Viaje y Aventuras

¿Qué cuesta más que encumbrar el Everest? Hacer que los escaladores vuelvan a respetarlo

«El Everest es un lugar fantástico», afirma el experto escalador Cory Richards. «Y una parte de mi corazón desea que la gente pueda verlo». Lunes, 8 Abril

Por Andrew Bisharat

Cory Richards se sentó en un sillón de su oficina de Boulder, Colorado. Colocó informalmente una de sus piernas en el brazo del sillón y un cachorro de tres meses llamado Rupert saltó a su regazo.

«¿Cómo preferirías morir?», preguntó mientras acariciaba al perro. «¿De una caída durante un solo integral en El Capitán o en lo alto del Everest?».

Era una pregunta retórica, formulada para sacar un tema persistente que irrita a Richards: que el Everest —con su reputación como cumbre trofeo «sencilla» para gente rica que paga a guías de montaña y otros trabajadores para que hagan todo el trabajo y asuman el riesgo— no reciba el respeto que merece entre los escaladores «de verdad».

«Si te caes en un solo integral en El Capitán, todo acaba en dos o tres segundos», afirmó. «Pero si corres peligro en el Everest, es probable que tu muerte sea un proceso largo, interminable y terrorífico. Empiezas sintiéndote incómodo, lo que significa que tu cerebro ha empezado a hincharse. Vomitas. Y después empiezas a comprender la gravedad de la situación. Te das cuenta de que no puedes bajar y te deslizas lentamente hacia la locura o te ahogas en el fluido de tus pulmones».

Sus ojos de color azul pálido miraban penetrantes bajo su pelo de color arena, un pelo que Richards convirtió en el hashtag #HairByEverest cuando compartió por Snapchat su camino a la cima en 2016 con Adrian Ballinger. Sonrió, revelando un diente con una pequeña rotura, casi imperceptible.

«Yo sé cuál elegiría», dijo, acariciándole la cabeza a Rupert.

Este año, Richards y Esteban «Topo» Mena, un alpinista ecuatoriano, intentan hacer algo que no se ha logrado en una década: establecer una nueva ruta en el Everest, en el mejor estilo que pueden conseguir.

«¿Te da miedo la posibilidad de morir este año?», pregunté.

«Siempre», respondió. «Pero tengo miedo antes de cada viaje. Empiezo a ser supersticioso e intento no gafarme. Dicho esto, aún no he muerto. Es decir, creo que vamos a conseguirlo. Creo que estaremos bien».

Dos profesionales

Richards y Mena coincidieron en el Everest en 2016 y de nuevo en 2017. Desde el Campamento Base avanzado, contemplaron juntos la cara Nordeste, donde observaron un corredor y se preguntaron si podría escalarse.

«Es una de las líneas más obvias que quedan en el Everest», afirmó Richards mientras escrutaba una fotografía en su ordenador. «Para mí, escalar una nueva ruta en el Everest es fantástico. Estoy muy emocionado, tengo muchas ganas».

Hay unas 20 rutas independientes y variaciones de rutas en el Everest. Más del 99 por ciento de las más de 5.000 personas que han escalado el Everest han optado por solo dos de dichas rutas para llegar a la cima. Estos escaladores toman la arista Sureste, que asciende desde Nepal, o la arista Noreste, que asciende desde el Tíbet/China.

La tasa de mortalidad de escalar el Everest ha disminuido hasta un 3,5 por ciento, según Alan Arnette, cronista y escalador del Everest. La bajísima tasa de mortalidad puede atribuirse a la instalación de cuerdas fijas a lo largo de las dos rutas habituales de la montaña, así como el uso habitual de bombonas de oxígeno para mitigar los efectos perjudiciales de la altitud.

Sin embargo, si se observa la tasa de mortalidad de las rutas menos frecuentadas del Everest, surge una imagen distinta. Solo unos 265 escaladores han intentado escalar el Everest a través de rutas no convencionales. Según cálculos de Arnette, basándose en información extraída de la base de datos del Himalaya, dichos intentos han provocado casi 80 muertos, una tasa de mortalidad del 30 por ciento. En otras palabras, es 10 veces más probable que mueras en el Everest si te sales de las rutas habituales.

Richards de 37 años, y Mena, de 31, esperan establecer unos 1.981 metros de rutas nuevas en la cara Noreste antes de unirse a la ruta convencional en la arista Noreste. Pretenden enfrentarse al nuevo terreno empleando «estilo alpino», es decir, sin cuerdas fijas. Sin embargo, si lo logran y llegan a la ruta comercial habitual, donde fijarán las cuerdas, dicen que, si no las utilizan en el ascenso, las utilizarán en el descenso.

Los escaladores no llevarán oxígeno. Richards y Mena ya han escalado el Everest sin oxígeno: Richards en 2016 y Mena en 2013.

«Si lo consiguen con un estilo más o menos alpino y sin oxígeno, no cabe duda de que será una de las nuevas rutas más importantes del Everest en años», especula Dougald MacDonald, editor del American Alpine Journal.

