Historia

Un cambio en nuestra dieta podría haber cambiado nuestra forma de hablar

Un nuevo y polémico estudio sugiere que la agricultura habría sido un posible factor responsable del aumento del uso de los sonidos «f» y «v». Viernes, 15 Marzo

Por Michael Greshko

Se dice que somos lo que comemos, pero ¿se transfiere ese aspecto de nuestra identidad a los idiomas que hablamos?

En un nuevo estudio publicado en la revista Science, un equipo de lingüistas de la Universidad de Zúrich ha aplicado la biomecánica y evidencias lingüísticas para argumentar que el auge de la agricultura hace miles de años aumentó las probabilidades de que las poblaciones empezaran a utilizar sonidos como f y v. La idea es que la agricultura introdujo una serie de alimentos blandos en la dieta humana, que alteró el desgaste de los dientes y las mandíbulas humanas con la edad de forma que facilitaron la producción de estos sonidos.

«Espero que nuestro estudio de pie a un debate más amplio sobre el hecho de que al menos algunos aspectos del idioma y el habla —e insisto, algunos— deben tratarse como tratamos otros comportamientos humanos complejos: entre la biología y la cultura», afirma el autor principal del estudio Damián Blasi.

De confirmarse, el estudio sería uno de los primeros que demuestra que un cambio inducido por la cultura en la biología humana alteró los idiomas globales. Blasi y sus colegas insisten en que los cambios en el desgaste dental no garantizan cambios en el idioma, ni tampoco remplazan a otras fuerzas. En lugar de eso, sostienen que el cambio en el desgaste dental hizo que fuera más probable que emergieran sonidos como f y v. Algunos científicos de otros ámbitos, como los expertos en desgaste dental, se muestran abiertos a esa idea.

«[El desgaste dental] es un patrón habitual con profundas raíces evolutivas; no es específico de humanos [y] homínidos, sino que también está presente en grandes simios», explican en un email Marcia Ponce de León y Christoph Zollikofer, paleoantropólogos de la Universidad de Zúrich que no participaron en el estudio. «¿Quién podría haberse imaginado que, tras millones de años de evolución, tendría implicaciones en la diversidad de los idiomas humanos?».

Aunque el estudio se basa en varios supuestos, «creo que los autores construyen un argumento muy verosímil», añade Tecumseh Fitch, experto en bioacústica de la Universidad de Viena que no participó en el estudio. «Es probablemente el estudio más convincente que demuestra cómo las limitaciones biológicas del cambio lingüístico pueden modificarse con el paso del tiempo debido a cambios culturales».

Pero muchos lingüistas se muestran escépticos debido a la preocupación generalizada a la hora de establecer vínculos entre las diferencias lingüísticas y las diferencias biológicas, una línea de pensamiento dentro de este campo que ha llevado al etnocentrismo. Basándose en la gran variedad mundial de lenguas y dialectos, la mayoría de los lingüistas creen que, en general, todos compartimos las mismas herramientas biológicas y capacidades de emisión de sonidos en lenguajes hablados.

«Tenemos que comprender que las pequeñas diferencias [medias] observadas en estudios como este no se ven abrumadas por la diversidad habitual de una comunidad», explica por email Adam Albright, lingüista del MIT que no participó en el estudio.

Eficiencia energética

Aunque parezca que los dientes están sólidamente incrustados en el cráneo y la mandíbula, pueden cambiar y desviarse dentro del hueso conforme las personas envejecen, como podrá decirte cualquiera que haya llevado aparato. Normalmente, los humanos nacen con una ligera sobremordida, pero conforme los dientes se desgastan de forma natural, basculan hacia una orientación más vertical. Para compensarlo, la mandíbula inferior se desplaza hacia delante de forma que las hileras superiores e inferiores de dientes estén alineadas borde con borde.

Durante gran parte de la historia de nuestra especie, esta configuración era la norma en la edad adulta, como se observa en muchos cráneos prehistóricos estudiados a lo largo de las tres últimas décadas. Pero cuando las sociedades adoptaron nuevas técnicas agrícolas, como el cultivo de cereales y la cría de ganado, las dietas cambiaron. Cuando alimentos blandos como la avena o el queso pasaron a dominar los menús de la antigüedad, los dientes de las personas experimentaron menos desgaste, lo que permitió a más gente mantener esa sobremordida hasta la adultez.

Se cree que una sobremordida más habitual preparó el terreno para sonidos como la f y la v, que se emiten al introducir el labio inferior bajo los dientes superiores. Si los dientes superiores sobresalen más, en teoría sería más fácil emitir estos sonidos, que los lingüistas denominan labiodentales.

En realidad, Blasi y sus colegas no son los primeros en proponer esta hipótesis. El influyente lingüista Charles Hockett sugirió una idea similar en un ensayo publicado en 1985. Pero la hipótesis de Hockett se basaba en un argumento en particular de C. Loring Brace, un influyente antropólogo de la Universidad de Míchigan. Un año después de la publicación del ensayo de Hockett, Brace respondió diciendo que le había hecho cambiar de idea, lo que hizo que Hockett descartara su propia idea.

