Medio Ambiente

Carbón y cambio climático en Australia

Por Redacción National Geographic

9 de octubre de 2012

Los grandes depósitos de carbón de Australia siempre han sido vistos como una ventaja en un país con veranos especialmente calurosos. En el continente habitado más seco del planeta el combustible fósil ofrece electricidad barata y segura.

Sin embargo, la sequía, los incendios forestales del interior y la degradación de la Gran Barrera de Coral han conseguido alterar la visión de Australia y de sus depósitos de energía. Así, el país ha empezado a tomar medidas para cambiar un futuro al que se enfrenta siendo uno de los lugares del planeta más vulnerables al cambio climático y con mayores emisiones de carbono por cápita.

Esta semana, el gobierno ha emitido los primeros permisos de emisiones de carbono, un hito en la aplicación de una nueva ley de energía que se espera que permita al país adoptar para 2015 el sistema de fijación de límites e intercambio de derechos de emisión más completo del mundo. Los grupos de activistas han acogido la ley como la señal de que una de las economías que más depende del carbono del mundo puede comprometerse para cambiar su futuro. Sin embargo, no es más que el primer paso. Un informe de la Agencia Internacional de la Energía afirma que los coches australianos son de los que más emisiones de carbono producen por kilómetro.

Históricamente, sólo Estados Unidos ha superado el apetito australiano por motores de gran potencia, y este año, mientras que los conductores norteamericanos han comenzado a adquirir coches más pequeños y eficientes, Australia vive un boom de los llamados vehículos deportivos utilitarios. En agosto las ventas de este tipo de coches representaron el 28%, cuando el año anterior fue menos del 25%.

Joshua Meltzer, ex diplomático australiano y miembro en la actualidad del Instituto Brookings, en Washington DC, afirma que su país, al igual que Estados Unidos y Canadá, tiene que lidiar con una economía que siempre se ha basado, desde la Revolución Industrial, en sus depósitos de combustible. «Hay mayor extensión urbana, combustible más barato, más coches, menor uso del transporte público, y casas más grandes» que en Europa o Japón, comenta. «Limitar las emisiones significa introducir grandes cambios en la vida de los australianos».

Impuestos y permisos

Australia aprobó en julio su «Clean Energy Future Package», que tiene por objetivo reducir las emisiones nacionales un 5% por debajo de la cifra del año 2000 para 2020, y un 80% para 2050. Además, impone un impuesto sobre el carbono a las 300 empresas más contaminantes, ofreciendo incentivos en el caso de mejoras de eficiencia y energías renovables. El plan australiano cubre más sectores y más emisiones que el sistema europeo, aunque los analistas afirman que el programa de California, que entrará en vigor el 1 de junio, tiene un alcance similar. Además, Australia y California están en conversaciones para conectar sus respectivos mercados de carbono.

Australia trata de ayudar a sus empresas a alcanzar los objetivos marcados. Los primeros permisos de emisión, expedidos sin coste esta semana a la productora de aluminio Alcoa y a Queensland Nitrates, forman parte del programa del gobierno de 8,9 mil millones de dólares para ayudar a aquellos negocios con competencia internacional a adaptarse al sistema de e fijación de límites e intercambio de derechos de emisión.

Para enfrentarse a los críticos que creen que Australia no debería ponerse en una situación de desventaja frente a otros países que no se deciden a abordar el problema del cambio climático, la ley fue diseñada para determinar los objetivos según el estado de las negociaciones a nivel mundial sobre las emisiones de carbono. Si la comunidad internacional accediera a estabilizar la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera a 450 partes por millón, Australia fijaría un objetivo para 2020 del 25% por debajo de los niveles de 1990. De no ser así, como parece más probable, si las naciones no alcanzan un nuevo acuerdo climático, Australia fijará un objetivo más modesto del 15% por debajo de los niveles del año 2000.

«Lo que viene a decir Australia es que están preparados para enfrentarse a un precio del carbono alto en un momento en el que se está intentando reducir las emisiones», afirma Meltzer.

Canberra no aceptó el sistema de fijación de límites e intercambio de derechos de emisión sin controversia: aproximadamente dos tercios de los australianos cree que el coste de la vida subirá y las condiciones serán peores en una economía de bajas emisiones, según el informe «Climate of the Nation 2012» del Instituto Climático, una organización de investigación australiana. Sin embargo, el 54% de los participantes en la encuesta declararon estar preocupados por el cambio climático, sólo un 10% cree que no hay necesidad de emprender acciones en relación con el cambio climático, y el 47% expresó su apoyo al precio del carbono.

