Animales

Graban viva a la abeja más grande del mundo, considerada extinta

La abeja gigante de Wallace desapareció durante más de un siglo. Ahora ha vuelto y al menos un coleccionista la ha puesto a la venta en Internet.viernes, 22 de febrero de 2019

Por Douglas Main
La abeja gigante de Wallace (Megachile pluto) tiene una envergadura de 6,35 centímetros y mandíbulas de gran tamaño, casi como las de un ciervo volante, que usa para recoger resina y revestir su nido.

La abeja más grande del mundo es también la más esquiva del planeta. La descubrió el famoso científico Alfred Russel Wallace en 1859, pero nadie pudo encontrarla de nuevo y se consideraba extinta.

Sin embargo, la abeja gigante de Wallace (Megachile pluto) no había desaparecido. En 1981, un entomólogo llamado Adam Messer la buscó y la encontró en tres islas de Indonesia, en un archipiélago llamado Molucas Septentrionales. Recogió un espécimen y escribió acerca de su descubrimiento en 1984.

Ahora, por primera vez, un equipo —del que formaba parte el fotógrafo Clay Bolt— la ha fotografiado y filmado viva en la naturaleza. Por otra parte, en el último año se han vendido dos especímenes del insecto en eBay por miles de dólares, lo que suscita preocupación por su supervivencia a largo plazo.

La abeja, que alcanza una longitud de 3,8 centímetros y tiene una envergadura de 6,35 centímetros, posee mandíbulas de gran tamaño que se parecen mucho a las de un ciervo volante. Las usa para recoger la resina pegajosa de los árboles y construir madrigueras dentro de nidos de termitas, donde las hembras cuidan de sus crías. Al igual que otras abejas, se alimenta de néctar y polen.

En 1984, Messer escribió que sigue siendo rara en esta zona y, como esta abeja solitaria solo vive en termiteros aéreos, encontrarla no es precisamente fácil. En 1991, un investigador francés recogió un espécimen, aunque entonces no la fotografió ni grabó en vídeo.

En una expedición en enero, Bolt y Eli Wyman, integrante del equipo y biólogo en Princeton, se alegraron tras encontrar la abeja. Uno de los rasgos más destacables de la abeja, una hembra, era el sonido de las alas: un «zumbido lento y profundo que casi podías sentir y oír a la vez», afirma Bolt.

Wyman cuenta que pudo sentir el desplazamiento del aire cuando voló junto a él. «Una experiencia tangible e increíble de un animal que solo había vivido en mi imaginación durante años», añade.

Muchos sienten curiosidad por el insecto, entre ellos Nicolas Vereecken, entomólogo y ecólogo de la Universidad de Bruselas. Estudia la diversidad de las abejas y, naturalmente, le interesaba ver la más grande del mundo. Hace más de una década, buscó un espécimen recogido por el propio Wallace que se encuentra en el Museo de Historia Natural de Oxford.

El espécimen original de la abeja gigante de Wallace, recogido por Alfred Russel Wallace.

Verla solo aumentó su curiosidad. A principios del año pasado, en el Centro de Biodiversidad Naturalis de los Países Bajos, se topó con un espécimen recogido en 1991 por un investigador francés llamado Roch Desmier de Chenon. (Muchos en Francia lo creían muerto, pero Vereecken descubrió, para su sorpresa y alegría, que de Chenon está vivo en Melbourne, Australia.)

Ese mismo día, Vereecken se enteró de que un coleccionista había puesto a la venta un espécimen de Megachile pluto en eBay: alcanzó un precio final de 9.100 dólares (poco más de 8.000 euros). Más adelante, ese mismo año, el mismo coleccionista vendió otra por un par de miles de dólares. La abeja, al parecer, todavía existía.

A Vereecken le preocupa la venta de este insecto por Internet y cree que es posible que se produzcan más ventas mediante canales menos visibles. Describió estas ventas en un estudio publicado en diciembre en la revista Journal of Insect Conservation.

Actualmente, la venta internacional de esta especie es legal, ya que el animal no está protegido por el Convenio sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre, que rige el comercio internacional de especies amenazadas. Hoy en día, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza —que clasifica el estado de conservación de los animales de todo el mundo— clasifica a la abeja gigante de Wallace como especie «vulnerable». Vereecken y otros expertos creen que debería clasificarse como especie en peligro de extinción, como mínimo, teniendo en cuenta lo rara que es y que su área de distribución es casi sin duda más pequeña de lo que se creía. Vereecken está presionando para que se modifique su clasificación, aunque para lograrlo se necesitarán más estudios.

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La abeja gigante de Wallace también está amenazada por la deforestación y la pérdida de hábitat. El informe del descubrimiento ha aparecido poco después de la publicación de un estudio mundial que demuestra que las especies de insectos disminuyen en todo el mundo.

En enero, Bolt viajó a Indonesia con Wyman, el biólogo australiano Simon Robson y el escritor Glen Chilton. Tras cinco días buscando sin éxito termiteros en árboles durante la estación lluviosa, el equipo empezaba a sentirse desanimado. Cuando estaban a punto de desistir, Bolt cuenta que buscaron en un último nido, que tenía un agujero resinoso en su interior.

Cuando varios miembros de la partida se subieron al árbol para echar un vistazo, quedó claro que había una abeja en el agujero. Colocaron un tubo de recogida en la salida y, poco después, salió una abeja de Wallace hembra.

«Gritamos, vitoreamos y nos abrazamos», cuenta Robson. Tras fotografiarla y filmarla, la dejaron libre y volvió a su nido. A diferencia de algunas de sus parientes, la abeja parecía «bastante tranquila» y nada agresiva, añade Bolt.

Roch Desmier de Chenon, que ahora tiene 80 años, trabajaba para el Instituto de Investigación sobre el Aceite de Palma de Indonesia en 1991 cuando decidió buscar la abeja gigante de Wallace en la isla de Halmahera. Los lugareños, algunos de los cuales estaban familiarizados con la abeja, lo condujeron a un árbol donde los insectos recogían savia. Dice que, en el transcurso de su investigación, observó entre 20 y 30 abejas de Wallace, aunque solo recogió una.

«Encontrarlas me alegró mucho, porque sabía que se trataba de un descubrimiento importante», afirma de Chenon, pero no publicó su trabajo en parte porque temía que los coleccionistas emplearan la información con fines más viles. Ahora se arrepiente de no haber publicado sus hallazgos.

De hecho, Robert Moore, trabajador de Global Wildlife Conservation que ayudó a organizar el viaje, afirma que, por una parte, publicitar el descubrimiento del insecto puede parecer un riesgo si tenemos en cuenta que lo han vendido por Internet. Pero, en realidad, los coleccionistas sin escrúpulos ya saben que existe.

Por tanto, informar de su descubrimiento y de lo especial que es podría ayudar al gobierno local y a otras partes interesadas a introducir medidas de protección.

«Si no hacemos nada, podrían capturarla y podría caer en el olvido», afirma Bolt.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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