Este escritor abandona Birmania angustiado por los amigos que deja atrás en el golpe militar

«Nunca, en mi experiencia de inocencia asesinada, me había topado con algo como el golpe de Estado», escribe el explorador de National Geographic Paul Salopek.

Publicado 28 may 2021 12:10 CEST
Los manifestantes se congregan en el centro de Rangún

Los manifestantes se congregan en el centro de Rangún el 8 de febrero de 2021 para protestar contra el golpe militar una semana antes.

Fotografía de Ye Aung Thu, AFP/Getty

Out of Eden Walk, del escritor de National Geographic Paul Salopek, es una odisea narrativa de una década por todo el mundo. Este es su último mensaje desde Birmania.

La tarde antes de abandonar Birmania, fui a despedirme de unos amigos que se escondían en una casa de un barrio de clase media de Rangún, la mayor ciudad del país. Eran profesionales formados: jóvenes artistas, universitarios, empresarios. Todos se resistían a la junta militar que había acabado con la democracia de Birmania. Estaban sentados alrededor de una mesa de café, aprendiendo tranquilamente a usar arcos y flechas.

«Esta es la siguiente fase, la autodefensa», me dijo uno de ellos, un delgado activista prodemocracia. Tenía las manos suaves de un urbanita y llevaba un pendiente en la nariz. «Todo el mundo va a tener que echar un cable en esta situación. Nadie saldrá indemne».

Me quedé mirando su arma de la Edad de Piedra. Las flechas de bambú estaban junto a ceniceros, latas de cerveza vacías y un iPad. Se me ocurrió que, durante los últimos ocho años, he seguido los pasos de las primeras personas que inventaron los arcos y las flechas hace unos 60 000 años: los cazadores-recolectores que salieron de África y poblaron el planeta para nosotros. No era una idea alentadora.

La ruta de Paul Salopek

Estoy recorriendo la Tierra. A lo largo de quizá una docena de años y aproximadamente 38 600 kilómetros, recorro continuamente los senderos de nuestros ancestros, desde África hasta Sudamérica, y documento lo que veo durante mi recorrido.

En Etiopía, he caminado a través de una feroz guerra por los recursos entre grupos de pastores y en Cisjordania me han disparado las Fuerzas de Defensa de Israel. Las guerrillas kurdas me tendieron una emboscada en el este de Turquía y mi caminata por Afganistán se vio retrasada por una ofensiva talibán. Pero nunca, en mi experiencia de inocencia asesinada, me había topado con algo como el golpe de Estado en Rangún.

La toma de poder por parte de la junta dejó atónita a esta ciudad de 5,4 millones de habitantes.

Birmania estaba saliendo a duras penas de un coma de dictaduras militares brutales de más de medio siglo. El gobierno civil de Aung San Suu Kyi se vio comprometido: toleró la atroz limpieza étnica de la minoría rohinyá. Pero la gente se sorprendió cuando el Tatmadaw, el nombre del ejército birmano, la detuvo la madrugada del 1 de febrero. Fue el típico golpe de Estado cavernícola. El problema no era la ideología. La democratización amenazaba el control de los orondos generales sobre los antiguos privilegios. Acciones lucrativas en fábricas de cerveza. Desfiles señoriales. Escaños parlamentarios por defecto. Fosilizados en el autoritarismo del siglo pasado, los generales enviaron a los soldados a cortar literalmente los cables de los ordenadores en los centros de datos, como si Internet fuera un sistema de cables de cobre. Rangún hirvió durante tres días. Y de repente explotó.

Yo estaba allí para extender mi visado.

Día tras día, vi cómo inundaba las calles un torrente creciente de birmanos. Los jóvenes eran globalistas tatuados, nativos de Internet. Durante semanas, mostraron su desprecio a los militares con un carnaval de protestas. Los niños atascaron el tráfico del centro derramando sacos de cebollas en los cruces. Enfermeros, bomberos e incluso ciclistas repartidores de comida boicotearon su trabajo para manifestarse. A menudo, las mujeres iban a la vanguardia. Legiones de reinas de la belleza con trajes de salón coreaban contra el ejército. Una oficinista que conocí y que era madre de mediana edad bailó sobre un retrato del general Min Aung Hlaing —el líder megalómano de la junta— pegado a la acera. Es significativo que la primera manifestante a la que dispararon fuera una chica de 19 años.

