Esta aldea de la India aún recuerda la matanza que presenció en la II Guerra Mundial

«Nunca encontramos huesos», cuenta un anciano. Pero estos agricultores de Manipur sí han desenterrado otras pruebas de una emboscada brutal tendida por los japoneses en abril de 1944.

Friday, March 13, 2020,
Por Paul Salopek
Imphal
Las tropas aliadas se reagrupan tras un combate con las fuerzas japonesas cerca de Imphal, capital del estado indio de Manipur, en abril de 1944.
Fotografía de Pen and Sword Books, Universal Images Group/Getty
Out of Eden Walk, de Paul Salopek, escritor y National Geographic Fellow, es una odisea narrativa que sigue las huellas de nuestros antepasados humanos por todo el mundo. Este es su último artículo desde la India.

Bakebonang Bariam, un agricultor del estado subtropical de Manipur, en el nordeste de la India, lleva años excavando reliquias en los campos de cultivo de arroz y jengibre de su aldea, Haochong.

«Nunca encontramos huesos. Solo esto», me contó Bariam.

En la curtida palma de la mano tiene dos monedas de cobre acuñadas durante el Raj británico. Las monedas estaban ennegrecidas por las quemas de la rotación de cultivos. También hay una rupia india plateada que data de 1943 y lleva el busto de Jorge VI, rey de los británicos a mediados del siglo pasado. Ninguno de los hallazgos puede describirse como tesoro. Eran más como un memento mori, la divisa de una tragedia. Las monedas habían llegado a la remota Haochong en los bolsillos de unos hombres que murieron de una forma horrible. La mayoría de los condenados eran nepalíes e indios. Algunos podrían haber sido aldeanos del pueblo naga, como el propio Baram. Uno era sin duda un inglés intrépido que, por curiosidad, había conducido del Reino Unido a la India en un coche de 30 caballos. Todos ellos combatían con los británicos en la Segunda Guerra Mundial. Emboscados por una patrulla japonesa, habían sido capturados, atados y degollados o decapitados. Sus cadáveres se arrojaron a un barranco situado sobre los campos de Bariam.

Este retrato de Thomas Sharpe apareció en el Derbyshire Times el 5 de mayo de 1944, cuando el periódico anunció que había sido capturado por los japoneses en Manipur.
Fotografía de The Derbyshire Times (publicada el 5 de mayo de 1944)

«Enterramos al sahib junto a la tienda de la aldea», recordó el tío de 87 años de Bariam, Chilannang Bariam, que usa el término colonial para referirse a un soldado británico. «Parecía importante. Creo que su apellido era Stark».

No, no lo era.

Los registros militares lo identifican como Thomas Arthur («Timmy») Sharpe. Sharpe ni siquiera era soldado. Era un administrador civil del gobierno indio, graduado en matemáticas y física por Cambridge, que había emprendido una misión letal para organizar una red de guerrillas contra los japoneses. Los aldeanos me contaron que durante más de 70 años nadie había venido a investigar su suerte ni la suerte de sus hombres, que fueron ejecutados con él. Ese es el destino de los fantasmas de la Campaña de Birmania.

LA GUERRA entre Gran Bretaña y Japón en las regiones interiores del Sudeste Asiático compone un capítulo brutal pero relativamente desconocido de las crónicas de la Segunda Guerra Mundial.

Entre 1942 y 1945, hasta 1,5 millones de hombres combatieron en las selvas llenas de sanguijuelas, ríos salvajes y montañas regadas por el monzón del nordeste de la India y la actual Birmania. (Puedes ver este vídeo del terreno selvático donde Sharpe pasó sus últimos días.) Solo en la India, enormes batallas cuidadosamente preparadas mataron a casi 75 000 soldados y a innumerables civiles, más del doble de víctimas que otras batallas del Pacífico más famosas, como Guadalcanal. Fue una «guerra mundial» en miniatura dentro de un conflicto global mayor. No solo participaron fuerzas británicas y japonesas; también lo hicieron soldados de apoyo de la India, Estados Unidos, Canadá, Tailandia, Birmania, China, Australia, Nueva Zelanda y varios países africanos.

Hoy, las colinas forestadas de Manipur son un paraíso exuberante. Pero durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los japoneses desataron una ofensiva en este rincón silvestre de la India británica, fueron un escenario de gran sufrimiento para los lugareños.
Fotografía de Paul Salopek

Al principio, los británicos sufrieron duras derrotas y enseguida perdieron Hong Kong, la Malasia británica y Birmania. Pero un enorme contraataque contra los invasores japoneses supuso un punto de inflexión clave en la Segunda Guerra Mundial. La maquinaria bélica japonesa nunca se recuperó. Los historiadores militares indican que la exitosa Campaña de Birmania, como se denomina hoy en día, sigue eclipsada por el desembarco de Normandía, en Francia, que se produjo al mismo tiempo, y manchada por la idea de que la victoria aliada apuntaló el colonialismo: un imperio europeo que reclamaba su territorio asiático.

