Un enjambre de terremotos ha sacudido Islandia. ¿Habrá erupciones volcánicas a continuación?

Miles de seísmos en el sudoeste de Islandia podrían indicar el comienzo de un nuevo periodo de actividad geológica intensa que podría durar 100 años.

Publicado 8 mar. 2021 13:27 CET
Área Geotérmica de Seltún en la península de Reykjanes, Islandia

El Área Geotérmica de Seltún en la península de Reykjanes, Islandia. Un reciente enjambre de terremotos en la península de Reykjanes ha hecho que los geólogos se pregunten si ahora podrían producirse erupciones volcánicas.

Fotografía de Arterra Picture Library, Alamy Stock Photo

Durante los últimos 800 años, la pintoresca península de Reykjanes, en el sudoeste de Islandia, ha permanecido relativamente tranquila. Pero hace 15 meses, hubo un despertar. Lo que comenzó como una serie de murmullos dio paso a un crescendo dramático que culminó en más de 17 000 seísmos solo en la última semana.

Ahora, los científicos han observado que parte de la tierra está cambiando de forma y han detectado los susurros sísmicos del magma moviéndose hacia la superficie. Lo que todos se preguntan es: ¿habrá una erupción?

Hace unos días, la respuesta parecía un sí enfático. El supuesto más plausible consistía en espectaculares fuentes de lava y ríos de roca fundida que no pondrían en peligro ningún centro de población. Una erupción como esa tampoco amenazaría los aviones que surcan los cielos sobre la zona, que es lo que ocurrió durante la erupción del volcán Eyjafjallajökull en el 2010 en otra parte del país.

Pero ahora el sistema volcánico de Reykjanes está actuando de una forma sorprendente, hasta tal punto que es imposible determinar si habrá una erupción en los próximos días o semanas. «Las gente empezó a preguntarse qué estaba pasando», cuenta Dave McGarvie, vulcanólogo de la Universidad de Lancaster, en Inglaterra.

Los ciclos pasados de actividad volcánica en la región sugieren que esta turbulencia tectónica podría marcar el comienzo de una serie de erupciones que podrían persistir durante un siglo. Si sucede esto, la península de Reykjanes podría quedar bañada por el brillo de mil fuegos volcánicos que se encenderán, desaparecerán y reaparecerán de forma intermitente en la duración de una vida humana.

Para quienes no viven en Islandia, la incertidumbre puede resultar angustiosa, pero esta hiperactividad geológica es habitual para los islandeses. «Vives en un país que es muy activo y es algo que la gente tiene que afrontar», afirma Thorbjörg Ágústsdóttir, sismóloga de Iceland GeoSurvey.

Roca fundida bajo tierra

La península de Reykjanes, situada a 27 kilómetros al sudoeste de la capital, Reikiavik, es volcánica como el resto de la isla y se vigila estrechamente. El 3 de marzo, los sismógrafos detectaron señales acústicas vinculadas al movimiento del magma por la corteza cerca de Fagradalsfjall, una montaña con la cima plana, y el sistema volcánico Krýsuvík-Trölladyngja, una serie de fisuras que surcan el suelo. El suelo también se deformó, confirmando la migración de roca fundida.

Los vulcanólogos y las autoridades civiles empezaron a sospechar que había una erupción en camino. «Parece el tipo de agitación que cabría esperar en el período previo a la erupción», contó Kristín Jónsdóttir, de la Oficina Meteorológica de Islandia, a los medios locales ese mismo día. El magma que circula bajo la superficie sugería que podría ocurrir una erupción en cuestión de horas.

En los volcanes de otras partes del país, ese tipo de señales podrían anunciar el surgimiento de lava, señala McGarvie. Pero no pasó nada.

«Eso fue algo nuevo. No nos lo esperábamos», dice McGarvie. «Siempre hay sorpresas. No se puede predecir nada».

Cuando se escribió este artículo, los temblores que indicaban el movimiento del magma se habían calmado. Podrían reaparecer, pero quizá no vuelvan. «Tendremos que esperar», dice Bergrún Arna Óladóttir, vulcanóloga de la Oficina Meteorológica de Islandia. «Prepararnos para lo peor y esperar lo mejor».

Cuando hay una intrusión de magma, como en este caso, siempre es posible que se quede atrapado, se enfríe, se solidifique y simplemente se quede bajo tierra, explica Ágústsdóttir.

«En mi opinión, el supuesto más probable es que disminuya lentamente y pare», afirma Sigurjón Jónsson, geofísico de la Universidad de Ciencia y Tecnología Rey Abdalá en Arabia Saudí.

El problema es que todos los volcanes son idiosincrásicos. Varios volcanes pueden compartir los mismos precursores de las erupciones, pero eso no significa que todos lo hagan. La última gran erupción en la península de Reykjanes ocurrió hace ocho siglos, no mucho después de los primeros asentamientos en Islandia. Por aquel entonces, la ciencia de la vulcanología no existía y, sin registros de los datos sísmicos específicos de la región, nadie sabe exactamente qué harán los volcanes de esta parte de Islandia justo antes de entrar en erupción.

Pero analizar los detalles que sí conocemos sobre la historia geológica de la región podría revelar pistas sobre la reciente oleada de temblores y sugerir qué podría deparar el futuro.

