Historia

Lo que ocurre con la llegada de las caravanas de migrantes

Mientras miles de centroamericanos recorren México, algunas localidades los acogen con alegría, mientras que a otras les parece molesto.jueves, 22 de noviembre de 2018

Por Nina Strochlic
Fotografías de Moises Saman
Los inmigrantes de El Salvador recorren una autopista hacia Tapachula, una ciudad cerca de la frontera sur de México. Abandonaron la pequeña localidad de Metapa a las 3:45 de la mañana y pasaron cinco horas en la carretera antes de llegar a su siguiente destino.
Este artículo se ha actualizado el 20 de noviembre de 2018 para incluir las últimas noticias.

En torno a las 7:30 de la tarde de un viernes a principios de noviembre, Aremi Balboa Victorio, alcaldesa de una pequeña localidad del sur de México, recibió una llamada que la informaba de que 1.500 inmigrantes de El Salvador se dirigían hacia su pueblo. El interlocutor, alcalde de una aldea vecina, los había visto pasar y pensó que era probable que se detuvieran para pasar la noche en Metapa, una pequeña localidad mexicana cerca de la frontera con Guatemala. Victorio se subió a su coche, condujo media hora hasta la ciudad más cercana y llenó el vehículo de huevos, azúcar, papel higiénico y garrafas de agua. Pagó un total de 260 euros de su bolsillo.

Durante las últimas tres semanas, dos enormes caravanas de inmigrantes centroamericanos han pasado por Metapa en dirección norte, hacia la frontera con Estados Unidos. Nadie se había detenido allí hasta el 2 de noviembre, cuando la caravana de salvadoreños llegó a las puertas de la localidad.

Los centroamericanos de la primera caravana aguardan a que alguien los lleve junto a una carretera de Oaxaca, en México.
Dos hombres salvadoreños viajan en un camión contenedor hacia la frontera de Guatemala poco después de salir de El Salvador.

Tres caravanas consecutivas de centroamericanos que huyen de la violencia y la pobreza de sus hogares han recorrido México en camino a Estados Unidos, donde esperan solicitar asilo. Al menos 700 integrantes del primer grupo, que salió de Honduras a mediados de octubre, han llegado ya a Tijuana, al otro lado de la frontera de California. A casi 2.400 kilómetros de distancia, la mayor parte de los 5.600 efectivos del ejército estadounidense desplegados para detener la caravana aguarda en Texas. (El lunes, un juez federal suspendió el veto de Donald Trump a las solicitudes de asilo de los inmigrantes que no entrasen en el país de forma legal.) El resto de los inmigrantes caminan, hacen autostop y viajan en bus por México. Por el camino, dependen de las ciudades pequeñas para comer y dormir, y esperan que la hospitalidad no se agote.

El 31 de octubre, días antes de llegar a Metapa, este grupo había partido a pie desde una plaza central de San Salvador, haciendo autostop y caminando por Guatemala, y a continuación se detuvieron a pasar la noche antes de cruzar a México. La mañana del viernes, se despertaron a las 3 de la mañana para intentar cruzar legalmente el puente fronterizo que lleva a México. Cuando quedó claro que las autoridades no les permitirían pasar como grupo, caminaron hasta las orillas del río Suchiate, que divide Guatemala y México.

Los migrantes esperan a que alguien los lleve al norte desde la aldea mexicana de Santo Domingo Ingenio.

Aunque en la superficie solo se veían ondas suaves, las corrientes subyacentes eran fuertes. Con bolsas de basura y carritos de bebés sobre sus cabezas, una hilera de personas vadeó el agua, que les llegaba hasta la cintura. Una fila de coches de policía esperaba al otro lado del río, pero los inmigrantes empapados pasaron frente a ellos sin problema y siguieron caminando durante ocho horas.

Cuando el grupo exhausto y lleno de ampollas entró agotado en el municipio de 5.000 habitantes de Metapa esa noche, los lugareños lo recibieron. Un equipo de 100 voluntarios empezó a freír huevos y repartir agua. Los miembros de la caravana colocaron mantas y aplanaron cajas de cartón en una pequeña iglesia y en la plaza contigua y se tumbaron para dormir. Pero, en plena noche, cuando una llovizna se convirtió en un chaparrón, el grupo quedó empapado.

Los inmigrantes salvadoreños se suben a camiones que se ofrecen a llevarlos a la frontera guatemalteca el 31 de octubre, el día que salieron de El Salvador.

Junto a la plaza, un centro cultural de dos pisos abrió sus puertas para acogerles. La directora, Pilar Cigarroa, se había despertado a las 3 de la mañana tras una llamada de la alcaldesa: «necesitamos abrirles el centro cultural». Cigarroa acudió a toda prisa, movió las mesas y los suministros al almacén y abrió las puertas. Casi 150 personas se tumbaron para pasar la noche en salas donde se suelen celebrar clases de taekwondo y bailes folclóricos. En lugar de dormir, Cigarroa empezó a recoger donaciones de ropa de su familia y sus vecinos, y a reabastecer el agua y el papel higiénico.

