Así es la vida del caracal, el gato salvaje más urbano de Sudáfrica

Aunque estos felinos de grandes orejas puntiaguadas han aprendido a cazar en las afueras de Ciudad del Cabo, se enfrentan a amenazas como las de morir envenenados o atropellados.

Publicado 12 nov 2021 11:57 CET
caracal hermes

Hermes es un macho de caracal muy conocido que se ha acostumbrado a las personas.

Fotografía de Jay Caboz

CIUDAD DEL CABO, SUDÁFRICA- El caracal se sentó en el sendero delante de nosotros, aparentemente tranquilo, mientras observaba a nuestro grupo de tres excursionistas subir la ladera de la montaña inferior en una cálida tarde de octubre.

Las luces de las calles de Ciudad del Cabo parpadeaban debajo de nosotros, mientras la escarpada cara de la Montaña de la Mesa se alzaba a un lado. Nos quedamos quietos, esperando que el animal se retirara. En lugar de ello, pasó trotando junto a nosotros, con el charco de luz de nuestras lámparas iluminando su pelaje naranja quemado, sus ojos redondos y pálidos y sus características orejas grandes y puntiagudas coronadas por largos mechones negros. Se detuvo para echar una breve mirada hacia atrás y el felino desapareció entre los arbustos.

(Relacionado: Los gatos se domesticaron a sí mismos, según sugieren nuevas pruebas de ADN).

Supimos de inmediato que se trataba de Hermes, un caracal habituado a los humanos que a menudo es visto por excursionistas y corredores en los alrededores del Parque Nacional de la Montaña de la Mesa, de alrededor de 250 kilómetros cuadrados, que se encuentra dentro de los límites de esta capital sudafricana. El caracal, que se cree que tiene entre cuatro y cinco años, se ha convertido en una especie de póster para la conservación de la fauna en Ciudad del Cabo, una ciudad de la península del Cabo cuya población ha pasado de 1,1 millones de habitantes en 1970 a 4,7 millones en la actualidad. La metrópoli costera, con su montaña en el centro de la ciudad, alberga una plétora de fauna urbana, desde babuinos hasta serpientes y pingüinos.

Los caracales, gatos tímidos y normalmente nocturnos que se encuentran en diversos entornos de África y Asia, no están en peligro de extinción. Pero los caracales de Ciudad del Cabo destacan en otro sentido: son el depredador por excelencia de la zona, ya que los leopardos fueron cazados (hasta hacerlos desaparecer de la Península del Cabo) a principios del siglo XX. Los caracales, nativos de la península, sólo se han adentrado recientemente en zonas más urbanas, probablemente atraídos por presas fáciles de capturar, como las ratas vlei del sur de África y las gallinas de Guinea, afirma Gabriella Leighton, investigadora de la Universidad de Ciudad del Cabo que ha dirigido un reciente trabajo sobre el comportamiento de los caracales. Los científicos calculan que probablemente existen unos 60 caracales en la península del Cabo.

"Son depredadores oportunistas: van a por lo más fácil", dice Leighton.

Hermes recorre el Parque Nacional de la Montaña de la Mesa.

Fotografía de Hilton Davies

As the striking, 1.5-foot-tall felines have become accustomed to people, they’ve been spotted throughout the city’s natural areas, from heavily trafficked hiking trails to the Kirstenbosch Botanical Garden to popular Clifton Beach at sunset.

Many of the cats—especially those in the northern, more developed part of Table Mountain (where I encountered Hermes)— prefer to hunt around the urban edge, which includes suburbs, roads, and vineyards. This is risky, however, since such areas pose threats to the animals, particularly getting hit by cars—the leading cause of death for Cape Town caracal. The cats face other pressures, to a lesser extent, from poisons, dog attacks, and snares, says Laurel Serieys, a wildlife biologist at the conservation organization Panthera, who founded the University of Cape Town’s Urban Caracal Project in 2014. A lack of genetic diversity, due to the urban development hemming the animal in, is also a major threat for the caracal’s future in the city, she says.

Even so, caracals “can adapt to human activity in ways that were not expected,” says Serieys, such as adjusting their behavior to avoid being seen by people in busy areas. “That was a very cool surprise.”

Research also shows that caracals from the less developed southern section of the peninsula tend to avoid urban fringes, showing how their behavior changes in different environments.

So far, most Capetonians have welcomed caracals, embracing citizen scientist roles by reporting caracal sightings (as well as road-killed animals) to the Urban Caracal Project. Though some caracals have killed pet cats, research shows Cape Town’s caracals predominately hunt wild prey.

 Laying the groundwork

Prior to 2014, no one had studied the peninsula’s caracals, Serieys says, in large part because people doubted they were even there. She had to convince South African National Parks to grant her a permit to study a population they didn’t think existed on Table Mountain.

Since then, Serieys and colleagues have learned more about the urban cats’ movements, diet, genetics, and threats. They’ve fitted 26 caracals with GPS collars, conducted necropsies, set up camera traps around the city, and collected photos and videos of caracal sightings from the public. (Read more about how wild animals are hacking life in the city.)

“Just getting on the ground and learning what’s there, and what threats exist to those animals is important,” Serieys says.

So far, their results show that vehicle collisions accounted for more than 70 percent of recorded caracal deaths in Cape Town between 2015 and 2020. Poison is another hazard: Ninety-two percent of dead caracals that Serieys tested had consumed anticoagulant rodenticides, an often fatal exposure.

