El cambio climático complica las perspectivas futuras de paz en Afganistán

Los expertos sostienen que el calentamiento recrudecerá los desastres naturales, los desplazamientos masivos, el matrimonio infantil y los conflictos.

Por Sophia Jones
fotografías de Solmaz Daryani
Publicado 4 feb 2020, 13:54 CET
Shahrak-e-Sabz
Las tiendas y los refugios improvisados salpican el extenso campamento de Shahrak-e-Sabz para desplazados internos. El campamento se encuentra a las afueras de Herat, la tercera ciudad más grande de Afganistán. Aquí, muchas familias sobreviven con una sola comida al día.
Fotografía de Solmaz Daryani, National Geographic
Reportaje producido en colaboración con National Geographic y el Fuller Project, con financiación de la National Geographic Society.

Conforme los meses secos se convertían en años secos, Fatemeh observaba cómo se marchitaban sus cultivos y cómo su ganado moría de sed en la provincia noroccidental de Badghís, en Afganistán. El hambre se convirtió en desesperación. Hace 18 meses, su familia agrícola pidió un préstamo a un hombre rico para poder sobrevivir a la peor sequía que ha asediado Afganistán en décadas. Él accedió y les dio ovejas, arroz y harina por valor de 1130 euros.

Con el regreso de las lluvias en primavera, el hombre volvió para demandar la devolución del préstamo. Pero no habían tenido una cosecha provechosa. «Dadme a vuestra hija», dijo él. Quería a Fariba, una niña tímida de cuatro años, como esposa para su hijo.

«Se habría muerto de pena», cuenta Fatemeh mientras contempla a Fariba, cuyos grandes ojos castaños está delineados con kohl.

Fariba, de cinco años, está en el regazo de su madre, Fatemeh, en la tienda de su familia a las afueras de Herat. Huyeron de la guerra y la sequía en Badghís después de que un hombre a quien debían dinero exigiera que Fariba se casara con su hijo. «Si pudiera devolverle el dinero a ese hombre, mi hija se quedaría a mi lado», cuenta Fatemeh.
Fotografía de Solmaz Daryani, National Geographic

Así que huyeron para salvar a Fariba, para buscar tierras que sobrevivieran a la próxima sequía y para alejarse de los bombardeos afganos respaldados por Estados Unidos contra los talibanes de las aldeas cercanas. Tres días y tres noches después, encontraron refugio en un campo improvisado para personas desplazadas a las afueras de la tercera ciudad más grande de Afganistán, Herat.

En los 18 años transcurridos desde que Estados Unidos puso en marcha la Operación Enduring Freedom e invadió Afganistán, la lucha contra el terrorismo ha sido el tema principal de las conversaciones internacionales sobre el país de Asia meridional. Esto ha influido en el gasto de miles de millones de dólares en guerras e iniciativas de reconstrucción en un conflicto implacable que se ha cobrado cientos de miles de vidas. Mientras tanto, se está gestando una lucha que podría ser aún más grande.

Afganistán es uno de los países más vulnerables del mundo al cambio climático y uno de los que están peor preparados para gestionar lo que está por venir. Los expertos sostienen que la sequía, las inundaciones, las avalanchas, los deslizamientos de tierra, los fenómenos meteorológicos extremos, los desplazamientos masivos, los conflictos y el matrimonio infantil —problemas que ya atormentan Afganistán— empeorarán.

En Afganistán se ha prestado relativamente poca atención al cambio climático. En el país, la mayoría de los afganos son agricultores u obtienen ingresos de la agricultura y, según estimaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el 80 por ciento de los conflictos son por las tierras, el agua y los recursos. Además, los críticos sostienen que la ayuda destinada a que los afganos hagan frente a los efectos de la sequía y otras dificultades relacionadas con el cambio climático suele llegar a corto plazo o no tiene en cuenta las necesidades reales de los afganos.

La sequía extrema de Afganistán de 2018 ya ha terminado, por ahora. Pero Fatemeh es una entre los 13,5 millones de afganos que siguen en una situación de inseguridad alimentaria. Un tercio de los afganos han migrado o se han visto desplazados desde 2012, según la Organización Internacional para las Migraciones. Las proyecciones crean un panorama de un Afganistán aún más cálido y con recursos más escasos.