La mañana siguiente, los migrantes desayunaron y pusieron su ropa a secar mientras el sol calentaba las calles. Sentada en un banco de la iglesia, Karla, una chica de 20 años procedente de una ciudad cerca de la frontera norte de El Salvador, envolvió a su hija de un año con una manta. Su novio había llevado en brazos a Hazel hasta allí, pero habían subestimado lo mucho que tendrían de caminar y, con solo 430 kilómetros recorridos, cuánto camino les quedaba por México. No estaba segura de que pudieran seguir adelante sin un carrito, así que su novio acudió a una tienda local para comprar uno. El dueño de la tienda le dijo que esperara y poco después les llevó un carrito usado a la iglesia. Otros voluntarios habían donado pañales, crema y ropa.

Los centroamericanos que viajan en la primera caravana de migrantes descansan bajo un paso elevado de la autopista en Oaxaca, México.

En una cocina abierta junto a la iglesia, los voluntarios removían enormes ollas de arroz y frijoles. Los cartones de huevos estaban apilados en la mesa y enormes garrafas de agua se disponían contra la pared. «Hacemos esto, hoy por vosotros, mañana por nosotros», dijo un empleado del ayuntamiento sentado en las escaleras frente a la oficina de la alcaldesa. «Es hospitalidad», añadió su colega. Pocos momentos antes, había dado a Alexandra Guzán, de 21 años, un par de sandalias nuevas cuando les pidió una tirita para cubrirse una ampolla abierta que tenía en el tobillo.

Pero ante ellos les esperaba un camino de más 2.400 kilómetros a lo largo de México y no encontrarían la misma hospitalidad que ofrecían los voluntarios de Metapa en otras localidades.

Tras una segunda noche de acampada en la plaza, la iglesia y el centro cultural, era hora de seguir adelante. A las 3:45 de la mañana siguiente, horas antes del amanecer, el grupo caminó hacia la autopista en dirección norte con una escolta de la policía federal y una ambulancia junto a ellos. A las 9 de la mañana habían llegado a Tapachula, el bullicioso eje de la frontera meridional mexicana. Dejaron sus bolsas en una enorme plaza donde ya habían dormido otras dos caravanas de migrantes. A un lado, los empleados municipales repartieron galletas saladas y agua. Al otro, las monjas católicas repartieron sándwiches y refrescos.

Los centroamericanos que viajan hacia la frontera estadounidense duermen en el jardín de una casa en San Pedro Tapanatepec, México.

Un grupo de abogados de inmigración pasaba junto a ellos con chalecos fluorescentes para asesorarles sobre el proceso de asilo en México y ofrecerles sesiones de terapia. Habían trabajado los siete días de la semana y este era solo el principio. «Creemos que estas caravanas no pararán mientras las situaciones políticas y económicas no mejoren en estos países», afirmó Flor Cedrella, abogada del Servicio internacional de Refugiados Jesuitas, con sede en la localidad. Entonces, un hombre entró en la plaza y gritó: «Demos un aplauso a estas personas que acuden a darnos de comer».

Antes de que el sol saliera sobre la localidad de Metapa, México, casi 1.500 inmigrantes empezaron a caminar 16 kilómetros al norte hacia su próxima parada: la ciudad de Tapachula.

El aplauso provocó un gran estruendo, pero unas horas después, la cena no llegó. En una noche de domingo cualquiera, un grupo de payasos habría actuado en la plaza, pero aquella noche, un payaso solitario se quedó a un lado mientras decenas de personas se tumbaron en un escenario bajo potentes luces fluorescentes. Mientras el cielo se abría y una tormenta sacudía la plaza, las puertas de la catedral permanecieron cerradas, y varios grupos de inmigrantes colocaron sus mantas y planchas de cartón bajo un voladizo.

Junto a ellos, en el restaurante de El Huacal, Coca Colas y Coronas se disponían sobre varias mesas dispersas. Cuando la primera caravana llegó a la ciudad, la encargada había servido pan, café y plátanos. Dejó que la primera caravana y la siguiente cargase sus teléfonos en los enchufes del establecimiento. Pero alguien había robado el teléfono de uno de sus clientes, por lo que decidió parar. Decía que comprendía su situación, pero los lugareños tenían cada vez más miedo de ir al centro y su negocio había descendido un 20 o 30 por ciento ese mismo mes. «¿Qué va a pasar?», se preguntaba. «Trump no va a dejarles entrar. ¿Vamos a quedarnos con ellos?».

Mientras la lluvia se convertía en una ligera llovizna, la gente se dispuso a pasar la noche en la plaza. Desde la acera, una lugareña llamada Esmeralda contempló la plaza abarrotada y recordó que, cuando llegó la primera caravana, solo dos semanas antes, se había lavado las manos y había empezado a hacer bocadillos. Se había quedado despierta hasta las 3 de la mañana. Cuando llegó la segunda, la comunidad donó comida y sábanas. Ahora, la paciencia de la ciudad había disminuido. «El gobierno de Chiapas abrió las puertas para que pasara esto», afirmó, refiriéndose a cómo las autoridades estatales miraron hacia otro lado mientras miles de migrantes atravesaban la frontera. «A los mexicanos no les parece bien».

Cerca de ella, dos miembros de protección civil aguardaban en caso de emergencia junto a una ambulancia. «Siempre habrá gente descontenta, pero también gente comprensiva», comentó el mayor. «La gente da agua y comida, y cada vez más gente está dispuesta a ayudar». Cuando la caravana se dispuso a salir la mañana siguiente, a las 4 de la mañana, les siguieron de cerca hasta que llegaron sanos y salvos a la siguiente ciudad, 12 horas después.

Este artículo se publicó originalmente el lunes, 19 de noviembre de 2018 en nationalgeographic.com.
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