Las radiografías de cráneos de dinosaurios revelan pistas sobre el vuelo y la comunicación

Las imágenes por rayos X revelan cómo se desplazaban estos animales antiguos, qué podían ver u oír e incluso las vocalizaciones de sus crías.

Publicado 7 may 2021 12:25 CEST
Reconstrucción de un dinosaurio del género Shuvuuia

Los ojos y oídos del dinosaurio del género Shuvuuia, que vivió durante el Cretácico en la actual Mongolia, sugieren que cazaba por la noche.

Fotografía de Viktor Radermaker

Esta es una época dorada para la paleontología: en los últimos años, los científicos han recopilado todo tipo de pistas sobre el aspecto y la forma de vida de los dinosaurios, desde reconstrucciones de fósiles asombrosas hasta pisadas y marcas de mordiscos en los huesos. Ahora, los paleontólogos demuestran que algunos de los indicios más tentadores sobre el comportamiento de estos animales extintos están dentro de sus cráneos.

Dos estudios publicados en la revista Science detallan una técnica que emplea radiografías para estudiar el oído interno y las cuencas oculares de dinosaurios y otros reptiles prehistóricos. Las radiografías permiten a los paleontólogos conocer los aspectos de las vidas de los dinosaurios que, de lo contrario, se habrían perdido en el pasado.

«La forma del oído interno siempre se ha vinculado al estilo de vida y el comportamiento de un animal», explica Julia Schwab, paleontóloga de la Universidad de Edimburgo que no participó en la investigación. Por ejemplo, el oído interno humano nos permite escuchar sonidos dentro de una gama de frecuencias específica, desde una hoja que cae sobre la acera hasta un trueno, y la forma del oído interno se vincula al sentido del equilibrio de nuestra especie bípeda.

Los cráneos de los dinosaurios evolucionaron para ser gruesos y proteger el cerebro y las estructuras asociadas, como los canales tubulares del oído interno, manteniendo intactas esas valiosas pistas durante millones de años. Pero esos huesos protectores dificultan ver las estructuras que contienen. Por eso en uno de los estudios, dirigido por el estudiante de posgrado de la Universidad de Yale Michael Hanson y su tutor Bhart-Anjan Bhullar, el equipo creó un conjunto de radiografías de 124 arcosaurios —un grupo que incluye dinosaurios, otros reptiles antiguos, cocodrilianos y aves vivas— que abarca de hace 252 millones de años hasta la actualidad.

Los resultados ofrecieron más detalles de lo que esperaban los paleontólogos. Identificando patrones en las estructuras del oído interno y los ojos de los animales, los investigadores pudieron obtener nueva información sobre qué podían ver los dinosaurios y para qué tipo de movimiento estaban hechos sus oídos internos. Esto proporciona otra forma de rastrear la evolución del vuelo en los dinosaurios y, por extensión, sus descendientes modernas: las aves.

Es más, los resultados de ambos estudios ofrecen pistas de cómo podrían haber sonado los dinosaurios. Es muy difícil reconstruir la vocalización de los dinosaurios. Los órganos de sus cuerpos que generan sonido suelen descomponerse poco después de su muerte y relativamente pocas especies tienen características óseas vinculadas al sonido. Pero la anatomía del oído interno de los dinosaurios ofrece cierta información sobre qué podían oír los animales y, por consiguiente, qué sonidos podrían haber producido.

«La verdad, nunca pensé que intentaríamos descifrar los ruidos de dinosaurios», afirma Bhullar.

Un cráneo preparado para el vuelo 

Para su investigación, Bhullar y su equipo examinaron radiografías de una amplia gama de especies, entre ellas terópodos como el Velociraptor y un animal de brazos cortos llamado Shuvuuia; reptiles no dinosaurios como los pterosaurios; aves pseudodentadas como el Hesperornis; y aves y cocodrilos vivos a modo de comparación.

Cuando los paleontólogos analizaron las radiografías de dinosaurios con garras en forma de hoz llamados troodóntidos, que vivieron durante el Cretácico hace entre 145 y 66 millones de años, descubrieron que los oídos internos de estos dinosaurios eran similares a los de las primeras aves voladoras del periodo anterior, el Jurásico, que comenzó hace 210 millones de años. Aquello fue una sorpresa, ya que la mayoría de los troodóntidos eran dinosaurios terrestres que no volaban.

Pero las similitudes de los oídos internos revelan una característica evolutiva necesaria para las criaturas voladoras, planteando incógnitas sobre cómo evolucionó el vuelo.

