Las Maldivas se están hundiendo en el océano Índico ¿y ahora qué?

Independientemente de que sus 800 km de playas puedan sobrevivir al cambio climático, el país tropical nunca será el mismo.

Por Tristan McConnell
Publicado 21 ene 2022, 15:07 CET
Una pareja camina junto a una casa abandonada en las Maldivas, con sus cimientos erosionados por ...

Una pareja camina junto a una casa abandonada en las Maldivas, con sus cimientos erosionados por la subida del nivel del mar, para llegar a la playa de Bikini.

Fotografía de Marco Zorzanello

"Mis momentos más tranquilos son en el agua", dice Thoiba Saeedh, antropóloga, justo antes de que una lancha nos lleve a través del cristalino océano Índico hacia la pequeña isla de Felidhoo, en las Maldivas. La lancha traza una estela entre islas cubiertas de palmeras y bordeadas de arena (algunas de ellas con villas de vacaciones alineadas con embarcaderos de madera) mientras una manada de delfines revolotea entre el suave oleaje, y los peces voladores se lanzan brincando en aire.

2500 años de vida marítima han conformado la cultura y la identidad de los habitantes de las Maldivas, un país de 1196 islas de baja altitud dispuestas en una doble cadena de 26 atolones de coral, tan planos que apenas traspasan el horizonte.

Los extranjeros conocen las islas por dos cosas: las vacaciones en la playa y la posibilidad de que las Maldivas se conviertan en el primer país de la Tierra en desaparecer por culpa del aumento del nivel del mar. Eso incluye a Felidhoo, donde Saeedh quería mostrarme una cultura y un modo de vida que ya están desapareciendo.

Ahora, mientras el ritmo del cambio climático se acelera, esta pequeña nación intenta ganar tiempo, con la esperanza de que los líderes mundiales reduzcan las emisiones de carbono antes de la inevitable desaparición de las Maldivas. El archipiélago ha apostado su futuro (junto con una importante suma del erario público) a la construcción de una isla artificial elevada que podría albergar a la mayoría de la población de casi 555 000 personas. Mientras tanto, una empresa de diseño holandesa planea construir 5000 viviendas flotantes en pontones anclados en una laguna frente a la capital.

Estas medidas pueden parecer extremas, pero son tiempos extremos para las Maldivas. Como dijo el Presidente Ibrahim Mohamed Solih a los líderes mundiales en la conferencia de las Naciones Unidas sobre el clima celebrada el pasado otoño en Escocia (COP26): "La diferencia entre 1,5 grados y 2 grados (Celsius) es una sentencia de muerte para las Maldivas". Y esta tan sólo ha sido la más reciente llamada de socorro: hace una década, el predecesor en el cargo de Solih, Mohammed Nasheed, tomó una insólita decisión: convocó una reunión del gabinete (bajo el agua y con equipo de buceo) y propuso trasladar a toda la población a Australia por seguridad.

El cambio de la vida insular en lugares como Felidhoo a una plataforma artificial cargada de rascacielos y bautizada como la Ciudad de la Esperanza también conlleva una advertencia que merece la pena tener en cuenta, ya que el cambio climático causa cada vez más estragos en todos los continentes: podemos perder el quiénes somos incluso antes de perder el dónde estamos. Y si las Maldivas consiguen sobrevivir al cambio del planeta, surge una pregunta evidente: ¿qué se salvará y qué se perderá?

Este barrio de 16 rascacielos, llamado Hulhumalé Phase II, está construido en una isla artificial creada con arena bombeada del fondo del mar. Los residentes de las Maldivas están siendo reubicados gradualmente en los rascacielos para escapar de la subida del mar.

Fotografía de Marco Zorzanello
Izquierda: Arriba:

Hahmad tiene unos 30 años y es de la isla de Maafushi. Antes trabajaba en la industria pesquera, que está en declive. Los pescadores tienen que adentrarse más en el océano para encontrar peces por culpa de la sobrepesca durante muchas décadas.

Derecha: Abajo:

Una instantánea del tráfico en la carretera principal que atraviesa la ciudad de Malé, la capital y ciudad más poblada de las Maldivas. La ciudad, densamente poblada, contrasta con las más de 1.100 pequeñas islas de coral que componen el país.

fotografías de Marco Zorzanello

Los atolones se formaron a partir de volcanes prehistóricos 

Un millón de años antes de que desaparecieran los dinosaurios, la placa tectónica de la India se desplazó hacia el norte, abriendo una brecha en la corteza terrestre de la que surgió una cresta de picos volcánicos. Con el tiempo, los picos se erosionaron para formar los atolones de las Maldivas, cubiertos de coral.

La superficie total del país es de sólo 297 kilómetros cuadrados en unos 90 000 kilómetros cuadrados de océano, con pocas islas de más de un kilómetro cuadrado. La precisión y diferenciación a la hora de hablar de mar y tierra es importante. "Cuando digo tierra, incluyo el agua", dice Saeedh. "Para nosotros, el agua no está separada de la tierra; la 'tierra' es el agua y la isla en su conjunto, porque ahí es donde vivimos". En otras palabras, cuando el océano constituye más del 99% de tu país, más vale que lo ames.

