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El jardín de cactus de Lanzarote: un paraíso entre el arte y la naturaleza

Con más de 600 especies y unos 4500 ejemplares, el Jardín de Cactus de la isla canaria de Lanzarote es uno de los paraísos para los amantes de los cactus. Pero, ¿cuál es el origen de las plantas más espinosas del reino vegetal?

Publicado 28 dic 2021 15:53 CET
El Jardín de Cactus es una de las últimas obras del artista lanzaroteño César Manrique, inaugurada ...

El Jardín de Cactus es una de las últimas obras del artista lanzaroteño César Manrique, inaugurada en 1990. 

Fotografía de Cristina Crespo Garay

Cilindros con espinas gigantes, llamados popularmente asientos de suegra, coloridas flores rodeadas de tallos puntiagudos que parecen fruto de la fantasía, formas imposibles que en su conjunto dan vida a una belleza sin igual o árboles con hojas que poco relacionaríamos con los cactus.  Se trata de la última gran obra pública que César Manrique diseñó en Lanzarote: un jardín de cactus con más de 4500 ejemplares de 600 especies diferentes.

“El artista César Manrique supo ver en este espacio la posibilidad de reconvertir un espacio residual en un curioso recinto aterrazado”, reza un cartel a la entrada de esta antigua cantera de Guatiza convertida en un vertedero y situada en una zona donde predominan los llamativos cultivos de nopales o chumberas. Tras él se abre un paisaje de colores y formas casi inverosímil que parece trasladarnos a otra época diferente.

Hundido en el terreno, lo primero que llama la atención al girar tras el muro de entrada y tener una panorámica completa del lugar, algo que el artista buscó de manera intencionada, es una explosión de color que, sin embargo, armoniza a la perfección con su entorno. El contraste entre los tonos verdes y marrones de la plantación lidia con el azul del cielo y el molino de viento blanco que preside en lo alto el jardín, uno de los últimos que aún se conservan en las islas Canarias.

La Euphorbia caput-medusae, bautizada por su parecido a la figura mitológica recreada en La cabeza de Medusa, es una de las protagonistas del Jardín de Cactus. Propia de África, esta especie llena lugares como Ciudad del Cabo de sus peculiares flores durante la época estival. 

Fotografía de Cristina Crespo Garay
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Esta obra de Manrique puede visitarse en cualquier momento del año, ya que algunos cactus van mudando sus colores e intercambian sus espinas por flores y coloridos filamentos en lo alto de su tronco. 

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El Graptopetalum paraguayense, conocido como graptopétalo, planta madreperla o planta fantasma es un ejemplo de los contrastes cromáticos que Manrique buscaba crear en el Jardín de Cactus. Sus hojas se organizan en una especie de roseta que es casi una obra de arte. Nativa de México, esta planta inunda la tierra que rodea el resto de cactus a la entrada del jardín.

Fotografía de Cristina Crespo Garay

Como si de un anfiteatro de terrazas se tratase, cientos de especies de cactus, elegidas por el botánico Estanislao González Ferrer, se arremolinan de forma que el enjambre de vegetación resulta ordenado, entre pequeñas lagunas con peces de colores y nenúfares, para pasear a través de sus inhóspitas formas y colores.  

“Un espacio de tintes mágicos y oníricos que ha sido concebido de forma global y cuya estructura casi circular recuerda a los teatros de antigüedad, ya que se va elevando poco a poco mediante unas terrazas muy similares a los bancales de la agricultura local”, afirma la Fundación César Manrique.

Desde las zonas más altas del jardín puede observarse alrededor un paisaje plagado de tuneras, un tipo de cactus que aún se dedica al cultivo de la cochinilla, un insecto del que se obtiene un colorante muy utilizado en la industria textil, alimentaria y cosmética.

Unir arte y naturaleza

El proyecto para realizar el Jardín de Cactus comenzó en los años sesenta, pero no fue hasta 1990, después de muchos retrasos en la rehabilitación del terreno y la construcción del jardín, cuando el Cabildo de Lanzarote pudo inaugurarlo.

“En la ubicación del Jardín de Cactus concurrieron dos de las condiciones típicas en la selección de los espacios que hacía Manrique: valor paisajístico y posibilidad de rehabilitar un paraje que estaba degradado”, afirma la Fundación César Manrique. “La creativa mezcla de lenguajes y técnicas artísticas, que el propio autor lanzaroteño denominó como "arte total", logra dar vida en este caso a una arquitectura orgánica y a elementos decorativos y escultóricos fusionados con el entorno. Un planteamiento para unir Arte y Naturaleza”.

La piedra volcánica, con tonos rojos, negros y pardos, es la protagonista de la gama cromática. La flora, a través de lo exótico de los cactus, lo inunda todo. “En todo el conjunto flota la idea del jardín como espacio simbólico y real, en donde el contacto directo con la naturaleza nos lleva a nuevos estadios de reflexión y regocijo, subrayados por la presencia paradójica del agua en distintos momentos”.

