La mayor fuga de presos de la historia de España

El 22 de mayo de 1938 tuvo lugar la fuga más multitudinaria de la historia de España, en la que 795 presos republicanos escaparon del Fuerte de San Cristóbal, una fortaleza con funciones de penal que aún corona la cima del monte Ezkaba, Pamplona.

Por Manuel Moncada Lorén
Publicado 22 may 2018, 17:39 CEST
Fuerte 04
El fuerte de San Cristóbal sobre el monte Azcaba, a vista de pájaro.
Fotografía de Quarendo Invenietis

Abandonado y cubierto por la vegetación, el fuerte de San Cristóbal se erige como un oscuro recuerdo sobre la cima del monte Ezkaba, una fortaleza ideada durante las guerras carlistas que tardó 40 años en construirse y que se volvió obsoleta con la aparición de las fuerzas aéreas.

El fuerte, anticuado desde el día de su inauguración, se convirtió en 1934 en centro penitenciario tras una remodelación en la que se le añadieron muros de separación entre los barracones de los guardianes y las dependencias carcelarias.

Ya convertido en cárcel, el fuerte pasó a ser uno de los centros penitenciarios más destacados del norte peninsular, que durante los años de la II República mantuvo internas a cientos personas, entre las que destacaron los partícipes de la revolución de octubre de 1934 en Asturias.

Entrada al fuerte de San Cristóbal
Fotografía de Jorab

Las elecciones de febrero de 1936 se saldaron con la victoria del Frente Popular, un triunfo que se tradujo en la excarcelación de miles de reclusos cautivos tras el intento revolucionario de octubre de 1934 en Asturias, por lo que aquella victoria electoral dejó el fuerte prácticamente despejado.

Los 400 reclusos de San Cristóbal que quedaron en libertad tras la amnistía, denunciaron las pésimas condiciones en las que estaban recluidos y que acabaron con la vida de varios presos de la CNT, por lo que algunos ayuntamientos solicitaron el cierre del penal y el traslado de los presos.

Sin embargo, el inicio de las hostilidades a consecuencia del golpe de Estado del 18 de julio devolvió la actividad carcelaria a este centro penitenciario.

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    Ventana con barrotes del fuerte de San Cristóbal.
    Fotografía de Jorab

    A diferencia de otros puntos de España donde los sublevados tuvieron que hacer frente a la resistencia de las autoridades civiles y militares leales a la república, en Navarra la rebelión fue un éxito rotundo, por lo que la cárcel quedó bajo control de los franquistas desde el inicio de la contienda.

    En 1938, 2.487 personas se encontraban cautivas en el penal, en su mayoría dirigentes políticos y sindicales, además de militantes revolucionarios, republicanos navarros, y nacionalistas vascos.

    Los presos sufrían de maltrato físico, hambre extrema y enfermedades como la tuberculosis. Existe constancia de la muerte de cientos de presos por esas condiciones desde del 1 de enero de 1937 al 6 de julio de 1945, fecha en la que el fuerte dejó de cumplir funciones de prisión.

    Unas palabras del caudillo presidían la entrada al recinto: “Si se visitasen los establecimientos penales de los distintos países y se compararan sus sistemas y los nuestros, puedo aseguraros sin temor a equivocarme que no se encontraría régimen tan justo, católico y humano como el establecido desde nuestro Movimiento para nuestros reclusos”.

    Para que los prisioneros no se hicieran ilusiones, los captores les recordaban que no eran prisioneros de guerra, sino rebeldes militares, por lo que solo les quedaba esperar la pena máxima, el pelotón de fusilamiento, o la mínima, que era reclusión perpetua.

    Interior del fuerte de San Cristóbal.
    Fotografía de Jorab

    Durante la guerra civil en el país no había comida y mucho menos para los ocupantes de las celdas más húmedas y oscuras del país, por lo que el hambre y el frío empujaron a los presos a planear su fuga por encima de los ideales políticos.

    Una treintena de presos constituían el núcleo organizador de la evasión, operación en la que se sirvieron de la lengua esperanto para evitar que los guardias entendieran de lo que iba el asunto.

    La guarnición de la fortaleza estaba compuesta por 83 soldados de reemplazo, cinco cabos, tres sargentos y un oficial.

    Originalmente el destacamento militar lo formaban requetés y falangistas hasta abril de 1938, cuando fue sustituido por soldados de reemplazo pertenecientes al batallón 331 de fronteras, del regimiento Sicilia nº 8 y de la guarnición de Pamplona, tal y como como declaró el gobernador militar, coronel Carmelo García Conde.

