el cementerio público de la Isla Hart han pasado de 24 por semana a 24 al día. A 13 de abril, más de 10 000 personas habían fallecido con COVID-19 en la ciudad, justo después de que se superaran las 700 muertes diarias durante cinco días.

Algunas víctimas con coronavirus están siendo enterradas en la Isla Hart, en el estrecho de Long Island, al este del Bronx. Desde 1869, esta isla ventosa de 1,5 kilómetros de largo, orillas rocosas y edificios demacrados ha recibido los cadáveres de personas sin familiares conocidos, entre ellas las fallecidas por enfermedades de proporciones epidémicas.

Una portavoz de la oficina del alcalde de Nueva York Bill de Blasio declaró que, de quienes perecen con COVID-19, solo los neoyorquinos cuyos cuerpos no sean reclamados por sus familias están siendo enterrados en la Isla Hart.

«Durante décadas, la Isla Hart se ha usado para dar sepultura a los difuntos que no han sido reclamados por sus familiares. Seguiremos usando la isla de esta manera durante la crisis y es probable que las personas que han fallecido con COVID y que encajen en esta descripción sean enterradas allí a lo largo de esta epidemia», escribió Avery Cohen por email.

Tras haber estado en manos privadas durante más de 200 años, la Isla Hart se vendió a la ciudad de Nueva York en 1868. Un año después, se separaron 18 hectáreas para el Cementerio Municipal, un «cementerio de pobres» para personas que no podían permitirse funerales privados. Desde entonces, los entierros han sido la principal actividad en la isla, que está bajo la jurisdicción del Departamento de Correcciones.

Cada año se llevan a cabo más de mil entierros y se estima que hay un millón de personas enterradas en las más de 40 hectáreas de la isla. Cuesta determinar la cifra exacta. En la década de 1930, las tumbas se reutilizaron cuando los cuerpos ya se habían descompuesto en restos óseos y los archivos quedaron destruidos en un incendio en 1970.

El proceso de sepultura no ha cambiado mucho desde finales del siglo XIX. Una foto de 1890 de Jacob Riis muestra cómo bajan los ataúdes a una trinchera y un vídeo aéreo actual muestra una escena similar.

Lo habituales que cada semana, el personal y ocho reclusos de la cárcel de la Isla Rikers vengan a llevar a cabo los entierros, amontonando los ataúdes de tres en tres en trincheras lo bastante grandes para contener hasta 162 adultos y mil restos infantiles y fetales. Escriben números y, a veces, nombres con un rotulador grueso negro sobre los ataúdes de pino y los introducen en un registro para que los familiares puedan reclamar más adelante a sus seres queridos.

Este mes, debido a un repunte de casos de coronavirus en la Isla Rikers, la ciudad empezó a contratar a empleados (que llevan trajes protectores) para enterrar a los difuntos.

Hace poco, De Blasio tuiteó que las víctimas con COVID-19 no estaban siendo enterradas en masa en la Isla Hart y que las tratarían con respeto. «Todo será individual y todos los cuerpos se tratarán con dignidad», afirmó.

El vínculo con las enfermedades

La primera persona enterrada en el cementerio de la Isla Hart, en 1869, fue Louisa Van Slyke, una mujer de 24 años que falleció de tuberculosis y a quien ningún familiar reclamó. El año siguiente, cuando un brote de fiebre amarilla devastó la ciudad, se puso en cuarentena a los enfermos en la isla, una práctica que probablemente se debía a la creencia popular de que la enfermedad se propagaba por el mal olor. Más adelante, se inauguró un hospital para pacientes en cuarentena después de que Nueva York pusiera en marcha la primera campaña del país para controlar la «peste blanca» (el nombre de la tuberculosis), que por aquel entonces afectaba a uno de cada siete estadounidenses.

En 1985, otra enfermedad mortal puso la isla en el centro de atención. Ante el miedo y la incertidumbre de la epidemia del sida, las funerarias cerraron sus puertas a quienes sucumbían al virus y en los primeros días de la epidemia se enterró a 17 víctimas de la enfermedad en el extremo meridional de la isla, alejadas de las otras tumbas. Rompiendo las normas, los enterraron individualmente, a cuatro metros de profundidad. Entre las tumbas, una lápida con la inscripción «SC-B1, 1985» conmemora al primer niño que falleció con sida en Nueva York.

En los 80 y los 90 enterraron a muchas más víctimas del sida en la Isla Hart. El estigma asociado a la enfermedad y la falta de información dificultan determinar la cifra exacta. Pero como informó en 2018 el New York Times, el cementerio de la Isla Hart es «quizá el mayor cementerio del país para personas con sida».

Más recientemente, antes de que el coronavirus asolara Nueva York, el cementerio de la Isla Hart se designó como lugar de sepultura temporal durante la pandemia de gripe de 2008.

Una historia diversa

La Isla Hart no siempre fue un cementerio. En 1654, el médico Thomas Pell adquirió el terreno mediante un tratado con el pueblo indígena (los «Siwanoy» o «Suwanak») que vivía en la zona. La compra de Pell expandió su considerable patrimonio, que abarcaba el Bronx, Pelham y New Rochelle.

En los siglos XVIII y XIX, la isla pasó por las manos de otros terratenientes adinerados, entre ellos Oliver Delancey y John Hunter, ambos comerciantes y políticos. Con el paso de los años, la isla adoptó nombres diferentes; el más destacado fue Isla Spectacle, por su forma de gafas, y finalmente Isla Hart, que hacía referencia a los ciervos que aún habitan la isla («hart» es una palabra arcaica que quiere decir «ciervo»).

Durante su larga historia, la Isla Hart ha servido para muchos propósitos. Antes de que la ciudad la comprara, el gobierno federal arrendó el terreno durante la guerra de Secesión para adiestrar a las Tropas de Color de los Estados Unidos y retener a prisioneros confederados. En el siglo XIX, la rama femenina del Hospital Psiquiátrico de la ciudad de Nueva York trató a las pacientes allí, aunque un informe de 1880 afirmaba que «no se notificó ninguna cura y todos los casos eran crónicos». En 1905, un reformatorio acogió a «chicos malos», seguido años después de un campamento disciplinario de la Segunda Guerra Mundial, instalaciones de lanzamiento de misiles de la Guerra Fría y un centro de tratamiento de adicciones en los años 60 y 70.

Sin posibilidad de visitar las tumbas

Como el Departamento de Correcciones controla el cementerio, no se ha permitido que la gente visite las tumbas de sus seres queridos.

Sin embargo, hace poco algunas organizaciones como Hart Island Project y Picture the Homeless han presionado para obtener acceso. Hart Island Project consiguió que se permitiera a los amigos y los familiares de los difuntos visitar las tumbas dos veces al mes si se registraban previamente. Se prohíben las cámaras y los teléfonos móviles, pero el personal puede llevar Polaroids.

La gente ha podido presentar sus respetos una vez al mes reservando hora para visitar una glorieta cerca del muelle, donde un monumento blanco de granito conmemora a los miles de personas enterradas. Sin embargo, se han aplazado las visitas de forma temporal por la COVID-19.

Cuando pase la pandemia, quizá se facilite acceder al cementerio. El pasado diciembre, el alcalde de Blasio firmó cuatro proyectos de ley que transferían la supervisión de la isla al departamento de parques de la ciudad y para añadir más ferris públicos. Se considera un gran avance para quienes lloran las muertes de sus seres queridos, una experiencia que podrían compartir cada vez más neoyorquinos mientras el coronavirus sigue devastando la ciudad.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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