Estos sentimientos encontrados perduran en la India.

«Quizá no haya ningún otro país del mundo que sea tan ambivalente, en el mejor de los casos, e indiferente, en el peor, sobre su propio papel en la Segunda Guerra Mundial», escribe Hemant Singh Katoch, autor de The Battlefields of Imphal, acerca de la indiferencia prolongada de la India respecto a su historia bélica. «Es impresionante, sobre todo si se tiene en cuenta el muy citado hecho de que al comienzo de la guerra, en 1939, el ejército indio solo constaba de unos 200 000 hombres; cuando terminó la guerra en 1945, esa cifra había superado los dos millones».

Es cierto que el grueso de los reclutas de la India acudieron en masa al ejército colonial británico. Pero decenas de miles más también se alistaron en una legión nacionalista india apoyada por los japoneses con la esperanza de expulsar a los británicos de la India y conseguir la independencia.

En la actualidad, el antiguo estado de primera línea de Manipur (donde en su día lucharon cuerpo a cuerpo ejércitos enemigos en trincheras llenas de lluvia, senderos selváticos e incluso en la cuidada pista de tenis de un oficial colonial), quedan pocas evidencias visibles la violencia masiva de la Campaña de Birmania.

Un museo de la paz financiado por los japoneses conmemora el amargo asedio de Imphal, la capital de Manipur, donde fallecieron 50 000 soldados japoneses atacantes. Sobre los arroyos y los ríos de la montaña de la región aún quedan unos cuantos puentes peatonales oxidados de la época británica. Y en las aldeas, solo los residentes más ancianos pueden evocar recuerdos vacilantes de una guerra vasta que afectó tanto a combatientes como a civiles.

Chilannang Bariam, de 87 años, recuerda la violencia de la Segunda Guerra Mundial en Haochong, su aldea en las colinas de Manipur.
Fotografía de Paul Salopek

«Las bombas nos caían encima y la gente huía hacia el bosque», contó Chilannang Bariam, el octogenario de Haochong, una comunidad aislada de agricultores de la etnia naga que hasta hace un siglo practicaban el animismo y cazaban cabezas. «A veces bombas británicas, a veces bombas japonesas. Tuvimos suerte de que no mataran a nadie. Nuestros ancianos dijeron que fue la deidad de nuestra aldea, Rashwang, quien nos protegió».

En la primavera de 1944, el escudo divino cayó.

Fue entonces cuando un pelotón de hombres salió del sotobosque de Haochong, contó Bariam. Llevaban hojas y ramas de árboles pegadas a los uniformes embarrados. Eran las unidades de avance del 15º Ejército Imperial Japonés.

LOS CRÍMENES DE GUERRA cometidos supuestamente hace 76 años en Haochong no fueron exclusivos de la Campaña de Birmania. Los informes bélicos del periodo están teñidos de atrocidades que oscilan del suplicio de los prisioneros aliados en Tailandia (como se muestra en la película El puente sobre el río Kwai) al asesinato de cientos de aldeanos en la masacre de Kalangong, en Birmania. Sin embargo, hasta ahora no se habían documentado los recuerdos de los habitantes de Haochong.

La narración que sigue se ha reconstruido a partir de las entrevistas a ancianos de Haochong, informes militares fragmentarios y recortes de periódicos contemporáneos: para abril de 1944, el ejército británico que vigilaba la frontera india con Birmania estaba siendo atacado por 110 000 soldados japoneses experimentados. Según el diario oficial del ejército, enviaron a un joven civil llamado Thomas Arthur Sharpe a las colinas del oeste de Imphal en una misión especial: organizar a la resistencia local en coordinación con una «Fuerza V» secreta, una unidad de guerrilla británica compuesta, en palabras del historiador Fergal Keane, por «plantadores de té, aventureros, oficiales de carrera, exsoldados, excazadores de cabezas y soldados indios».

Se han descubierto monedas antiguas, entre ellas algunas que datan de la Segunda Guerra Mundial, en la selva que rodea Haochong, donde los soldados japoneses supuestamente degollaron a los soldados británicos capturados.
Fotografía de Paul Salopek

Un soldado asignado al frente birmano dejó esta descripción de un exótico soldado de la Fuerza V que atravesaba la zona de combate de la selva:

«Entra en escena [un] elefante. En el lomo lleva un howdah de bambú rudimentario y encaramado medio dentro medio fuera iba un soldado británico vestido de forma excéntrica que nos saludó alegremente… Una taza de té rápida y se puso en marcha… Era un tipo alto, con barba bíblica, vestido con túnicas blancas sueltas, paseando a buen ritmo mientras sostenía un gran paraguas negro contra el sol».

Sharpe no conducía elefantes. Se adentró en las colinas de Manipur con una columna de soldados indígenas. Lo poco que sabemos sobre él apunta a una actitud inquieta.

