Medio Ambiente

10 árboles maravillosos y sus 10 maravillosas historias

Si pudieras ser un árbol, ¿cuál serías? Seguramente la mejor contestación es cualquiera. Aquí recopilamos 10 árboles majestuosos de todo el mundo.

Por Redacción National Geographic
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Si pudieras ser un árbol, ¿cuál serías? Seguramente la mejor contestación es, cualquiera. Se estima que en el mundo hay 3,04 billones de árboles. Una cifra imponente, pero con la que no podemos confiarnos. Objetivo para 2020: plantar 7.800 millones más. Y no, no habrá una superpoblación de árboles, porque el ritmo de destrucción es mayor que el de crecimiento. Afortunadamente, hay árboles que han resistido siglos e incluso milenios. Aquí recopilamos 10 árboles majestuosos de todo el mundo.

Cerezos en flor

Eliza Ruhamah Scidmore, escritora, fotógrafa y directora de National Geographic en sus inicios visitó Japón por primera vez en 1885 y quedó fascinada con los cerezos en flor situados en la orilla del río Sumida en Tokio. Tras volver a casa, pidió a los funcionarios de Washington, D.C., que plantaran árboles como aquellos que había visto en Japón en las zonas áridas que rodeaban la ciudad. La primera dama Helen Taft se valió de su influencia para que la idea llegara a buen puerto, o más bien lo implantó. El 27 de marzo de 1912, los primeros 300 cerezos —regalo del gobierno japonés— fueron plantados alrededor de la Cuenda Tidal. «Los japoneses nos han dado su favorito, su propia flor de montaña, el alma de Japón», escribió Scidmore. Cuando murió en 1928 sus cenizas fueron enterradas en Yokohama. Un cerezo descendiente de uno de los regalados a Washington vigila su tumba. En primavera sus flores caen y cubren su tumba con una delicada alfombra rosa.

Luna, secuoya. Redwood Forest, Stafford, California

La defensora de la secuoya

La biografía de este árbol milenario incluye un capítulo esencial en el que su vida confluye con la de Julia Butterfly Hill. En 1997, esta activista medioambiental se subió al árbol y no volvió a bajarse hasta dos años después. ¿Por qué? Porque la maderera Pacific Lumber Company amenazaba con talarlo durante sus operaciones en la zona. Vivió en una pequeña tienda de campaña suspendida sobre una plataforma a casi 55 metros del suelo, soportando el viento, la lluvia y la nieve de El Niño, así como el acoso de la empresa. Finalmente, llegaron a un acuerdo para la conservación, aunque en el año 2000 esta secuoya fue víctima del vandalismo al sufrir un corte con motosierra que le dejó una herida de casi un metro de profundidad. Afortunadamente, se colocaron a tiempo varios soportes de acero y cables que han permitido que el árbol siga creciendo.

Tanzlinde, tilo. Peesten, Alemania

El tilo de baile

En Alemania, el tilo es el árbol de los enamorados. En Escandinavia, el escondite favorito de los elfos. Y después de sumergir una magdalena en el té, el protagonista del clásico de Marcel Proust, Charles Swann, fue en busca del «tiempo perdido». En muchos lugares de Europa se pensaba que la verdad solo se podía contar debajo de sus ramas, así que los juicios se llevaban a cabo bajo su «visto bueno». El Tanzlinde —o «el tilo de baile»— alemán ha sido siempre un lugar de reunión de la vida social, donde se celebran festivales y bailes populares. Lo plantaron a finales del siglo XVI, lo remplazaron por enfermedad en 195 y reconstruyeron su plataforma en 2001.

Pando, álamo temblón. Bosque Nacional Fish Lake, Utah

Un bosque de clones

Este es en realidad un bosque clonal surgido de un solo álamo temblón y que está compuesto por 47.000 troncos pertenecientes a un único organismo viviente. Cubre medio kilómetro cuadrado y se calcula que pesa 6.000 toneladas. El clon comienza con una sola semilla que se expande rápidamente creando un sistema de raíces subterráneas. Cada tronco es genéticamente idéntico y este es el organismo viviente más pesado del planeta y puede que también sea uno de los más antiguos.