Izquierda: Arriba:

La pelusa blanca y las flores que crecen a menudo en la coronilla de algunas especies de cactus actúa como una boina frente al sol y evita la evaporación del agua. 

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El cardón moruno (Euphorbia officinarum) es un arbusto cactiforme que puede llegar a medir hasta un metro y medio de altura.

Fotografía de Cristina Crespo Garay

Desde las claves estéticas propias de Manrique, el Jardín de Cactus fue un jardín pionero en el estilo que se ha revitalizado en la modernidad. “Una obra integradora y totalizadora, en la que las características del artista lanzaroteño se notan tanto en las grandes líneas como en los pequeños detalles. Manrique en estado puro, combinando arquitectura, intervención espacial, escultura, interiorismo o jardinería en busca de su rica fórmula de arte total”.

En este jardín, donde se encuentran más de 600 especies, no hay siquiera la mitad de las 2500 especies mundiales, clasificadas en más de 200 géneros. ¿Cuál es el origen de las plantas más espinosas del reino vegetal?

El origen de los cactus

Adentrarse en el mundo de las cactáceas, conocidas popularmente como cactus, parece en un primer momento algo inabarcable. Miles de formas y subespecies diferentes. Su nombre proviene del griego Κάκτος, utilizado por primera vez por el filósofo Teofrasto para nombrar una especie de cardo espinoso que crece en la isla de Sicilia, posiblemente el cardo Cynara cardunculus.

Sin embargo, para encontrar su origen hay que cruzar el Atlántico y buscar en América. Los expertos no se ponen de acuerdo del todo, pero se cree que la colonización del Viejo Mundo por estas especies data de hace tan solo unos cuantos cientos de años, seguramente transportadas por los pájaros migratorios, traídas desde América o como consecuencia el transporte de esclavos entre África y América.

Con mínimas evidencias en el registro fósil, se desconoce con certeza el origen de estas especies, se considera que evolucionaron hace entre 80 a 60 millones de años. De estas escasas evidencias se deriva la teoría de que posiblemente se originaron en la zona tropical seca de América del Sur.

Si las especies endémicas del Nuevo Mundo se desarrollaron tras la separación del continente americano, esto explicaría la inexistencia de cactus endémicos de África, ya que estos habrían evolucionado cuando los continentes ya se habían separado.

A día de hoy, los cactus habitan regiones con una gran diversidad de condiciones, desde llanuras a la altura de la costa, hasta las zonas más alta de las montañas. En América, su tierra nativa, su área de distribución se extiende desde el oeste de Canadá hasta la Patagonia.

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Otra de las protagonistas del jardín, la Euphorbia avasmontana, es una suculenta endémica de Sudáfrica y Namibia que va mudando su color y su forma a lo largo de las estaciones para cambiar sus espinas rojas por flores amarillas. 

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Cuando los cactus florecen, significa que están situados en un emplazamiento perfecto en cuanto a clima, humedad y luz. Las flores son tan diversas como los propios cactus, y entre las curiosidades de estas plantas se encuentra el hecho de que algunas de ellas florecen cada año, en otoño, primavera o invierno, mientras otras pueden estar años y años sin florecer. 

Fotografía de Cristina Crespo Garay

La especie Rhipsalis baccifera es la excepción: además de su origen en América, también habita en otros continentes y la podemos encontrar en África tropical, Madagascar y Sri Lanka. Según una de las teorías que explica como llegaron estas plantas hasta el Viejo Mundo, los cactus se propagaron mediante el transporte de semillas en el tracto digestivo de las aves migratorias. Estas poblaciones son poliploides, consideradas una subespecie distinta, lo que apoya la idea de que la propagación no fue reciente.

La teoría alternativa es que la especie cruzó inicialmente el Atlántico en barcos europeos que comerciaban entre Sudamérica y África, y posteriormente, las aves pudieron haberla propagado más ampliamente.

Otras especies se han naturalizado fuera de las fronteras de América después de haber sido introducidas por el hombre, especialmente en Australia, Hawai y toda la región mediterránea. En las Islas Canarias, por ejemplo, se popularizaron en el siglo XIX para utilizarlas como cercados agrícolas naturales y para establecer una industria de cochinilla.

Según el listado de la Convención sobre el comercio internacional de especies amenazadas de fauna y flora silvestres, más conocida como CITES por sus siglas en inglés, más de 15 géneros de cactácea, es decir 73 especies, se encuentran en grave peligro de extinción.

Adaptadas al entorno, a menudo desértico pero también a veces tropical, las plantas crasuláceas son noctámbulas, es decir, mientras la mayoría del reino vegetal absorbe dióxido de carbono durante el día, ellas lo hacen durante la noche. Sus púas, como la cera que recubre su piel, tiene una función vital: evitar la pérdida de agua y protegerse de otros seres vivos. En su lucha constante contra la evaporación, su belleza exuberante sigue cautivando adeptos en todos los rincones del globo.

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