En 1939, los servicios de inteligencia británicos convirtieron una casa señorial de las afueras de Londres en un campo de reclusión para oficiales alemanes capturados. Se instalaron micrófonos en todas las salas del campo, para poder escuchar todas las conversaciones entre los prisioneros y grabar las charlas más interesantes de los desprevenidos soldados. Ahora, sesenta años después, podremos escuchar íntegros los escalofriantes pensamientos de la élite nazi