Coronavirus: una comparativa de las respuestas de diferentes países

National Geographic examina las lecciones obtenidas de las respuestas nacionales a la pandemia de the COVID-19.

Monday, June 1, 2020,
Por Nsikan Akpan
Alexanderplatz, una plaza pública en el centro de Berlín, está prácticamente desierta el jueves, 21 de ...

Alexanderplatz, una plaza pública en el centro de Berlín, está prácticamente desierta el jueves, 21 de abril de 2020 durante la pandemia de coronavirus.

Fotografía de EMILE DUCKE, THE NEW YORK TIMES VIA REDUX

«La neumonía inexplicable de Wuhan». Han pasado cuatro meses desde que apareció esta frase en el popular servicio de alertas sanitarias ProMED-mail, la primera advertencia pública de que el nuevo coronavirus había comenzado su masacre. Desde entonces, la COVID-19 ha matado a cientos de miles de personas en seis continentes y provocado una crisis económica global que podría competir con las peores recesiones de la historia moderna.

A la hora de gestionar la propagación de esta enfermedad, algunos países, estados y ciudades se han visto menos afectados que otros. Los datos del Imperial College London y de otros grupos de investigación de todo el mundo muestran las drásticas diferencias en las medidas adoptadas por los países para reducir los índices de transmisión dentro de sus fronteras y qué medidas han sido las más eficaces en general.

Por ejemplo, comparemos Alemania y Suecia. Los dos países registraron sus primeros casos a finales de enero, con cuatro días de diferencia. Pese a ser países europeos acomodados con recursos sanitarios abundantes, Suecia tiene el triple de fallecidos per cápita que Alemania, según Our World in Data, mientras que Alemania está planificando su reapertura.

Nicholas Grassly, epidemiólogo de enfermedades infecciosas que trabaja en el Centro de Análisis de Brotes MRC del Imperial College London, señala que es probable que las acciones rápidas e integrales contribuyeran a estos resultados diferentes.

Alemania fue más rápida a la hora de desplegar su primera defensa contra los brotes: medidas de contención como los test, el rastreo de contagios y las restricciones fronterizas destinadas a detener por completo la transmisión de la enfermedad. Pero también puso en marcha las denominadas medidas de mitigación social unos días antes que Suecia y adoptó más rápidamente los cierres de los colegios, las prohibiciones de eventos públicos y las órdenes de confinamiento que pueden ralentizar una enfermedad cuando ya está propagándose. A 1 de mayo, Suecia aún no había impuesto un confinamiento total.

Mientras la Organización Mundial de la Salud vuelve a  convocar a su comité de emergencia tres meses después de declarar una crisis sanitaria internacional, National Geographic examina las lecciones sacadas de las respuestas nacionales a la pandemia de COVID-19.

¿Ha funcionado las restricciones de viajar?

Normalmente, la mejor arma en el arsenal de la contención es una vacuna, que detiene un virus antes de que pueda multiplicarse dentro de una persona. Mientras el mundo espera esta medicina preventiva, que quizá no esté lista hasta el año que viene, los países se han centrado en otras medidas, como realizar test, aislar a los enfermos y cerrar fronteras. Pero lo que han aprendido los científicos desde enero es que la COVID-19 ha vencido estas defensas antes de que las establecieran.

Estudios genéticos han revelado que el brote empezó al menos un mes antes de que los hospitales chinos emitieran su alerta internacional en Nochevieja y ahora sabemos que la COVID-19 puede contagiarse antes de que se presenten los síntomas o sin que aparezcan síntomas.

Cuando la OMS se reunió el 22 de enero para debatir si debían declarar la emergencia de salud pública y cancelar los viajes a China, solo había 82 casos y no se habían notificado muertes fuera del país asiático. Con todo, ya era demasiado tarde.

«Para cuando detectaron la punta del iceberg, por desgracia, ya había miles de infecciones en varias ciudades», señala Alessandro Vespignani, director del Network Science Institute en la Universidad Northeastern, Boston.

