Las difíciles decisiones de los indígenas para salvar al caribú

En Canadá, están recuperando la población del reno norteamericano, pero el plan de rescate no está exento de polémica

Publicado 11 abr 2022, 11:54 CEST
Esta hembra de caribú fue la primera en 2022 en ser capturada y reubicada en un ...

Esta hembra de caribú fue la primera en 2022 en ser capturada y reubicada en un corral de maternidad en lo alto de las Montañas Rocosas, en la Columbia Británica. El gran corral, enclavado en el bosque, ofrece a las madres embarazadas un espacio protegido para dar a luz y criar a sus recién nacidos. Una vez que son lo suficientemente fuertes, la madre y las crías son devueltas a la naturaleza.

Fotografía de Ryan Dickie

En el este de la Columbia Británica, en Canadá, antes había tantos caribúes que era imposible poder contarlos.

"Nuestros ancianos decían que solían ser tan abundantes como los insectos", dijo Roland Willson, jefe de las Primeras Naciones de West Moberly, uno de los muchos grupos indígenas que dependían del caribú para sobrevivir. "Siempre estaban cerca".

Hoy en día, los caribús (también conocidos como renos del bosque) están tan mermados que algunas manadas se pueden contar con los dedos de las dos manos. En la escarpada tierra de West Moberly, no muy lejos de la frontera con Alberta, su abundancia disminuyó lentamente durante el siglo pasado, a medida que los colonos se trasladaban al oeste y sus proyectos de tala, minería y construcción de presas destruían los antiguos bosques y remodelaban el paisaje. Cuando nació el jefe Willson, en 1966, la época de los rebaños enormes ya había desaparecido. Cuando fue elegido jefe, en el año 2000, el caribú fue catalogado como especie amenazada en su región por el Gobierno Federal.

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Ubicación del grupo indígena West Moberly First Nations

Fotografía de NAtional Geographic

"Mis primeros recuerdos del caribú son que me dijeron que ya no lo cazamos porque hay muy pocos", dijo Willson. "En realidad nunca he cazado un caribú".

El panorama es sombrío para el caribú en toda Norteamérica, con rebaños que disminuyen desde la Alaska ártica y las tierras áridas de los Territorios del Noroeste hasta los bosques de Quebec y las montañas de la Columbia Británica. Para una especie de presa importante que ha vagado por el continente durante milenios, proporcionando alimento a millones de otras criaturas, así como alimento cultural y espiritual para cientos de grupos indígenas, su disminución es un desastre que se produce lentamente. Los científicos no lo entienden del todo. Los gobiernos parecen incapaces (y sin voluntad) de abordar el problema.

Así que Willson y su pueblo, junto con sus vecinos de las Primeras Naciones de Salteau, tomaron cartas en el asunto. Empezaron a proteger a las caribús preñadas, a restaurar el hábitat crítico y a cazar lobos. Ahora están a la vanguardia de la conservación del caribú.

En marzo, West Moberly, Salteau y sus colaboradores de las universidades de Columbia Británica, Alberta y Montana, dieron a conocer los resultados de un programa de nueve años destinado a salvar la manada Klinse-Za. Los Klinse-Za son caribúes de montaña del sur, una subespecie que antaño estaba ampliamente distribuida por los antiguos bosques del centro-sur de la Columbia Británica. A diferencia de sus primos del Ártico, los caribúes de montaña no realizan migraciones de gran envergadura ni se reúnen en manadas de decenas de miles de ejemplares. Al menos ya no.

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Cuando el proyecto comenzó en 2013, solo quedaban 38 caribús de Klinse-Za. Hoy, gracias a los esfuerzos de West Moberly y Saulteau, la manada se ha triplicado hasta alcanzar los 114 ejemplares, una hazaña que no se ha conseguido en ningún otro lugar.

Se trata de un asombroso regreso desde el borde de la extirpación, o extinción local, dijo Clayton Lamb, investigador de las universidades de Columbia Británica y Montana, que fue autor principal de uno de los trabajos publicados recientemente.

"Un aumento notable. Sin precedentes", dijo. "Con las personas y las técnicas adecuadas, hemos demostrado que es posible recuperar estos animales".

