Esto es lo que podría perder el mundo en un conflicto con Irán

Con la escalada de tensiones entre Estados Unidos e Irán, los lugares de patrimonio cultural podrían convertirse en daños colaterales.miércoles, 8 de enero de 2020

De extensos palacios persas a íntimos santuarios religiosos de una exquisitez arquitectónica extraordinaria, Irán alberga 22 lugares Patrimonio Mundial de la Unesco y cientos de lugares históricos de importancia internacional. Las ruinas de las antiguas capitales de Pasargada o Persépolis aún transmiten la fuerza cosmopolita del gran imperio que las construyó, mientras que la infraestructura innovadora que mantuvo las antiguas ciudades desérticas del país aún las riega en la actualidad. Millones de peregrinos visitan sus monumentos al islam chií y hay ciudades iraníes enteras clasificadas como lugares de importancia histórica universal por la Unesco.

Por eso los círculos del patrimonio cultural han criticado ferozmente que el presidente Trump haya amenazado por Twitter con atacar el patrimonio cultural de Irán este fin de semana.

La protección del patrimonio cultural está recogida en la Convención para la protección de los bienes culturales en caso de conflicto armado, adoptada en La Haya en 1954, y la Convención sobre la protección del patrimonio mundial, cultural y natural adoptada en París en 1972, tratados internacionales de los que Estados Unidos e Irán son signatarios.

Muchos sostienen que la Convención de la Haya de 1954 tiene su origen en un documento estadounidense anterior promulgado por Abraham Lincoln en plena Guerra de Secesión. El Código Lieber reza: «Las obras de arte clásico, bibliotecas, colecciones científicas o instrumentos preciosos, tales como telescopios astronómicos, así como los hospitales, deben ser protegidos en contra de todo daño evitable, incluso cuando estén dentro de espacios fortificados mientras sean sitiados o bombardeados.»

Entre los lugares más preciados de Irán figuran Pasargada y Persépolis, los antiguos centros reales del Imperio persa, donde la magnitud de la visión y la expresión artística de sus arquitectos aún hace eco más de 2000 años después. Las ciudades de Yazd y Shûshtar son testigo de la innovación de los ingenieros de la antigüedad, quienes aprovecharon el poder del agua para mantener verdes las ciudades del desierto durante milenios. La inscripción plurilingüe de Bisotun, que celebra la victoria del emperador persa Darío sobre sus enemigos, se ha comparado con la piedra de Rosetta. También están los monumentos religiosos —la detallada mezquita del Viernes de Isfahán, los espacios contemplativos del complejo sufí de Safioddín Ardabilí o el monasterio cristiano de san Tadeo, del siglo VII— que son testigo de la gran diversidad que ha prosperado en el corazón de Asia occidental.

El domingo, Trump repitió su amenaza de atacar el patrimonio cultural de Irán y cuestionó la validez de la Convención de la Haya de 1954 ante los periodistas a bordo del Air Force One: «Les permiten torturar y mutilar a nuestra gente. Les permiten usar bombas al borde de las carreteras para hacer volar a nuestra gente. ¿Y no nos permiten tocar sus patrimonios culturales? Las cosas no funcionan así». (En el momento de la publicación de este artículo, el presidente Trump no había aclarado explícitamente qué lugares patrimonio cultural de Irán pretende atacar.)

Existe una buena razón por la que se protege explícitamente el patrimonio cultural en tiempos de guerra: los objetos físicos y los monumentos que reflejan los valores de una comunidad o una cultura aportan un sentido de cohesión y continuidad importantísimo. Destruir estos monumentos es un acto en el que se borra la identidad humana.

Por eso el Estado Islámico atacó específicamente monumentos musulmanes de los grupos religiosos contra los que combatían. Por eso las fuerzas serbias bombardearon la Biblioteca Nacional de Sarajevo. Y esto también nos recuerda lo desgarradoras que pueden ser estas pérdidas incluso en tiempos de paz con los incendios de Notre Dame y del Museo Nacional de Brasil.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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