    El fuerte de San Cristóbal sobre el monte Azcaba, a vista de pájaro.
    Fotografía de Quarendo Invenietis

    A pesar de que los centinelas de la prisión cumplían estrictamente el horario de guardia, este era más difuso a la hora de la cena, momento en el que los presos, actuando en grupos coordinados, desarmaron a los guardias e hicieron prisioneros a sus antiguos captores.

    Cuando a las pocas horas la noticia llegó a Pamplona, las autoridades franquistas comenzaron la caza de prisioneros fugados monte a través en la oscuridad de la noche.

    Con muy pocos fusiles y munición, desnutridos y descalzos, 795 presos se lanzan montaña abajo en desbandada, con el único objetivo de alcanzar la frontera francesa a escasos 50 kilómetros del penal.

    En dirección opuesta a los destellos de la ciudad, los presos buscaron varias rutas en su huida: unos cruzaron el río Ultzama hacia el norte; otros tomaron el camino del valle de Odieta; quienes huyeron hacia el noroeste, cruzaron las estribaciones de los montes Txapardi y Aldaun, y alcanzaron el valle de Juslapeña.

    De noche, el monte es un lugar traicionero en el que cualquier desvío de unos pocos grados se converte en un error fatal.

    Por estos motivos muchos de ellos quedaron perdidos y rezagados debido a las precipitadas carreras y caídas en la oscuridad de la noche, que lesionaron a muchos en su intento por salvar la vida y facilitaron las cosas a los perseguidores.

    La caza de fugados comenzó inmediatamente. Sobre las cabezas de los presos silbaban las balas de los guardias y los destellos de los reflectores instalados en los camiones del ejército delataban la posición de los prisioneros, por lo que en la madrugada del 22 al 23 de mayo se detuvo a 259 evadidos. El día siguiente la cifra se elevó a 445.

    Calabozos del fuerte de San Cristóbal.
    Fotografía de Quarendo Invenietis

    “Tarzán”, como los perseguidores llamaron al preso que sobrevivió a base de ranas y cangrejos de río durante tres meses, fue capturado el 14 de agosto, siendo el último de los fugados en ser hallado.

    585 de los 795 prisioneros fugados en la noche del 22 mayo fueron nuevamente capturadosmás de 200 fueron asesinados en la persecución y los fusilamientos posteriores y sólo tres consiguieron llegar a la frontera francesa.

    El jefe de la guarnición, el alférez Manuel Cabezas, tomó posesión del mando del fuerte en abril, un mes antes de los hechos. El amotinamiento sorprendió a Cabezas en Pamplona, donde había ido a pasar la tarde.

    Su negligencia le costó veinte meses de cárcel, hasta febrero de 1940, cuando salió en libertad atenuada. El Consejo de Guerra celebrado en enero de 1945, le absolvió de todos los cargos que se le imputaban.

    La versión oficial del régimen justificó la elevada mortandad de los fugados alegando “su resistencia a ser capturados, por desobedecer las intimidaciones de la fuerza pública o hacer armas contra ella” y subraya “la temeridad de la intentona y la fatalidad de los hechos producto de los combates entablados durante su busca y captura”.

    Clausurado el penal en 1945, el ejército abandonó definitivamente el fuerte en 1987, y sigue cerrado a día de hoy bajo la propiedad del Ministerio de Defensa.

    Monumento en memoria de los presos asesinados en el fuerte de San Cristóbal.
    Fotografía de Jorab

    50 años después de la fuga, en 1988, se construyó un monumento en una de las laderas que desciende del monte Ezkaba que recuerda a los prisioneros caídos en busca de su libertad.

    Las excavaciones llevadas a cabo desde 2007 por la Sociedad de Ciencias Aranzadi, la Sociedad Cultural Txinparta y la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra, han permitido localizar y exhumar los cadáveres próximos al fuerte.

    Se han localizado los restos óseos de 131 cuerpos enterrados en las inmediaciones del monte Ezkaba y algunos de ellos presentan una botella a la altura de las rodillas con un documento que refleja los datos personales del fallecido.

    Sin embargo, muchos de estos macabros documentos están muy deteriorados, circunstancia que unida a la opacidad del régimen franquista, da como resultado una pérdida de información significativa.

    La dificultad para cotejar la ambigua nota oficial del régimen franquista dado el férreo control informativo, alimentó las especulaciones sobre la evasión y su significado en el bando republicano.

    La siniestra sombra de lo sucedido en el fuerte de San Cristóbal, aún cubre las laderas del monte Ezkaba, pero de lo que no cabe duda es que, en la historia mundial de las evasiones, la ocurrida en Pamplona en 1938 es una de las más notables, tanto por el número de presos fugados como por sus consecuencias.

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