Árbol del Descubrimiento, Secuoya. Calaveras Big Trees State Park, California

La fiebre verde

«Cuando se corta un árbol, su tronco revela su historia se puede leer la vida en sus discos: sus cicatrices, su lucha, su sufrimiento y su enfermedad», escribió el autor alemán Herman Hesse, un epitafio apto para esta majestuosa secuoya. En 1852, un cazador que perseguía a un oso herido cerca de los numerosos asentamientos mineros que surgieron durante la fiebre del oro americana tropezó con un árbol de 76 metros de altura. El hallazgo desencadenó la «fiebre verde», ya que los especuladores se aprovecharon para comercializar el descubrimiento. De este modo, le quitaron la corteza y fue expuesto en San Francisco y Nueva York. Un año más tarde, la secuoya fue talada del todo, y lo que quedó de ella se utilizó como plataforma para bailes. El tronco talado sirvió para construir una bolera. La indignación pública propició la creación de leyes de conservación como la Yosemite Grant Act, que en última instancia condujo a la creación de parque nacional de Yosemite.

Walt Whitman Civil War Witness Trees, catalpa. Fredericksburg y Spotsylvania National Military Park, Fredericksburg, Virginia

El vendador de heridas

En diciembre de 1862, tras ver el nombre de su hermano en la lista de heridos en Fredericksburg, Virginia, Walt Whitman salió de su casa en Brooklyn en busca de los hospitales cercanos. Fue allí donde tuvo lugar una de las batallas más mortales de la Guerra Civil y para Whitman supuso enfrentarse a la espantosa realidad de la guerra. En Chatham Manor, un hospital de campaña improvisado, vio amputaciones de brazos y piernas, extremidades que eran arrojadas por la ventana a una improvisada pila que crecía debajo de los árboles catalpa. Su hermano, que finalmente solo había sufrido una herida superficial en la cara, no estaba allí, pero Whitman se quedó todo el mes vendando heridas a los soldados, escribiendo y leyendo cartas. Después se fue a Washington y siguió atendiendo a heridos allí. Garabateaba sus pensamientos en trozos de papel manchados por sangre. Sus impresiones, publicadas en un libro de versos en 1865, fueron reflejadas perfectamente en El vendador de heridas, su poema más sensible, compasivo e inquebrantable.

Bunut Bolong, higuera. Aldea de Asahduren, Bali

La higuera sagrada

La higuera de bengala —o baniano—, es uno de los árboles más venerados de Asia. En la mitología hindú es la especie que cumple los deseos. El árbol de Bodhi, donde Buda se sentó durante siete días para alcanzar la iluminación, era también una higuera. El de la imagen, conocido como Bonut Bolong, creció en una ladera muy empinada en Bali, Indonesia. Al tratarse de un árbol sagrado, no puede ser talado, y cuando fue necesaria la construcción de una carretera, los ingenieros se las tuvieron que ingeniar para hacerla pasar por entre sus raíces. Hoy en día sigue siendo un lugar de culto.

Santuario del árbol sagrado, azadirachta o lilo indio. Tienda Sardar Sweet, Benarés, India

Golosinas en un árbol

Todo empezó con un pequeño puesto de golosinas y dulces debajo de un árbol de nim —sagrado en India— en Benarés. Cada día, Deepak Tadaw y su familia rendían culto al árbol y cada día el negocio mejoraba. Como la religión hindú no permite cortar árboles de nim, ya que se trata de la reencarnación de Shitala, la diosa de la fortuna, la familia construyó su tienda de golosinas alrededor del árbol.

El roble de las bodas. San Saba, Texas

El olmo del amor

La tradición romántica de este árbol, situado a las afueras de la ciudad texana de San Saba, comenzó, según se cuenta, con los nativos americanos celebrando a su sombra reuniones, ceremonias y bodas, aunque esa vinculación árbol-amor empezó mucho antes. En la mitología griega, Orfeo, que rescató a su querida Eurídice del submundo, compuso una canción de amor con su lira, provocando el nacimiento repentino de un olmo. La tradición alemana afirma que plantar dos árboles enfrente de la casa de una pareja de recién casados asegura felicidad y una langosta (de acuerdo con los victorianos, es símbolo de amor más allá de la tumba).

Árbol del Tule, ahuehuete. Oaxaca, México

Una catedral viviente

Como se si tratase de una catedral viviente, este árbol empequeñece a cualquier majestuosa catedral de piedra en un pueblo cercano a Oaxaca, México. Con 15 metros de diámetro, hacen falta 30 personas cogidas de la mano para abarcar todo su tronco. En 1992, para atajar el daño causado por el impacto del tráfico rodado y el nivel freático, el gobierno reorientó la autopista Panamericana y aprobó una subvención para cavar un pozo para el árbol.

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