Disfruta de los paisajes, la naturaleza y el vino de Madeira

Esta isla portuguesa es famosa por su vino legendario, que se sirvió en las mesas de los padres fundadores de los Estados Unidos.martes, 14 de enero de 2020

Por Mary Winston Nicklin

Según la leyenda, cuando los exploradores portugueses se toparon con una cadena de islas accidentadas y misteriosas en el siglo XV —a menos de una semana de navegación desde la península ibérica—, los marineros permanecieron días en las naves, petrificados ante las bestias con colmillos que imaginaban que acechaban en los densos bosques.

¿Eran estas las Islas Afortunadas dibujadas por los antiguos cartógrafos griegos? ¿O quizá las puertas a los legendarios Campos Elíseos de Plutarco?

El archipiélago estaba deshabitado y la isla más grande no albergaba mucha fauna silvestre. Pero el suelo era increíblemente fértil y enseguida se convirtió en un laboratorio rico en nutrientes donde experimentar con semillas recogidas en viajes por todo el mundo. Se plantaron variedades de uva del Mediterráneo (Malmsey) y de Portugal continental (Sercial, Verdelho, Bual) junto a jacarandás sudamericanos y franchipanes polinesios en viñedos que enseguida cubrieron la isla. Conforme estas plantas arraigaban, también lo hizo el gusto por el vino singular de este archipiélago montañoso.

Conoce su fauna y su flora

Madeira es un archipiélago portugués autónomo ubicado en el océano Atlántico, a unos 480 kilómetros de Marruecos. La isla principal (que también se llama Madeira) es pequeña —solo mide 56 kilómetros de largo y 22 de ancho—, pero su terreno es muy diverso. Las playas bañadas por el sol van seguidas de terrazas de plátanos, caña de azúcar y viñedos respaldados por montañas accidentadas y la meseta neblinosa de Paúl da Serra.

La cadena de islas se formó a partir de volcanes submarinos. Sus acantilados pronunciados están surcados con levadas, canales de irrigación históricos que transportan agua dulce del norte de la isla a las granjas del sur. Algunas levadas atraviesan la laurisilva —el bosque de laurel subsistente más grande del mundo que figura en la lista de la Unesco—, un vestigio de los bosques primarios que cubrían Europa meridional hace millones de años. Aquí, la evolución de las plantas sin depredadores ha producido versiones gigantescas que inspiraron a algunos naturalistas ingleses a ponerse poéticos.

En una caminata guiada, Gonçalo Vieira de Madeira Experience señala el brezo blanco, el arándano de Madeira y el lirio del valle. «Estos helechos de tamaño Jurásico son fósiles vivientes», explica. «La especie exacta se halló en forma de fósiles de seis millones de años». El diminuto y colorido reyezuelo de Madeira revolotea entre la vegetación. Sobre nuestras cabezas pía una pareja de palomas de Madeira, otra especie endémica.

Aunque la Levada das 25 Fontes es quizá la más popular, hay más de 2500 kilómetros de levadas entre las que elegir. Puedes pedir a tu guía que te lleve por un sendero menos frecuentado. Una de las mejores se encuentra entre Pico do Arieiro y Pico Ruivo, el tercer pico más alto y el pico más alto de Madeira (con 1818 metros y 1862 metros de altitud respectivamente). Este reino de altura es el lugar de anidación del petrel freira, una de las aves más raras del mundo. Desde esta posición estratégica, la topografía de la isla se despliega ante ti en toda su gloria; no te la pierdas al amanecer.

Prueba el vino

Era el tónico cotidiano de George Washington. Alexander Hamilton y el resto de los padres fundadores de los Estados Unidos lo eligieron para brindar en ocasiones memorables. Thomas Jefferson escribía a menudo sobre los «suaves» vinos de Madeira; más adelante, para celebrar la compra de Luisiana en un brindis en cuatro partes, lo eligió como el vino que representaba Estados Unidos. James Madison almacenaba barriles de madeira en su ático.

¿Por qué es tan especial el madeira? Este vino fortificado —que puede ser seco y disfrutarse como aperitivo o dulce y servirse con el postre— tiene sabores terrosos y a nueces y suele compararse con el caramelo, el azúcar quemado y la piel de cítrico cocida. Estos sabores proceden de una combinación de variedades de uvas, la mezcla y la oxidación como resultado de las fluctuaciones térmicas con el paso del tiempo. Al igual que el oporto, los vinos son duraderos e incluso acumulan matices de sabor a lo largo de décadas (y a veces siglos) de envejecimiento.