Sin embargo, el apoyo a las acciones sobre el cambio climático aumentó durante los años de la sequía que asoló al continente, con una ola de calor sin precedentes en el verano de 2009. Las temperaturas subieron tanto que causaron desperfectos en los trenes en Adelaida y provocaron la muerte de polillas en unas pistas de tenis en Melbourne. A finales de enero se superaron los 40ºC en algunas ciudades. El 7 de febrero la ola de color provocó los que fueron llamados los incendios del sábado negro, que causaron 173 muertos y 500 heridos en Victoria.

«La situación hizo pensar a los australianos que ése sería el aspecto de su país con el cambio climático», afirma Meltzer. «El ambiente es seco, árido y frágil, susceptible a fuertes cambios de temperatura».

Una economía basada en el carbón

Sin embargo, el calor también hizo más patente la dependencia del país del combustible fósil. En el sábado negro, la demanda de electricidad, debido a los millones de aparatos de aire acondicionado, sobrecargó la red eléctrica: además del calor y el fuego, los ciudadanos tuvieron también que enfrentarse a cortes de electricidad.
Este pico en la demanda es un problema serio para el país, especialmente en el sur. Aunque el consumo total de energía ha disminuido los últimos dos años, la demanda máxima sigue subiendo. En los días más calurosos del verano en el sur, los aparatos de aire acondicionado, junto con la actividad industrial y comercial, pueden representar más del doble de la demanda de un día normal.

Mark Lister, director ejecutivo de Australian Alliance to Save Energy señala que el problema viene de antiguo: las abundantes reservas de carbón ayudaron a construir las fortunas de dos de las empresas mineras más importantes del mundo, BHP Billton y Rio Tinto, ambas australianas. El precio de la electricidad en Australia fue de los más bajos del mundo hasta 2007, lo que lo convirtió en un país perfecto para atraer a industrias relacionadas con el acero, el hierro, el aluminio y las sustancias químicas. Según Lister, se convirtió en el activo más importante. «Estamos acostumbrados a invertir en activos fuertes, con un proyecto concreto y un modelo de financiación establecido, y nuestras normas e instituciones se han construido a su alrededor».

Durante los últimos 20 años, mientras que muchos países desarrollados empezaron a dejar de lado las plantas de carbón más contaminantes, Australia convirtió al carbón en su recurso estrella. Entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), solamente Dinamarca y Grecia superan a Australia en su dependencia de la electricidad basada en carbón. Así, sus emisiones de carbono per cápita son más altas que las de cualquier país desarrollado, de hecho, superan las de todos los países, salvo ocho (Qatar, Trinidad y Tobago, Kuwait, Brunei, Emiratos Árabes Unidos, Aruba, Luxemburgo y Baréin).

Desde luego, el carbón no es el único recurso natural que se encuentra en abundancia en Australia. «También tenemos importantes recursos eólicos, solares y de energía mareomotriz», afirma Lister. De hecho, el parque eólico de Macarthur, de mil millones de dólares y 420 megavatios, que terminará de construirse a principios del año que viene en el suroeste de Victoria, será uno de los más grandes del Hemisferio Sur, generando electricidad suficiente para unos 220.000 hogares al año. Aproximadamente 750.000 hogares australianos, el 10% de todos los hogares del continente, cuentan con paneles solares en los tejados, llegando a 1,7 gigavatios de capacidad. A pesar de que se han cortado los incentivos que ayudaron a impulsar las instalaciones en 2011, se espera que se añadan 600 megavatios de capacidad este año.

Queda otro recurso en Australia que no ha sido explotado convenientemente: la eficiencia energética. El país lanzó un gran programa de climatización en 2009 como parte de su plan de estímulo económico. Sin embargo, los instaladores no estaban bien entrenados, se incendiaron casas y murieron cuatro trabajadores electrocutados o a causa del calor. Aunque se aislaron cerca de un millón de casas, el programa fue cancelado.

Aún así, Australian Alliance to Save Energy afirma que si se aplicaran correctamente los programas de eficiencia energética, el país se ahorraría más de cinco mil millones de dólares al año. Ya se han introducido normas de funcionamiento para electrodomésticos, incluidas neveras y aparatos de aire acondicionado, en 2009 comenzaron a retirarse las bombillas incandescentes, y esta semana entró en vigor una legislación que establece un marco general de eficiencia energética que sustituye siete programas estatales y territoriales. La normativa permite al gobierno regular la eficiencia y huella de carbono no sólo en aparatos eléctricos, sino también de gas o diésel y productos relacionados como aislamientos o conductos de aire acondicionado.

En Australia, debido a la fuerte dependencia del carbón, cada kilovatio-hora ahorrado lleva a una mayor reducción de las emisiones de carbono que en países que dependen de fuentes con menores emisiones, como gas natural, energía nuclear o renovables. «Australia está en mejores condiciones a la hora de aprovechar la eficiencia debido al imperativo climático», afirma Lister. «Puede obtener más beneficios de la eficiencia que otro país con fuentes más limpias».

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