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El amor en siete fotografías

Por Jessie Wender

Cada día de San Valentín les pido a algunos fotógrafos que compartan una de sus instantáneas en la que sienten que se pueda ver representado lo que es el amor. Todos los años me veo recompensada con grandes ejemplos de cómo se puede ver y sentir el amor en una imagen. Este San Valentín, siete fotógrafos de National Geographic comparten sus imágenes de amor en todas sus variantes: familiar, romántico, compañerismo y amor frente al odio. Estas imágenes y sus historias captadas en una sola instantánea muestran que el amor se puede encontrar en cualquier parte, desde en los lugares más conflictivos de la Tierra hasta en la calidez y seguridad de una cama en el pueblo más pequeño. —Jessie Wender, editora sénior de fotografía.

Tatiana y su hermana mayor Olga están muy unidas y a menudo son compañeras de travesuras, aventuras y largos paseos por la tundra rusa. Solían compartir cuarto con sus camas una junto a otra, y a veces antes de dormirse compartían en la oscuridad secretos sobre quién estaba enamorado de quién en la escuela. Esta imagen fue tomada el último año en el que Olga estuvo en su casa del pequeño pueblo ártico de Tiksi. Después de graduarse en el colegio fue a la universidad a San Petersburgo. Durante el primer año de ausencia de Olga, las chicas hablaban por teléfono cada día. Este fue un periodo en el que todo era nuevo y extraño tanto para Olga en San Petersburgo como para Tatiana, que acababa de enamorarse por primera vez.

Por supuesto, las relaciones cambian entre hermanos en las diferentes etapas de la vida. Puede que para Tatiana y Olga tuviese más que ver con la edad que con la distancia. Cuando las conocí todavía eran niñas,  corriendo por la tundra, haciendo casas con la nieve y contándose secretos por la noche. Ahora Tatiana está a punto de graduarse en el instituto y está pensando seriamente sobre la universidad y su futura profesión. Olga va a terminar la universidad en la gran ciudad y se encuentra en una encrucijada en su carrera. Hoy en día su relación es diferente, pero el amor entre hermanas crece con fuerza y sigue siendo una fuente de apoyo para ambas. —Evgenia Arbugaeva

“Haz el amor, no la guerra”. Una hermosa propuesta de amor para oponerse a la guerra como solución que puede curarla y prevenirla. Pero a veces el amor parece que causa más conflictos que los que soluciona. Cada lado tiene sus seres queridos que luchan por ellos mismos, sus creencias, su tribu y su país. Por culpa de este amor pueden pasar cosas terribles: las personas pueden morir, las vidas se pueden arruinar, las poblaciones se tienen que desplazar y las comunidades se destruyen. Pero, aun así, parece que la guerra no puede destruir al amor.

Esta mujer fue violada durante uno de los numerosos conflictos dentro de la República Democrática del Congo, donde las disputas siempre cambian de nombre y las causas han afectado y continúan afectando a decenas de miles de personas. La violación es un acto de violencia, lo opuesto al amor, un arma de guerra. Pero si la guerra finalmente no puede terminar con el amor, tampoco lo harán las violaciones.

Después de fotografiar a muchas víctimas de violaciones en el Congo durante los últimos años, siempre les pregunto si su idea de amor ha cambiado. ¿Lo entienden así, de la misma manera? ¿O se ha convertido en algo ajeno a ellos? ¿En algo no tan puro?¿O comienza a significar mucho más, algo mucho más valioso y que alimenta la vida? —Michael Christopher Brown

Estos son mis padres. Se conocieron en la universidad en Armenia. Mi madre acababa de cumplir 21. Cuando pienso en el amor, no pienso necesariamente en ellos dos juntos. Se separaron mucho antes de que yo naciese. Después me separé de mi padre y crecí sin saber nada de su relación. Con 23 años, decidí viajar a Armenia para encontrarlo. Como tenía que llegar a conocerlo, comencé a descubrir un pasado lejano. Me llevó al sitio en el que él y mi madre se encontraron por primera vez. Podía imaginar el magnífico vestido de encaje que llevaba. Resulta extraño ver imágenes de ellos dos juntos. Parecían muy felices. Muy enamorados. Quizás es la clase de amor que siempre deseé, el poder haber sido testigo entre ellos. De una forma extraña, viendo esta imagen, mis padres se vuelven humanos para mí. Pienso como un niño, que no piensa necesariamente en sus padres como gente. Son adultos que parece que tienen el mundo organizado. Pero aquí veo a dos personas, de mi edad, enamoradas.  —Diana Markosian.