«Los vinos de Madeira viven para siempre», afirma Alberto Luz, sumiller del Belmond Reid’s Palace, refiriéndose a la larga historia de la bebida. Al principio, este vino era tan misterioso como popular. Los marineros fortificaban el vino con brandi para que durara en el largo viaje a la India y acabaron descubriendo que el contenido de los barriles sabía aún mejor al final de la travesía. «Intentaron reproducir lo que ocurría en los barcos, incluso el movimiento de los barriles para comprobar si esa era la clave. Al final, se dieron cuenta de que era el calor», explica Luz.

Hay ocho productores de vino de Madeira y algunos, como Barbeito y Henriques & Henriques, reciben a visitantes en excursiones y catas. En el fascinante museo del Blandy’s Wine Lodge en Funchal, la guía Sofía Marques nos dice «bienvenidos al cielo» mientras muestra los barriles envejecidos, no en bodegas, sino en áticos, que replican los almacenes sofocantes de los buques históricos. Blandy’s ofrece un menú que cambia constantemente en su bistró. Prueba los maridajes de madeira, como el Bual 10 Years servido con cerdo ibérico sobre un carpacho de piña, batatas locales y una pera remojada en madeira.

El vino de Madeira desapareció de las mesas estadounidenses tras la promulgación de la ley seca. En la actualidad está volviendo, sobre todo en cócteles mezclados con madeira. Pero beber un madeira puro y sin adulterar es como beber historia en una copa. Y una historia más bien dramática: en 2015, se descubrió en el Museo Liberty Hall de Nueva Jersey un alijo de damajuanas y cajas de vino de Madeira de hacía siglos, de la época de la ley seca. Una de estas botellas, que databa de 1796, fue subastada por Christie por casi 16 000 dólares y aún se puede beber.

Planea tu viaje

Cómo llegar: TAP Air Portugal ofrece vuelos directos desde Lisboa. Su programa de escala (Stopover) permite que los visitantes se queden hasta cinco días en Lisboa sin coste adicional antes de volar a Madeira, donde los aviones aterrizan en el aeropuerto Cristiano Ronaldo junto al mar, llamado así por el célebre futbolista autóctono de la isla.

Dónde alojarse: Funchal, la dinámica capital de Madeira, es la base perfecta. En la Quinta da Casa Branca puedes dormir en la mansión histórica de los antiguos mercaderes de vino de Madeira (Leacock aún existe como marca hoy en día). Los jardines botánicos del hotel, plantados con más de 260 especies, son exquisitos; las terrazas de plátanos bordean la piscina alimentada por las levadas. Los jardines de su hotel hermano, Quinta Jardins do Lago, son igualmente hermosos.

Prueba los cócteles de madeira del barman Luis Sousa en el legendario Belmond Reid’s Palace (fundado en 1891), ubicado en un acantilado con vistas a la bahía de Funchal. El Churchill, que se llama así por su huésped más famoso, mezcla vodka Absolut con Verdelho 10 Years. Justo al lado, la piscina infinita del estiloso Les Suites at Cliff Bay parece flotar sobre la bahía de Funchal.

Qué hacer: Si estás cansado de flotar en las piscinas naturales de Porto Moniz, en el litoral noroccidental de Madeira, vive una aventura que hará que fluya la adrenalina, como el barranquismo, el submarinismo, la escalada en roca o las carreras de montaña. (La isla celebra la Madeira Island Ultra Trail race, o MIUT, en abril.)

Madeira, abundante en cultura y amante de las fiestas, celebra eventos durante todo el año, como el Festival del Vino de Madeira a principios de septiembre. Hay actuaciones folclóricas, una vendimia tradicional y un desfile que muestra la historia del vino de Madeira. Descubre anécdotas graciosas sobre el vino y datos sobre Madeira en una excursión a pie por Funchal o explora los viñedos de la isla con Wine Tours Madeira. La guía Sofía Maul destaca las mariposas monarca que revolotean por los jardines de Funchal.

«Quizá las conozcan más por su gran migración en Norteamérica, pero una tormenta las trajo hasta aquí y no vieron motivo alguno para marcharse», cuenta Maul.

Nada en piscinas naturales de roca volcánica en Porto Moniz, Madeira
En la orilla de la localidad de Porto Moniz, en la costa noroeste de Madeira, los bañistas flotan en una red de piscinas de agua de mar cristalina que reflejan el color azul del cielo.
Mary Winston Nicklin es una escritora y editora freelance que trabaja desde París. Síguela en Twitter.
Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.