A principios de febrero, su instituto fue uno de los muchos que preveían que el coronavirus había salido de China antes del confinamiento de Wuhan el 23 de enero. Las investigaciones subsiguientes han respaldado esos modelos preliminares, ya que los datos publicados a finales de abril en la revista Nature demuestran que 11,5 millones de personas abandonaron Wuhan entre el 1 y el 24 de enero, principalmente por las migraciones del Año Nuevo Lunar. Las restricciones de viajar también fracasaron porque la mayoría de los países se centraron en ciudadanos extranjeros y los primeros casos registrados en varios países se han rastreado hasta ciudadanos que volvían a casa desde el extranjero.

«En cierto modo, las restricciones de viajar siempre persiguen un enemigo invisible», explica Vespignani. «Son una pieza importante en la ralentización del virus, pero por desgracia, con [una] enfermedad como la COVID, es muy difícil prevenir la propagación».

Tras su reunión inicial, la OMS tardó ocho días más en declarar la emergencia sanitaria internacional. En una reunión informativa del 1 de mayo, National Geographic preguntó si el comité se arrepentía de haber pospuesto la declaración.

«Nos enorgullece ser la OMS, porque siempre arriesgamos nuestras vidas para salvar vidas. El mundo tuvo tiempo suficiente para intervenir», respondió Tedros Adhanom Ghebreyesus, el director general, que citó cómo la organización usó los días intermedios para recopilar evidencias sobre el terreno en China.

Más que test

Para medir la respuesta de un país una vez la COVID-19 ha traspasado sus fronteras, los expertos suelen analizar la cantidad de test de diagnóstico realizados por persona. Los países más elogiados por controlar sus brotes (Corea del Sur, Alemania, Vietnam, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda) empezaron con altos índices de test per cápita. Las evidencias preliminares también indican que importa qué grupos reciben los test y con qué frecuencia.

«Descubrimos que los test eran más eficaces cuando se realizaban en grupos de alto riesgo, como los trabajadores sanitarios», afirma Grassly. Los trabajadores sanitarios representan hasta un 20 por ciento del total de casos en lugares muy afectados como España. Un reciente informe del Centro MRC estima que las revisiones semanales de los trabajadores sanitarios y de otros grupos de riesgo reducen un tercio sus tasas de transmisión.

Con todo, Grassly señala que los test no son la panacea, porque gran parte de la transmisión se produce antes de que los casos desarrollen síntomas, si es que no son asintomáticos. Por eso han aparecido tantas iniciativas nuevas para escalar el rastreo de contactos, ya sea contratando a soldados rasos o mediante el desarrollo de aplicaciones para smartphone. Para aplanar la curva, muchos países han usado el rastreo agresivo de contactos combinado con un gran número de test. Grassly explica que cuando encuentran a dichos contactos, los aíslan y les realizan pruebas continuas hasta que es seguro que salgan.

«En Corea del Sur han hecho mucho rastreo de contactos con aplicaciones para teléfonos móviles. Gran parte de la eficacia de ese programa está relacionado con la conformidad de usar la aplicación, que en algunos casos se impone legalmente», indica Grassly.

Sin embargo, las lecciones aprendidas en un país no son necesariamente aplicables a otro. Por ejemplo, Nueva Zelanda anunció a finales de abril que había eliminado el coronavirus, «pero quizá no tenga características que encajen en la ciudad de Nueva York o en muchas partes de Estados Unidos y Europa densamente pobladas», afirma Wafaa El-Sadr, epidemiólogo y director del ICAP de la Universidad de Columbia, una iniciativa para reforzar los sistemas sanitarios en países con pocos recursos.

