Medio Ambiente

El clima cambiante obliga a emigrar a los guatemaltecos desesperados

La sequía y la meteorología cambiante dificultan que muchos agricultores a pequeña escala alimenten a sus familias, generando una crisis humana.Friday, October 26, 2018

Por Gena Steffens
Fotografías de Gena Steffens
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Eduardo Méndez López alza la vista al cielo esperando ver nubes cargadas de lluvia.

Tras meses subsistiendo casi exclusivamente a base de tortillas de maíz y sal, sus ojos y sus mejillas parecen hundidos, y solo una piel fina se extiende sobre el hueso. La mayoría de sus vecinos tienen ese mismo aspecto.

Es el punto álgido de la estación lluviosa en Guatemala, pero en la aldea de Conacaste, Chiquimula, las precipitaciones llegaron meses más tarde y, a continuación, se detuvieron. Los cultivos de Méndez López se marchitaron y murieron antes de poder producir maíz. Ahora, con un suministro de alimentos menguante y sin fuentes de ingresos, se pregunta cómo podrá alimentar a sus seis hijos pequeños.

«Es la peor sequía que hemos tenido», afirma Méndez López, tocando la tierra seca con la punta de la bota. «Lo hemos perdido absolutamente todo. Si las cosas no mejoran, tendremos que emigrar a otra parte. No podemos seguir así».

Guatemala suele aparecer en la lista de los 10 países más vulnerables del mundo a los efectos del cambio climático. Los patrones climáticos cada vez más erráticos han provocado pérdidas de cosechas año tras año y la disminución de las oportunidades laborales en el país, haciendo que cada vez más personas como Méndez López piensen en la emigración como medida desesperada para huir de los niveles disparados de inseguridad alimentaria y pobreza.

De media, en la última década, 24 millones de personas al año se han visto desplazadas por los fenómenos meteorológicos en el mundo y, aunque no está claro cuántos desplazamientos pueden atribuirse al cambio climático antropogénico, los expertos prevén que esta cifra seguirá aumentando.

Cada vez más, los desplazados intentan trasladarse a otros países como «refugiados del cambio climático», pero existe un problema: la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, que define los derechos de las personas desplazadas, aporta una lista de elementos de los que deben huir las personas para que se les garantice asilo o refugio. El cambio climático no figura en la lista.

Los datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos muestran un gran aumento de la cantidad de inmigrantes guatemaltecos, sobre todo familias y menores no acompañados, interceptados en la frontera estadounidense a partir de 2014. No es una coincidencia que este repunte haya tenido lugar junto con la aparición de condiciones graves de sequía relacionadas con El Niño en el Corredor Seco de Centroamérica, que se extiende por Guatemala, Honduras y El Salvador.

Para entender la tendencia alcista en la emigración de esta región, un gran estudio interinstitucional dirigido por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU ha entrevistado a familias de distritos fundamentales del Corredor Seco acerca de las presiones que les obligan a marcharse. El principal «factor impulsor» identificado no fue la violencia, sino la sequía y sus consecuencias: falta de alimento, de dinero y de trabajo.

Sus hallazgos sugieren una relación clara entre la variabilidad climática, la inseguridad alimentaria y la migración, y aportan una perspectiva alarmante de lo que está por venir al empezar a observar efectos reales del cambio climático en el mundo.

¿Un país en crisis?

Para Diego Recalde, director de la FAO en Guatemala, la tendencia actual de migración masiva ante la inseguridad alimentaria y la sequía supone un claro indicador de que el país lleva un tiempo acercándose a una crisis inducida por el cambio climático.

Las condiciones climáticas adversas en Guatemala afectan a la seguridad alimentaria reduciendo la producción agrícola tanto en la agricultura comercial como en la de subsistencia, limitando las oportunidades laborales en la agricultura que también suponen una parte importante de la economía nacional. Las crecientes tasas de pobreza y el hundimiento de los indicadores sociales pintan una perspectiva funesta para el país, que posee el cuarto nivel más alto de desnutrición crónica en el mundo y el más alto en Latinoamérica. Según el Programa Mundial de Alimentos, se considera que casi el 50 por ciento de los niños menores de cinco años sufren desnutrición crónica en Guatemala, porcentaje que alcanza el 90 por ciento o más en muchas zonas rurales.

Para los agricultores de subsistencia como Méndez López, que dependen de las precipitaciones para producir los alimentos que comen, solo hacen falta unos pocos meses de patrones climáticos erráticos para limitar u obstaculizar por completo su capacidad de poner comida sobre la mesa. Con el aumento de la frecuencia y la gravedad de las sequías, a Recalde le preocupa que, en el caso de los sectores de población más vulnerables, lo peor esté aún por llegar.

