En su día, lavarse las manos fue una recomendación médica polémica

Todo el mundo sabe que lavarse las manos es una manera fácil de prevenir enfermedades. Sin embargo, la defensa de esta práctica le costó a un médico su carrera en la década de 1840.martes, 10 de marzo de 2020

Para evitar propagar enfermedades como la gripe y el coronavirus, la táctica que probablemente sea menos polémica (y más eficaz) sea lavarse las manos. La OMS recomienda lavarse las manos entre 40 y 60 segundos, pero este consejo no siempre se consideró de sentido común. En el siglo XIX, fue todo un escándalo.

En la Europa de la década de 1840, muchas madres recientes fallecían por la denominada fiebre puerperal o fiebre del parto. Incluso con la mejor atención médica disponible, las mujeres caían enfermas y fallecían poco después de dar a luz. Era un problema que intrigaba al médico húngaro Ignaz Semmelweis, quien buscó su origen.

 

Comadronas y médicos

Semmelweis trabajaba en el Hospital General de Viena, en Austria, que albergaba dos alas de maternidad separadas: una dirigida por hombres médicos y otra dirigida por mujeres comadronas. Advirtió que la tasa de mortalidad por la fiebre era mucho menor cuando las comadronas asistían al parto. La tasa de fallecimiento de las mujeres al cuidado de los médicos y estudiantes de medicina era más del doble que la tasa de las pacientes de las comadronas.

El médico puso a prueba una serie de hipótesis para tratar de explicar el fenómeno. Semmelweis investigó si la posición corporal de una mujer durante el parto influía. Estudió si la vergüenza literal de que las examinara un hombre médico provocaba la fiebre. Pensó que quizá eran los sacerdotes que atendían a las pacientes que se morían de fiebre lo daba un susto de muerte a las madres. Semmelweis evaluó cada uno de los factores y después los descartó.

Partículas y patógenos

Tras descartar estas variables, Semmelweis halló el culpable: los cadáveres. Por las mañanas, los médicos del hospital observaban y ayudaban a sus alumnos en las autopsias que formaban parte de su formación en medicina. Por las tardes, médicos y estudiantes trabajaban en el ala de maternidad examinando a las pacientes y asistiendo a los partos. Las comadronas no tenían dicho contacto. Solo trabajaban en su ala.

Semmelweis planteó la hipótesis de que los médicos y sus estudiantes trasladaban «partículas cadavéricas» de los cuerpos de los fallecidos a las madres. A diferencia de hoy, los médicos no tenían que lavarse las manos entre las visitas a los pacientes. Los patógenos con los que entraban en contacto durante una autopsia viajaban con ellos al ala de maternidad.

La teoría germinal aún estaba en pañales (los científicos Louis Pasteur y Joseph Lister estaban a pocas décadas de su influyente trabajo), así que en lugar de «gérmenes» Semmelweis denominó los agentes «materia orgánica animal en putrefacción». Las partículas infectaban a las mujeres, que fallecían de fiebre tras entrar en contacto con los médicos.

El rechazo del lavado de manos

En 1847, Semmelweis hizo que el lavado de manos fuera obligatorio para los estudiantes y los médicos que trabajaban para él en el Hospital General de Viena. En lugar de utilizar jabón normal y corriente, Semmelweis usó una solución de hipoclorito cálcico, ya que retiraba por completo el olor de la descomposición de las manos de los médicos. El personal empezó a desinfectar los instrumentos y a sí mismos. La tasa mortalidad del ala de maternidad dirigida por los médicos cayó en picado.

En la primavera de 1850, Semmelweis subió al escenario de la prestigiosa Sociedad Médica de Viena y ensalzó las virtudes del lavado de manos ante un público compuesto por médicos. Su teoría desafiaba los conocimientos médicos tradicionales de la época y fue rechazada por la comunidad médica, que criticó tanto su ciencia como su lógica. Los historiadores creen que también la rechazaron porque los culpaba a ellos de las muertes de las pacientes. Pese a haber revertido las tasas de mortalidad en las alas de maternidad, el Hospital General de Viena abandonó el lavado de manos obligatorio.

Los años siguientes fueron difíciles para Semmelweis. Abandonó Viena y se trasladó a Pest, en Hungría, donde también trabajó en un ala de maternidad. Instituyó allí la práctica del lavado de manos y, al igual que en Viena, redujo drásticamente la tasa de mortalidad materna. Con todo, el éxito de esta práctica a la hora de salvar vidas no hizo que se aceptaran sus ideas.

Semmelweis publicó artículos sobre el lavado de manos en 1858 y en 1860, seguidos por un libro un año después, pero la clase médica dirigente no aceptó sus teorías. Muchos médicos condenaron su libro con otras teorías sobre la propagación continua de la fiebre puerperal.

Unos años después, la salud de Semmelweis empezó a deteriorarse. Algunos creen que sufría sífilis o alzhéimer. Lo ingresaron en un hospital psiquiátrico y falleció poco después, posiblemente por la sepsis causada por una herida infectada que tenía en la mano.

La redención de un médico

En 1867, dos años después de la muerte de Semmelweis, el cirujano escocés Joseph Lister también impulsó la idea de desinfectarse las manos y el instrumental quirúrgico para detener las enfermedades infecciosas. Sus ideas también recibieron críticas, pero en la década de 1870 los médicos empezaron a lavarse regularmente antes de operar.

Poco después, otros empezaron a reconocer el trabajo anterior de Semmelweis. Más adelante, su labor llevaría al desarrollo de la teoría germinal de Louis Pasteur, que cambió la forma en que los médicos atienden a los pacientes e investigan la causa y la propagación de las enfermedades. Los cirujanos empezaron a lavarse las manos con regularidad en la década de 1870, pero la importancia de lavarse las manos a diario no se volvió universal hasta más de un siglo después.

Más de un siglo después de que se burlaran de las teorías de Semmelweis, la Universidad Médica de Budapest cambió su nombre a Universidad de Semmelweis, en honor a su persistencia no reconocida para mejorar la atención médica a través de la limpieza.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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