La pandemia impulsa el aumento de la caza furtiva en Uganda

Leones, jirafas e incluso un gorila de espalda plateada han sido las últimas víctimas del colapso del ecoturismo.

Publicado 22 jul. 2020 12:21 CEST, Actualizado 5 nov. 2020 6:48 CET
Jirafa, Uganda

El parque nacional de las cataratas Murchison es un bastión para las jirafas restantes de Uganda. Durante la pandemia de coronavirus, más residentes han colocado trampas para capturar animales como antílopes y vender o consumir su carne. Las trampas son indiscriminadas. El mes pasado, los guardabosques que patrullaban el parque encontraron varias jirafas muertas que habían quedado atrapadas.

Fotografía de Ami Vitale

Noche tras noche, los hombres penetran en los bosques que cubren el noroeste de Uganda. Llegan remando en dirección este por el lago Alberto en canoas elaboradas con árboles huecos y se adentran en el sotobosque de la mayor área protegida del país, el parque nacional de las cataratas Murchison.

Descargan rápidamente las trampas de alambre baratas y las mortales trampas de acero fabricadas con piezas de vehículos viejos. El uso de estas últimas, elaboradas tanto en Uganda como en la fronteriza República Democrática del Congo, no requiere mucha práctica. Además, son lo bastante fuertes como para partir la pata de un antílope, una jirafa o un león. Los animales inmovilizados pueden morir por una combinación de pérdida de sangre, deshidratación y hambre. Los dispositivos son indiscriminados: atrapan a cualquier animal que se tropiece con ellos.

Las autoridades creen que se han escondido miles de estos dispositivos ilegales tanto en Murchison como en los otros nueve parques nacionales de Uganda desde el comienzo del confinamiento por el coronavirus a mediados de marzo y el parón de la industria del turismo de fauna silvestre. Entre febrero y mayo de este año, la Autoridad de la Vida Silvestre de Uganda (UWA, por sus siglas en inglés) documentó 367 incidentes de caza furtiva en los parques, más del doble que en el mismo periodo del 2019, según indica Charles Tumwesigye, vicedirector de operaciones de campo de la agencia. Es probable que estas cifras no expresen la realidad del problema, ya que los furtivos pueden retirar las trampas y los animales muertos antes de que las autoridades detecten la actividad.

El turismo es uno de los pilares de la economía ugandesa y genera más de mil millones de dólares al año; el turismo de fauna silvestre en particular crea miles de puestos de trabajo. En cambio, la repentina pérdida de visitantes en los parques, cuya presencia contribuye a disuadir a los furtivos, ha obstaculizado las operaciones de los guardabosques. Tumwesigye dice que, sin turistas, es más fácil que los cazadores furtivos supervisen los movimientos de los guardabosques y que actúen en el momento en que abandonan la zona. El turismo también financiaba las labores contra la caza furtiva. «Como el personal no está seguro de si seguirá recibiendo un sueldo sin el turismo, creo que la moral y el entusiasmo para combatir la caza furtiva están bajos», afirma. Añade que el confinamiento también ha llevado a muchos a creer —erróneamente— que los guardabosques ya no patrullan los parques, lo que los ha envalentonado para cazar animales.

En general, Tumwesigye indica que los vecinos que tienen dificultades para dar de comer a sus familias ante el colapso del turismo son quienes colocan las trampas. No parece que la actividad esté vinculada a las redes delictivas organizadas que impulsan la caza furtiva a escala comercial de marfil de elefante, cuerno de rinoceronte y otras partes de animales lucrativas. Estos lugareños quieren atrapar antílopes y jabalíes para vender o consumir su carne.

Sin embargo, las últimas víctimas han sido leones, jirafas e incluso un gorila de espalda plateada. Solo quedan unos mil gorilas de montaña en el planeta y más de la mitad vive en Uganda. El país solo alberga unos 300 leones y 2000 jirafas. Paul Funston, director del programa de leones y director regional en el sur de África de Panthera, la organización internacional de conservación de felinos silvestres, señala que, con poblaciones tan pequeñas, la pérdida de cada animal es grave. «Sobre todo de leonas adultas y de jirafas hembra, ya que son clave para las tendencias poblacionales futuras», apunta.

La caza furtiva vinculada a la pandemia solo representa el último revés para la fauna silvestre de Uganda. Muchos de los animales del país murieron entre los años sesenta y noventa cuando un golpe, una guerra con la vecina Tanzania y una guerra civil de seis años fomentaron la caza furtiva e impidieron las visitas a los parques. Las poblaciones de elefantes se desplomaron de una cantidad estimada de 30 000 a 2000, y las de jirafas descendieron un 90 por ciento. Es probable que las poblaciones de leones también mermaran. Con todo, en las últimas décadas la expansión de la industria del turismo de fauna silvestre en Uganda ha permitido financiar las iniciativas contra la caza furtiva.

