¿Quién fue Alejandro Magno?

Hijo del rey Filipo II de Macedonia, esta icónica figura histórica fue un brillante líder y estratega militar que conquistó la mayor parte del mundo

Alejandro Magno y el nudo gordiano

La leyenda de este cuadro, 'Alejandro cortando el nudo gordiano', es que en el año 333 a.C. en Gordium (también llamada Gordio o Gordión) capital de Frigia (actual Turquía), Alejandro Magno, incapaz de desatar el nudo optó por cortarlo con su espada. Jean-Simon Berthelemy (1743-1811), pintor de historia francés, pintó este óleo sobre lienzo.

Fotografía de Universal History Archive, Getty

El vasto imperio euroasiático que forjó Alejandro Magno (356-323 a.C.) no fue duradero, pero sus hazañas fueron legendarias. Alejandro era hijo del rey Filipo II de Macedonia, un reino al norte de Grecia. Cuando Atenas quedó desestabilizada por la interminable Guerra del Peloponeso (431-404 a.C) y sus consecuencias, Filipo vio una oportunidad y la aprovechó para someter toda Grecia hacia el 339 a.C.

Mientras Filipo estaba fuera, en la conquista de Grecia, Alejandro estudió matemáticas, tiro con arco y otras materias con tutores, entre los que se encontraba el renombrado filósofo Aristóteles. Según el autor griego Plutarco, Alejandro guardaba una copia de la Ilíada de Homero, anotada por Aristóteles, "con su daga bajo la almohada, llegando a declarar que la consideraba un perfecto tesoro portátil de toda virtud y conocimiento militar".

El precoz Alejandro ya era un experimentado comandante del ejército macedonio cuando se convirtió en rey a la edad de 20 años en el 336 a.C., tras el asesinato de su padre. En una de sus acciones más decisivas, el joven monarca demostró con fuerza su autoridad sobre los griegos rebeldes asaltando la desafiante ciudad de Tebas, masacrando a miles de habitantes y esclavizando al resto.

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La conquista persa

En el año 334 a.C., Alejandro se lanzó a la conquista del Imperio Persa, una civilización que, a pesar de haber disminuido su poder, seguía siendo un gigante. El ejército de Alejandro contaba con menos de 40.000 hombres, en su mayoría macedonios ferozmente leales. La versátil fuerza incluía caballería y soldados rasos fuertemente armados, que blandían lanzas en formación de falange, avanzando implacablemente protegidos tras sus escudos en alto. Alejandro Magno desplegó sus tropas con gran habilidad y se ganó su devoción dirigiéndolas en la batalla, llegando incluso a resultar herido en alguna.

Alejandro visitó la legendaria ciudad de Troya tras cruzar el Bósforo en su camino hacia Asia Menor y a medida que derrotaba a las fuerzas persas. Las ciudades griegas de Asia Menor que habían estado bajo control persa le dieron la bienvenida a su gobierno. En el golfo de Isso, en el año 333 a.C., derrotó con contundencia al emperador persa Darío III, que se retiró con tal premura que dejó a sus familiares como rehenes.

(Relacionado: Descubren en Egipto nuevas pruebas de la tumba perdida de Alejandro Magno).

Contrario a firmar la paz a menos que Darío le cediera el puesto de emperador, Alejandro se dirigió hacia el sur a lo largo del mar, en dirección a Egipto. Se apoderó de puertos estratégicos, incluyendo el desafiante puerto fenicio de Tiro. En Egipto, donde fue honrado como un rey-dios como los faraones de antaño, recibió un grado de adoración que se ajustaba mucho más al que él consideraba que le correspondía.

Desde el Mediterráneo, Alejandro avanzó hacia el este, hacia Mesopotamia, y se enfrentó a las reabastecidas tropas de Darío en la llanura de Gaugamela, en el año 331 a.C. Una vez más, Alejandro demostró que un pequeño ejército actuando de forma coordinada podía llegar a ser superior a uno más grande pero disperso y desorganizado. Aprovechando la apertura de una brecha en las filas persas, Alejandro y su caballería de élite se lanzaron de lleno, dividiendo al ejército rival en dos y certificando la conquista persa.

El orgullo que precede a la caída

Al añadir el vasto dominio persa a su reino balcánico, Alejandro forjó un imperio euroasiático de una extensión sin precedentes. Sin embargo, no le bastó: el conquistador ignoró la lección griega acerca de lo peligrosa que puede llegar a ser la arrogancia, y se aventuró con insolencia en la consecución de más territorios; más de lo que cualquier hombre podría lograr de forma realista. Sometió a Bactriana (en la actual Afganistán) y se casó con Roxana, la hija de un jefe bactriano. Luego invadió la India en el 327 a.C. y cruzó el río Indo, la frontera más lejana del antiguo Imperio Persa. La llegada de los monzones actuó de forma implacable sobre las tropas de Alejandro, que enfermaron de fiebre y se amotinaron hasta que, en el 325 a.C., se dieron la vuelta.

El genio de Alejandro no era político ni diplomático, sino militar. Hizo esfuerzos irregulares para organizar su enorme imperio al estilo de los persas; contrató a funcionarios persas y se casó con princesas persas (al igual que docenas de sus comandantes). Muchos macedonios sintieron que depositaba demasiada confianza en personas que todavía eran consideradas enemigas, y los griegos sólo aceptaron a regañadientes su particular petición de ser reconocido tan divino como algunos monarcas de Oriente Próximo. "Si Alejandro quiere ser un dios", observaron los espartanos con escepticismo, "dejadle que sea un dios".

Alejandro el mortal murió repentinamente (quizá de fiebre tifoidea) en Babilonia en el 323 a.C. Su imperio se fracturó tras su muerte, pero esas tierras ya habían cambiado para siempre, impregnadas de la cultura y el espíritu cosmopolita de un mundo griego más amplio que nació gracias a Alejandro.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com

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