Las propias islas tienen una cualidad efímera: bancos de arena sobre coral vivo, crecen y se encogen, suben y bajan, dependiendo de las corrientes marinas y los depósitos de arena. La lista de "islas desaparecidas" de las Maldivas es larga.

La mayoría de las islas (incluida la capital, Malé) están a un metro y medio por encima del nivel del mar; los científicos del clima prevén que se inundarán a finales de siglo. Hulhumalé, la plataforma de rescate hecha por el hombre, tiene una elevación de 1,9 metros.

La urbanización fue ideada en 1997 mediante un hercúleo dragado de millones de toneladas de arena que fueron usadas como relleno para convertir dos lagunas poco profundas adyacentes en 428 hectáreas de arena compactada. En estas islas, esta clase de construcciones son consideradas terreno nuevo.

"Dos tercios de la población pueden alojarse en estas dos islas principales", asegura Ismail Shan Rasheed, estratega de planificación de la Corporación de Desarrollo de Hulhumalé.

En muchos sentidos, Hulhumalé es una fantasía urbanística, como el inicio del videojuego de desarrollo urbano SimCity. Se han construido parques y apartamentos, mezquitas y tiendas, pistas de patinaje y aceras, escuelas y carreteras, en lo que parece una ciudad costera bien ordenada que se conectó con Malé en 2018 mediante un puente de un kilómetro de longitud.

El puente de Sinamalé, inaugurado en 2018, une las islas de Malé, Hulhulé y Hulhumalé. El puente, de casi un kilómetro de longitud, se denominó originalmente Puente de la Amistad China-Maldivas debido a la financiación de su construcción por parte del gobierno chino. Es el primer puente entre islas de las Maldivas.

Fotografía de Marco Zorzanello

La isla de Maafushi es el vertedero local. La gente deposita sus residuos directamente en este lugar, donde son quemados. La gestión de los residuos es uno de los principales retos de Maldivas.

Fotografía de Marco Zorzanello

El propio Rasheed se trasladó a Hulhumalé en 2013, procedente de un angosto apartamento en Malé en el que sus hijos no tenían espacio exterior para jugar y en el que el asma de su hija menor se veía agravado por los gases de escape. Buscó los parques públicos, los espacios verdes y el aire fresco de la ciudad planificada, explicó Rasheed, señalando un modelo a escala del nuevo desarrollo en el que edificios del tamaño de una caja de cerillas se alinean en amplios bulevares. "Desde el momento en que nos mudamos a Hulhumalé, todo le pareció bien", recordó.

Pero aún queda mucho por hacer: la primera fase ya parece una ciudad costera bien ordenada; la segunda, aún es un trabajo en curso. El pasado mes de septiembre, Aishah Moosa se mudó a la parte más nueva de Hulhumalé, donde un grupo de 16 bloques de torres de 24 pisos está rodeado de dunas de grava, aparcamientos a medio construir y montones de basura.

En cada torre viven varias islas. Moosa se mudó de un piso de una habitación en Malé, que compartía con su hermana y dos sobrinos, a un apartamento de tres habitaciones en la última planta de "H-2". "Hay mucha gente viviendo aquí", dice. "No conocemos a nuestros vecinos".

Aquí se está mejor, pero no mucho. "Vivimos en estas torres porque no tenemos otra opción", afirma Moosa. "Nos encantaría vivir en las islas, pero no hay educación ni hospitales". Su nuevo hogar no sustituye a las comunidades de la isla. Pero su minúsculo balcón de color caléndula ofrece lo que antes era impensable: una gran altitud en un país que casi no la tiene. "No estamos acostumbrados a vivir a esta altura", dice, mirando nerviosamente por encima de la barandilla del balcón.

Los sistemas de arrecifes poco profundos que ya no son arrecifes de coral vivos viables se explotan para que los turistas puedan nadar en el océano cerca de la playa.

Fotografía de Marco Zorzanello
Izquierda: Arriba:

Inga Dehnert, bióloga marina de la Universidad de Milán Bicocca, en Italia, trabaja en un vivero de corales, donde se crían. El proyecto tiene como objetivo mejorar la salud de los corales, que en general están bajo presión a medida que los océanos se calientan.

Derecha: Abajo:

Los arrecifes de coral de las Maldivas han sido diezmados por el calentamiento de las aguas, el dragado de arena y la voladura durante la construcción. Las islas están llenas de coral muerto. La vida bajo el agua es de un azul claro, sin muchas especies que ver.

fotografías de Marco Zorzanello

La armonía con una naturaleza, en peligro

Curiosamente, para un país que se está hundiendo, el aumento del nivel del mar es una característica notablemente inusual de las conversaciones diarias entre vecinos. Los maldivos dejan eso para los políticos o los activistas. Como las Maldivas son un país musulmán, muchos dicen que el futuro está en manos de Alá. El océano también ha sido considerado una amenaza, mucho antes de que los mares empezaran a subir; el tsunami de 2004, por ejemplo, mató a un centenar de personas.

