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Por qué el 22 de marzo se celebra el Día Mundial del Agua

Naciones Unidas reconoce el acceso a este recurso como un derecho de todo ser humano y llama a gobiernos e instituciones a trabajar para lograrlo, sin excluir a ningún colectivo. Viernes, 15 Marzo

Por Salomé García

El 70% de la superficie del planeta es agua. Eso suponen 1.386 millones de km3 de agua, una cantidad que no ha disminuido ni aumentado en los últimos dos mil millones de años. A simple vista, la materia prima más abundante de la Tierra. Mucho más que el petróleo, el oro o el hierro. ¿Qué sentido tiene dedicarle un día mundial a algo con una presencia tan apabullante? Simplemente, porque hace falta preservarla en buen estado y hacerla accesible a todos los seres humanos. Y ahí es donde empiezan a surgir los problemas.

Se calcula que el 97% de toda el agua terrestre es salada. Apta para la vida marina, pero letal para los cultivos y para los animales terrestres. Incluido el hombre. Solo el 2,5% del agua de la Tierra se considera dulce. Pero tampoco es demasiado: el 90% está congelada en la Antártida. Y allí debería permanecer muchos años, si el calentamiento global no lo impide. Esto hace que toda la Humanidad – 7.400 millones de personas - dependa del 0,5% de agua dulce de los depósitos subterráneos y del ínfimo 0,01% disponible en ríos y lagos. Caudales que, como sucede con otros tantos recursos, se reparten de forma desigual. Por este motivo cada 22 de marzo desde 1993 se celebra el Día Mundial del Agua en todo el mundo. Este acontecimiento está coordinado por UN-Water, mecanismo de colaboración de la ONU para temas relacionados con el agua potable en el que participan gobiernos y otras entidades. Su objetivo es destacar la función esencial del agua y propiciar su gestión eficaz e igualitaria.

Agua para todos

No todos los lugares de la Tierra tienen de forma natural los mismos recursos hídricos. La situación se agrava cuando, a la escasez, se le suma la degradación de los acuíferos y la contaminación hasta niveles incompatibles con la vida. El calentamiento global y las cada vez más graves sequías agravan aún más la situación hasta el punto de que el 40% de la población mundial tiene dificultades para acceder a este recurso. Porque el agua no solo significa supervivencia. Supone un elemento esencial para el desarrollo sostenible. El acceso a este preciado bien juega un papel clave en la reducción de la pobreza, el crecimiento económico y la sostenibilidad ambiental. Implica un aumento del bienestar de la población, el crecimiento inclusivo y la salud de millones de personas. Y proporciona una mayor seguridad a mujeres y niñas. En ocho de cada diez hogares sin agua corriente, son ellas las encargadas de ir a buscar el agua a diario para llevarla al hogar. En ocasiones, desplazándose varios kilómetros por terrenos solitarios, expuestas a violencia de todo tipo. En el caso de las niñas, esta tarea las aleja de la escuela, condenándolas al analfabetismo o a un bajo nivel de formación.

Precisamente para llamar la atención sobre este problema el tema de este año es ‘No dejar a nadie atrás’. Se trata de una adaptación de la promesa central de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible: todo el mundo debe beneficiarse del progreso del desarrollo sostenible. Precisamente en el punto 6 de este plan de Naciones Unidas se hace hincapié en la necesidad de garantizar la disponibilidad y la gestión sostenible del agua y el saneamiento para todos de aquí a 2030. Con esto se entiende sentar las bases para llevar redes de suministro de agua potable a todos los hogares, escuelas o lugares de trabajo. De forma asequible para todos, con salubridad y sin que obtenerla suponga un riesgo para sus vidas.

El universal derecho al agua

Tener o no agua no debe dejarse en manos del azar. En el siglo XXI existe una responsabilidad supranacional de garantizar los derechos elementales de todos los ciudadanos. Y el acceso al agua lo es. Ya en 2010 las Naciones Unidas reconocieron que ‘el derecho al agua potable y el saneamiento es un derecho humano esencial para el pleno disfrute de la vida y de todos los derechos humanos’. Hablamos de la posibilidad de disponer de agua suficiente, segura, aceptable, accesible y asequible para uso personal y doméstico. No solo para beber. La dignidad humana y el desempeño de las funciones cotidianas con normalidad implican también tener agua para el saneamiento, la colada, la preparación de alimentos y la higiene personal y doméstica. Suena fácil, pero la realidad dista mucho de ser así. En 2015, unos 2.300 millones de personas carecían de los servicios básicos de saneamiento. Casi dos tercios de la población mundial padecen escasez grave de agua durante al menos un mes al año. De no cambiar la situación, unos 700 millones de personas podrían verse forzadas a desplazarse debido a la escasez de agua de aquí a 2030.

Acercar agua limpia al hogar no debe entenderse como una comodidad superflua. En el entorno rural, también implica seguridad e higiene. Unos 892 millones de seres humanos defecaban al aire libre, aumentando el riesgo de infecciones y multiplicando las probabilidades de asaltos, secuestros y violencia sexual al tenerse que alejar de la seguridad del poblado para realizar sus necesidades. En el Día del Agua se recuerda que no hay que dejar a nadie atrás. Que los servicios de abastecimiento de agua deben satisfacer las necesidades de todos los colectivos, incluidos los grupos marginados. Y que deben disponerse los marcos normativos y jurídicos donde se reconozca ese derecho al agua y se establezcan los mecanismos de financiación para lograrlo.

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