Jirafas caídas y leones vulnerables

En junio, los guardabosques de la UWA y grupos asociados se desplegaron por un tramo de Murchison para patrullar durante dos días. Michael Keigwin, fundador de la organización sin ánimo de lucro Uganda Conservation Foundation, que ayudó a los guardabosques de la UWA, cuenta que descubrieron trampas con siete jirafas muertas en un área que antes era popular entre los turistas. «Encontramos cinco un día y dos al siguiente, todas en la misma zona», afirma. «Es muy triste».

Una de las principales preocupaciones en Murchison y en otros parques nacionales es la seguridad de los leones. Antes de la pandemia, algunos ganaderos envenenaban a los leones para vengarse de ellos por depredar a sus animales, cuenta Tumwesigye. Pero lo que observan ahora es distinto.

El 16 de mayo, encontraron un león al que le faltaban varias partes del cuerpo en el parque nacional de la reina Isabel. Aunque no se conocen muchos detalles, en varios países africanos las cabezas, colas y zarpas de los leones se utilizan en una medicina tradicional —llamada muti—por su vínculo con la prosperidad y la buena suerte. En Sudáfrica, la caza furtiva para muti de león ha aumentado desde 2016 y ahora Tumwesigye y su equipo investigan si ocurre lo mismo en Uganda.

Ludwig Siefert, veterinario y líder del equipo del Uganda Carnivore Program, una organización sin ánimo de lucro que investiga y supervisa a los grandes carnívoros del país —como leones, leopardos y hienas—, explica que otros leones que viven en el parque nacional de la reina Isabel han desaparecido de sus zonas de residencia habituales. Según Tumwesigye, en los últimos meses han encontrado al menos cuatro leones atrapados en trampas de alambre en Murchison. Señala que los leones fueron liberados y que es probable que sobrevivieran. «Los leones, como especie social, suelen sobrevivir incluso a las heridas más incapacitantes siempre y cuando puedan beneficiarse del grupo social», afirma Siefert.

Para proteger a los leones y rastrear sus movimientos, la UWA, el Uganda Carnivore Program y la Uganda Conservation Foundation han intensificado su iniciativa de colocar rastreadores por satélite a los leones de los parques nacionales. Durante los últimos meses, han colocado estos collares rastreadores a tres leones del parque de la reina Isabel y a uno de Murchison, pero la falta de fondos supone un obstáculo, según Siefert. Cuenta que «no podemos permitirnos colocar collares a todos los leones», así que se concentran en los animales que saben que se adentran en comunidades donde pueden correr peligro de que los maten.

El veterinario Ludwig Siefert trabaja con el guardabosques Nicholas Nuwaijuka de la Autoridad de la Vida Silvestre de Uganda (izq.) y otros en el parque nacional de la reina Isabel en 2018 para colocar un collar de rastreo por radio a una leona. El aumento de la caza furtiva durante la pandemia ha hecho que el seguimiento de los leones sea más urgente, ya que sus poblaciones siguen mermando en el continente.

Fotografía de Steve Winter

La pérdida de un gorila de espalda plateada

Incluso los famosos gorilas de montaña del país han sufrido una pérdida reciente. El mes pasado, unos cazadores furtivos de antílopes confesaron que habían matado a un espalda plateada de 25 años llamado Rafiki cuando supuestamente los atacó mientras cazaban. Hacía nueve años que no mataban a un gorila en Uganda, probablemente —al menos en parte— porque las comunidades locales se benefician del turismo de gorilas y quieren protegerlos.

«Este incidente recalca los retos de conservación a los que nos enfrentamos», cuenta Martha Robbins, bióloga y beneficiaria de una beca de la National Geographic Society que dirige un proyecto de investigación a largo plazo sobre los gorilas de montaña de África.

Las expediciones de observación de gorilas generan gran parte de los beneficios del turismo en Uganda y sufragan directamente los trabajos de porteadores, cocineros, limpiadores y conductores de vehículos turísticos. Antes de la pandemia, el permiso que tenían que adquirir los visitantes extranjeros para observar gorilas con un guía costaba 600 dólares. Las comunidades que viven cerca de parques nacionales se beneficiaban de los acuerdos de reparto de beneficios que les otorgaban una parte de las tasas de los permisos y de entrada. Sin embargo, sin turistas no hay dinero.

«Debido a la pérdida de beneficios y de ingresos del turismo, así como a las dificultades económicas generales causadas por las medidas de confinamiento estrictas, no es de extrañar que las actividades ilegales hayan aumentado en los últimos meses. La gente intenta sobrevivir», afirma Robbins. «La conservación debe tener planteamientos polifacéticos y hay que prestar más atención a las necesidades de las comunidades locales para que este castillo de naipes no se venga abajo cuando no hay turismo internacional».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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