Bhullar plantea la hipótesis de que los troodóntidos, que tenían el tamaño de pavos, heredaron oídos adaptados al vuelo de un ancestro más antiguo que compartían con las aves, quizá un dinosaurio volador, similar a la especie Anchiornis, que vivió hace 165 millones de años. Y un oído interno adaptado a los movimientos complejos del vuelo, ayudando a los animales a mantener el equilibrio en el aire, podría haber tenido otros usos en tierra.

«Creo que incluso los dinosaurios no voladores que estaban estrechamente relacionados con las aves se desplazaban de formas complejas», señala Bhullar, como trepando árboles o subiendo pendientes corriendo. En dinosaurios emparentados con las aves, estos comportamientos podrían haber ayudado al oído interno a desarrollarse para permitir el vuelo, una actividad para la que se necesitan movimientos complejos y control de las extremidades.

Cazadores nocturnos

Sin embargo, no todos los dinosaurios similares a las aves se desplazaban como sus parientes. Los investigadores descubrieron que algunos dinosaurios se movían y cazaban de formas que contradicen las expectativas paleontológicas.

El dinosaurio Shuvuuia, por ejemplo, ha sido un misterio para los paleontólogos durante años. Este género, conocido por sus brazos cortos acabados en una gran garra y por sus mandíbulas desdentadas o casi desdentadas, pertenece a un grupo de terópodos bípedos llamado alvarezsaurios. Bhullar y sus colegas se quedaron sorprendidos cuando descubrieron que el oído interno del Shuvuuia es similar al de animales cuadrúpedos con locomoción relativamente simple.

El segundo estudio de Science podría ofrecer información sobre el extraño oído interno de Shuvuuia. Este estudio analizó tanto los oídos internos como los ojos de los dinosaurios para obtener más información sobre el comportamiento de los animales extintos.

«Ambos estudios se complementan», explica Lars Schmitz, autor del estudio y biólogo del Museo de Historia Natural del condado de Los Ángeles, y en conjunto indican que el Shuvuuia era un dinosaurio realmente raro.

El Shuvuuia tenía canales auditivos largos, lo que amplía el intervalo de audición de los dinosaurios. Schmitz y sus colegas proponen que este dinosaurio tenía un oído excelente, comparable a la capacidad auditiva de las lechuzas modernas. Una audición tan precisa, junto a los ojos grandes del Shuvuuia, sugiere que este dinosaurio era activo de noche.

Se ignora qué cazaba exactamente el Shuvuuia, quizá pequeños mamíferos o insectos sociales, como las hormigas. Pero Schmitz señala que un dinosaurio podría haber evolucionado para preferir la oscuridad por muchos motivos. «El tamaño del cuerpo, el estilo de alimentación, el clima, la competencia», todos importan, indica Schmitz.

Cantos de dinosaurios

Los nuevos análisis también han llevado a una mejor comprensión de la comunicación entre estos animales. Los investigadores descubrieron que los antepasados y parientes primitivos de los dinosaurios desarrollaron una región más larga del oído interno llamada cóclea, que se asocia a la audición de sonidos de alta frecuencia.

Los paleontólogos proponen que el motivo más probable es que esta adaptación permitiera que los animales adultos escucharan los chillidos y gorjeos de sus crías, de forma similar a la crianza atenta de los caimanes y cocodrilos actuales. Por consiguiente, las capacidades vocales de las aves cantoras modernas podrían remontarse a los chillidos que emitían diminutos reptiles escamosos al eclosionar hace más de 200 millones de años.

«Sugerimos que el canto de las aves modernas, en toda su gloria meliflua, es una retención en adultos de los gorjeos agudos de los juveniles», afirma Bhullar.

Esta gran cantidad de información acerca del comportamiento de los dinosaurios, extraída observando el interior de los cráneos fosilizados, representa el rápido avance de las tecnologías empleadas para estudiar el pasado prehistórico.

«Creo que la disponibilidad de técnicas de imagen modernas es un factor importante», afirma Schmitz, que añade que los hallazgos sobre los sistemas sensoriales de los animales modernos también pueden ayudar a los paleontólogos a examinar y comprender mejor la anatomía y el comportamiento de especies extintas, lo que significa que, del mismo modo que los animales vivos informan lo que conocemos sobre los dinosaurios, los dinosaurios cambian cómo vemos a las criaturas que nos rodean.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
Seguir leyendo

Descubre Nat Geo

  • Animales
  • Medio ambiente
  • Historia
  • Ciencia
  • Viajes y aventuras
  • Fotografía
  • Espacio
  • Vídeo

Sobre nosotros

Suscripción

  • Revista NatGeo
  • Revista NatGeo Kids
  • Registrarse
  • Disney+

Síguenos

Copyright © 1996-2015 National Geographic Society. Copyright © 2015-2017 National Geographic Partners, LLC. All rights reserved