Angkor: una ciudad de templos maravillosos en plena selva camboyana

Las antiguas capitales del imperio jemer albergan unos de los logros arquitectónicos y artísticos más impresionantes del mundo antiguo.lunes, 1 de octubre de 2018

Por Redacción National Geographic
Angkor: una ciudad de templos maravillosos en plena selva camboyana
Angkor: una ciudad de templos maravillosos en plena selva camboyana

En las profundidades de los bosques de la provincial camboyana de Siem Riep, las elegantes torres de una antigua ciudad de piedra se elevan hacia el cielo sobre el extenso complejo del parque arqueológico de Angkor.

Las diversas capitales del imperio jemer prosperaron en este lugar del siglo IX al XVI, aunque sus gobernantes presidieron un imperio que se extendía de Myanmar/Birmania a Vietnam. Incluyendo las áreas forestales y las “afueras” recién descubiertas, Angkor cubre más de 1.000 kilómetros cuadrados, un área mucho más grande que los cinco distritos de la ciudad de Nueva York.

Aunque solo es uno entre cientos de templos y estructuras supervivientes, el enorme Angkor Wat es el más famoso de los templos de Camboya —aparece en la bandera nacional— y se venera por una buena razón. La “montaña/templo” del siglo XII se construyó como hogar espiritual del dios hindú Vishnu. El templo es un triunfo arquitectónico lleno de tesoros artísticos como bajorrelieves que cubren las paredes y narran cuentos duraderos acerca de las historias y leyendas de Camboya.

En otras partes de Angkor, dicho arte representa escenas de la vida cotidiana, aportando a los académicos una preciada ventana al pasado.

Sin embargo, algo que no contaban los artistas y escribas de Angkor es por qué los gobernantes de la ciudad abandonaron el lugar y se reasentaron cerca de la moderna Nom Pen. Entre las teorías se incluyen derrotas en batallas y el cambio de prácticas religiosas (ya que el hinduismo jemer se remplazó gradualmente con el budismo Theravāda durante los siglos XIII XIV), pero el misterio ha intrigado a los científicos durante siglos.

Angkor es tan agua como piedra: dispone de un gigantesco sistema de canales, diques y embalses artificiales, el más grande de los cuales (West Baray) mide 8 kilómetros de largo y 2,4 kilómetros de ancho. Estos espectaculares hitos de la ingeniería son parte integrante de un diseño general fiel al simbolismo religioso. Los fosos, por ejemplo, simulan los océanos que rodean el monte Meru, hogar de los dioses hindúes.

Pero estas obras también servían propósitos prácticos al aprovechar hábilmente el agua fluvial y pluvial para saciar la sed de unos 750.000 residentes en la mayor ciudad preindustrial del mundo. El agua también irrigaba ricos cultivos como arroz, que servía como divisa para los jemeres.

Algunos estudiosos especulan que la caída de este elaborado sistema hídrico provocó el fin de Angkor. Una serie de monzones débiles o el colapso de las obras hídricas por problemas medioambientales (como la deforestación, que provocó inundaciones devastadoras y ahogó el sistema en sedimentos) podría haber dado pie al movimiento del poder hacia Nom Pen.

Hasta después de sus días de gloria, Angkor siguió siendo popular entre los peregrinos budistas que viajaban desde el Sudeste Asiático y más allá. Hoy, el lugar también atrae a viajeros seculares: casi un millón al año.

Cuando Angkor fue nombrado lugar Patrimonio de la Humanidad en 1992 también se incluyó en la lista de Patrimonio de la Humanidad en Peligro. Este lugar incomparable estaba amenazado por el saqueo, las excavaciones ilegales y las minas terrestres. En 1993, la Unesco puso en marcha una importante campaña para restaurar y salvaguardar Angkor. Gracias a un caso típico de cooperación internacional, Angkor se recuperó y fue retirado de la lista de Patrimonio de la Humanidad en Peligro en 2004.

La Unesco sigue formando parte del futuro de Angkor y colabora con las autoridades camboyanas para garantizar que el turismo y el desarrollo no comprometan este gran tesoro cultural.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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