Ciencia

Los científicos buscan señales para predecir terremotos

Por Redacción National Geographic

11 de enero de 2013

¿Pueden las ondas magnéticas servir como instrumento para salvar vidas?

Hace 2.300 años, multitud de ratones, serpientes e insectos huyeron de la ciudad griega de Hélice, en el Golfo de Corinto. «Después, hubo un terremoto», escribió el autor romano Claudio Eliano. «La ciudad se hundió, la inundó una inmensa ola y Hélice desapareció».

Desde entonces se han utilizado una gran variedad de métodos para tratar de predecir terremotos. El comportamiento de los animales, los cambios del clima y los sismogramas se han quedado cortos.

El sueño sería poder predecir terremotos igual que predecimos el tiempo. Unos pocos minutos bastarían para que los posibles afectados se apartaran de muros y techos que podrían atraparles o para cerrar plantas nucleares y otras instalaciones antes de que empiecen los temblores. Si se hiciera con días de antelación podrían incluso organizarse los planes de evacuación necesarios, igual que se hace en el caso de los huracanes.

Los científicos acudieron en primer lugar a la sismología, con la intención de establecer patrones de los temblores que pudieran indicar si una falla se está moviendo. Sin embargo, hasta el momento no se ha conseguido distinguir entre las ondas de energía que preceden un terremoto y los posibles temblores inofensivos.

Como afirmó Thomas Jordan, director del Centro de Terremotos del Sur de California, en una reunión de la Unión Geofísica de Estados Unidos en San Francisco el pasado mes de diciembre, los expertos no son capaces de responder con determinación ante la pregunta de si se producirá un terremoto.

De este modo, algunos científicos han centrado su atención en otras señales, incluida la electricidad, que podrían estar relacionadas con la actividad que se desarrolla bajo tierra cuando una falla está a punto de deslizarse.

Relámpagos bajo tierra

Una teoría es que cuando se avecina un terremoto, las rocas «experimentan extraños cambios», produciendo intensas corrientes eléctricas, señala Tom Bleier, ingeniero de QuakeFinder, un proyecto financiado por la empresa Stellar Solutions de Massachusetts (Estados Unidos).

«Las corrientes son muy fuertes», declaró Bleier en la misma reunión de la Unión Geofísica. «Del orden de 100.000 amperios para un terremoto de magnitud 6 y de un millón para uno de magnitud 7. Es como si hubiera relámpagos bajo tierra».

Para medir estas corrientes, el equipo de Bleier ha invertido millones de dólares en la instalación de magnetómetros a lo largo de las líneas de fallas en California, Perú, Taiwán y Grecia. Estos instrumentos son lo suficientemente sensibles como para detectar pulsaciones magnéticas de descargas eléctricas de hasta 16 kilómetros de distancia.

«En un día normal en la falla de San Andrés, en California, pueden verse diez pulsaciones», declaró a National Geographic News. «La falla siempre se está moviendo, crujiendo, estremeciéndose».

Según el experto, antes de un gran terremoto, el nivel de descargas eléctricas aumentaría de considerablemente.

Eso es precisamente lo que afirma haber observado antes de la media docena de terremotos de magnitud 5 y 6 que ha podido monotorizar.

«Llegan a 150 ó 200 pulsaciones al día», señala.

El número de pulsaciones, añade, aumenta unas dos semanas antes del terremoto y vuelve a bajar poco antes de que se mueva la falla. «Ése es el patrón que buscamos».

Falsa alarma

Sin embargo, las pulsaciones magnéticas pueden tener otras posibles causas, como erupciones solares o interferencias eléctricas de equipos de mantenimiento de carreteras, cortadoras de césped o incluso el motor de un tractor. Y no sólo eso puede interferir: «Las arañas se metieron en nuestros instrumentos una vez, así que tuvimos que poner pantallas enfrente», recuerda Bleier.

Bleier también observó que las partículas cargadas llamadas iones producidas a partir de corrientes dentro de la Tierra acababan saliendo a la superficie, «por lo que añadimos un sensor de iones negativos y uno de iones positivos», declara.

Igualmente, debido a que la lluvia también puede provocar picos en las concentraciones de iones, el equipo instaló sensores de humedad para evitar una falsa alarma.

Por último, descubrió que cuando los iones alcanzan el aire, las cargas positivas y negativas se neutralizan, lo que produce una explosión de radiación infrarroja que puede engañar a los satélites meteorológicos para que «piensen» que el terreno cercano a una falla se está calentando. Según él, esto se puede observar perfectamente a través de los satélites meteorológicos GOES.

«Si sucede todo esto, pensaremos que va a tener lugar un terremoto de magnitud 5 dos días más tarde», afirma.

Su equipo, sin embargo, no ha monotorizado todavía suficientes terremotos como para asegurar que su descubrimiento es válido para todos. «Pero el patrón resulta muy interesante», añade.

En cualquier caso, considera que tiene las pistas necesarias para seguir adelante. A partir de enero su equipo intentará empezar a hacer predicciones. «En lugar de mirar hacia atrás en el tiempo, vamos a mirar hacia delante».

Otros científicos están llevando a cabo análisis para apoyar la teoría del campo magnético. Robert Dahlgren, ingeniero del SETIInstitute, lleva 16 meses trabajando con otros expertos aplicando altas presiones a las rocas para ver si producen corrientes eléctricas, lo que ha confirmado en el caso de rocas secas. Sin embargo, no ha sido así con rocas mojadas del tipo que se encuentran en los epicentros de terremotos.

¿Qué dice esto sobre la predicción de terremotos? No tiene ni idea. «Yo soy el tío de los instrumentos», señala, aunque hace hincapié en que las señales que mide en el laboratorio pueden generar campos magnéticos en las condiciones adecuadas.

Es una investigación muy minuciosa. «Se necesita un año para preparar las muestras de roca, y mucho tiempo para obtener resultados», afirma.

Separar el grano de la paja

Hace unos años, algunos científicos pensaron que los terremotos podían predecirse a partir de los cambios en la ionosfera, una capa de la atmósfera situada unos 300 kilómetros por encima de la superficie de la Tierra. La teoría afirmaba que los iones producidos por la falla a punto de deslizarse perturban la ionosfera.

Sin embargo, el análisis sobre las perturbaciones previas a terremotos confirmó que podían darse por algo distinto, normalmente el Sol. «Es una señal de física espacial, no relacionada con los terremotos», señala Jeremy Thomas, físico espacial de Northwest Research Associates y del Digipen Institute of Technology de Washington (Estados Unidos). Thomas también presentó sus conclusiones en la reunión de la Unión Geofísica de Estados Unidos.

Además, como él mismo indica, resulta muy indicativo que las mismas perturbaciones de la ionosfera puedan darse lejos del epicentro del terremoto. «De guardar relación con el terremoto, la señal no estaría a miles de kilómetros de distancia», concluye.

La falta de éxito, sin embargo, no significa que la predicción de terremotos sea pura palabrería.

«Es un importante campo», afirma Michael Blanpied, director del Consejo Nacional de Evaluación y Predicción de Terremotos de Estados Unidos, cuyos científicos analizan la credibilidad de los métodos de predicción y reportan los descubrimientos al Servicio Geológico de Estados Unidos.

«Hay muchas personas abordando el problema desde ángulos muy distintos, tratando de separar el grano de la paja y descubrir si efectivamente hay grano, algo que no está claro todavía», señala.

«La clave del asunto es que hay gente trabajando a un alto nivel profesional, gente procedente de otros campos y gente que no tiene formación científica pero que cree que puede ayudar».

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