Viaje y Aventuras

La nueva película que celebra la aventura: Z, la Ciudad Perdida

Esta historia real se centra en el coronel Percival Fawcett, explorador que pasó su vida buscando una ciudad misteriosa en el Amazonas.

Por Redacción National Geographic

La épica aventura del escritor y director James Gray, Z, la ciudad perdida, sigue los pasos del explorador británico Percy Fawcett (Charlie Hunnam) en sus numerosos viajes a las junglas desconocidas del Amazonas durante la primera mitad del siglo XX. Habiendo dejado en Inglaterra a su mujer, Nina (Sienna Miller), Fawcett y su asistente de campo, Henry Costin (Robert Pattinson), desaparecen en un mundo en el que pocos europeos se habían aventurado. Su objetivo: descubrir un territorio perdido. Gray, quien adaptó el bestseller de David Grann con el mismo nombre que narraba hechos reales, estaba fascinado por el inquebrantable espíritu de explorador y aventurero de Fawcett. «Era una persona para quien el proceso de búsqueda lo significaba todo», explica Gray. «Su sueño de encontrar una antigua civilización amazónica fue lo que mantuvo su determinación ante penurias inimaginables, el escepticismo de la comunidad científica, las traiciones inesperadas y los años que pasó lejos de su familia». Los numerosos viajes de Fawcett a la región desvelaron antiguos secretos sobre la flora y fauna del Amazonas, así como sobre su geografía y sus poblaciones. Pero su mayor misterio sigue siendo lo que le ocurrió durante su última expedición en 1925 junto con su hijo, Jack (interpretado por Tom Holland).

Mientras rodaban la película en escenarios reales de Colombia, Gray y su director de fotografía, Darius Khondji, nominado a los Óscar®, se las ingeniaron para recrear los paisajes y sonidos sobrecogedores que había experimentado el propio Fawcett a principios de siglo. Hoy en día, uno puede visitar la ciudad boliviana de Cobija. Pero esta metrópolis moderna es solo una reminiscencia lejana del puesto fronterizo sin ley que recibió a Fawcett tras una extenuante escalada de 5.181 metros por un desfiladero andino en 1906. También se puede descender por río Verde en el área de Mato Grosso, en Brasil. Pero es prácticamente imposible imaginar cómo era este río a principios del siglo pasado, cuando cada sonido indicaba la presencia de una extraña criatura, o quizá de algo más inquietante. Cuando la Royal Geographical Society contactó por primera vez con Fawcett para estudiar la biodiversidad entre Bolivia y Brasil, señalaron a un mapa de Sudamérica y dijeron: «Mira este área. Está llena de espacios en blanco».El deseo de Fawcett de rellenar esos huecos enfatiza una experiencia emocional única anhelada por todo aventurero, ese inefable momento en el que se revela un mundo desconocido imposible de encontrar en los mapas.

El Amazonas era todo un misterio en una época en la que muchos europeos creían que todo era posible, mientras que al mismo tiempo se burlaban de los informes de campo reales. La comunidad científica ridiculizó de manera rotunda muchos de los hallazgos de Fawcett, incluyendo su hipótesis de que los fragmentos de cerámica descubiertos durante su último viaje pertenecían a un antiguo imperio enterrado en la jungla. Pasaría el resto de su vida en busca de pruebas determinantes de esta ciudad perdida. En el proceso, descubriría muchos mundos nuevos. Durante su segundo viaje, las vistas de las impresionantes colinas Ricardo Franco le llenaron de un profundo sentimiento de humildad y admiración. «Ni el tiempo ni el hombre han tocado estas cumbres», escribió en su diario. «Se levantaban como un mundo perdido, llenas de bosques en sus cimas, y la mente no podría siquiera imaginar los últimos vestigios de una era que desapareció hace mucho tiempo». Su maravillosa descripción de esta zona inspiró al creador de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle, a escribir su novela de 1912, El mundo perdido, sobre una tierra imaginaria llena de homínidos primitivos y dinosaurios en el corazón del Amazonas.

Con el deseo de traer a la gran pantalla la experiencia de Fawcett, Gray necesitaba capturar tanto la belleza como el peligro que se encontraban a la vuelta de cada meandro del río. Además de las serpientes gigantes y los murciélagos vampiro, por no mencionar los enjambres de insectos y las enfermedades incurables, Fawcett era sumamente consciente de la violencia inminente que presentaban las tribus indígenas. Los habitantes locales le advirtieron de que «aventurarse entre ellos es una auténtica locura». Con la creencia de que los nativos, que habían sido maltratados durante décadas debido a las plantaciones de caucho, eran básicamente pacíficos, Fawcett ideó estrategias no violentas para desarmarles. En una ocasión, se enfrentó a las flechas con música, cantando melodías populares hasta que los indígenas bajaron sus arcos para escuchar. Durante años, Fawcett defendió a las tribus locales por ser tan únicas y complejas como las junglas en las que vivían.

Hoy en día sería imposible recrear la oleada de asombro, entusiasmo y peligro que experimentó Fawcett en su exploración del Amazonas entonces desconocido. En 1953, el Geographical Journal de Londres proclamaba que «Fawcett ha marcado el fin de una era. Prácticamente podríamos llamarle el último explorador individualista». Aunque la época de Fawcett ha quedado en el pasado, cualquier explorador actual puede todavía disfrutar del espíritu de aventura que le impulsaba. ¿Qué viajero que se precie no conoce la extraña emoción que llenaba a Fawcett a su regreso a Inglaterra tras su primera expedición?: «De forma inexplicable —e increíble—, supe que amaba aquel infierno. Sus diabólicas garras me han capturado y quiero verlo de nuevo».

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