Las muertes de ancianos por la COVID-19 ponen en peligro los idiomas indígenas

«Nos preocupa mucho», dice una líder indígena. «Tienen mucho más que contarnos».

Por Jill Langlois
fotografías de Rafael Vilela
Publicado 16 nov 2020, 13:28 CET
Manuela Vidal

Los niños mbyá guaraníes como Manuela Vidal aprenden su idioma y su cultura en colegios públicos, pero la pandemia ha obligado a cerrarlos.

Fotografía de Rafael Vilela, National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

Eliézer Puruborá, una de las últimas personas que creció hablando el idioma puruborá, falleció de COVID-19 en Brasil a principios de este año. Su muerte a los 92 años ha debilitado el poco control que tiene este pueblo sobre su idioma.

Los idiomas indígenas de Brasil han estado amenazados desde la llegada de los europeos. Solo siguen hablándose unos 181 de los 1500 idiomas que existían y la mayoría tiene menos de mil hablantes. Algunos grupos indígenas, sobre todo aquellos con poblaciones más grandes, como los mbyá guaraníes, han logrado mantener su idioma materno. Pero los idiomas de grupos más pequeños, como los puruborás, con unos 220 miembros, están a punto de extinguirse.

La pandemia está agravando esta frágil situación. Se estima que hay más de 39 000 casos de coronavirus entre indígenas brasileños, entre ellos seis puruborás, y hasta 877 muertes. La COVID-19 está llevándose las vidas de ancianos como Eliézer, que suelen ser los guardianes del idioma. El coronavirus también obliga a los miembros de la comunidad a aislarse, impide la celebración de eventos culturales que mantienen vivas las lenguas y mina el lento progreso de la gestión lingüística.

Para los puruborás, preservar su idioma y su cultura ha sido una larga lucha. Hace más de un siglo, los recolectores de caucho, auspiciados por el Servicio de Protección al Indio —la agencia federal que administraba los asuntos indígenas— llegaron a sus tierras en el estado amazónico de Rondônia. Pusieron a hombres y niños indígenas, entre ellos Eliézer, a trabajar recogiendo caucho de los árboles y repartieron a las mujeres y niñas indígenas entre los recolectores de caucho no indígenas como si fueran premios. Solo se permitía hablar en portugués.

«Todo lo relacionado con nuestra cultura se prohibió», cuenta Hozana Puruborá, que se convirtió en la lideresa de los puruborá tras la muerte de su madre, Emília. Emília era la prima de Eliézer; de niños, los primos, ambos huérfanos, hablaban en susurros en puruborá cuando nadie más podía escucharlos. «Mantuvieron su lengua viva en la clandestinidad».

En 1949, los Servicios de Protección al Indio declararon que ya no había más pueblos indígenas en la región porque se habían «mezclado» y «civilizado». Oficialmente, los puruborás habían desaparecido.

El coronavirus pone en peligro las vidas de ancianos como Hotencio Karai (107), que suelen ser los guardianes del idioma de una cultura.

Fotografía de Rafael Vilela, National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

Adolescentes como Richard Wera Mirim (17) y sus amigos también se aferran a su cultura, dice la líder comunitaria Sonia Ara Mirim. «Nhandereko —la forma de vida guaraní— está en nuestro interior», afirma. «Un niño puede pasar todo el día con el móvil, el ordenador o viendo la televisión, pero no hay forma de sacarlo de nosotros».

Fotografía de Rafael Vilela, National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

Construyendo un archivo

Sin embargo, los puruborás se negaron a desaparecer. Se asentaron en Aperoi, la última aldea puruborá, una parcela de 25 hectáreas de tierras ancestrales compradas a productores de soja y ganaderos. No es lo bastante grande para todos, así que Eliézer vivía con su hija en la localidad de Guajará Mirim, no muy lejos.

Los puruborás también empezaron a trabajar con Ana Vilacy Galucio, una lingüista del Museo Paraense Emílio Goeldi, que alberga los archivos permanentes de 80 idiomas indígenas de la Amazonia brasileña. Con su ayuda, quería crear un archivo del puruborá.

Cuando Galucio empezó a visitarlos en 2001, había nueve ancianos puruborás, entre ellos Eliézer y Emília, que se sintieron motivados a volver a hablar su lengua. Muchos vivían lejos de Aperoi y llevaban décadas sin hablar en puruborá.

«No es solo que no pudieran hablarlo», dice Galucio. «No podían escucharlo; no tenían contacto con su idioma».

Galucio los reunió para que hablaran. Llevaban cascos y hablaban con micrófonos. Grabó todo lo que dijeron para crear un archivo de audio de su idioma. Al principio, solo recordaban unas pocas palabras. Enseguida recordaron los nombres de los animales; la gramática y las estructuras sintácticas fueron más difíciles. Pero cuanto más tiempo pasaban hablando, más recordaban.

Ahora solo quedan dos ancianos —Paulo Aporte Filho y Nilo Puruborá— que dominan más o menos el idioma. Ambos tienen más de 90 años y mala salud, así que son muy vulnerables al coronavirus. Ninguno vive en Aperoi ni pueden visitarla debido a la pandemia. Hozana teme que la COVID-19 pueda llevárselos antes de tener tiempo para compartir todo lo que saben.

