Así se han transformado los estadios ante la crisis de la COVID-19

Las instalaciones deportivas se han convertido en centros de pruebas, hospitales y morgues provisionales.

Por Tisha Thompson
Publicado 4 may 2020, 13:59 CEST
Estadio Pacaembú

El estadio Pacaembú, en São Paulo, Brasil, se ha convertido en un hospital de campaña para abordar la crisis de la COVID-19.

Fotografía de Andre Chaco, Fotoarena, Sipa USA, Ap
Reportaje publicado en colaboración con ESPN. También puedes leerlo en ESPN.com.

Hace no mucho, hacíamos cola a las puertas de los estadios, ansiosos y emocionados con las camisetas de nuestro equipo, listos para animar. Si sentíamos nervios, eran del tipo sano que infunden vida en el deporte. En el fondo, siempre supimos que lo que nos jugábamos no era de vida o muerte.

Ahora, esos nervios son diferentes. Muchos estadios y campos deportivos de todo el mundo se han convertido para servir fines distintos. Son hospitales de campaña o lugares donde se realizan los test de coronavirus. Algunos cobijan a las personas sin hogar. Otros se usan para alimentar a los hambrientos. Otros son morgues.

Pero sus fachadas de hormigón, canastas, suelos de madera y hierba artificial nos recuerdan lo que teníamos y la promesa de lo que nos espera al otro lado de la pandemia.

Estos son nuestros campos de juego.

Los coches hacen cola para hacerse la prueba de la COVID-19 en el aparcamiento del Hard Rock Stadium, el estadio de los Miami Dolphins.

Fotografía de Wilfredo Lee, Ap

Norteamérica

Por primera vez en la historia de Norteamérica, se ha declarado simultáneamente estado de emergencia en todas las provincias canadienses, en los 50 estados de EE. UU. y el Distrito de Columbia, y en casi todos los territorios estadounidenses. Los gobernadores de Estados Unidos han movilizado a las unidades de la Guardia Nacional para que conviertan casas de campo, estadios y aparcamientos. Entre estas instalaciones figuran 10 estadios de la Liga Nacional de Fútbol Americano, pistas de atletismo y más de tres docenas de centros más que normalmente se usan para jugar al baloncesto, hockey, béisbol y tenis, como el estadio donde se celebra el Abierto de Estados Unidos. Ahora el país ha superado los 50 000 fallecidos y estos centros deportivos han adquirido nuevas funciones.

La sargento Donita Adams, de la Guardia Nacional de Maryland, camina entre las tiendas militares de color arena que rodean el estadio FedExField.

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    Los obreros transforman el Sleep Train Arena, sede de los Sacramento Kings de California, en un hospital de campaña de 400 camas.

    Fotografía de Rich Pedroncelli, Ap

    «Es surrealista», cuenta. «Para nosotros, el FedExField es algo grande, es la casa de los Redskins... Esta es una atmósfera totalmente diferente. En lugar de ser alegre y feliz y de estar celebrándolo, estamos preocupados y somos cautos».

    Al igual que otros soldados ciudadanos, Adams se presentó voluntaria para la Guardia Nacional por un motivo. Tras una carrera de éxito en el baloncesto en el Glenville State College de Virginia Occidental, soñaba con llegar a la WNBA, pero no superó la última ronda de pruebas para Los Angeles Sparks. «Me dolió. Solo tuve que recoger los pedazos y encontrar otra vía. Y lo conseguí», dice.

    En la Guardia Nacional halló un modo de ser entrenadora de baloncesto en su vida civil y atleta de primera con su uniforme militar. Forma parte del equipo femenino del ejército de Estados Unidos que ganó el oro contra equipos de otras ramas militares y que el pasado octubre fue una de las 12 jugadoras elegidas para representar a su país en los Juegos Mundiales Militares en Wuhan, China. Semanas después de que su equipo se llevara el bronce, llegó la noticia de que había aparecido un nuevo virus.

    Ahora, en lugar de prepararse para otra temporada, Adams forma parte de la plantilla de la Guardia Nacional que trabaja en un sitio de pruebas de coronavirus frente al FedExField que ha hecho el test a más de 800 personas en tres semanas. «Dentro de un mes tendría que estar en un campamento de entrenamiento [de baloncesto]», cuenta. «Pero, por otra parte, entendemos que esto es más grande que nosotros. Lo sacrificamos todo solo para asegurarnos de que todos estén bien». —Tisha Thompson

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      Los voluntarios cargan bolsas de comida para entregárselas a las familias afectadas por el coronavirus en el estadio de Maracaná, Ciudad de Panamá

      Fotografía de Luis Acosta, AFP, Getty

      Sudamérica

      El campo del Estadio Pacaembú, en São Paulo, está cubierto de enormes tiendas blancas, un hospital de campaña temporal que alberga a los pacientes con COVID-19 en la ciudad más poblada de Brasil. Los médicos locales y de toda Sudamérica y Centroamérica están empezando a observar un aumento de enfermedades relacionadas como la neumonía. «La cantidad de test de coronavirus que se hacen es bastante reducida. Preocupa mucho que este brote esté avanzando en silencio», afirma la Dra. Kelly Henning, médica y epidemióloga del Programa de Salud Pública de Bloomberg Philanthropies. Las autoridades han empezado a convertir las instalaciones deportivas, como la plaza de toros más antigua de las Américas, para prepararse para la ola que está por llegar.

