75 años después, la batalla de Iwo Jima aún atormenta a este veterano

Tras semanas de combates encarnizados, los marines estadounidenses estaban «sentados en el suelo, llorando desconsoladamente con la cara entre las manos».lunes, 17 de febrero de 2020

Hoy en día, Bill Montgomery no oye bien. Con 95 años, está sordo del oído derecho y le cuesta escuchar con el izquierdo. Pero aún puede escuchar los sonidos de la guerra que retumbaron en sus tímpanos de veinteañero en una isla rocosa llamada Iwo Jima. Y aún recuerda la alegría desenfrenada que sintió el día que vio la bandera estadounidense izada allí, un acontecimiento grabado para siempre en los anales de la historia militar americana.

«Fue al quinto día después de aterrizar. Estaba solo, tumbado en una ladera al borde de un aeródromo y escuché las bocinas de un barco. Los tíos de las trincheras empezaron a vitorear», recuerda.

Dirigió la vista hacia la cima del monte Suribachi de 169 metros de altura, un punto visible desde casi cualquier rincón de las 21 kilómetros cuadrados de Iwo Jima. Lo que vio desde 400 metros de distancia le provocó una descarga de emoción que le recorrió el cuerpo cansado. «Miré y allí estaba la bandera. ¡Vaya sensación!», cuenta con un toque de asombro en la voz.

Es posiblemente el momento más icónico de la guerra en el Pacífico. La imagen del fotógrafo Joe Rosenthal de seis marines alzando la bandera estadounidense sobre el punto más elevado de Iwo Jima fue una fuente de inspiración para millones de estadounidenses y sigue siendo un punto de reunión de los marines.

«¡Me sentí extático!», dice Montgomery. «Sabía que había terminado. Habían matado a muchos de los nuestros. Sobrevivimos».

Pero no había terminado. Ni de lejos. La batalla de Iwo Jima seguiría otro mes más. De los 110 000 soldados, marines y pilotos estadounidenses que combatieron en aquel puesto volcánico, 26 000 morirían o resultarían heridos. Bill Montgomery se convertiría en uno de los pocos marines que resistieron durante los 37 días de combate, día sangriento tras día sangriento. De los 50 hombres de su unidad, solo sobrevivió media docena.

«Nunca entendí cómo no me alcanzaron», afirma. «Me siento culpable. Pero también agradecido».

Se inclina hacia delante y tamborilea con los dedos en la mesa de su residencia, cerca de Atlanta, Georgia. Su mujer Lea, con la que lleva 70 años casado, parece querer tocarle las manos nerviosas, pero en lugar de ello le sonríe dulcemente. Él le devuelve la sonrisa y se relaja.

Los marines desembarcaron en Iwo Jima, a 1223 kilómetros de Tokio, el 19 de febrero de 1945. Tras días de bombardeos de la flota estadounidense, esperaban que fuera una operación sencilla, un combate de entre tres y seis días. Pero el enemigo, con 21 000 efectivos, respondió con una furia inesperada y liquidó a los marines desde una compleja red de túneles.

Para Montgomery fue un mes de huidas angustiosas. Pasó una noche agazapado en una zanja poco profunda con miedo a levantar la cabeza por si le disparaban los compañeros marines que estaban atacando desde una trinchera a pocos metros a sus espaldas. Aquella misma noche, varias granadas arrojadas por los japoneses contra la trinchera aterrizaron muy cerca de su objetivo y explotaron en círculo a su alrededor.

«Por la mañana, los marines estaban atónitos», afirma. «Me dijeron que pensaban que había muerto».

No fue la única ocasión en que la confusión de la guerra estuvo a punto de matar a Montgomery. Otro día, cuando estaba agachado en su puesto, un caza P-51 Mustang confundió a Montgomery con el enemigo. El piloto dejó caer la carga justo sobre él.

«Aterrizó al lado de mi trinchera, no explotó, rebotó delante de nosotros hasta la zona japonesa y explotó», afirma. Se salvó, pero estaba furioso. «Disparé varias veces a aquel Mustang», confiesa. «Desde entonces, cada vez que conozco a un piloto veterano le pregunto si estuvo en Iwo Jima. No he encontrado al tipo». Montgomery cuenta que lo más cerca que estuvo de estallar fue durante su calvario en Iwo Jima. Otros no tuvieron tanta suerte.

«Me encontré con los marines sentados en el suelo, llorando desconsoladamente con la cara entre las manos», recuerda. «Se les había quebrado la mente. Muchos nos quedamos insensibles, inmunes a cualquier sorpresa.

«Hacia el final, nos ordenaron que recogiéramos los cadáveres de los marines y los colocáramos al borde de la carretera para que un camión se los llevara al cementerio. Algunos llevaban muertos casi una semana. Muchos agarraba a un marine muerto por un brazo o una pierna... y se les desprendía».

Lea deja escapar un grito ahogado ante la confesión de su marido. «Hay cosas que nunca había oído», dice con voz suave.

«No fue una imagen agradable», responde él mirándola fijamente. Después se ríe. «La verdad es que no recuerdo ninguna imagen agradable en Iwo. Salvo el barco cuando nos marchamos».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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