Y, en contra de la imagen de Robinson Crusoe descalzo que vende la industria turística de las Maldivas, la población permanente se enfrenta a los mismos problemas urbanos que afligen a las naciones más grandes sin salida al mar. El turismo y el dinero que trajo consigo impulsaron el rápido desarrollo de complejos turísticos exclusivos y el crecimiento explosivo de Malé. La ciudad se asienta en menos de 2,5 kilómetros cuadrados de tierra, pero alberga a 193 000 personas, lo que la convierte en una de las ciudades más densamente pobladas del mundo.

Y el sueño es que la Ciudad de la Esperanza pueda resolver algunos de los otros males de la nación proporcionando mejores escuelas y buenos trabajos en un país donde el desempleo ha alcanzado el 15%.

"¡Nos hemos desarrollado como un boom!", dice Fayyaz Ibrahim, propietario de una tienda de buceo de unos 50 años, que aún recuerda las tranquilas calles con pocos coches, cuando su familia se trasladó a la ciudad en 1974 en busca de mejores empleos, escuelas y servicios básicos. A medida que el turismo despegaba, el mundo moderno se fue introduciendo a un ritmo vertiginoso. Siglos de desarrollo urbano se sucedieron en décadas.

En la actualidad, las estrechas calles de Malé son un ir y venir de motocicletas que se entrecruzan, sus edificios cada vez más altos están llenos de enchufes de aire acondicionado y forrados de andamios, y su hormigón se extiende hasta el borde del agua. Generadores diésel del tamaño de un almacén mantienen la electricidad; el agua desalinizada industrialmente sale de los grifos; la basura se carga en barcazas y se vierte en una isla cercana; los tetrápodos de hormigón, como gigantescas piedras de mar, se apilan a lo largo del rompeolas para mantener el mar a raya. Malé, al igual que el coral sobre el que se asienta, está en continua construcción.

Hussain Manik, de 51 años, reza en la antigua mezquita del viernes de Malé, así como en otras. "Intento visitar todas las mezquitas, ya que cada una es igual de importante", dice. La Vieja Mezquita del Viernes es una de las más antiguas y ornamentadas de la ciudad. Ésta y otras mezquitas locales están construidas con robustas rocas de coral.

Fotografía de Marco Zorzanello

La Vieja Mezquita del Viernes es una de las más antiguas y ornamentadas de Malé. Aquí, un primer plano de la escritura coránica en los bloques de coral de la mezquita.

Fotografía de Marco Zorzanello

En la remota Felidhoo, la vida insular es efímera

El recorrido de 88 kilómetros hacia el sur desde Malé hasta Felidhoo transcurre entre algunas de las 130 "islas turísticas" de las Maldivas (dirigidas de forma privada y reservadas para los turistas, donde se aceptan los bikinis y el alcohol), otras "islas habitadas" donde viven y trabajan los maldivos, y motas de "islas deshabitadas".

En las islas habitadas, asegura la escritora, poeta, documentalista y arquitecta Mariyam Isha Azeez, es donde reside la identidad maldiva. "Ni las Maldivas ni esta ciudad son los complejos turísticos", dijo. "Son las islas".

La migración entre islas es algo habitual desde hace tiempo, en busca de oportunidades, mejor pesca, comercio, un nuevo hogar. Las islas se abandonan cuando se vuelven inhabitables, y se encuentran otras nuevas. "Navegar de una isla a otra es una forma de vida para los maldivos, y lo ha sido durante muchos siglos", escribió la historiadora Naseema Mohamed, describiendo un estilo de vida marinero "en armonía con el océano".

Abdul Shakoor Ibrahim, de 72 años, que nació en la isla y trabajó como funcionario en Malé, regresó cuando se jubiló para cumplir su sueño de volver a casa.

Felidhoo también está experimentando cambios, tanto naturales como provocados por el hombre. La subida del mar juega su papel, pero Ibrahim también culpa a la construcción del puerto de la isla, que colocó una barrera sólida e inamovible en el mar para bloquear el flujo natural de las corrientes y, de paso, la arena, que se acumula donde no debería estar.

Estos cambios preocupan a Saeedh, la antropóloga que me trajo a esta isla. Mientras se balanceaba en una silla colgante tradicional, hecha de madera y fibras de cáscara de coco, habla de todos los trastornos a los que se enfrenta su país (la subida de los mares, el ritmo de las migraciones, el cambio climático, la urbanización), y lo hace con franqueza y una visión clara de los riesgos que se avecinan. Pero también insiste en la comprensión innata de sus conciudadanos de la transitoriedad del lugar donde viven.

"Deben entender nuestra relación con el océano. Coexistimos con el océano y sus criaturas, sus peligros y sus ansiedades", afirma, explicando cómo los maldivos son capaces de vivir con la amenaza del borrado. "La idea de que una isla durará para siempre va en contra de la naturaleza".

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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