Nueva Zelanda tiene 4,9 millones de habitantes, casi la mitad que Londres, extendidos en una superficie continental que es 170 veces más grande. Este país insular también es relativamente remoto y las cifras de turistas son inferiores a las de la vecina Australia, según el Banco Mundial. Nueva Zelanda simplemente no empezó con un brote importado de la escala que sufrieron otros países, entre ellos países con poblaciones similares. Asimismo, eliminar una enfermedad infecciosa no es lo mismo que erradicarla por completo desde una perspectiva de salud pública y Nueva Zelanda ya ha registrado casos nuevos desde la declaración.

«Nueva Zelanda y Alemania demuestran cómo puedes aplanar la curva y hacer que disminuya el número de casos nuevos de forma constante con el paso del tiempo», afirma El-Sadr. «Pero también tienes que ver qué ocurre después de relajar algunas de estas medidas de mitigación».

Siguiendo las normas

Los lugares con brotes tempranos de COVID-19 sufrieron tantas dificultades con los métodos de contención (como los test, el rastreo de contactos y las cuarentenas) que algunos países que se quedaron rezagados optaron por saltarse un paso y recurrir directamente a las medidas de mitigación social, como el distanciamiento, los cierres de colegios y las órdenes de trabajar desde casa.

«[Muchos países africanos] pasaron directamente a la mitigación», afirma El-Sadr, cuya organización lleva casi 20 años trabajando con países africanos. «Creían que la contención no funcionaría basándose en [lo que ocurrió] en Europa occidental y Estados Unidos».

Sin embargo, hasta la eficacia de estas medidas de mitigación social puede variar si la gente no reacciona a las órdenes y las directrices oficiales, un factor en el que pueden influir las normas culturales. En 2008, un equipo de investigadores pidió a más de 7000 personas de ocho países europeos que llevaran diarios de los contactos sociales que tenían a diario, como los besos, los apretones de mano y las conversaciones en persona. Basándose en estas encuestas, el equipo previó que era más probable que un virus respiratorio se propagara rápidamente en determinados países debido a las diferencias de interacción social.

«La cantidad media de contactos al día que podrían provocar la transmisión de una enfermedad era de 20 en Italia y de ocho en Alemania», explica Grassly, que añade que estos patrones parecen ser válidos en el caso de la COVID-19.

Gigantes tecnológicos como Google y Apple han empezado a compartir datos anónimos de smartphones para que los investigadores de salud pública puedan evaluar las respuestas públicas a las órdenes de mitigación. Hasta ahora, una tendencia sorprendente es que a la gente no parece importarles las declaraciones de emergencia.

Cuando el grupo de Vespignani en la Universidad Northeastern analizó los datos de movilidad de las principales ciudades de Estados Unidos, descubrieron que la mayoría de la gente seguía desplazándose hasta tras la declaración de emergencias municipales, estatales y nacionales por la COVID-19. Muchas ciudades registraron un descenso gradual y la movilidad disminuyó por debajo del 50 por ciento de lo normal después de que se declararan órdenes de confinamiento.

«Lo que hagamos como individuos, nuestro comportamiento, puede cambiar el patrón y la trayectoria de la epidemia», afirma Vespignani.

Los datos de movilidad también podrían revelar qué líderes tienen más éxito con sus mensajes y convencen a la gente de que cambie su comportamiento. La primera ministra neozelandesa Jacinda Arden ha sido alabada por hablar sin rodeos, específicamente por retransmisiones de Facebook Live regulares que ha celebrado desde finales de febrero. Cuando se impuso el confinamiento un mes después, la movilidad se desplomó, lo que sugiere un cumplimiento generalizado de la política gubernamental.

El-Sadr afirma que los mensajes con los que la población pueda identificarse serán fundamentales conforme los países sigan avanzando en esta pandemia. Si la vacuna lleva su tiempo y la inmunidad natural decae, gran parte del mundo podría sufrir varias olas del virus, en las que los casos suban y bajen. Esto significaría alternar entre periodos de contención y periodos de mitigación social.

«Lo que necesitamos son mensajes claros y coherentes», afirma El-Sadr. «En general, la gente ansía este tipo de cosas. Quieren claridad».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com el 1 de mayo de 2020.
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