«Aún faltan muchas cosas en el archivo», afirma. «Nos preocupa mucho. Tienen mucho que contar».

Un impulso inesperado

Mucho más al sur, la pandemia también está afectando a los mbyá guaraníes. En las seis aldeas que componen su comunidad en São Paulo, cientos de personas han contraído la COVID-19, entre ellas ancianos de más de 100 años. Por ahora no ha fallecido nadie.

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      Los jóvenes residentes de la aldea de Tekoa Pyau juegan en un campeonato de fútbol que dura horas. La tierra guaraní se encuentra en medio de São Paulo y la ciudad, la más grande de Brasil, siempre la está invadiendo.

      Fotografía de Rafael Vilela, National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

      La comunidad celebra un cumpleaños en Guyra Pepó, una aldea del interior a la que se mudaron 36 familias guaraníes cuando construyeron una carretera en sus terrenos de São Paulo.

      Fotografía de Rafael Vilela, National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

      En junio, los jóvenes guaraníes se reunieron para apagar un incendio. «Este es nuestro trabajo», dice el profesor Anthony Karai. «Somos los guardianes del bosque».

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        Anthony Karai (21) da clases virtuales de guaraní desde su casa, en la aldea de Tekoa Pyau. Las clases son para estudiantes no indígenas y son una forma de recaudar dinero para su comunidad.

        Fotografía de Rafael Vilela, National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

        Las escuelas públicas de educación primaria de la comunidad, que enseñan el idioma y la cultura guaraníes, están cerradas, lo que ha dejado a los niños sin un medio importante para aprender y compartir. Muchas personas han perdido su empleo.

        Con todo, el idioma guaraní también ha recibido un impulso inesperado. Cuando comenzó la pandemia, Anthony Karai, un joven líder indígena, empezó a dar clases de idiomas virtuales para recaudar dinero para miembros desempleados de su comunidad. Creyó que podría atender a hasta 100 alumnos, pero más de 300 personas se apuntaron en dos horas.

        Karai no quería rechazar a nadie, así que llamó a dos profesores de aldeas diferentes para que enseñaran a los 200 estudiantes de más. Él dice que enseñar guaraní no solo le proporciona una forma de mantener el idioma con vida, sino que también ayuda a las personas no indígenas a ver su comunidad desde una perspectiva diferente.

        «Cuando aprendes un idioma, no puedes aprender solo el idioma», afirma Karai. «Tienes que aprender la cultura».

        Y viceversa: perder un idioma puede significar perder una cultura, y eso es lo que preocupa al profesor de puruborá Mario Puruborá.

        Thiago Karaí Kekupe, un joven jefe mbyá guaraní, combate un incendio que fue provocado, según sospecha la comunidad.

        Fotografía de Rafael Vilela, National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

        A principios de 2020, cientos de árboles cercanos fueron talados para construir edificios de apartamentos. Los miembros de la comunidad guaraní protestaron con su vestimenta tradicional y lograron impedir que continuara la destrucción.

        Fotografía de Rafael Vilela, National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

        Un niño guaraní nada cerca de su aldea. «No tenemos agua potable en la aldea», cuenta Thiago Karaí Kekupe. «La única agua que tenemos procede de un manantial de agua natural».

        Fotografía de Rafael Vilela, National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

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          Sin tierras, cuesta mantener la lengua y la cultura. En 2017, las familias guaraníes se asentaron en una nueva aldea en el interior del estado de São Paulo.

          Fotografía de Rafael Vilela, National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

          En Aperoi, al igual que en las aldeas mbyá guaraníes, los niños aprenden puruborá en la escuela pública. Pero incluso antes de la pandemia, las autoridades locales querían cerrar el colegio porque tenía muy pocos estudiantes.

          Mario, que había estado luchando para que las clases continuaran, no domina el puruborá. Aprendió lo que sabe de las grabaciones de audio que hizo Galucio para el archivo del museo.

          Antes de la pandemia, visitaba con regularidad a los ancianos que vivían fuera de la aldea, como Paulo y Nilo, para que resolvieran sus dudas sobre el idioma. El coronavirus ha hecho que esos viajes sean demasiado peligrosos y ahora teme que muchos detalles lingüísticos mueran con ellos.

          Los puruborás están haciendo lo que pueden para que los miembros de su comunidad sigan sanos y salvos. Han pospuesto la asamblea y el festival cultural que celebran cada año —donde comparten historias, cantan y organizan iniciativas de preservación del idioma— y han reducido los viajes no esenciales. Y dicen que, cuando la pandemia amaine por fin, intentarán garantizar que la responsabilidad de preservar su cultura y su idioma no recaiga solamente en los frágiles hombros de sus ancianos.

          «Mucha gente dice que hemos resurgido, pero a mí no me gusta ese término», dice Mario. «Siempre hemos conocido nuestra identidad y siempre hemos estado aquí. Y siempre estaremos».

          Este artículo ha contado con el apoyo del COVID-19 Emergency Fund for Journalists de la National Geographic Society.
          Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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