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La vida de los refugiados más allá del Círculo Polar Ártico

Los refugiados de Oriente Medio y África están viendo la nieve por primera vez y descubriendo cómo jugar cuando el Sol no sale.

Por Meghan Collins Sullivan

La temporada de esquí comienza a mediados de febrero en la Laponia sueca, en el extremo norte del país. Allí hay un centro turístico llamado Riksgränsen no muy lejos de la frontera con Noruega que ya está abierto y se encuentra repleto.

Sus huéspedes, no obstante, no son esquiadores que disfrutan las pendientes – son refugiados que huyen de un conflicto.

Para ser más precisos, se trata de 600 refugiados de países como Siria, Afganistán e Iraq. Cien de ellos son niños. Ahora se están adaptando a la vida más allá del Círculo Polar Ártico.

“El hotel estaba oscuro y cerrado, pero más o menos limpio”, comenta Sven Kuldkepp, consejero delegado del Riksgränsen. “Tuvimos dos días para prepararnos. Todo salió perfecto, pero fue frenético”.

En octubre, cuando había 10.000 refugiados entrando en Suecia cada semana, las autoridades contactaron con Kuldkepp para preguntar si estaría interesado en abrir el resort para los demandantes de asilo. Una vez que el gobierno tomo la decisión, las cosas sucedieron muy rápido. Kuldkepp firmó un contrato un día por la tarde y al día siguiente a medio día ya tenía unos 600 inquilinos.

El gobierno le da al resort 350 coronas suecas (unos 37 euros) por persona y día, mucho menos de lo que pagaría un esquiador. “Simplemente hicimos algo bueno”, dice Kuldkepp.

El gobierno sueco recibió cerca de 163.000 solicitudes de asilo en 2015, más de 75.000 de ellas solo entre octubre y noviembre. En un esfuerzo por frenar el flujo de refugiados, Suecia comenzó a imponer controles en las fronteras.

Todos los refugiados en Riksgränsen eligieron buscar asilo en Suecia. Pero muchos nunca esperaban vivir a 16 horas de carretera al norte de Estocolmo, ni tan siquiera de forma temporal. Ahora mismo, la temperatura del resort es de -23º C y hay nieve en el suelo.

La zona de Riksgränsen está tan al norte que, en su mayor parte, está en total oscuridad. Durante el mes de enero el sol no se alza por encima del horizonte. Da la impresión de un amanecer que dura un par de horas y el resto del día está oscuro. Eso ha dificultado para los refugiados musulmanes encontrar las horas adecuadas para sus oraciones diarias, que habitualmente se basan en la posición del sol en el cielo.

“Es como el Hotel California pero sin sol”, dice Marwan Arkawi, de 22 años, que llegó a Riksgränsen en octubre con el primer grupo. “Elegí ir a Suecia, pero no venir aquí. He sido trasladado al sitio más al norte del mundo”.

El día típico en Riksgränsen para Arkawi y los otros refugiados, dice, incluye comer los alimentos que ofrece el resort, leer, escuchar música, tocar instrumentos o jugar a las cartas y pasar un montón de tiempo en las redes sociales conectando con los familiares y amigos. También hay algunas actividades organizadas: clases de esquí, clases de sueco e inglés, billares, entrenamiento de boxeo...

Pero a pesar de las distracciones, el clima frío, los días oscuros y las diferencias culturales entre los demandantes de asilo pueden ser difíciles.

“Puedes sentir la tensión entre las personas. Están deprimidos”, dice Arkawi. “Todo el mundo está deprimido, incluso yo. Estamos completamente recluidos”.

Arkawi dice que espera traer a sus hermano y hermana pequeños y a sus padres a Estocolmo desde Banyias, su pueblo en Siria.

“Mi pueblo ha sido aniquilado. Es de minoría Sunní, los sunníes han sido aniquilados,” dice. “No quiero ir al servicio militar obligatorio para matar a mi pueblo. Quiero un futuro mejor”.

Qasim Ali Radi, de 47 años, también llegó a Suecia buscando un mejor futuro. Dejó a su mujer y cuatro de sus hijos en Iraq y se paso dos semanas en la carretera y en el mar con su hijo de 19 años antes de llegar a Riksgränsen. Radi trabajaba como contable y se vio en medio de una parte del conflicto entre sectas que puso su vida en peligro.

“Estoy feliz porque estoy a salvo aquí” dice. “Sí, está oscuro. Pero me siento bien cuando estoy aprendiendo inglés y sueco”.

Radi, como muchos otros refugiados, ha tenido una desgarradora experiencia tras pagar 2.700 euros por dos plazas en una balsa hinchable de 6 metros que llevaba a 50 personas desde Turquía a Grecia.

“El mar enloqueció, las olas se volvieron muy violentas y el pánico se apoderó de nosotros hasta que perdimos la esperanza de que la balsa llegase a salvo. Las mujeres gritaban y los niños lloraban”, dice. “Después de cinco horas, todo acabó milagrosamente bien”.

Radi espera poder traer al resto de su familia a Suecia.

“Cuando cruzamos el mar, me sentí muy feliz pero lloré porque sentí que había perdido una parte de mi, estando lejos de mi familia, con la que deseaba vivir el resto de mi vida. Ahora, mis lágrimas me desbordan” dice.

Los refugiados no saben dónde terminarán, pero saben que su tiempo en Riksgränsen es limitado. El resort ha firmado un contrato por cuatro meses para el alojamiento temporal de los refugiados y ese tiempo termina el 15 de febrero. Los turistas regresarán a Riksgränsen a partir del 19 de febrero.

“No sabemos adónde irán”, dice Kuldkepp. “Pero han solucionado el problema otras veces y lo harán de nuevo”.

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