Una península intranquila

Tras una serie de grandes erupciones entre los siglos X y XIII, la península de Reykjanes ha estado relativamente tranquila. Eso cambió a finales del 2019, cuando la península empezó a temblar de forma más frecuente y violenta. En febrero de este año, un seísmo de magnitud 5,7 sacudió la región y los temblores de esta semana fueron fuertes y rápidos.

«Es la secuencia de terremotos más intensa en esta zona en casi cien años», afirma Jónsson.

La clave de este caos tectónico es el hecho de que Islandia se encuentra en la parte norte de la dorsal mesoatlántica, una grieta en el fondo marino que atraviesa el planeta de arriba abajo. Aquí, la lava entra en erupción y se enfría, fabricando nueva corteza oceánica a ambos lados de la dorsal. Las placas tectónicas norteamericana y euroasiática se encuentran al oeste y al este de ella, respectivamente, y se alejan la una de la otra a casi la misma velocidad a la que crecen las uñas de las manos.

La mayor parte de la dorsal mesoatlántica está bajo el agua, pero la península de Reykjanes se sitúa en la parte septentrional de la dorsal, así que está separándose constantemente. Por motivos desconocidos, una vez cada 800 años más o menos la escisión aumenta de repente, causando un repunte considerable en los terremotos tectónicos, como ocurre ahora. Las antiguas coladas de lava estudiadas por los geólogos y los registros históricos de los primeros asentamientos en Islandia señalan que cuando hay un repunte de los seísmos, les sigue el magma.

«No se entiende por qué hay periodos turbulentos con muchos terremotos acompañados de movimiento de magma en la corteza. Pero ambos están entrelazados, claramente», afirma McGarvie.

Es posible que, a medida que la península se separa, cree nuevas vías para que el magma llegue a la superficie, pero los científicos no están seguros. Sin embargo, está claro que los tres episodios pasados siguieron este patrón de seísmos seguidos de erupciones, «y este parece ser el episodio más reciente», afirma McGarvie.

El comienzo de algo espectacular

Si la tormenta sísmica en la península provoca una erupción, será bastante diferente de algunos de los fenómenos más explosivos y expansivos que han sacudido otras partes de la isla.

Por ejemplo, la infame erupción del Eyjafjallajökull en el 2010 creó una columna enorme y constante de ceniza ardiente. El miedo a que el material volcánico vítreo entrara y dañara los motores de los aviones causó el cierre más prolongado del espacio aéreo europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Pero la roca fundida bajo la península de Reykjanes es un brebaje diferente, una receta líquida y no muy gaseosa similar a lo que sale ahora mismo del volcán Kīlauea de Hawái.

Este magma tiene dificultades para acumular presión suficiente a medida que sale hacia al superficie para crear grandes explosiones con mucha ceniza. La relativa ausencia de un manto de hielo también priva al magma de un combustible peligroso, el agua, que en pequeñas cantidades es evaporada de forma tan violenta por la roca fundida que desencadena explosiones que producen ceniza.

Tampoco hay señales de que una erupción en Reykjanes tuviera el mismo volumen de magma que las emanaciones prolíficas de la erupción del Laki entre 1783 y 1784. Ese fenómeno produjo suficiente lava para sepultar una ciudad del tamaño de Boston en 60 metros de roca fundida.

Un supuesto plausible es que la lava salga por una fisura o una serie de fisuras de la zona, señala McGarvie. La erupción podría durar unas semanas, produciendo fuentes de lava espectaculares que salgan disparadas hacia el cielo a medida que se acumulan pequeños conos a su alrededor y mientras las coladas de lava se adentran hacia terrenos más profundos. Dichas coladas no afectarían a ningún centro de población, pero podrían rebasar una carretera o derribar un par de líneas eléctricas.

El magma podría ascender hasta un acuífero o incluso a la turística Blue Lagoon, desencadenando actividad explosiva. Pero «ese se considera un supuesto muy improbable», afirma McGarvie y, pase lo que pase, las señales sísmicas permitirían que los científicos rastreen el movimiento del magma de antemano y adviertan a las personas para que se alejen.

También se teme que Grindavík, una localidad en la costa meridional de la península que ha sufrido las sacudidas del aluvión de terremotos, pueda correr peligro si emerge lava en sus inmediaciones, afirma Jónsson. Pero si se produce una erupción, con toda probabilidad, «las personas la disfrutarán, verán la colada de lava con las auroras boreales detrás», afirma McGarvie.

Y quizá esto sea el principio de algo mucho mayor. Las investigaciones pasadas en la península han revelado que, cuando comienza un nuevo ciclo de vulcanismo, no hay una erupción, sino muchas. Las señales sísmicas y los datos de deformación del suelo del año pasado demuestran que el magma se ha acumulado no en uno, sino en tres lugares diferentes bajo dos de los sistemas volcánicos de la península, señala McGarvie.

Es demasiado pronto para confirmarlo, pero la actividad de esta semana podría anunciar el comienzo de otros cien años de fuegos volcánicos intermitentes en la península sudoeste de Islandia. Según McGarvie, «la gente se está dando cuenta del hecho de que esto podría ser algo a largo plazo».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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