Según el PNUMA y la Agencia de Protección Medioambiental de Afganistán, si no se toman medidas para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero, las temperaturas podrían aumentar 2,7 grados Celsius para 2100. Aunque se prevé que los niveles de precipitaciones de Afganistán permanecerán relativamente estables hasta finales del siglo XXI, el aumento de las temperaturas podría provocar más evaporación y poner en peligro los recursos hídricos necesarios para vivir.

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    Una mujer camina por campos de trigo y patatas en la provincia central de Bamiyán, Afganistán. Trabaja la tierra con su marido, esparciendo semillas.
    Fotografía de Solmaz Daryani, National Geographic

    Esto podría suponer una sentencia de muerte en lugares como Badghís, donde Fatemeh y su familia excavaron agujeros en el suelo para recoger agua de lluvia y nieve derretida para sobrevivir antes de acabar huyendo.

    «Sin tierra. Sin agua. Sin vida», afirma Gul Dasta, la hermana de Fatemeh. Bajo su vestido verde esmeralda hecho a mano que cuelga de su delgadísimo cuerpo, un bebé recién nacido intenta en vano alimentarse de su pecho marchito.

    Demasiado o demasiado poco

    A unos 724 kilómetros al este de Herat, en la provincia nororiental de Panjshir, las comunidades locales también están a merced de los elementos. Aquí, las aguas turquesas del río Panjshir serpentean por un valle exuberante valle ubicado entre montañas imponentes.

    En julio de 2018, un glaciar de montaña se derritió demasiado rápido e hizo que reventara una presa natural que rodeaba un lago glaciar. Miles de toneladas de agua se precipitaron por la montaña y provocaron un deslizamiento de tierras que destruyó colegios, cientos de casas y campos donde se cultivaban judías, patatas, olivos y trigo.

    Los pastores de la montaña intentaron alertar a sus seres queridos, pero para al menos 10 personas, entre ellos Bib Mazari, de 65 años, fue demasiado tarde. «El agua arrastró su cuerpo», contó su hermano, Niaz Mohamed.

    El deshielo de los glaciares en primavera y verano mantiene con vida a comunidades enteras gracias con su agua dulce y fresca. Pero un deshielo rápido y excesivo resulta mortal y aumenta el riesgo de inundaciones en primavera y de sequías en verano.

    Seyed Jalil, un agricultor de 45 años, frente a su huerto inundado en la provincia nororiental de Panjshir, donde el desbordamiento de lago glacial reventó una presa en julio de 2018. Miles de toneladas de agua se precipitaron montaña abajo y provocaron un deslizamiento de tierras que mató a sus vecinos, destruyó colegios, cientos de casas y los campos donde se cultivaban trigo, judías, patatas y olivos.
    Fotografía de Solmaz Daryani, National Geographic

    Según el Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de Montañas, se prevé que los volúmenes de los glaciares de la región del Hindú Kush y el Himalaya descenderán hasta un 90 por ciento para 2100.

    El gobierno afgano, asediado y con problemas de liquidez, está instalando estaciones en la montaña para alertar a la gente de los desastres. Pero los lugareños, que afirman que la ayuda del gobierno ha sido inadecuada, no van a hacerse ilusiones. Tras la inundación repentina de 2018, que se llevó por delante tierras agrícolas fértiles, muchos aldeanos abandonaron Panjshir para siempre. No son los únicos que han dejado su forma de vida tradicional para sobrevivir, como Fatemeh y su familia.

    En todo el país, hombres como el marido de Gul Dasta se han despedido de sus seres queridos y han partido a Irán en busca de trabajo, dejando a sus mujeres a cargo de los hogares en una sociedad tradicionalmente patriarcal. Las familias se están mudando a campos de desplazados y ciudades urbanas como la capital, Kabul, una de las ciudades que crece más rápidamente en el mundo. Rezan por que allí la vida sea más fácil.

    Hasta en Kabul, la ciudad afgana más desarrollada y que alberga cientos de embajadas y bases militares, muchos residentes urbanos libran su propia batalla por sobrevivir. La población de Kabul se ha disparado en las últimas décadas, lo que ha supuesto una gran carga para los recursos, como el agua. Pese a la abundancia de montañas nevadas y ríos caudalosos de Afganistán, el agua potable es un lujo para muchos afganos, sobre todo por la guerra, la mala gestión del agua y la corrupción.

