La locura de las «avispas asesinas» resalta los peligros del miedo a los insectos y las arañas

En Estados Unidos, la cultura de animadversión e ignorancia respecto a los bichos puede resultar perjudicial tanto para ellos como para las personas.

Publicado 30 nov. 2020 12:22 CET
Avispa asiática

Aunque las avispas asiáticas parezcan temibles, solo pican cuando se las provoca y se han descubierto en un solo condado de Estados Unidos, por lo que no suponen un peligro para la gran mayoría de los estadounidenses.

Fotografía de Atsuo Fujimaru, Minden Pictures

En 1859, el célebre científico Alfred Russel Wallace descubrió una abeja gigante, ahora reconocida como la más grande del mundo, en las Molucas Septentrionales, un archipiélago indonesio.

La abeja de Wallace, su nombre común, tiene una envergadura de casi cuatro centímetros y grandes mandíbulas para agujerear los nidos de termitas. Pese a su tamaño, el insecto desapareció durante más de un siglo. No la grabaron en vídeo hasta enero de 2019.  El fotógrafo Clay Bolt, miembro de la expedición que la descubrió, contó a National Geographic que la criatura también parecía bastante relajada y poco agresiva. «Bastante tranquila», dijo.

Con todo, otras noticias sobre el descubrimiento de la abeja provocaron un torrente de comentarios de lectores temerosos. «Matadla con fuego», escribieron algunos en Twitter; otros declararon que «aparecerá en tus pesadillas». Muchos titulares también llamaron al insecto, que no supone peligro alguno para las personas, una «abeja de pesadilla» o una visión terrorífica.

La abeja de Wallace es muy rara, está amenazada por los coleccionistas y no supone un peligro para las personas.

Fotografía de Clay Bolt

Entonces comenzó la locura de las «avispas asesinas».

A finales de 2019, los avispones asiáticos gigantes, las avispas más grandes del mundo, aparecieron en el sur de la Columbia Británica y en el noroeste del estado de Washington. Un artículo viral del New York Times las apodó «avispas asesinas» —un apodo que la mayoría de los entomólogos ni conocían ni utilizaban— y se quedaron con ese mote.

A diferencia de la abeja de Wallace, se descubrió que existían ciertas preocupaciones para las personas que vivían cerca de la avispa: los avispones asiáticos gigantes son algo agresivos a la hora de defender sus colonias y propinan picaduras dolorosas si se los provoca, señala Justin Schmidt, entomólogo de la Universidad de Arizona. En julio, las autoridades del estado de Washington atraparon al primer avispón asiático gigante en Birch Bay, cerca de otros lugares donde se han producido avistamientos, lo que sugiere que hay un nido cerca.

Pero estos insectos invasores se han avistado solo en un condado de Washington. Con todo, muchas personas de todo Estados Unidos han confundido especies de avispas autóctonas con avispones asiáticos gigantes. Por ejemplo, las búsquedas en internet de «espray antiavispas» y de varios insecticidas se dispararon frente al año anterior y los expertos en insectos de todo el país han recibido un aluvión de llamadas sobre la especie.

Es probable que la gente haya matado a muchas abejas y avispas inofensivas de todo el país debido a miedos infundados sobre las avispas asesinas, señala Chris Looney, entomólogo del Departamento de Agricultura del estado de Washington.

Las historias de estas dos especies diferentes revelan una falta importante de conocimiento público sobre los insectos, dice Jeffrey Lockwood, entomólogo y profesor de ciencias naturales y humanidades en la Universidad de Wyoming.

En Estados Unidos, «nos hemos vuelto entomológicamente tontos», afirma Lockwood, que escribió The Infested Minded: Why Humans Fear, Loathe, and Love Insects. «No distinguimos lo peligroso de lo inofensivo o lo útil. El niño promedio probablemente pueda distinguir más marcas de coche o superhéroes que insectos».

Esta falta de conocimiento es perjudicial tanto para los insectos como para las personas, indica Lockwood, ya que los insectos tienen muchas funciones útiles: polinizan nuestros cultivos, matan plagas y descomponen los residuos.

Por otra parte, muchos no se dan cuenta de que estos ayudantes corren peligro a nivel mundial: un estudio de abril de 2019 desveló que el 40 por ciento de las especies de insectos están descendiendo y podrían extinguirse en las próximas décadas.

Es una cantidad considerable de todas las criaturas: entre un 60 y un 70 por ciento de los animales son insectos, según sugieren las investigaciones. Y se supone que aún quedan innumerables especies de insectos por descubrir.

Superando el miedo

Lockwood explica que es probable que los humanos tengamos una predisposición innata a prestar atención a los insectos porque han sido una fuente importante de alimento o de peligro potencial, en el caso de algunas especies que pican. Con todo, añade que una aversión cultural a los bichos no es favorable ni explicable evolutivamente.

Aunque por desgracia el miedo o el asco hacia insectos y arácnidos es habitual en Estados Unidos, no es tan generalizado en otros lugares, indica Gwen Pearson, entomóloga y coordinadora de divulgación de la Universidad de Purdue.

Por toda Asia, varias especies son queridas y se mantienen como mascotas, como los escarabajos rinoceronte o los ciervos volantes. Afirma que, en Japón y China, muchos ven al avispón asiático gigante con respeto y admiración.

Es más, en sociedades indígenas de todo el mundo —como los lakotas, un grupo nativo americano—, los insectos y los arácnidos desempeñan papeles importantes en las historias sobre la creación.

En varias partes del mundo también se comen insectos, como saltamontes, larvas u hormigas. Incluso las avispas asiáticas están en el menú: sus larvas se consideran deliciosas en los salteados, añade Schmidt.

En Estados Unidos, la antipatía a los bichos se aprende, normalmente en la infancia. También está arraigada en una falta de educación sobre los insectos y las experiencias positivas con ellos en el mundo natural, afirma Lockwood. Muchos encuentros con insectos urbanos, como las cucarachas, también son negativos.

En el trabajo de Pearson dirigiendo el Zoo de Bichos de Purdue, que alberga muchos tipos de insectos y arañas, habla con las personas sobre cómo las hacen sentir los animales y corrige las ideas falsas. «Yo me autodenomino terapeuta de insectos», dice.

Por ejemplo, aunque las tarántulas son grandes e intimidantes, no pican a las personas sin provocación y pueden mantenerse como mascotas, explica.

«Les digo a los niños: “Tengo una tarántula en la mano, pero no me va a hacer daño y a ti tampoco”», afirma.

A menudo comparte el dato de que, en Norteamérica, que alberga más de 3000 especies de arañas conocidas, solo dos son peligrosas para las personas: la araña reclusa parda y la viuda negra. Y rara vez matan: en general, las primeras no son mortales, mientras que en el caso de las segundas no se ha registrado ninguna muerte en más de 35 años, añade.

Las arañas pavo real, como la especie Maratus robinsoni, son adorables e inofensivas.

Fotografía de Jurgen Otto

Cambiando perspectivas

Pearson ha descubierto que las actitudes hacia los insectos pueden cambiarse con una o dos experiencias positivas.

Más conocimiento puede hacer lo mismo, como aprender que los insectos polinizan tres cuartos de las angiospermas del mundo y más de un tercio de nuestros cultivos.

O saber lo diversos que son: existen más de 20 000 especies de abejas, señala Natalie Boyle, entomóloga de la Universidad del Estado de Pensilvania.

«Cuando no sabes gran cosa sobre algo, no lo aprecias», afirma Boyle.

Con la pérdida mundial de insectos, es hora «de pensar en cómo podemos honrar y respetar a nuestros amigos invertebrados», dice.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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