Lamb explicó que, antes de que se iniciara el proyecto, el Klinse-Za había sido mermado hasta casi desaparecer por una combinación de fuerzas, como el desarrollo humano, la fragmentación del hábitat y el aumento de depredadores como los lobos y los osos pardos. Trabajando con científicos y consultores privados (y aprovechando sus propios conocimientos tradicionales sobre el caribú y la tierra), West Moberly y Saulteau supervisaron un plan para abordar estos problemas de la forma más integral posible.

Un grupo de tres caribúes de la manada de Klinse-Za pastan en busca de líquenes en la región alpina superior de su hábitat, cerca del sitio del corral de maternidad. Cuando el proyecto comenzó en 2013, solo quedaban 38 caribús de Klinse-Za. Hoy, la manada se ha triplicado hasta alcanzar los 114 animales, una hazaña que no se ha conseguido en ningún otro lugar.

Fotografía de Ryan Dickie

Lamb dijo que el plan pretendía aumentar las tasas de supervivencia de las crías a corto plazo, al tiempo que se trabajaba para restaurar el hábitat a largo plazo.

Pero antes de que todo eso pudiera ocurrir, el jefe Willson dijo: "Teníamos que matar a los lobos".

En algunos lugares, los lobos son respetados, incluso protegidos por la ley. Esto no quita para que la reducción de depredadores, también conocida como sacrificio, sea una técnica común (y controvertida) que se ha utilizado en Estados Unidos y Canadá. En la Columbia Británica, el sacrificio de lobos ha sido ampliamente utilizado como medida para salvar al caribú, tanto por el gobierno provincial como por las Primeras Naciones que gestionan sus tierras ancestrales.

Según Lamb, las investigaciones sobre la manada de Klinse-Za demostraron que las crías eran las más propensas a morir por depredación. Eran especialmente vulnerables en las semanas posteriores a su nacimiento. Esto, combinado con el número peligrosamente bajo de la manada, agravaba el problema: si muy pocas crías sobrevivían hasta la edad reproductiva, la manada nunca se recuperaría.

Los lobos no son los únicos depredadores que se llevan a las crías de caribú: los osos, los glotones (Gulo gulo) y, más recientemente, los pumas, también se las comen. Lamb aseguró que cuando comenzó el programa del caribú, el número de lobos era mucho mayor que en el pasado. Este aumento estaba relacionado con la actividad humana, especialmente la tala de árboles, explicó Lamb, que fracturó los bosques antiguos que favorecen al caribú, permitiendo que otras especies de presa se trasladaran.

"Las talas crean un mejor hábitat para los alces y los ciervos, que atraen a los lobos. Y las carreteras de la tala son las que utilizan los depredadores para acceder a estas zonas".

Antes de la llegada de los colonos europeos, cuando West Moberly y Saulteau vivían de la caza y la recolección, había menos alces y ciervos de cola blanca. Los caribúes eran más numerosos y coexistían con los lobos en relativo equilibrio. Pero la explosión de alces y ciervos en los paisajes alterados por el hombre en los tiempos modernos ha ofrecido a los lobos un menú más amplio. Más comida significa más lobos. Y el caribú, según el jefe Willson, es su objetivo más fácil.

"No queríamos sacrificar a los lobos", dijo Willson. "Pero la población de lobos estaba desequilibrada. Había demasiados. Entendimos que teníamos que disminuir la población de lobos para proteger al caribú".

Tras el año inaugural del programa del caribú, West Moberly y Saulteau iniciaron la segunda fase de su proyecto: la construcción de un corral para las vacas caribú.

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Starr Gauthier y Jordan Garbitt, de las Primeras Naciones de Saulteau, esperan a que un caribú sedado se despierte tras ser transportado al corral de maternidad de Klinse-Za. Las investigaciones sobre la mermada manada de Klinse-Za han demostrado que las crías recién nacidas tenían más probabilidades de morir por depredación. Si muy pocas crías sobrevivían hasta la edad reproductiva, la manada nunca se recuperaría.

Fotografía de Ryan Dickie

El "encierro maternal" es la práctica de capturar caribúes preñadas y transportarlas a un espacio donde están protegidas de los depredadores. Esto les permite librarse del estrés de los depredadores, al tiempo que les ofrece un lugar para dar a luz de forma segura y criar a sus recién nacidos. Una vez que las crías tienen las piernas bajo control, son liberadas con sus madres de vuelta a la naturaleza.