    El sistema de distribución hídrica de Kabul proporciona agua a menos de un 20 por ciento de la población de la ciudad. Como la mayor parte del agua subterránea no es potable, los residentes de Kabul excavan pozos ilegales o compran las caras botellas de plástico que obstruyen cursos de agua y supura por las alcantarillas. Un proyecto de 82 millones de dólares respaldado por USAID pretende expandir la infraestructura hídrica de Kabul y se prevé que se finalizará para 2021. Pero en el pasado, este tipo de proyectos han sido objeto de críticas por incumplir sus objetivos.

    Abdol Zaher, de 55 años, posa para una fotografía. Es un líder religioso de la provincia central afgana de Bamiyán. Parte de su papel consiste en negociar las disputas del pueblo. Según él, las más habituales son por las tierras.
    Fotografía de Solmaz Daryani, National Geographic
    Arefe, de 17 años, posa en su casa en Bamiyán, Afganistán. Cuando llegó la sequía, su padre, que cultiva patatas, no pudo permitirse que siguiera yendo a la escuela. «Quería ser médica e ir a Australia», cuenta Arefe. Aunque es improbable que pueda volver al colegio, Arefe no ha perdido la esperanza. «No me he dado por vencida», cuenta. Cuando no ayuda en el campo, juega al fútbol con otras chicas.
    Fotografía de Solmaz Daryani, National Geographic
    Rahmatullah está en el umbral de su casa de barro de una sola habitación en un asentamiento improvisado para desplazados en la capital afgana, Kabul. Las crecidas repentinas arrasaron sus campos de patatas, trigo y amapolas en su aldea de Helmand, controlada por los talibanes. Al final, se marchó para intentar llevar una vida mejor en Kabul. «A los talibanes no les costó mucho controlar nuestra aldea durante las inundaciones».
    Fotografía de Solmaz Daryani, National Geographic

    Según Faez Azizi, asesor de recursos hídricos e hidrología del Ministerio de Energía y Agua, actualmente Afganistán no puede almacenar ni usar la mayor parte de su agua. La mayoría del agua desemboca en países vecinos.

    «La gente necesita agua. Afganistán necesita construir presas. Y para ello se necesita una inversión enorme», afirma Azizi.

    Pero los proyectos de presas a gran escala son polémicos y complejos. USAID y otras agencias de desarrollo gubernamentales han tenido dificultades para apoyar proyectos de construcción de presas. Además, dichas iniciativas presentan riesgos diplomáticos y de seguridad tanto en Afganistán como en países vecinos, como Irán.

    Para las comunidades rurales de Afganistán, las pequeñas presas suponen recursos vitales para producir electricidad, regar los campos y canalizar el agua para beber.

    En mayo, un pueblecito agrícola flanqueado por el Hindú Kush en la provincia central de Bamiyán —famosa por sus enormes budas de piedra destruidos por los talibanes en 2001— quedó sumida en la oscuridad cuando las riadas arrasaron una presa y los tendidos eléctricos que alimentaba.

    La sequía puso en marcha una serie de fenómenos devastadores. Niñas y mujeres, tradicionalmente las responsables de recoger agua, cocinar y ocuparse de las cosechas, se vieron obligadas a recorrer distancias más largas durante la sequía. En un colegio para niñas de Bamiyán, las familias sacaron a una quinta parte de las alumnas —cientos de niñas— de la escuela durante la sequía, según el director Abdul Qayoon Afshar.

    Aunque llovió, el agua no proporcionó alivio. El suelo reseco no podía absorber agua con facilidad. La deforestación de la ladera de la montaña creó una superficie lisa por la que podía precipitarse fácilmente el agua, que se llevó por delante la presa, el molino comunitario y los campos con cultivos recién plantados.

    Las niñas afganas esperan a que empiecen las clases en un colegio para niñas de la provincia de Bamiyán. Las familias sacaron a una quinta parte de las alumnas —cientos de niñas— durante la sequía, según el director Abdul Qayoon Afshar.
    Fotografía de Solmaz Daryani, National Geographic

    «Nos resulta más difícil», cuenta Abdul Ghafur, de 41 años, que sacó a su hijo mayor del colegio para que lo ayudara a replantar. Sumergido hasta los tobillos en el lodo y con una azada ensuciada de tierra, suspiró, contemplando los campos inundados y marchitos de cultivos destrozados que su familia había plantado hacía días. «Y a mis hijos les resultará aún más difícil».