Aunque la última vez que se estableció una ruta nueva en el Everest fue en 2009 por parte de un equipo de escaladores coreanos en la cara Suroeste, otros escaladores han propuesto planes de intentar nuevas rutas. De hecho, Richards y Mena no son los primeros que han visto este corredor en la cara Noreste. En 2015, un equipo compuesto por Raphael Slawinski, David Goettler y Danier Bartsch declaró sus planes de enfrentarse a esta misma ruta. Sin embargo, la escalada terminó antes de comenzar, cuando un enorme terremoto sacudió Nepal.

«Hay mucha gente que ha logrado escalar 13 de los 14 picos de 8.000 metros sin oxígeno y todavía no ha sido capaz de ascender el Everest, el más alto», afirma Richards. «El hecho de que tanto Topo como yo hayamos conseguido escalar el Everest sin oxígeno nos da confianza, pero todos sabemos que la fisiología puede cambiar».

Richards y Mena tienen currículos de altitud impresionantes en los que destacan sus ascensos al Everest sin oxígeno.

Con 19 años, Mena se convirtió en la persona más joven en escalar la enorme cara Sur del Aconcagua, en Argentina. Ha escalado el Manaslu sin oxígeno y ha logrado primeros ascensos extremos en Kirguistán y China que han sido reconocidos por su dificultad en el mundo del alpinismo, incluyendo una nominación al Piolet d’Or.

«Topo es un escalador fuerte y técnico con mucha experiencia», afirma Richards. «Es muy divertido, despreocupado, bromista y nervioso. Y se esfuerza».

En 2011, Richards, Simone Moro y Denis Urubko escalaron el Gasherbrum II (8.035 metros) en Pakistán en invierno. Richards se convirtió en el primer (y único) estadounidense que ha escalado un pico de más de 8.000 metros en invierno. Esa experiencia estuvo a punto de cobrarse las vidas de los tres escaladores cuando se quedaron atrapados en una avalancha durante el descenso.

El éxito de Richards en el Gasherbrum II fue por partida doble. Le ayudó a lanzar su carrera como narrador aventurero y fotógrafo de National Geographic, y le concedió patrocinios y reconocimiento en el mundo de la escalada. Aunque el éxito impulsó sus nobles ambiciones, la experiencia cercana a la muerte lo dejó traumatizado.

En 2012, Richards se unió a una expedición de National Geographic al Everest. Pese a no haber escalado la montaña por las rutas habituales, pretendía participar en un intento de lograr el segundo ascenso de la famosa arista Oeste, una ruta establecida por un equipo estadounidense en 1963, para conmemorar el 50º aniversario de la ruta. Sin embargo, Richards sufrió una taque de pánico en la montaña y tuvieron que evacuarlo.

«Estaba relacionado con la ansiedad, pero creo cada vez más que mi cuerpo me dijo que no estaba preparado y que no debía estar allí», afirma Richards. «Era mucho más arrogante [en 2012]. La persona que vuelve al Everest tiene siete años más y es mucho mayor en términos de experiencia. Hay menos arrogancia y menos presión. Pero, al mismo tiempo, lo deseo más».

Richards ya no es un escalador patrocinado y Mena y él se han financiado el viaje por valor de 88.000 dólares. Richards está sobrio años después de haber admitido tener un problema con la adicción y ha pasado gran parte del año pasado entrenándose estrictamente para su viaje. Ha registrado entrenamientos en los que sube entre 2.400 y 3.600 metros verticales, día tras día.

«Me trato más como un atleta profesional de lo que nunca he hecho como atleta profesional», afirma Richards. «Sin apoyo financiero, he sido más escalador de lo que nunca había sido. Y estoy más en forma que nunca».

Preparado para la polémica

Si Richards y Mena logran su objetivo, la comunidad del alpinismo debatirá si su ruta puede tildarse de ruta nueva y diferente, o si debería ser una variante de una ruta existente.

También es probable que se debata si utilizar cuerdas fijas en lo alto de la montaña podría poner en peligro el hecho de que fuera un ascenso de «estilo alpino» del Everest.

«Saco el tema ético porque es preventivo», afirma Richards. «Sé que llegará».

Sin embargo, Richards odia estos debates. «En general, los debates éticos en la escalada me resultan aburridos», afirma. «¿A quién le importa? Haremos lo mejor para ascender la montaña y pasárnoslo bien mientras tanto».

La nueva ruta de Richards y Mena se econtraría al este de la ruta habitual de la arista Noreste.

Por las fotografías, parece que este corredor conduce a una sección ubicada en la arista Noreste llamada los Pinnacles, a unos 8.230 metros. Se cree que esta parte es una de las más difíciles de escalar del Everest y son el lugar donde han fracasado muchos intentos, con al menos dos muertes famosas. Los excelentes alpinistas británicos Peter Boardman y Joe Tasker fallecieron allí en 1982, por ejemplo.

Richards espera pasar por debajo de los Pinnacles y atravesarlos por franjas de esquisto para llegar al punto donde se encuentra la ruta convencional de la arista Noreste.

«Si al final, por alguna razón, no establecemos una nueva ruta, estaríamos igualmente contentos de repetir algo que no ha sido repetido», afirma Richards. «No nos importa. Queremos escalar y salirnos de la ruta habitual. El Everest es un lugar fantástico. Va mucho más allá de las cuerdas, la basura y los cadáveres. Y una parte de mi corazón desea que la gente pueda verlo».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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