«Es un desastre nacional», afirma. «Debería haber banderas rojas por todas partes».

Los científicos atribuyen las inusuales sequías que comenzaron en 2014 y que han acelerado el éxodo de familias hacia el norte a los efectos de El Niño, parte de un ciclo climático natural conocido como El Niño-Oscilación del Sur (ENOS), que provoca oscilaciones entre periodos más fríos y húmedos y otros más cálidos y secos en todo el mundo.

Este tipo de variabilidad climática natural ha afectado a Guatemala y a otros países Centroamericanos durante cientos —si no miles— de años, llegando a desempeñar un papel en las sequías que acompañaron al derrumbe de la antigua civilización maya.

«El clima siempre ha sido muy variable aquí», explica Edwin Castellanos, director del Centro para el Estudio del Medio Ambiente y la Biodiversidad en la Universidad del Valle en Guatemala. «Ahora, el problema es que El Niño y La Niña se han vuelto más fuertes e intensos, pero también más erráticos».

¿Es culpa del cambio climático?

Aunque puede parecer que el cambio climático es el impulsor de estas bruscas oscilaciones meteorológicas, es importante distinguir los periodos de variabilidad climática y las modificaciones a largo plazo del cambio climático. Este último se convierte enseguida en una cuestión de política, negociaciones internacionales y reclamaciones por daños y pérdidas según el Acuerdo de París.

Aunque los científicos saben que El Niño contribuye a los aumentos de la temperatura global, todavía no está claro si el cambio climático antropogénico hace que El Niño se intensifique y ocurra con más frecuencia.

«Por definición, el cambio climático debería modelarse en periodos de 50 años. Pero lo que los modelos dicen que debería ocurrir en 2050 ya ocurre ahora», afirma Castellanos, refiriéndose a las alteraciones de los patrones de precipitaciones y los niveles de aridez en Guatemala. «La pregunta es: ¿es la variabilidad más alta de lo normal?».

La falta de datos meteorológicos históricos hace que sea más difícil demostrar la existencia de un vínculo claro entre el cambio climático antropogénico y un aumento de la variabilidad climática. Sin embargo, Castellanos, uno de los principales expertos en cambio climático de Guatemala, cree que es complicado ignorar la transformación que ha visto de primera mano a lo largo de su vida.

«Todavía nos queda mucho camino por recorrer antes de concluir científicamente que lo que observamos ahora está fuera de lo normal. Pero si sales al campo y preguntas a cualquiera si esto es normal, todo el mundo te dice que no».

Ya se atribuya a El Niño o al calentamiento global, la situación en Guatemala pinta una perspectiva vívida de las vulnerabilidades que quedan expuestas cuando las sociedades carecen de la capacidad para hacer frente y adaptarse al clima cambiante.

Economía vulnerable, aldeas vulnerables

En años anteriores, las familias afectadas por un mal año de cosechas buscaban trabajo como temporeros en explotaciones comerciales y ganaban el dinero suficiente para comprar alimentos básicos como maíz y judías. Pero este año no hay trabajo. Hasta las explotaciones agrícolas comerciales consolidadas se han visto afectadas por la sequía de este año, un presagio de que surgirán mayores problemas a medida que los cultivos sensibles al clima que componen la mayor parte de las exportaciones agrícolas fundamentales (y del mercado laboral nacional) de Guatemala sufren los efectos del aumento de las temperaturas y los desastres vinculados al clima, cada vez más frecuentes.

Hoy, hacia el final de otra «estación lluviosa» que no ha traído lluvias, muchas comunidades rurales parecen estar atrapadas en una vorágine catastrófica vertiginosa. Años de meteorología errática, cosechas perdidas y una escasez crónica de oportunidades de empleo han erosionado poco a poco las estrategias que las familias guatemaltecas habían conseguido usar para hacer frente a uno o dos años de sequías sucesivas y cosechas perdidas. Pero ahora, aldeas enteras parecen estar derrumbándose desde dentro a medida que cada vez más comunidades se quedan aisladas, a horas de la ciudad más cercana, sin alimento, trabajo o forma de buscar ayuda.

«No hay transporte. La gente se ha quedado sin dinero para pagar las tarifas, de forma que los autobuses ya no pasan por aquí», afirma José René Súchite Ramos de El Potrerito, Chiquimula. «Queremos irnos, pero no podemos».

Muchos describen la situación actual como la más desesperada que han vivido nunca. En el asentamiento de Plan de Jocote, Chiquimula, los cultivos de Gloria Díaz no han producido maíz.