Durante décadas, este tira y afloja entre Hockett y Brace se consideró la última palabra en el asunto. Cuando Blasi y sus colegas revisaron el tema hace varios años, lo hicieron con propósitos demostrativos. Pero cuando el equipo empezó a analizar las bases de datos de idiomas mundiales y su distribución estadísticamente, empezaron a observar una relación persistente que no podían explicar.

«Durante meses, intentamos demostrar que esta correlación no existía... y entonces pensamos que quizá hubiera algo tras ella», afirma el coautor del estudio Steven Moran, lingüista de la Universidad de Zúrich.

A continuación, el equipo llevó a cabo análisis de seguimiento, entre ellos algunos que emplearon un modelo informático de los huesos y músculos de la cara. Los modelos descubrieron que emitir labiodentales con sobremordida gasta un 29 por ciento menos de energía que sin sobremordida.

El equipo de Blasi sostiene que, cuando emitir la f y la v se hizo menos costoso genéticamente, los sonidos se volvieron más comunes. Quizá al principio fuera solo por accidente, ya que la gente pronunciaba mal sonidos emitidos con ambos labios como la p y la b, las denominadas bilabiales. Pero, cuando aparecieron las labiodentales, se quedaron, quizá porque eran claramente provechosas.

“El auge de las labiodentales se corresponde prácticamente con el momento en que los hablantes empezaron a consumir productos lácteos y cultivar cereales.”

Cuando el equipo de Blasi comparó los registros lingüísticos con datos de cómo conseguían comida sociedades diferentes, descubrieron que los idiomas utilizados por sociedades modernas de cazadores-recolectores empleaban aproximadamente un cuarto de los sonidos con f de los que usan las sociedades agrícolas, lo que sugiere una posible correlación con la dieta. Y cuando analizaron la vasta familia de idiomas indoeuropeos, descubrieron que las probabilidades de la aparición de las labiodentales eran inferiores al 50 por ciento hasta hace 4.000 o 6.000 años.

El auge de las labiodentales se corresponde prácticamente con el momento en que los hablantes empezaron a consumir productos lácteos y cultivar cereales. El equipo de Blasi sostiene que no es una coincidencia.

«El panorama de sonidos que tenemos está muy afectado por la biología de nuestro aparato de habla», afirma el coautor del estudio Balthasar Bickel. «No es solo una evolución cultural».

Chasquidos persistentes

Dicho esto, muchos factores, desde la estructura social hasta las modas pasajeras, pueden configurar el lenguaje, y el auge de la agricultura trajo consigo profundos cambios sociales. Los lingüistas también insisten en que incluso dentro de una sola población, el habla puede variar mucho.

“"Los chasquidos no solo existen, sino que se han expandido a muchas lenguas que no los tenían."”

por Khalil Iskarous

Khalil Iskarous, lingüista de la Universidad de California que no participó en el estudio, está dispuesto a considerar los argumentos probabilísticos del artículo. Pero señala que los órganos del habla humana no gastan tanta energía en relación al movimiento y que son tan flexibles que, a menudo, pueden compensar diferencias en la estructura ósea. Se esperaría que los sonidos dificultados por la sobremordida, como las bilabiales, disminuyeran, pero resulta obvio que muchos idiomas las han mantenido.

Es más, si el gasto de energía desempeña un papel conductor en los idiomas, muchos sonidos discursivos difíciles habrían pasado por un camino cuesta arriba hasta adoptarlos. Por ejemplo, Iskarous ofrece como ejemplo los chasquidos que integran muchas lenguas joisanas del sur de África.

«Si una cantidad ínfima de esfuerzo establece una diferencia entre si es probable que emitas un sonido o no, entonces se podría suponer, por ejemplo, que ningún idioma debería tener chasquidos. Y los chasquidos no solo existen, sino que se han expandido a muchas lenguas que no los tenían», afirma. «Exigen mucho esfuerzo, pero no importa: son fuerzas culturales las que decidieron que se generalizaran los chasquidos».

Pero Blasi insiste en que los argumentos de su equipo no excluyen la cultura.

«Las probabilidades [de emitir labiodentales de forma accidental] son relativamente bajas pero, si hay suficientes ensayos —y con esto queremos decir que cada afirmación es un ensayo— a lo largo de generaciones, esto produce la señal estadística que observamos», explica. «Pero no es un proceso determinista».

Mientras el debate continúa, el equipo de Blasi ya tiene alguna idea de los próximos pasos. Por ejemplo, dicen que sus métodos podrían ayudar a reconstruir cómo se hablaban los antiguos lenguajes escritos y a catalogar los innumerables fonemas de la lengua.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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