      El Estadio Pacaembú es uno de los escenarios más icónicos en el fútbol brasileño. Albergó seis partidos durante el Mundial de 1950 y Pelé marcó 127 goles en él. Pero esta primavera, en solo 11 días, los obreros lo transformaron en un hospital de 200 camas.

      «Cuando vimos la imagen del campo consumido por tiendas blancas, fue duro. El estadio es un lugar para divertirse. De repente se ha convertido en un lugar de dolor, de muerte», explica Edson Tadeu da Silva, el comentarista del estadio durante la última década.

      Durante una cuarentena nacional, se proporciona a los residentes sin hogar un lugar donde refugiarse en el Coliseo Carlos Mauro Hoyos de Medellín.

      Fotografía de Fredy Builes, VIEWpress, Getty

      El estadio de 80 años se encuentra en São Paulo, una metrópolis de más de 12 millones de habitantes y el epicentro de la crisis del coronavirus de Brasil. Por temor al colapso de los hospitales tradicionales, las autoridades empezaron a buscar lugares para prestar atención médica urgente y optaron por el Pacaembú, que tiene una ubicación central. Ahora el campo contiene 10 alas y 200 camas, la mitad de ellas ocupadas.

      Uno de los 250 obreros era Flavio Alves da Silva, de 46 años, que antes soñaba con ser futbolista profesional y jugar en el Pacaembú. Con este trabajo, por fin lo ha hecho: «Me siento un héroe, un ganador». —Rafael Valente y Paulo Cobos

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        Una imagen proporcionada por la Comunidad de Madrid muestra cómo la ciudad ha convertido la pista de hielo de La Nevera en una morgue temporal.

        Fotografía de Comunidad de Madrid, Getty

        Europa

        En uno de los continentes más afectados por la COVID-19 hasta ahora, los hospitales de campo se han construido en el terreno que frecuentaban los futbolistas más famosos de la Premier League y la Bundesliga, así como las pistas de baloncesto y los campos de rugby, como el Principality Stadium de Gales. Las pistas de hielo se han convertido en morgues de urgencia para albergar los cuerpos de las más de 100 000 personas fallecidas.

        Lee Marchant es un hincha del Southampton FC cuyo trabajo consiste en arreglar espacios temporales para los eventos deportivos más importantes del Reino Unido. Tras la llegada del coronavirus, ha empezado a arreglar las tejas térmicas de una morgue temporal en East London.

        «Cuando lo ves con tus propios ojos... ya habían preparado el andamiaje para introducir los ataúdes», afirma Merchant, de 37 años. «Fue muy real. No creo que la gente sea consciente de la gravedad de la situación».

        Los voluntarios separan las mascarillas y el desinfectante para distribuirlos a niños y ancianos en Moscú.

        Fotografía de Mikhail Svetlov, Getty

        Ahora trabaja en el hospital de campaña del Principality Stadium de Cardiff, Gales, que tiene un aforo de 74 500 personas. El hospital temporal Dragon's Heart ha extendido las camas a lo largo de un vasto campo.

        Marchant ayudó a colocar los 14 000 metros cuadrados de piso de aglomerado. En el piso de arriba, los pacientes ya están empezando su recuperación en suites ejecutivas reconvertidas.

        Marchant estaba nervioso cuando aceptó el trabajo. Su tío había estado ingresado en la UCI con COVID-19 y tenía un hijo de 18 meses, Theo, en Southhampton.

        «Lo que me atrajo del puesto es saber que ayudo, de lo contrario me habría alejado», afirma. «Es un riesgo enorme... pero pones tu granito de arena. Tiene que hacerse. Tengo mi pase para enseñárselo a mi hijo en el futuro y contarle lo orgulloso que estaba de haber trabajado aquí». — Tom Hamilton

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          Un técnico mide el espacio entre las camas en un centro de aislamiento para pacientes con COVID-19 ubicado dentro del estadio Sani Abacha, en Nigeria.