«Aquí, al 95 por ciento nos han afectado las sequías que comenzaron en 2014, pero este año lo hemos perdido todo, hasta las semillas», afirma Díaz. «Nos hemos quedado atrapados, sin salida. No podemos planificar la segunda cosecha y nos hemos quedado sin los recursos que teníamos para poder comer».

Como otros miembros de su comunidad, Díaz ha recurrido a buscar raíces de malanga en la naturaleza en un intento por mantener a raya el hambre, pero estas también escasean. Sin una fuente fiable de agua potable, los brotes de diarrea y sarpullidos son cada vez más habituales, sobre todo entre los niños.

En el departamento vecino de El Progreso, la hermana Edna Morales pasa muchos días recorriendo en burro las montañas secas que rodean la pequeña localidad de San Agustín Acasaguastlán en busca de niños desnutridos cuyas familias son demasiado pobres o estén demasiado débiles para buscar ayuda. En la actualidad, el centro de alimentación nutricional que dirige funciona a plena capacidad.

«Estos niños tienen muchos problemas de salud que se ven agravados por una grave desnutrición crónica. Se les cae el pelo o son incapaces de caminar», explica. «Cuando vives aquí, se oye hablar de muchos casos de niños que mueren de desnutrición. Ni siquiera aparecen en las noticias».

No son solo los niños quienes sufren las consecuencias de la grave escasez de alimento y la pobreza aplastante. En Chiquimula, Díaz muestra una antigua fotografía de grupo de la organización comunitaria que preside, la Asociación de Mujeres Progresistas del Sector Plan del Jocote. Señala una por una a las mujeres que han fallecido o que están muriendo lentamente por causas evitables que la pobreza extrema y la desnutrición han vuelto intratables.

Cuando los agricultores de subsistencia pierden sus cosechas, se ven obligados a comprar los alimentos básicos que acostumbran a cultivar —normalmente a precios muy inflados— para dar de comer a sus familias. Sin una fuente de ingresos, este gasto adicional deja a muchos sin los recursos económicos para permitirse otras necesidades básicas como las medicinas o el transporte a centros médicos.

A medida que el hambre obliga a padres desesperados a recurrir a medidas desesperadas para alimentar a sus familias, los robos y los ataques violentos se han disparado.

«Gente de nuestra propia comunidad empieza a robar a otras personas porque es la única opción que tienen», afirma Marco Antonio Vásquez, líder comunitario de la aldea de El Ingeniero en Chiquimula.

Migraciones masivas

Muchos consideran la emigración la última opción, por sus enormes riesgos para la seguridad personal y las consecuencias impensables si son incapaces de completar su viaje.

«Mucha gente se marcha, mucha más que nunca», afirma Vásquez. «Se van a Estados Unidos en busca de un nuevo futuro, llevándose consigo a los niños pequeños porque tienen la presión de arriesgarlo todo».

Quienes tienen casas o pequeñas parcelas de tierra las usan como aval para pagar a los contrabandistas humanos conocidos como «coyotes» entre 8.800 y 13.000 euros a cambio de tres oportunidades para atravesar la frontera hacia Estados Unidos. Pero familias de las regiones más pobres del país suelen verse obligadas a escoger la opción con las mínimas garantías y los mayores riesgos: ir solos, normalmente con niños pequeños a cuestas.

En Ciudad de Guatemala, dos o tres aviones aterrizan cada día en la base de la Fuerza Aérea guatemalteca, cada uno con unos 150 ciudadanos guatemaltecos que han sido deportados o interceptados mientras intentaban cruzar a Estados Unidos. Muchos huyen del hambre y la pobreza extrema de su país natal.

Ernesto, que nos pidió que cambiáramos su nombre, parecía agotado mientras esperaba en la fila para recoger una pequeña bolsa que contiene las pertenencias que le arrebataron cuando le interceptaron en la frontera estadounidense: sus cordones, un teléfono móvil maltrecho y una pequeña biblia. Su familia en Guatemala había puesto en juego su hogar y su subsistencia con la esperanza de que lograra cruzar y encontrara trabajo en Estados Unidos, lo que le permitiría apoyar a su familia. Era la segunda vez que lo deportaban.

«Me queda una oportunidad. Si no lo consigo, estaré en graves problemas».

Este reportaje ha contado con el apoyo de la International Women's Media Foundation como parte de su Adelante Latin American Reporting Initiative. Gena Steffens es escritora y fotógrafa desde Colombia. Actualmente trabaja con una beca narrativa de la National Geographic Society.
Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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