Sharpe, que nació de padres de clase media en las Tierras Medias inglesas, se graduó por el Emmanuel College de la Universidad de Cambridge y enseguida puso el punto de mira en la India. Con amigos ingleses e indios, cruzó Europa y Persia en coche para llegar al subcontinente, una proeza en una época sin autopistas. Tras dar tumbos por la administración pública india, acabó en Imphal, donde ascendió a vicecomisario y donde miles de mujeres airadas que protestaban por el monopolio del arroz que había provocado hambruna lo tomaron brevemente como rehén. En 1942, el rey le concedió una medalla por guiar personalmente al comandante de las fuerzas estadounidenses que se retiraban de Birmania, el general Joseph Stillwell, hasta que estuvo a salvo al otro lado de la frontera india. En Haochong se acabaron sus aventuras. Tenía 30 años.

«Los británicos no sabían que los japoneses estaban aquí. Dispararon a muchos de los soldados británicos», me contó Bariam, el anciano de la aldea que por aquel entonces tenía 10 años.

Bariam me dijo que ataron a los supervivientes y los obligaron a tumbarse sobre el sendero: «Los japoneses nos obligaron a caminar encima de ellos».

Como otros ancianos de Haochong, Bariam especuló que los japoneses habían maltratado a Sharpe y a sus hombres para advertir a los nagas de que no ayudaran a los británicos en su empeño bélico. En tal caso, la muestra de crueldad podría haber sido superflua.

Antes de la guerra, las colinas en torno a Haochong habían sido el epicentro de un alzamiento extraordinario de la población naga en contra del gobierno colonial británico. Una mística de una aldea cercana, una adolescente llamada Gaidinliu Kamei, instó a los nagas a rechazar el cristianismo, los impuestos y el trabajo forzado de los europeos. Acallaron la revuelta por la fuerza bruta. Es probable que al menos algunos aldeanos de Haochong recibieran a los japoneses como liberadores.

Los soldados británicos avanzan para liberar la carretera entre Imphal y Kohima, una vía crucial en el nordeste de la India, en noviembre de 1944. La campaña de varias semanas se cobró miles de vidas japonesas.
Fotografía de AP

Bariam me contó que, tras la sesión de tortura, llevaron uno a uno a los prisioneros de guerra británicos e indios que sobrevivieron al borde de un barranco. Los soldados japoneses que esperaban allí degollaron a los hombres con bayonetas o los decapitaron con espadas. Los registros bélicos británicos sugieren que Sharpe murió de un disparo, pero Bariam insistió en que lo decapitaron.

«En la Campaña de Birmania había muchos informes de que los japoneses usaban a sus prisioneros de guerra para practicar con las bayonetas. Por consiguiente, las afirmaciones de los ancianos de la aldea podrían ser ciertas», explicó Yaiphaba Kangjam, historiador de guerra de Manipur cuya empresa, Battle of Imphal Tours, organiza visitas a los campos de batalla de la región.

Es imposible confirmar cuántas vidas se cobró esta masacre. La tradición oral de Haochong sostiene que mataron a unos 40 hombres. Los expertos militares afirman que es probable que la cifra sea demasiado elevada. Con todo, se desconocen las identidades de las víctimas, salvo la de Sharpe. Entre ellas podría haber milicianos gurkas de Nepal, soldados indios del estado de Assam e incluso porteadores nagas. Las bajas indígenas en este incidente no se mencionan en los registros disponibles de la Segunda Guerra Mundial.

«Aquellos chicos deben estar ahí», contó Dinta Inka, presidente del consejo de la aldea de Haochong. «Nadie vino nunca a buscarlos».

Respecto a Sharpe, incluso se discute la ubicación de su tumba.

Inka señaló un lugar de la aldea donde dice que enterraron el cuerpo del sahib: sobre una colina con vistas de una iglesia baptista medio construida. Un historiador de Manipur familiarizado con el caso, Rajeshwor Yumnam, lo cuestionó: según él, el inglés fue exhumado tras la guerra y descansa en algún lugar bajo la hierba del antiguo complejo del gobernador británico en Imphal.

Al parecer, Sharpe nunca se casó ni tuvo hijos. Los archivos del Emmanuel College indican que la única hermana que le sobrevivió, Olivia Sharpe, donó a su alma mater la medalla de su hermano, la Excelentísima Orden del Imperio Británico, antes de fallecer. En la actualidad, el sendero bélico que recorrieron sus hombres y él hacia sus muertes ha sido dominado por el bosque y resuena con los cantos de las cigarras.

Tony Honeyman contribuyó a este reportaje.
Este artículo se publicó en inglés en la página web del proyecto Out of Eden Walk de la National Geographic Society. Explora la página aquí.
Paul Salopek ha ganado dos premios Pulitzer por su labor periodística cuando era corresponsal del Chicago Tribune. Síguelo en Twitter @paulsalopek.
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