Scott McNay, director del programa de caribúes, dice que cuando empezaron a trabajar, los encierros maternales no tenían un buen historial: se habían probado unas cuantas veces con poco éxito.

"Lo hicimos porque pensamos que no había otro método que funcionara con el número de caribús que teníamos", dijo McNay. En otras palabras, para una manada al borde del desastre, el encierro era la única opción.

McNay y su mujer, Line Giguere, con la ayuda de West Moberly y Saulteau, eligieron un corral en lo alto de las montañas. En primer lugar, construyeron una valla perimetral envolviendo los árboles con tela negra de jardinería, lo que proporcionó al caribú un recinto lo suficientemente grande como para que pudiera buscar su alimento natural. A continuación, el equipo colocó una valla eléctrica fuera de la tela para mantener alejados a los depredadores. Por último, a finales del invierno, introdujeron los caribús.

Las hembras de Klinse-Za fueron capturadas con cañones de red disparados desde un helicóptero. A continuación, los animales fueron transportados al corral en grandes bolsas especialmente diseñadas para mantener a salvo a los animales de patas largas y con una intrincada cornamenta (tanto los caribús machos como las hembras tienen cuernos).

Una vez dentro del corral, los caribús fueron vigilados las 24 horas del día por miembros de las naciones West Moberly y Saulteau. Las futuras madres podían pastar y su dieta se complementaba con pellets comerciales y líquenes recogidos a mano por los West Moberly. En junio, unas semanas después de haber dado a luz, las madres y los terneros fueron liberados.

Este proceso, que se repite cada año, ha demostrado ser muy exitoso.

"Una cosa que me ha sorprendido es la tasa de aumento", dijo McNay. "Hemos tenido una tasa del 14% desde que empezamos. Es el efecto del encierro".

Con el buen funcionamiento del corral materno y las operaciones de sacrificio de lobos, las naciones también empezaron a discutir la conservación del hábitat del caribú, crucial para la salud de la manada a largo plazo. En 2020, firmaron un acuerdo con el Gobierno Provincial y  Gobierno Federal para proteger casi 7800 kilómetros cuadrados de montañas, bosques, arroyos y terrenos alterados, zonas que han sufrido el impacto de la actividad humana.

McNay dijo que las obras de restauración dentro de la zona protegida ya habían comenzado. Incluyen la reforestación, así como la "desestructuración" de lo que se denomina elementos lineales: caminos de tala, senderos y otras vías cortadas durante la exploración de petróleo y gas. Estos elementos dividen el área de distribución del caribú y crean rutas para los humanos y los depredadores. Eliminarlas, al menos en la medida de lo posible, explica McNay, reducirá el estrés del Klinse-Za.

La veterinaria provincial de fauna salvaje Caeley Thacker y los miembros del equipo de captura vigilan a una caribú sedada, en el corral de maternidad de Klinse-Za. Los caribúes se capturan con cañones de red disparados desde helicópteros.

Fotografía de Ryan Dickie

"La restauración del hábitat es, con mucho, lo más importante que podemos hacer", dijo. "No vamos a continuar con la eliminación de lobos y el encierro materno para siempre. Son medidas temporales. Así que todo se reduce a la extensión que podamos restaurar".

Según el jefe Willson, Lamb y McNay, el éxito del proyecto habla por sí solo: los Klinse-Za se han salvado de lo que era una extinción local casi segura. Lamb y McNay también señalan que el trabajo de sus equipos demuestra que la reducción de lobos y los corrales maternales pueden ser técnicas eficaces a corto plazo para salvar a las pequeñas manadas que penden de un hilo.

Con el tiempo, West Moberly y Saulteau esperan recuperar los Klinse-Za hasta el punto de que los cazadores autóctonos puedan volver a capturarlos. Sólo para West Moberly, que cuenta con unas 350 personas, esto requeriría probablemente que la manada alcanzara algo más de 3000 animales. Willson dice que no espera ver esas cifras en lo que le queda de vida. Pero tiene la esperanza de que sus nietos sí lo hagan.

"Toda la comunidad está orgullosa de esto", dijo. "Es algo que hay que celebrar. Al salvar al caribú, nos estamos salvando a nosotros mismos".

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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