    Abdul Ghafur está contando los días hasta tener que abandonar Bamiyán en busca de trabajo, como sus vecinos.

    Inseguridad alimentaria

    Un colchón geográfico montañoso protege Bamiyán —relativamente— de los poderosos grupos de militantes. Pero en otras provincias, como Badghís, donde vive Fatemeh, la sequía y los desastres naturales podrían avivar la insurgencia y el reclutamiento militar.

    «[A los talibanes] no les costó mucho capturar la zona», cuenta Kamar Gul, de 40 años, que abandonó Badghís hace dos décadas durante una sequía pasada y que aún tiene familia en la provincia. «Todos tenían hambre».

    Dos hermanos intentan en vano salvar sus campos de patatas y trigo llenos de lodo. Las crecidas en la provincia de Bamiyán se los llevaron por delante.
    Fotografía de Solmaz Daryani, National Geographic

    En Badghís, que depende por completo de las precipitaciones para la agricultura y el agua potable, la inseguridad alimentaria sigue en un nivel crítico. En 2017, casi el 60 por ciento de los afganos se ganaba la vida con la agricultura, pero casi la mitad sufría una grave inseguridad alimentaria. Solo un país, el asediado Yemen, tiene más inseguridad alimentaria que Afganistán.

    «Cada día, sueño que mis hijos se mueren de hambre», cuenta Fatemeh, que cuenta que los miembros de su familia se unieron a los talibanes durante la sequía. Se ha investigado relativamente poco la influencia que tienen los efectos del cambio climático y la desesperación que provocan en las perspectivas de lograr la paz.

    «El cambio climático empeora la situación», cuenta Jeremy Pal, profesor de Ingeniería Civil y Ciencias Ambientales en la Universidad Loyola Marymount. La cantidad de terreno arable es limitado y cabe «la posibilidad de que haya más refugiados y desplazados».

    En los últimos años, el descenso de la nieve en invierno ha facilitado que los talibanes guerreen fuera de su temporada de combate tradicional. Por su parte, más civiles afganos han resultado heridos o han muerto en el último año que en cualquier otro año desde 2009, principalmente por los ataques de los aliados dirigidos por Estados Unidos y Afganistán, así como por los ataques de los militantes que combaten.

    Beigom recoge verduras en un campo frente a los barrancos de arenisca donde solían estar los budas de Bamiyán antes de que los talibanes los destrozaran en 2001. El año pasado, Beigom y sus hijos perdieron su cosecha debido a la sequía.
    Fotografía de Solmaz Daryani, National Geographic

    Aunque desde 2001 Estados Unidos ha gastado casi 744 900 millones de dólares en esta guerra, además de los millones que ha gastado la comunidad internacional, la mayor parte de ese dinero se ha destinado a iniciativas de seguridad tradicionales: formar a los soldados afganos, bombardear y apoyar a los miles de soldados extranjeros. El 16 por ciento del presupuesto de Estados Unidos en Afganistán se ha destinado a la reconstrucción, y la mayoría financia la seguridad, la lucha antinarcóticos y los proyectos de gestión pública. Solo una pequeña fracción de los fondos han apoyado iniciativas que ayudan a los afganos a adaptarse al cambio climático, responder a los desastres naturales y potenciar la resiliencia.

    «El sistema de desarrollo está roto», señala Anthony Neal, analista de políticas humanitarias que trabajó como director de defensa en la respuesta a la sequía del Consejo de Refugiados Noruego, que ayuda a gestionar campos para desplazados internos, como Fatemeh. «Los donantes no se adaptan y por consiguiente dependemos de la financiación a corto plazo y las respuestas en casos de emergencia para abordar problemas de desarrollo y a largo plazo».

    Combatiendo el cambio climático

    En los últimos años han surgido iniciativas para combatir el cambio climático en Afganistán, aunque están limitadas e inhibidas por la inseguridad, la corrupción y la falta de una financiación constante. Algunas cuentan con el apoyo de Estados Unidos y la comunidad internacional. Se han construido invernaderos para mujeres agricultoras. Las comunidades han recibido financiación y formación para cultivar productos como el azafrán en lugar de las amapolas resistentes a la sequía, que han impulsado durante años el tráfico de heroína en Afganistán.