 “D.” y “O.” de San Petersburgo, Rusia, fueron golpeadas por atreverse a pasear de la mano por la calle cerca de su casa. “Después del ataque, me di cuenta de una forma más intensa de cuanto significa D. para mí y el miedo que me dio el pensar que podía haberla perdido”, escribió O. “Lo peor fue que sentí que era totalmente incapaz de proteger a quien más quiero, o incluso a mí misma. Ahora voy mirando hacia atrás por la calle y observo a cualquier hombre que me adelanta como una posible fuente de agresión. Pero desde el incidente, cada vez que voy por la calle y le cojo la mano lo hago conscientemente, es mi decisión. ‘D., dame la mano, es mi recompensa por tu valor’”.

Conocer a D. y O. y oír su historia me ha tocado profundamente. Como muchas otras historias de mi proyecto Where Love Is Illegal (“Donde el Amor es Ilegal”), los relatos desgarradores a menudo terminan con ejemplos preciosos de la fuerza del amor y el poder de la elección.

Hace cuatro semanas, en un precioso día de verano a la orilla de un lago en Nueva Zelanda, extendí mi mano hacia mi prometida y le leí mis votos, ella era la única que sabía de dónde venían: “Aude, coge mi mano como muestra de mi compromiso para devolver el amor que me has mostrado, para apoyarte cómo me has apoyado. En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, en el éxito y en el fracaso, te elijo a ti.” Robin Hammond.

Durante las semanas que pasé en la Patagonia rodeado de caballos y cowboys que cazaban ganado salvaje, presencié un sufrimiento perturbador entre los animales que mataban. Pero la brutalidad de los hombres con su presa se equilibraba con momentos de silencio exquisito y ternura entre los hombres y sus perros, amigos leales y únicos compañeros en destinos aislados durante meses. Las duras expresiones se transformaban inesperadamente en suavidad y amor cuando estaban juntos, como en este momento.

Sentí esta paradoja en Patagonia: la increíble belleza y la extrema dureza. Esta dualidad está bien contenida y representada en las personalidades tranquilas de los gauchos, un espejo del paisaje y su conexión con él. Tomás Munita

El tiempo pasa muy rápido. No puedo recordar exactamente cuándo saqué esta foto, aunque ya sé que debería. La tomé en casa de mi abuela, en Arizona, y fue una de las últimas fotografías que le saqué antes de que muriera. Ya estaba bien entrada en los 90, y sabía que las fotografías que tomé en esa época serían mis últimos recuerdos de ella, de cómo estaba, qué llevaba, la luz que emanaba.

La observaba cuando se sentaba en la habitación a escuchar la radio, cuando arrancaba las hierbas del jardín, y en la mesa de la cocina cuando hacía solitarios.

Esta imagen la saqué después de que terminase de arreglar el jardín por la tarde. La luz casi se había ido pero ella aún parecía brillar, particularmente sus manos. En un solo momento, sus manos parecían revelarme una vida entera llena de recuerdos que eran la suma de toda su vida, la vida antes de ella, y las que vendrán. Vi a mi padre, a mí misma, y a mi hijo listo para nacer. Me dio todas las emociones que uno puede tener en la vida, que comienza y termina en el amor. Erika Larsen.

Las relaciones románticas entre israelíes y palestinos son un tema tabú, peligroso y excepcional. Comencé a grabar a Sami, del lado oeste de Palestina, y Lior, una judía israelí-yemení, mientras trabajaba en un amplio proyecto sobre las historias de amor palestino-israelíes con mi compañero fotógrafo y cámara Ed Ou. Vivían con sus seis hijos en un apartamento que Sami construyó. Por la noche, una vez que los niños se habían dormido, la pareja se mantenía en pie charlando y viendo películas. Entonces, antes de dormirse, Lior cambiaba de canal y ponía uno en el que emitían a musulmanes rezando. Esto servía para proteger a sus hijos y a su marido mientras dormían. Por la mañana, antes de que el resto de la familia se levantase, Lior leía oraciones judías, también para protegerles. “El Islam y el Judaísmo -el Corán y la Torah- son básicamente lo mismo”, dice. “En nuestra casa tenemos los dos, el Corán y la Torah. Los dos libros fueron creados por Dios”. Kitra Cahana

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