Medio Ambiente

¿Están relacionadas las tormentas y las inundaciones extremas con el cambio climático?

Por Redacción National Geographic

21 de febrero de 2011

Si seguía los titulares cuando Pakistán se encontraba sumergido el año pasado, habrá oído que puede que haya relación entre el cambio climático y las cada vez mayores inundaciones. Ahora, nuevos estudios sobre fuertes tormentas e inundaciones catastróficas arrojan más pruebas a la teoría de que los crecientes niveles de gases de efecto invernadero aumentan las probabilidades de que ocurran dichos fenómenos climáticos tan extremos, y hasta puede que los agraven.

Un reciente estudio es de los primeros que dice presentar pruebas científicas observables del papel del ser humano en la alteración de los fenómenos naturales, a pesar de que los modelos climáticos y las observaciones sugieren que dicha relación existe en un mundo cada vez más caluroso.

Francis Zwiers y otros colegas han estudiado medio siglo de datos de precipitaciones (desde 1951 hasta 1999) de  gran parte del hemisferio norte, en la que se incluye los Estados Unidos, Europa y Asia. En unos dos tercios de las estaciones meteorológicas representadas, los niveles de gases de efecto invernadero que han aumentado durante el mismo período se relacionan con un aumento de fuertes precipitaciones.

Lo que se deduce de dichas observaciones es que las fuertes precipitaciones, que duran 24 horas (total de tormentas en un único día), en un año, se van incrementando con el tiempo. Dicha conclusión se encuentra en el estudio de Zwiers, publicado esta semana en la revista especializada Nature. Zwiers dirige el Consorcio de Impacto Climático del Pacífico (PCIC) en la Universidad de Victoria, en Canadá.

Sandra Postel, directora del Proyecto para una Política Hídrica Global (GWPP) y nuevo miembro de National Geographic, opina que dicha investigación ofrece observaciones científicas valiosas y añade pruebas a lo que los modelos climáticos han venido prediciendo.

Postel añade que los científicos del clima nos dicen que esperemos más de estos fenómenos climatológicos extremos, como inundaciones en ciertas zonas y sequías en otras. “Y tal y como ha pasado en Australia, se pueden dar en el mismo lugar, cuando una inundación de dimensiones bíblicas acabó con una década de histórica sequía”.

Se podría pensar que las precipitaciones vienen bien en áreas afectadas por la sequía, y más aún cuando el 80% de las reservas de agua del mundo están en peligro, pero no lo son si no se pueden recoger.

“El agua es sólo beneficiosa para el riego, la producción o para abastecer a las ciudades si podemos almacenarla y controlarla”, dice Postel. “Las inundaciones devastadoras sólo van a perjudicar tanto a las ciudades como a los campos, tal y como vimos en Pakistán y Australia”.

Zwiers comparó los datos reales observados con los modelos climáticos que incluyen los efectos del dióxido de carbono (CO2) y otros gases atmosféricos de efecto invernadero. Se descubrió un indicio fascinante.

“Estos cambios notables en las precipitaciones se pueden explicar por el efecto de las fuerzas naturales”, concluye Zwiers. Los cambios naturales suelen seguir tendencias de aumento y descenso, como El Niño, pero los cambios que Zwiers documentó no lo hacían. Zwiers explica que, en general, una atmósfera más cálida podrá acumular más agua y, por lo tanto, generar más precipitaciones.

Cuando llueve, lo hace a cántaros.

Los mejores modelos climatológicos predicen que la humedad se irá haciendo más húmeda y la sequía más seca, refiriéndose a las precipitaciones en un mundo más cálido, pero que los extremos se agudizarán en todas partes. Las observaciones de Zwiers, que muestran que los extremos de precipitaciones reales aumentaron durante la segunda mitad del siglo XX, parecen confirmarlo.

“Y si nos creemos los pronósticos”, añade, “dichos cambios podrían ser más notables de lo que ya han sido”.

Por ejemplo, según Zwiers, los modelos climatológicos canadienses indican que las precipitaciones extremas cada 100 años, ocurridas a finales del siglo XX, se convertirán en fenómenos de 50 años a finales del siglo XXI. Las tormentas de 100 años de intensidad tienen un uno por ciento de probabilidades de producirse en un año cualquiera, mientras que una de 50 años tiene el doble de posibilidades.

“Si piensa en la ciudad en la que vive, es probable que el alcantarillado y el sistema de aguas hayan sido desarrollados pensando en un fenómeno de 100 años. Si siguen con el tamaño actual y las concentraciones de gases de efecto invernadero aumentan en el futuro tal y como lo han hecho en el pasado, es de esperar que se produzcan daños con el doble de frecuencia”.

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