          Fotografía de Aminu Abubakar, AFP, Getty

          África

          Al igual que Sudamérica, África aún no ha sentido todo el peso del coronavirus. La Dra. Amanda McClelland, experta en salud pública de la organización sin ánimo de lucro Resolve to Save Lives, afirma que, en parte, eso se debe a lo que se ha aprendido del virus del Ébola. «Hemos observado innovaciones fantásticas en la respuesta de África por su experiencia», explica McClelland. Por ejemplo, cuando las autoridades de Ghana supieron de la existencia del coronavirus, ordenaron a 750 viajeros procedentes del extranjero que se pusieran en cuarentena nada más llegar. Se confirmó que más de 100 tenían la COVID-19. El grupo de McClelland lleva 16 años construyendo instalaciones de tratamiento de urgencia y ayudando a los gobiernos africanos a elaborar planes en caso de brotes como este. «Poner centros de tratamiento de COVID en un estadio deportivo es el último recurso. Muchos países africanos ya cuentan con unidades de tratamiento del ébola», señala. Los estadios y los campos se están destinando a las personas más vulnerables, como el Caledonian Stadium de Sudáfrica.

          La familia de Lucky Manna fundó el Arcadia Shepherds FC, el primer club de fútbol totalmente profesional de Sudáfrica, en 1903. «Fuimos el primer club que desafió al gobierno y puso a jugadores de color», afirma Manna, dueño y director general del equipo. Cuando comenzó la pandemia, el equipo estaba negociando con las autoridades locales para convertir el Caledonian Stadium, en la capital de Pretoria, «en un estadio de fútbol de primera clase».

          En cambio, durante el confinamiento nacional lo han convertido en un albergue para personas sin techo. Manna cuenta que hubo hasta 2000 personas asentadas en el centro, con pocos servicios sanitarios y agua potable. «Esto ha creado un gran problema», afirma. No había comida suficiente y las tiendas eran inadecuadas para la lluvia, por eso muchos se congregaron en las gradas.

          Manna cuenta que alguien ha robado los postes de la portería para venderlos como chatarra «y el centro ha quedado destrozado». Finalmente, las autoridades gubernamentales, que no respondieron a ESPN, trasladaron a la mayoría de los habitantes del estadio. Unos 500 fueron al Pretoria West Rugby Stadium. «Llevo comida a los rezagados que no han sido trasladados cada tres días, más o menos. Hay unos 11 que aún residen ilegalmente en la sede del club, pero no puede hacerse nada», afirma Manna. —Tisha Thompson

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            Un estadio de Wuhan, China, convertido en un hospital temporal para pacientes con COVID-19.

            Fotografía de Str, AFP, Getty

            Asia y Australia

            Un sanitario en un hospital de campaña creado por el ejército para 200 pacientes con coronavirus en Tabriz, Irán.

            Fotografía de Anadolu Agency, Getty

            Las estrictas medidas de distanciamiento social y el cumplimiento de la orden de quedarse en casa han ayudado a Australia y a otras regiones del Pan-Pacífico a evitar que las hospitalizaciones y las muertes por coronavirus se disparen. Los estadios deportivos de Australia se usan como centros de comandancia de la policía y para distribuir comida a quienes la necesitan. La situación es mucho más grave en Asia, ya que el virus se ha cobrado un alto precio en países como la India, Irán, Turquía y en Oriente Medio. El uso de instalaciones deportivas como centros de respuesta a la COVID-19 empezó en China, cuando se confirmaron los primeros casos en Wuhan en enero. Desde entonces, el virus se ha propagado a más de 210 países e infectado a al menos 2,3 millones de personas, según datos de la Organización Mundial de la Salud.

            Así no era como Peter Wright imaginaba acudir al Metricon Stadium, en Australia, una tarde de viernes de otoño.

            El jugador de fútbol de reglas australiano, un hombre delgado y atlético de dos metros de alto, llegaría al campo de los Gold Coast Suns, con la bolsa del equipo en la mano. Sin embargo, como ha ocurrido con el resto de las ligas del mundo, la Liga de Fútbol Australiana se ha parado en seco y el Metricon se ha convertido en un centro de distribución de alimentos.

            Joji Hatakeyama, de 29 años, llega a un albergue temporal establecido en un pabellón de judo para personas que no pueden permitirse en alquiler y que antes dormían en cibercafés en la prefectura de Kanagawa.

            Fotografía de Carl Court, Getty

            Wright, junto a sus compañeros Touk Miller y Lachie Weller, se han prestado voluntarios para repartir comida a personas aisladas por la COVID-19. Wright y Miller, que son una combinación perfecta en el campo, se han aliado para repartir comida a los socios mayores del club.

            «Vamos en coche a sus casas desde el estadio y dejamos la comida frente a su puerta, y conversamos con ellos sobre lo que han hecho durante el aislamiento», afirma Wright. «Es un mundo muy distinto al de hace un par de meses... pero supongo que hay que adaptarse y sacar el máximo provecho de cualquier situación». —Matt Walsh

            Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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