Hasta la fecha, las fuerzas de seguridad birmanas han asesinado a más de 800 de sus conciudadanos, entre los que se incluyen decenas de niños. Los generales asisten a bailes de gala filmados por drones mientras sus secuaces matan a golpes a los presos políticos o encarcelan a los periodistas independientes. Han empezado a ejecutar poetas.

«Si el mundo no interviene, probablemente moriremos», me dijo un productor de vídeo que se enfrentó a la policía con una antigua antena parabólica de televisión a modo de escudo. «Si la ONU no nos ayuda, esto se convertirá en un genocidio».

Estaba orgulloso de cómo el movimiento prodemocrático de Rangún siempre limpiaba su propia basura. De cómo los habitantes de la ciudad distribuían agua y comida entre los manifestantes de forma gratuita. De cómo los jóvenes nunca recurrieron a la violencia. No me creyó cuando le dije que nadie iba a acudir para salvarlos.

Los manifestantes reaccionan ante el gas lacrimógeno disparado por las fuerzas de seguridad para dispersarlos durante una protesta contra el golpe de Estado el 4 de marzo.

Fotografía de STR, AFP/Getty

La policía tapó con pintura los mensajes de protesta prodemocrática en esta pared de Rangún.

Fotografía de Paul Salopek

He decidido abandonar Birmania.

Trescientos kilómetros de colinas selváticas separan Mandalay, la antigua capital imperial birmana donde he hecho una pausa en mi ruta, de mi salida en la frontera con china. Ahora mismo, viajar a pie ahora es demasiado arriesgado. Los paisajes de Birmania están estallando en la que parece que será una guerra civil larga y despiadada. Es terrible abandonar a tus amigos en esta situación. Pero lo he hecho. Por primera vez en 17 000 kilómetros recorridos, he dado un salto por el aire para continuar mi viaje hacia China. Se pueden abandonar muchas cosas en la vida. La pena y la vergüenza no figuran entre ellas.

Mientras tanto, la atención de los medios de comunicación ya se ha centrado en otra cosa. Siempre es así.

Pero no puedo evitar preguntarme qué le pasará a mi compañero de caminata de los montes Chin, un profesor que durante una semana recorrió conmigo los arrozales de Sagaing con un paraguas color azafrán. Su grupo minoritario —un pueblo muy duro que resistió ferozmente a los invasores coloniales británicos— ya ha cogido sus rifles de caza caseros para enfrentarse a la junta. El ejército responde con artillería. 

O qué será del inmaculado camarero de Rangún que aprendió a vendar los dedos de los pies lastimados de los turistas borrachos que descansaban junto a su hotel, ahora vacío. Atendió las heridas de bala de los manifestantes después de sus turnos. («Estoy muy orgulloso de él», me contó el gerente del hotel.)

O la artista que llamó a los trabajadores al movimiento de desobediencia civil con móviles desechables, practicando caligrafía para tranquilizarse. «Siento el retraso en la respuesta», me dijo en un mensaje de texto después de que se produjeran decenas de disparos en una ciudad central. «He tenido una pequeña crisis».

O el amigo musulmán que me llevó una mañana temprano al aeropuerto. Los pájaros volaban en el cielo amarillo. Todas las tiendas de Rangún estaban cerradas. Convoyes de camiones militares llenos de soldados con cascos se desplegaban por la ciudad. Contemplé las caras de los soldados mientras pasábamos. ¿Qué estaba buscando? Mientras tanto, mi amigo hablaba de marcharse –de huir de Birmania de alguna manera— en susurros, casi como si hablara solo, algo que es muy posible.

Este artículo se publicó originalmente en la página web de la National Geographic Society, dedicado al proyecto Out of Eden Walk. Ha sido traducido del inglés. Puedes explorar la página web aquí.

Paul Salopek ha sido galardonado con dos premios Pulitzer por su trabajo periodístico siendo corresponsal en el extranjero para el Chicago Tribune. Puedes seguirlo en Twitter @paulsalopek.

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