    Se han desarrollado sistemas de alerta temprana para prevenir a las comunidades de desastres naturales inminentes. Se han excavado pozos y se han instalado sistemas hídricos en áreas remotas. También ha aumentado la concienciación sobre el cambio climático y el peligro que representa para la seguridad nacional.

    A unos 725 kilómetros al este de Herat, en la provincia nororiental de Panjshir, las comunidades locales también están a merced de los elementos. Aquí, las aguas turquesas del río Panjshir serpentean por un valle exuberante ubicado entre montañas imponentes. En 2018, reventó una presa glacial que inundó las tierras de cultivo y mató a al menos 10 personas.
    Fotografía de Solmaz Daryani, National Geographic

    En septiembre, pese a los ataques terroristas que ocurrían casi a diario en la capital y en el resto del país, decenas de afganos jóvenes —muchos de ellos mujeres— salieron a las calles de Kabul para exigir que se preste atención al cambio climático. Los manifestantes, protegidos por las fuerzas de seguridad afganas armadas con rifles Kalashnikov, llevaron pancartas y mascarillas para protegerse del aire contaminado, lleno del humo de los tubos de escape de los vehículos de la época soviética y los hornillos que utilizan carbón. «No lo nieguen, el planeta se muere», rezaba la pancarta de un joven.

    Aunque hay iniciativas por todo Afganistán que pretenden favorecer la resiliencia y la adaptación al cambio climático, no pueden revertir ni ralentizar los efectos del cambio climático porque los afganos no son los causantes principales del cambio climático en su país. Esa carga corresponde a Estados Unidos, China y la India, que son responsables de la mitad de las emisiones de CO2 del mundo. En los últimos años, Estados Unidos ha relajado las normativas de emisiones y ha recortado los fondos destinados a programas de desarrollo en Afganistán y en otros países.

    Estos cambios han coincidido con las polémicas negociaciones de paz con los talibanes, que exigen la retirada de las tropas extranjeras de Afganistán junto con otras demandas que han dejado a muchos afganos preocupados por el futuro de la ayuda internacional.

    Los agricultores cosechan fanegas doradas de trigo a las afueras de Herat. La sequía extrema de Afganistán de 2018 ya ha terminado, por ahora. Pero se prevé que el aumento de las temperaturas y la disminución de los recursos en el país agrave la situación de los casi 13,5 millones de afganos que sufren una inseguridad alimentaria grave.
    Fotografía de Solmaz Daryani, National Geographic

    En Herat, los campos donde viven Fatemeh y miles de personas más han perdido la mayor parte de los fondos de emergencia en los últimos meses. Eso quiere decir que no habrá más distribución de agua y comida ni programas de educación, lo que ha provocado un aumento de las tasas de matrimonio infantil y de mendicidad. Los donantes sostienen que la situación ya no es una «emergencia» porque la sequía ha terminado y la gente, en teoría, podría volver a su casa.

    No muy lejos, otro campo lleno de afganos que han huido de las sequías y de conflictos previos se ha convertido en un poblado permanente y empobrecido. Ellos, al igual que Fatemeh, no tienen pensado volver a casa.

    Fatemeh, sentada en la tienda de su familia, cuyas paredes se estremecen ante las ráfagas de viento cálido y arenoso, piensa en su infancia en Badghís, cuando vagaba por los campos dorados de trigo que le llegaban hasta la rodilla. Allí, reía y jugaba con sus amigos mientras el ganado pastaba.

    «Éramos libres», cuenta Fatemeh mientras sostiene la manita de su hija, Fariba. «Quería que mi hija tuviera esa misma sensación».

    Si la situación no cambia drásticamente —y pronto—, Fariba crecerá en un páramo salpicado de tiendas de plástico junto al lecho de un río agrietado y reseco. Cuando empiece a menstruar, pagará la deuda de su familia casándose con el hijo del hombre que le prestó dinero a su familia. Quizá hayan sobrevivido a la sequía, pero al precio de la libertad de Fariba.

    Sophia Jones es la editora del Fuller Project, una organización periodística sin ánimo de lucro que documenta los temas que afectan a las mujeres de todo el mundo. Solmaz Daryani es una fotógrafa documental. Khwaga Ghani ha contribuido al reportaje.
    Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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