Caracals get caught in snares set to catch smaller prey items, or fall victim to dogs, which can also pass on diseases such as canine parvovirus, according to Serieys.

To reduce vehicle strikes of caracals, in January, the project team installed reflective caracal signs along seven common roadkill sites in Cape Town, though they’ve yet to collect data to show if it’s working to reduce deaths. The team has also suggested that the city put in speed bumps at frequent caracal-crossing locations.

Protecting endangered penguins

Though domestic animals make up less than four percent of the caracal diet, according to one study, some Cape Town residents are not in favor of the wild cats in their midst. 

Many Capetonians have adapted to life with caracals by keeping their pets indoors at night or erecting “catios,” enclosed spaces where cats can safely enjoy the outdoors. Both measures are recommended by the Urban Caracal Project.

Los caracales han aprendido a vivir ocultos a la vista en las afueras de la ciudad, entre suburbios, viñedos y carreteras.

Fotografía de Luke Nelson

En algunas urbanizaciones ecológicas de Ciudad del Cabo, que se promocionan como respetuosas con el medio ambiente, algunos residentes han exigido la retirada de los caracales de la zona, tanto en reuniones vecinales como a través de las redes sociales.

Según los biólogos del Proyecto Caracal Urbano, capturar un caracal y liberarlo en un nuevo lugar rara vez funciona, en parte porque lo más probable es que otro caracal lo sustituya.

Es exactamente lo que ocurrió en 2016 en Boulders Beach, una pequeña zona perteneciente al Parque Nacional de la Montaña de la Mesa en un suburbio del sur de Ciudad del Cabo, que alberga una colonia de entre 2000 y 3000 pingüinos africanos en peligro de extinción.

(Relacioando: ¿Qué podemos hacer para salvar a las aves de los gatos?)

Una hembra de caracal (que había encontrado la colonia de pingüinos) fue capturada y trasladada a una zona cercana. Sin embargo, su cría macho la sustituyó en la colonia, logrando evitar ser capturada durante casi un año, en el que llegó a matar a unos 260 pingüinos. Finalmente, fue trasladado a una reserva natural abierta cercana en la bahía, pero a los pocos días abandonó la zona protegida y fue atropellado por un coche.

Afortunadamente, no hay pruebas de que los caracales busquen activamente a los pingüinos, pero cuando se encuentran con una colonia, "es como si un niño se encontrara una tienda [de caramelos]", dice Gregg Oelofse, jefe de gestión medioambiental de la costa de Ciudad del Cabo. La ciudad colabora con los Parques Nacionales de Sudáfrica en cuestiones como la depredación de caracales en Boulders, ya que es un problema que afecta tanto a los terrenos de la ciudad como a los del parque.

Mientras esperaba a Oelofse en el aparcamiento de Boulders, observé a los pingüinos que se paseaban entre los vehículos, aparentemente despreocupados por el tráfico o los humanos. Su falta de instinto para el peligro terrestre -los pingüinos africanos viven principalmente en islas- es una de las razones por las que la colonia de Boulders necesita tanta protección.

Hoy en día, si un caracal irrumpe en la colonia de pingüinos, el protocolo es capturarlo y aplicarle la eutanasia, ya que los pingüinos son la prioridad de conservación. Sin embargo, ese es el peor de los casos, me dice Oelofse, y el objetivo es la prevención.

Para ello, la ciudad ha instalado una valla a prueba de depredadores, rematada con cilindros rodantes para dificultar que los caracales la traspasen. Hasta ahora, se ha demostrado que tiene éxito a la hora de disuadir a estos hábiles saltadores, dice.

Con su teléfono, Oelofse me enseñó fotos de cámaras trampa tomadas a lo largo de la valla: en una, un caracal trota a lo largo de la valla alejándose de la línea de costa, como estaba previsto. En otra, ni siquiera pude ver al felino, bien camuflado, hasta que Oelofse me señaló un par de orejas puntiagudas de color negro que asomaban en el encuadre.

Sin espacio para explorar

Al ser una población aislada, los caracales también se ven amenazados por su restringido acervo genético. Serieys dispone de datos inéditos que demuestran que los cerca de 60 caracales de la península se están reproduciendo de forma endogámica, lo que reduce la salud de la población local y acaba llevándola a la extinción.

Esto se debe a que el terreno que rodea la Montaña de la Mesa se ha urbanizado hasta el punto de que la mayoría de los animales salvajes están restringidos, y ya no pueden dispersarse hacia la montaña o fuera de ella para ampliar sus reservas genéticas.

El último corredor viable desde la Montaña de la Mesa es una estrecha franja alrededor de False Bay, pero también es un lugar potencial para el desarrollo residencial.

"Queremos mantener esos corredores y esos cinturones verdes, pero también tenemos que hacer concesiones para permitir que las comunidades [se desarrollen]", dice Oelofse. Es parte de la lucha constante por "encontrar un buen equilibrio" entre las personas y la fauna.

Para los pocos caracales que llegan a la península desde fuera de la ciudad, reclamar un área de distribución y luego reproducirse será "super difícil" entre los individuos ya establecidos, dice Serieys.

Los caracales de Ciudad del Cabo, dice, "todavía tienen muchos retos por delante".

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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